El Legado de la Rosa (Academia Valrose 1)
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PRÓLOGO
Dara Rennai siempre estuvo en paz con la idea de morir.
Pero no esa noche, que tenía sangre en las manos.
Sangre teñía de carmesí intenso sus uñas, su ropa, su cabello y a toda ella.
Su cuerpo temblaba. Le costaba respirar.
Estaba segura de que le quedarían marcas en el cuello por días.
En su mente solo habitaba un pensamiento: no podía dejar de correr.
Todo lo demás era ruido ininteligible. Era caos y oscuridad.
Sentía que, si daba un paso en falso, caería al vacío.
A pesar de que el mundo seguía difuso, tenía dos ventajas. La primera era el cielo nocturno, que le permitía perderse en la oscuridad; la segunda eran las calles de Olsian, que conocía como la palma de su mano. Después de todo, eran su casa.
Tosió un par de veces, mas no se detuvo porque todavía escuchaba las furiosas pisadas detrás de ella; solo se golpeó el pecho para intentar detener los espasmos y siguió corriendo.
Tenía que perder a sus persecutores. Si lograba llegar a su refugio, no la encontrarían.
Aunque, si consideraba su estado, tal vez no lo lograría.
Alzó el brazo para tratar de limpiar las gruesas lágrimas que rodaban por sus mejillas y le nublaban la vista, pero eran imparables. Algo le decía que pasarían muchos días antes de que cesaran. Tal vez esa noche sería la causante de sus lágrimas por el resto de su vida.
—¡No la dejes escapar!
La voz de aquel hombre estaba cargada de una furia que se descargaría sobre ella si la atrapaban.
Dara estaba consciente de que, si seguía viva, era porque esos dos forzacuerpos habían bebido demasiado. El alcohol entorpecía la magia. Solo por eso estaba logrando escapar.
Se aproximó al final de la calle. Ahora estaba más cerca de llegar a su refugio. No bajó la velocidad cuando divisó la bifurcación frente a ella. Necesitaba tomar el camino de la izquierda sin que la vieran.
Se arriesgó a mirar por encima del hombro para asegurarse de que sus persecutores no estuvieran cerca. Fue un error. Sin poder evitarlo, se estrelló de lleno contra alguien. El impacto la hizo caer hacia atrás, pero una mano firme la sostuvo del brazo antes de que llegara al suelo.
Alzó la vista y descubrió a un chico que parecía ser unos cuantos años mayor que ella. La oscuridad y las lágrimas no le permitieron estudiarlo a detalle. En realidad, no le importaba. Tenía que seguir corriendo.
Dio un paso hacia atrás con brusquedad y el chico la soltó.
La mano del desconocido se había manchado por haber tocado su ropa ensangrentada.
Él no se inmutó, tenía los ojos clavados en ella.
Dara sabía que en ese momento su apariencia era más que desconcertante, un desastre bañado en sangre y lágrimas.
Él no dijo nada, ella tampoco.
Dara escuchó pasos peligrosamente cerca y sus piernas reaccionaron antes que su mente.
Huyó sin mirar atrás. Tomó el camino a su izquierda y decidió que lo más acertado sería esconderse por unos minutos; sus piernas comenzaban a flaquear.
Giró en el callejón de Luna Creciente, la panadería que siempre evitaba porque no podía comprar nada de lo que vendían, pero que en ese momento era el escondite perfecto, ya que la calle estaba repleta de cajas de madera, detrás de las cuales pudo ocultarse.
No tardó en escuchar voces.
—¡Esa desgraciada es escurridiza!
—¡Oye, muchacho! ¿Viste hacia dónde se fue corriendo una chica escuálida y ensangrentada?
Maldición.
Le hablaban al chico con el que había chocado. Dara se llevó la mano a la boca para ahogar un sollozo cargado de frustración. El pánico que la invadió la dejó sin aliento más rápido que las manos que acababan de intentar estrangularla.
—Su mano está manchada, ¡claro que la vio! —insistió uno de sus persecutores; ahora sonaba incluso más furioso que antes—. Dinos por dónde se fue.
—La vi —afirmó una voz calmada y clara—. Se fue hacia la derecha.
Sin siquiera agradecerle, los hombres corrieron en busca de su presa. Dara pudo escuchar sus pasos golpeando contra la piedra del suelo, tomaban el camino equivocado y se alejaban de su escondite.
De ella.
Se hizo el silencio en las calles. Ahora lo único que Dara percibía era su respiración agitada y los latidos de su corazón acelerado por la adrenalina.
Estaba preparada para volver a correr en caso de que el chico la buscara para exigirle algo a cambio de la ayuda, pero pasaron los minutos y eso no ocurrió.
Recargó su cabeza contra la fría pared y se sintió mareada. Las lágrimas seguían cayendo y su alma le pesaba como nunca. No pensaba quedarse ahí mucho tiempo, solo lo necesario para cerciorarse de que era seguro salir.
Intentó hacer respiraciones profundas, tal y como su madre le había enseñado cuando era una niña, pero no funcionaron. Suponía que nada la calmaría.
Alzó las manos a la altura de sus ojos y, al ver la sangre seca, volvió a sollozar, esta vez con más fuerza. Su mente apenas estaba entendiendo el verdadero peso de lo que acababa de ocurrir; sentía como si unas garras atravesaran su pecho.
