CAPÍTULO 25 — EL DOMINGO DE INVIERNO EN EL ROBLEDAL DE TOLOSA
A las siete de la mañana de un primer domingo de diciembre, una fina capa de escarcha blanca cubría los prados y las laderas que rodean el caserío Mendiluze-Goikoa , en las estribaciones montañosas de Tolosa .
El aire gélido y puro que descendía de las cumbres nevadas de la sierra de Aralar traía el aroma a leña de roble encendida y a tierra húmeda.
En la cocina espaciosa de la planta baja, bajo las vigas centenarias de madera tallada a mano, la doctora Miren Mendiluze y el oficial Unai Etxebarria compartían los primeros preparativos del día vestidos con cómodos jerséis de lana gruesa y pantalones de pana.
Sobre la chapa de hierro de la cocina económica de leña borboteaban suavemente tres grandes cazuelas de barro vidriado donde cocían a fuego lentísimo las afamadas alubias negras de Tolosa , de piel fina y caldo oscuro y aterciopelado.
En fuentes de barro aparte reposaban los tradicionales sacramentos: costilla de cerdo adobada, tocino entreverado, chorizo casero y morcillas artesanales de puerro y cebolla procedentes de los caseríos vecinos de Ibarra.
Miren removía el caldo de las alubias con un cucharón de madera de boj, meciendo la cazuela con movimientos suaves y circulares para espesar el caldo sin romper el grano.
Unai se acercó por la espalda, rodeando su cintura con sus brazos firmes y cálidos, apoyando la barbilla en su hombro con un suspiro de infinita paz.
—Miren... el aroma de esta cocina es el refugio más dulce del mundo después de tantos meses de salitre, frío y guardias interminables.
Miren ladeó el rostro, rozando su mejilla contra la de Unai y sonriendo con los ojos iluminados por la lumbre.
—Hoy nuestra casa se llenará de vida y de risas, Unai. Todos nuestros compañeros, nuestra familia y quienes nos cuidaron estarán aquí para celebrar que estamos vivos y juntos.
Unai la besó con una ternura infinita en los labios, saboreando la calma ganada con tanto sacrificio y coraje.
A las once de la mañana, los primeros vehículos comenzaron a subir por la pista asfaltada que serpentea entre los castaños hasta el porche empedrado del caserío.
En el primer coche llegaron los padres de Miren, Gorka Mendiluze y Arantza Ugalde , acompañados por la inspectora jefa Irati Mendiluze , su esposo y sus dos sobrinos pequeños, quienes corrieron de inmediato por la campa persiguiendo a los perros de pastoreo.
A continuación, una furgoneta de transporte trajo a la dotación completa de la Unidad de Buceo y Rescate de la Ertzaintza en Santurtzi.
El cabo Iker Aldai , el motorista naviero Patxi y el suboficial Joseba Agirre —quien descendió del vehículo caminando erguido, con una sonrisa amplia y abrazado a su esposa Miren Lorea— fueron recibidos con abrazos sonoros y apretones de manos que sellaban la hermandad forjada en el peligro.
—¡Oficial Etxebarria! ¡Doctora! —exclamó Joseba con voz potente—. ¡Si llego a saber que la recuperación incluía una alubiada en Tolosa, me pongo antes a hacer flexiones en el hospital!
Poco después arribó el equipo médico del Hospital Universitario de Cruces.
El jefe del Servicio de Cirugía de Trauma, el doctor Zubieta , el enfermero especialista Gorka Larrazabal, la doctora Arrate Larrea —completamente restablecida y caminando con apoyo leve de un bastón de montaña— y la magistrada instructora Elena Orue , quien acudió vestida de sport para compartir una jornada festiva lejos de la frialdad de los tribunales.
El porche del caserío se convirtió en un hervidero de saludos alegres, felicitaciones y abrazos sentidos donde no existían jerarquías ni protocolos, sino únicamente el cariño indestructible de una gran familia humana.
En el cobertizo exterior, Unai y el cabo Aldai encendieron la gran parrilla de forja con carbón vegetal de encina y cepas secas de vid.
Sobre las brasas incandescentes colocaron cuatro chuletones de buey de caserío de más de un kilo y medio cada uno, con un veteado de grasa infiltrada de color amarillo pálido que atestiguaba su maduración perfecta de sesenta días.
El crepitar de la grasa sobre las brasas y el aroma ahumado perfumaron todo el jardín.
Unai espolvoreó puñados generosos de sal gorda de las salinas de Añana sobre la carne sellada, controlando el punto exacto con la pericia de un maestro asador.
—Vuelta y vuelta, con la costra bien crujiente por fuera y el corazón sonrosado y caliente a cincuenta grados —indicó Unai sonriendo a los comensales que se congregaban alrededor del fuego con una copa de txakoli en la mano.
Miren servía fuentes repletas de pimientos verdes de Gernika fritos en aceite de oliva virgen extra y frascos de guindillas de Ibarra encurtidas con denominación de origen Eusko Label .
Las botellas de txakoli fresco de Getaria y las jarras de sidra natural de Astigarraga pasaban de mano en mano entre brindis continuos.
— «¡Topa! ¡Por la buena guardia y por los buenos amigos!»
