La Academia después de tres años #2
Hasta que, en un instante en que el mundo pareció detener su respiración, Dekar concentró su furia, su memoria, su dolor… y levantó un muro de llamas tan alto y tan intenso que Kaelian no pudo detenerlo.
El impacto lo lanzó hacia atrás, chocando contra el suelo con fuerza suficiente para apagarle el orgullo por un segundo entero.
Silencio.
Kaelian, humillado. Dekar, respirando fuego. La Academia, paralizada.
Nadie sabía si aquello había sido un triunfo… o la primera grieta del equilibrio que pronto se rompería.
El pasillo todavía olía a humo cuando nos llamaron a la Sala de Resoluciones, un lugar al que nadie quería entrar. Las paredes eran de piedra negra, pulida, y siempre había un eco extraño, como si las voces se quedaran atrapadas más tiempo del necesario.
Allí nos esperaba Édrien Arenos, el Director de la Academia.
Hasta entonces, lo habíamos visto solo a la distancia. Un hombre alto, de rostro cincelado por años de desvelo, barba entrecana y mirada que podía atravesar capas de tierra, agua, fuego o sombra con la misma facilidad.
Se decía que fue un gran portador de tierra en su juventud, capaz de mover montañas pequeñas con un gesto. Otros rumoreaban que había renunciado a ese poder tras una tragedia que nadie se atrevía a nombrar.
Pero todos coincidían en algo: Arenos conocía el equilibrio mejor que nadie.
Y los cuatro elementos… lo desequilibrábamos.
Durante los últimos tres años nos había observado en silencio.
A veces desde los balcones superiores, con los brazos cruzados.
A veces desde los patios, mirando nuestras prácticas con expresión de “esto terminará mal… pero aún no”.
Nunca intervenía. Nunca corregía. Solo miraba.
Como si esperara que algo —algo grande— ocurriera.
Y ahora lo entendíamos: estaba esperando el momento en que dejaríamos de ser alumnos… y empezaríamos a ser problema.
Arenos se irguió cuando entramos. La sala se quedó en silencio absoluto.
Primero miró a Kaelian. Luego a Dekar. Y finalmente a nosotros tres, que parecíamos haber sido arrastrados a la tormenta por puro deber moral… o amistad.
Respiró hondo antes de hablar, como si estuviera conteniendo un terremoto dentro del pecho.
El castigo de Dekar
— Dekar Ignis —dijo con voz grave, controlada—. Quedas prohibido de entrar a la biblioteca durante un mes.
Fue como si el mundo se detuviera. Los ojos de Dekar se abrieron tanto que casi se le apagó el fuego interior.
— Director… —balbuceó— ¿la biblioteca?
Era su santuario. Su templo. Donde pasaba horas leyendo, investigando, tratando de entender algo que nadie más parecía conocer.
Era, básicamente, amputarle el alma.
— Eso es tortura —murmuró Mira, cruzándose de brazos.
— Lo siento —susurró Lyra, con genuino dolor por él.
— Yo lo puedo acompañar —dijo Torik, aunque todos sabíamos que leer no era exactamente su pasatiempo favorito.
Arenos los miró a los tres… y por un instante, muy breve, pareció sonreír con agotada paciencia. Como quien piensa: estos cuatro van a matarme algún día.
El castigo de Kaelian
— Y tú, Kaelian Drast… —continuó el Director—. Limpiarás las doce torres exteriores. Completas. A mano. Sin magia.
La reacción fue inmediata:
Varyn casi se atragantó con su propia saliva. Lucen parpadeó, sorprendentemente humano por un segundo. Kaelian palideció, como si acabara de recibir un diagnóstico terminal.
Y desde una esquina, Alden —nuestro compañero de comedor y experto en meterse donde no lo llaman— murmuró:
— Doce torres, compadre… eso es cardio nivel leyenda.
Mira soltó una risa contenida. Lyra tuvo que cubrirse la boca. Torik asintió con convicción, como si la justicia elemental acabara de manifestarse frente a todos.
— Justo —dijo, con una simpleza que cerró el debate.