Tenía que limpiarse y volver a su refugio. Asomó la cabeza para asegurarse de que esos hombres no estuvieran allí. La calle estaba vacía, no había una sola persona, lo cual tenía sentido considerando que ya estaba muy entrada la madrugada.
Se abrazó a sí misma y comenzó a caminar con rapidez. Su destino no quedaba lejos. A pesar de que se trataba de un sector acaudalado de Olsian, las calles no estaban bien iluminadas, solo lo suficiente para que no reinara una completa oscuridad.
Ya era suficiente con la que la estaba consumiendo.
Al cabo de unos minutos llegó a la casa abandonada que usaba como refugio temporal.
Era grande y tenía unos cuantos muebles viejos que los dueños no se habían llevado cuando se fueron.
Deseaba poder quedarse ahí por más tiempo, pero a la mala había aprendido que no era posible.
Sin familia, sin dinero y sin nada que ofrecer, no era bienvenida en ningún lugar.
Desde niña tuvo que buscar refugios temporales para protegerse del frío y la desolación de las calles.
Desde niña entendió que la gente podía ser muy cruel, pero también que existían los pequeños actos de bondad, aunque, en su experiencia, estos eran escasos y casi milagrosos. Por eso no los olvidaba.
Lo que ese desconocido había hecho por ella esa noche, por más insignificante que fuera, fue un acto de bondad y lo atesoraría por siempre.
Como cuando la anciana de la pastelería de la Calle Mayor le regaló los postres que sobraron al final del día.
O cuando una chica le obsequió una caja de libros viejos porque la atrapó observando la vitrina de una librería.
O esa noche de lluvia en la que no tenía dónde dormir y un hombre le dio su paraguas para que se cubriera.
Se adentró a la casa y lo primero que hizo fue asegurar la tabla de madera que usaba como puerta. Su plan era arrancarse la ropa ensangrentada del cuerpo e ir directo a la tina en la que tenía agua recolectada para intentar lavarse, pero su reflejo en el espejo roto del salón la hizo detenerse.
Se veía peor de lo que imaginaba.
Parecía una criatura que no debía existir, un antinae que acababa de atacar a alguien o que estaba a punto de morir.
Los mechones de su cabello estaban tiesos y enredados por la sangre seca.
Tenía un golpe en la mejilla izquierda, otro en el labio, y estaba sumamente hinchada de tanto llorar.
Había salpicaduras de sangre en su frente, en su nariz, en su boca y en su ropa.
Pero lo más impactante era su cuello… Las marcas de los dedos de ese hombre estaban impregnadas en su piel de forma repugnante.
Los temblores volvieron. No esperó más. Con dificultad, se sacó el suéter para rascarse la piel como si quisiera arrancársela a pedazos. Los brazos, el pecho, los hombros, el cuello.
El cuello, el cuello, el cuello.
El relicario que colgaba de su cuello se veía fuera de lugar, en contraste con su piel roja y arañada.
La pequeña alhaja, que solía parecerle tan bonita, en ese momento lucía grotesca.
Quería tirar de la cadena y romperla para no mancharla más, pero esa joya era lo único que la mantenía atada al mundo, así que se enterró las uñas en las palmas de las manos para contenerse.
Un grito salió de lo más profundo de su garganta y se dejó caer de rodillas. Ahora que sentía un atisbo de seguridad, las imágenes de lo que había sucedido esa noche la golpeaban sin piedad.
Todo había empezado porque tenía hambre.
Por un pedazo de pan. Por comida. Porque no había comido nada en tres días. Por eso se ganó el primer golpe en la cara, justo en la mejilla. Pero no terminó ahí. La situación fue escalando hasta que…
Cerró los ojos como si eso fuera a hacer que los recuerdos se detuvieran.
Una risa nerviosa escapó de sus labios. Tal vez era el mecanismo de defensa de su pobre cuerpo exhausto.
Se cubrió el rostro con ambas manos y, olvidando sus propias reglas de supervivencia, gritó hasta que se quedó sin voz.
A sus cortos catorce años, se sentía sucia, salvaje y más sola que nunca. Y vaya que sabía lo que era estar sola.
Esa misma noche tendría que salir de ahí y buscar otro refugio lo más lejos posible. No podía dejar que la encontraran. Sin embargo, estaba agotada.
¿Y si mejor hubiera dejado que la estrangularan hasta matarla?
—No —soltó en un susurro quebrado.
Imposible. No podía. No cuando faltaban tan solo unos cuantos años para que su adnae se manifestara —porque iba a manifestarse— y pudiera llevar a cabo la venganza que llevaba tiempo aguardando no por paciencia, sino por necesidad. Por eso no se permitiría morir esa noche.
Se retiró las manos del rostro y volvió a mirarse al espejo.
Lo que vio ya no le pareció tan inquietante.
La primera vez que pensó en la muerte fue a los siete años, cuando asesinaron a su madre y le destrozaron la vida. Ese día vio la muerte de cerca y eso la cambió de forma definitiva. Dara Rennai siempre estuvo en paz con la idea de morir.
Pero no esa noche.