A las dos de la tarde, los veintiocho comensales ocuparon sus lugares a lo largo de la gran mesa corrida de roble macizo dispuesta en el comedor rústico del caserío, adornada con ramas de acebo silvestre y velas encendidas.
Grandes soperas humeantes de alubias de Tolosa presidieron el festín, servidas en cuencos hondos de cerámica tradicional.
El silencio reverencial de los primeros bocados dio paso a exclamaciones unánimes de deleite gastronómico.
—Doctora Mendiluze, estas alubias tienen tanta precisión y maestría como sus suturas hepáticas —bromeó el doctor Zubieta mientras repetía plato entre las risas de los médicos y buzos.
Las bandejas de chuleta trinchada, tierna como la mantequilla y rebosante de jugos naturales, coronaron el almuerzo acompañadas por ensaladas frescas de lechuga de la huerta y cebolleta dulce.
De postre se sirvieron tejas y cigarrillos de Tolosa elaborados artesanalmente en la pastelería Eceiza, queso Idiazabal curado con nueces del caserío y dulce de membrillo casero.
Al concluir el postre, el padre de Miren, Gorka Mendiluze , anciano respetado en toda la comarca, se puso en pie y golpeó suavemente su copa con la cucharilla.
Toda la mesa guardó silencio.
—Queridos amigos, compañeros e hijos —comenzó Gorka con voz emocionada y profunda en euskera y castellano—.
Este caserío tiene más de cuatrocientos años de historia.
Estas vigas de roble han visto nacer y partir a muchas generaciones de hombres y mujeres de esta tierra.
Hemos vivido tiempos duros, tempestades en el mar y sacrificios amargos.
Gorka miró a Miren y luego a Unai, posando sus manos sobre los hombros de ambos.
—Pero hoy, al ver sentados en esta mesa a quienes os jugáis la vida cada día en los quirófanos de Cruces, en los helicópteros y en las aguas oscuras del Cantábrico para que nuestros hijos crezcan en paz, siento un orgullo infinito.
Habéis defendido la salud de nuestro pueblo y la limpieza de nuestras aguas con valentía, rigor y honor.
Gorka levantó su copa hacia el techo del comedor.
— Por los que cayeron en el cumplimiento del deber, por los que sanan y protegen, y por el amor noble y eterno de Miren y Unai. ¡Gora Euskadi eta gora bizitza!
— «¡Gora!» —respondieron al unísono todos los comensales, poniéndose en pie con un aplauso cerrado y lágrimas de profunda emoción en los ojos.
A las cinco de la tarde, dos jóvenes bertsolaris de Tolosa entraron en el salón acompañados por los acordes alegres y rítmicos de una trikitixa y un pandero.
Improvisaron décimas en euskera con rima perfecta, narrando con ingenio y emotividad poética las peripecias del rescate en el carguero, la valentía del salto del helicóptero en Armintza y la ternura del romance entre la médica y el buzo.
Los comensales coreaban los estribillos populares, aplaudiendo cada rima brillante.
Joseba Agirre y el cabo Aldai se animaron a bailar un tradicional fandango y un arin-arin en el porche empedrado, celebrando la recuperación física con una vitalidad desbordante.
Las risas y los cantos se prolongaron hasta que el sol comenzó a ocultarse tras las cumbres del monte Uzturre, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y violáceos.
A las seis de la tarde y media, aprovechando que los invitados disfrutaban del café y los licores en el salón al calor de la chimenea, Unai tomó suavemente la mano de Miren.
—Miren... acompáñame un momento afuera. Quiero mostrarte algo en el robledal antes de que anochezca por completo.
Miren se colocó una capa de lana sobre los hombros y salió junto a Unai al sendero que asciende hacia la parte alta de la finca familiar.
Caminaron en silencio bajo las copas monumentales de los robles centenarios , cuyas hojas doradas crujían bajo sus botas.
La niebla suave de la tarde comenzaba a flotar entre los troncos rugosos, creando una atmósfera de quietud sagrada.
Llegaron a un claro del bosque con vistas privilegiadas a todo el valle de Tolosa y a la silueta piramidal del monte Txindoki recortada contra el crepúsculo.
En el centro del claro, sobre un lecho de musgo verde, Unai había colocado una antigua muela de molino de piedra arenisca que él mismo había restaurado y pulido.
En el borde de la piedra, cincelado con precisión de orfebre, se leía en relieve: «Miren & Unai — Betirako (Para siempre)» .
Unai se detuvo frente a Miren, tomándola de ambas manos.
El oficial de rescate, curtido en los temporales más violentos del Cantábrico y en los asaltos más arriesgados, temblaba ligeramente por la intensidad de la emoción.
Miró a Miren a los ojos con una devoción pura, madura y sin reservas.
—Miren... el día que te vi por primera vez en el quirófano de Cruces, luchando por la vida de aquel buzo intoxicado, supe que había encontrado al alma más noble, valiente y generosa que jamás conocería.
Hemos mirado juntos a la muerte en la fosa de Capbreton, en el abordaje del carguero y entre las olas de Armintza...
y en cada segundo de peligro, tu recuerdo y tu amor fueron el faro que me devolvió a la superficie.
Unai introdujo la mano en el bolsillo de su chaqueta y extrajo una pequeña caja de madera de roble labrada.