Arenos solo suspiró, exasperado, como alguien que llevaba tres años preparándose mentalmente para este tipo de caos… y aún así no estaba listo.
Dekar sonrió
Y entonces, pese al castigo, pese a todo el drama, pese al mes completo sin biblioteca…
Dekar sonrió.
Una sonrisa pequeña. Satisfecha. Fiera.
Porque no había dejado que Kaelian humillara a Arael. Ni a Mira. Ni a nadie.
Arenos lo vio. Y sus ojos se entrecerraron con una mezcla de advertencia y orgullo mal disimulado.
— Salgan —ordenó finalmente—. Y, por favor… traten de no incendiar nada más esta semana.
Pasamos junto a él en silencio.
Y por primera vez en tres años… el Director Arenos parecía no ver alumnos frente a él.
Sino cuatro fuerzas en movimiento. Cuatro destinos entrelazados. Cuatro quiebres en el equilibrio del mundo.
Tres años adentro, una vida afuera
Salimos de la Sala de Resoluciones y el aire nocturno nos golpeó como un recordatorio suave de que el mundo seguía girando, incluso cuando nosotros intentábamos detenerlo con fuego, sombra, agua o roca.
El cielo estaba despejado, una inmensa bóveda azul oscuro sin luna y sin nubes, como si quisiera mostrarnos su inmensidad para mantenernos humildes.
La luz de las torres caía en haces largos sobre el patio, alargándonos las sombras y recordándonos que la Academia no solo moldeaba nuestros poderes…
sino también quiénes podíamos llegar a ser.
Caminamos en silencio un buen trecho. No porque no hubiera nada que decir, sino porque había demasiado.
Dekar pateó una piedrecilla sin querer. La pequeña chispa azul que dejó en el aire fue tan fugaz como una risa reprimida.
— Un mes sin biblioteca… —murmuró Mira, como si todavía no lo creyera.
— Sobreviviré —dijo Dekar, aunque por dentro parecía estar viviendo una tragedia griega.
Lyra lo miró con cariño, ese cariño que calmaba tormentas internas. Torik caminaba un poco detrás, hombros enormes, pasos firmes. El suelo parecía reconocerlo, o tal vez respetarlo.
Después de un rato, Torik fue el primero en poner en palabras lo que todos sentíamos.
— Hace tres años… —dijo, con esa voz tranquila que siempre parecía venir desde el centro de la tierra— …no sabíamos nada.
Lyra sonrió con una melancolía suave.
— Solo queríamos aprender. O sobrevivir al primer mes sin incendiar algo.
— Yo no incendié tanto —protestó Dekar.
Mira rodó los ojos.
— Dekar, casi quemaste la cocina dos veces. Y una no cuenta porque todavía no resolvemos si fue accidente o si querías calentar tu desayuno a lo Ignis.
Él no respondió. Sonrió, apenas.
Avanzamos hasta llegar al borde del patio central. Ahí, en el lugar donde habían entrenado tantas generaciones, donde los muros guardaban secretos de cientos de alumnos antes que nosotros… nos detuvimos.
El silencio se hizo hondo. No incómodo. Sino significativo.
Porque la verdad era esta:
A los doce, habíamos llegado como niños con poderes. A los quince, éramos algo distinto.
No del todo héroes. No del todo adultos. No del todo conscientes de lo que estaba por venir.
Pero cargábamos cosas nuevas:
Dekar cargaba culpa. Culpa por lo que no pudo salvar, culpa por lo que había destruido, culpa por temer que un día no pudiera controlar su fuego.
Lyra cargaba responsabilidad. Sabía que el agua respondía a su voz demasiado bien, demasiado rápido. Y temía qué pasaría si un día la lluvia viniera cuando ella no la quería.
Mira cargaba secretos. Sombras que solo ella oía, sombras que le hablaban en sueños, sombras que quizá habían visto cosas del mundo que estaban a punto de repetirse.
Torik cargaba a todos nosotros. La calma, la fuerza, la certeza. Él sostenía el equilibrio sin saber que su mera existencia impedía que los otros tres se rompieran.
Habíamos cambiado.