El latido de Toledo CAPÍTULO 27 LA IRA DEL ALGUACIL
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CAPÍTULO 27 LA IRA DEL ALGUACIL

La furia de Rodrigo de Vargas no era un fuego descontrolado, sino una llama azul, fría y quirúrgica, que consumía todo a su paso sin emitir humo ni calor visible hasta que era demasiado tarde.

De pie en el centro de su despacho en el Alcázar, con los puños apretados sobre el escritorio de ébano, observaba cómo la luz del amanecer comenzaba a teñir de gris las piedras de Toledo.

La noticia de que Amanda y Diego habían encontrado refugio en la Catedral no le había provocado pánico, sino una indignación gélida.

Para un hombre acostumbrado a doblegar voluntades mediante el terror físico, la intervención de la Iglesia representaba un obstáculo burocrático irritante, un juego de ajedrez donde las reglas cambiaban arbitrariamente.

—No pueden protegernos para siempre —murmuró para sí mismo, sirviéndose una copa de vino añejo que sabía a vinagre en su boca amarga—. El asilo es un escudo de papel contra la espada de la ley real.

Martín estaba sentado en una esquina de la habitación, encogido sobre sí mismo como un animal herido.

Sus ojos, vacíos y enrojecidos, seguían cada movimiento de su padre con una mezcla de terror y resignación patológica.

No había dicho una palabra desde que Rodrigo lo había liberado de sus ataduras, castigándolo no con golpes, sino con el silencio helado de su desaprobación.

Ese silencio pesaba más que cualquier cadena.

Rodrigo se giró hacia su hijo, estudiándolo con desdén.

—Levántate —ordenó, con voz plana—. Tu debilidad ha permitido que esa bruja escape. Pero tu conocimiento puede ayudarme a recuperarla. Sabes dónde esconden sus secretos. Sabes qué la motiva.

Martín tembló, pero obedeció, poniéndose de pie con dificultad.

—Ella... ella cree en la justicia, padre —murmuró, con voz ronca—. Cree que si muestra las pruebas al Arzobispo, él actuará.

Rodrigo soltó una carcajada seca, carente de humor.

—El Arzobispo Don Gonzalo es un político antes que un sacerdote.

Teme a Roma, sí, pero teme más al caos. Y yo puedo ofrecerle orden.

Puedo ofrecerle estabilidad. Solo necesito demostrar que Amanda no es una víctima, sino una amenaza existencial para la fe.

Una hereje que corrompe incluso a los hombres de Dios.

Se acercó a un mapa de la ciudad extendido sobre la mesa, señalando la Catedral con un dedo largo y huesudo.

—Preparad a los pregoneros —ordenó a uno de sus capitanes, que esperaba junto a la puerta—.

Quiero que se difunda por toda la ciudad, antes de que salga el sol, que la mujer refugiada en la Catedral es una agente del Diablo.

Que ha usado magia negra para seducir a clérigos, para envenenar mentes.

Que su presencia contamina el suelo sagrado.

Quiero que el pueblo tenga miedo. Quiero que exijan su entrega.

El capitán asintió y salió rápidamente. Rodrigo sabía que la opinión pública era un arma volátil, pero cuando se dirigía correctamente, podía derribar muros más altos que los de cualquier fortaleza.

Si el pueblo creía que la Catedral albergaba a una bruja, la presión sobre el Deán y el Arzobispo sería insoportable.

La multitud, alimentada por el miedo y la superstición, haría el trabajo sucio que la ley no se atrevía a realizar.

Mientras tanto, en las alturas de la Catedral, Amanda y Diego avanzaban con precaución extrema por los tejados inclinados.

El viento matutino soplaba con fuerza, amenazando con desequilibrarlos en cada paso.

Las tejas, cubiertas de rocío, resbalaban bajo sus pies descalzos, obligándoles a moverse con una lentitud agonizante.

Abajo, la ciudad comenzaba a despertar. Se escuchaban los primeros pregones, el abrir de puertas, el sonido de carros sobre el empedrado. Pero entre esos sonidos cotidianos, empezaba a filtrarse un murmullo diferente, más oscuro, más urgente.

—Escucha —dijo Diego, deteniéndose junto a una chimenea para recuperar el aliento.

Amanda aguzó el oído. A lo lejos, en la Plaza del Zocodover, voces agitadas comenzaban a elevarse. Gritos. Insultos. Palabras como "bruja", "demonio", "fuego".

—Ya ha empezado —murmuró ella, sintiendo cómo un nudo de ansiedad se cerraba en su estómago—. Rodrigo está movilizando a la turba.

—Debemos darnos prisa —urgió Diego, señalando hacia el Palacio Arzobispal, situado justo al lado de la Catedral, conectado por un patio interior y varios pasillos cubiertos—. La ventana del estudio privado del Arzobispo da a este tejado. Si podemos entrar allí...

—Es arriesgado —advirtió Amanda—. Si nos ven, nos dispararán antes de que podamos explicar nada.

—No tenemos opción —replicó Diego, con determinación férrea—. Es ahora o nunca.

Continuaron su avance, saltando sobre huecos y deslizándose por pendientes pronunciadas.

Llegaron finalmente a la zona trasera del Palacio Arzobispal.

Allí, efectivamente, había una ventana alta, con contraventanas de madera entreabiertas.

Desde dentro, provenía una luz tenue y el sonido de páginas pasando.

Diego ayudó a Amanda a subir al alféizar.

Ella se introdujo con cuidado en la estancia, aterrizando suavemente sobre una alfombra persa.

Era el estudio privado de Don Gonzalo García Gudiel.

El Arzobispo estaba sentado detrás de un escritorio enorme, rodeado de pilas de documentos, con el rostro surcado por la preocupación y el cansancio.

No estaba solo. Frente a él, de pie con los brazos cruzados, estaba el Deán, quien parecía nervioso e incómodo.

Amanda dio un paso adelante, saliendo de las sombras.

—Perdonad la intrusión, Excelencia —dijo, con voz clara y firme, aunque su corazón latía desbocado.

El Arzobispo levantó la vista, sobresaltado. Sus ojos, inteligentes y penetrantes, la examinaron rápidamente. No mostró miedo, solo curiosidad cautelosa.

—¿Quién osa entrar así en mi santuario? —preguntó, aunque su tono no era acusatorio, sino indagador.

—Soy Amanda, la mujer que busca asilo en vuestra Catedral —respondió ella—. Y traigo algo que puede salvar vuestra alma, y la de esta ciudad.

El Deán dio un paso atrás, alarmado.

—¡Guardias! —gritó, dirigiéndose hacia la puerta.

—Esperad —ordenó el Arzobispo, levantando una mano autoritaria—. Dejadla hablar. Si es una trampa, mis guardias están fuera. Si es verdad... entonces debo escuchar.

Amanda sacó el libro mayor de bajo su túnica. Lo colocó sobre el escritorio, frente al Arzobispo.

—Este es el registro de las desapariciones —explicó, abriéndolo en una página marcada—.

No son obra de magia. Son obra de hombres.

Hombres poderosos. Incluyendo socios de vuestros propios clérigos.

Mirad aquí. "Donación al Monasterio de San Juan".

"Pago al Capellán Real". Nombres, fechas, cantidades.

Rodrigo de Vargas no actúa solo. Tiene cómplices en todas partes. Incluso aquí.

El Arzobispo tomó el libro, hojeándolo con manos temblorosas. Su rostro palideció a medida que leía. Reconocía las iniciales. Reconocía los sellos. Era la prueba irrefutable de una corrupción que llegaba hasta los cimientos de la Iglesia en Toledo.

—Esto es... devastador —murmuró, cerrando el libro con fuerza—. Si esto sale a la luz...

—Saldrá a la luz —intervino Diego, entrando por la ventana y uniéndose a Amanda—. A menos que vos decidáis proteger a los culpables. Pero si lo hacéis, el pueblo lo sabrá. Y Roma también.

El Arzobispo los miró, evaluando la situación. Estaba atrapado. Si entregaba a Amanda, protegía a los corruptos de su propia iglesia, pero arriesgaba su posición ante el Papa. Si la protegía, se enfrentaba a Rodrigo y a la ira del pueblo manipulado.

Antes de que pudiera responder, un estruendo proveniente de la calle inferior interrumpió el silencio. Gritos furiosos. Piedras golpeando las ventanas. La turba había llegado.

—¡Entregad a la bruja! —bramaban voces desde abajo—. ¡Que arda! ¡Que arda!

El Deán se acercó a la ventana, mirando hacia abajo con horror.

—Son cientos, Excelencia. Están lanzando antorchas. Van a prender fuego a la Catedral si no les entregamos a la mujer.

El Arzobispo cerró los ojos, respirando hondo. El peso de la decisión cayó sobre sus hombros como una losa de plomo.

—No puedo entregaros a la turba —dijo finalmente, con voz grave—. Sería condenar mi alma. Pero tampoco puedo dejar que la Catedral arda. Necesitamos tiempo. Necesitamos una solución que calme a la multitud sin sacrificar la justicia.

—Hay una manera —dijo Amanda, con una idea repentina que brilló en su mente como un relámpago—.

Un juicio público. Aquí, en la plaza. Ante el pueblo.

Ante vos. Presentad las pruebas. Dejad que la gente vea la verdad.

Rodrigo no podrá manipular a miles de testigos si veis los nombres de sus propios aliados expuestos.

El Arzobispo dudó. Era arriesgado. Peligroso. Pero quizás, la única vía honorable.

—Preparad el atrio —ordenó al Deán—. Convocad a los canónigos. Y llamad a Rodrigo. Decidle que si quiere a la "bruja", deberá enfrentar su juicio ante Dios y ante el pueblo.

Mientras el Deán salía corriendo para cumplir la orden, Amanda y Diego intercambiaron una mirada.

Habían ganado una batalla, pero la guerra estaba a punto de llegar a su clímax.

La turba rugía abajo, hambrienta de sangre.

Y arriba, en el estudio del Arzobispo, la verdad esperaba ser revelada, frágil y poderosa como una llama en medio de una tormenta.