El laberinto anudado (Anudados y enmascarados 1) Capítulo 17
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Capítulo 17

Rhys

Ya tenemos nuestra respuesta.

No es nuestra omega. Todavía no. Pero, en cuanto dijo que nos quería a los tres, tres años de contención se rompieron tan rápido que sentí el chasquido entre los dientes.

Gabe tiene la boca pegada a su cuello. Sage inclina la cabeza para dejarle sitio; su máscara negra atrapa la luz de los faroles, y la imagen me golpea con más fuerza de la que tuvo nunca el fuego. Mantiene las manos apoyadas en la paja que tiene a la espalda, con los dedos abiertos. Esperando.

Acorto la distancia que queda entre nosotros y le pongo las palmas en la cintura.

El vestido es fino bajo mis manos. Caliente de la carrera. Se le corta la respiración, pero se aprieta contra mi agarre en vez de apartarse y se encaja contra mí con un leve balanceo de caderas que convierte en calor todos mis pensamientos.

—¿Eres nuestra? —pregunto.

—Por una noche.

Pego mi boca a la suya y la beso. Esto no se parece en nada a lo de la cocina. No hay sorpresa, ni pánico, ni excusas. Me tomo mi tiempo en ese primer roce de labios y dejo que sienta cuánto lo deseo. Ella responde: cierra los dos puños en mi capa y tira de mí hacia ella.

Ya no queda sitio para la paciencia.

Sus labios se entreabren bajo los míos. Sabe a sidra y a clavo, y huele a ese aroma suyo tan perfecto. Deslizo una mano por su espalda y le sujeto la nuca, bajo la cinta de la máscara.

Besa como discute: con toda su atención y sin ceder un palmo de terreno. Cuando mi lengua encuentra la suya, gime contra mi boca y me muerde el labio inferior con la fuerza justa para que escueza.

Algo cambia en el aire cuando se entrega al beso. La mantequilla y los cítricos que usa para esconderse se diluyen hasta desaparecer, y de su piel brota en su lugar lino limpio, aire helado y las fresas más maduras.

Un gruñido me nace en el pecho antes de que pueda pensar en detenerlo. El beso se traga el sonido. A su espalda, Gabe responde con otro, y la respiración de Callum se le quiebra en algo que jamás le había oído.

Me aparto, levanto la mano y me toco el labio.

—¿Eso ha sido por lo del agua? —pregunto pegado a su boca.

—Eso ha sido por la broma de las vieiras.

—Estaban demasiado hechas.

—Sigue hablando y me acordaré de lo del agua cuando tenga tu polla en la boca.

Gabe se ríe contra su hombro. Callum no. Le mira la cara, con todo ese control tensado bajo la piel.

Sage se da cuenta. Gira la cabeza lo justo para mirarlo.

—¿Te unes, doctor?

—No como tu médico. —La respuesta le sale ronca.

—Bien. —Alarga la mano y lo agarra por la pechera de la camisa—. Porque no te estoy pidiendo que me examines.

—Omega.

El autocontrol de Callum se rompe con menos ruido que el mío. Un segundo está fuera de su alcance y al siguiente tiene una mano en su mandíbula y la boca sobre la de ella.

Gabe aprovecha el hueco para bajarle la cremallera del vestido. El sonido es suave: los dientes metálicos se separan uno a uno. Sage se estremece cuando el aire frío se cuela bajo la tela, y los tres reaccionamos.

—¿Tienes frío? —pregunta Callum.

—Ni lo más mínimo.

El vestido se le afloja sobre los hombros.

Aparto un tirante y beso la piel que queda debajo.

Gabe se ocupa del otro. Entre los dos, le bajamos despacio la tela negra por los brazos, no porque a ninguno le falte urgencia, sino porque ver cómo va quedando al descubierto compensa el dolor de la espera.

Debajo lleva encaje negro. Sencillo de lejos, lo bastante trabajado para resultar peligroso cuando me acerco.

—Lo tenías planeado —dice Gabe.

—Tenía planeada la ropa interior. Las mujeres lo hacemos de vez en cuando.

—¿Para nosotros? —insiste él.

Sage mira por encima del hombro.

—No te vuelvas insoportable.

—Demasiado tarde. —Mete un dedo bajo el tirante del sujetador y el cierre cede bajo su mano. Sus pechos quedan libres y los pezones se le endurecen con el aire frío de la noche.

A Callum se le escapa el aire como si hubiera recibido un golpe. Sé cómo se siente. He imaginado a Sage desnuda y siempre me he detenido antes de que la imagen se volviera nítida, en esa última frontera de decencia que podía presumir de mantener. La realidad no respeta fronteras.

Le cubro un pecho con la mano. Tiene la piel suave y caliente, y el pezón duro contra mi palma. Se arquea al instante y se ofrece aún más a la caricia.

—Rhys.

Oír mi nombre en esa voz casi acaba conmigo antes de empezar.

Le rodeo el pezón con el pulgar y veo cómo se le abre la boca. Gabe cierra los labios sobre el otro y le pasa la lengua una vez por la punta. Le flaquean las rodillas.

Callum la sujeta por el codo.

—Tranquila.

—Si me preguntas cada diez segundos si estoy bien, te haré daño.

—Te lo preguntará dentro de quince minutos —dice Gabe contra su pecho.

Se ríe, pero el sonido se le quiebra cuando él succiona con más fuerza.

Vuelvo a besarla y le deslizo la mano libre por el vientre. Los músculos se le tensan bajo mis dedos. Las bragas le quedan altas en las caderas, ya húmedas en el centro cuando le presiono los nudillos entre los muslos.

Sage empuja las caderas hacia delante sin vacilar.

—Dime qué quieres que te hagamos —le digo.

—Tocadme.

—¿Dónde?

Entrecierra los ojos tras la máscara.

—Sabes dónde.

—Quiero oírtelo decir, Sage. Quiero oír cuánto has deseado este momento.

La frustración en su rostro es mitad vergüenza, mitad necesidad. Espero. Los otros también. Nadie rompe el silencio por ella.

—Entre las piernas —dice al fin—. Pon ahí la mano. Tócame por dentro con los dedos, con la lengua. Necesito que me llenéis. Necesito un nudo.

Las palabras me atraviesan de parte a parte.

Su aroma se intensifica otra vez: ahora son fresas machacadas con azúcar, tan dulces que me duele la mandíbula, y todos los instintos que llevo tres años atando con correa vuelven la cabeza hacia ella y tiran.

Me cuelo bajo el encaje. Está tan húmeda que los dedos resbalan sobre ella sin resistencia, y el calor se cierra en torno a ellos. Le encuentro el clítoris y presiono con el dedo corazón. Deja caer la cabeza contra mi hombro.

—¿Ahí?

—Sí.

Me muevo en círculos lentos. No es presión suficiente para acabar nada, solo la justa para aprender cómo sus caderas persiguen mi mano.

Gabe le cubre el pecho con la boca. Callum le besa la línea que queda bajo la máscara, de la mandíbula a la sien, con las manos inquietas en su cintura, como si al autocontrol ya no le quedara dónde refugiarse.

—Está empapada —les digo.

Sage vuelve el rostro hacia mí.

—Estoy aquí delante.

—Lo sé. Quiero que nos oigas hablar de ti.

Su cuerpo se tensa alrededor del dedo que le introduzco.

Gabe levanta la cabeza. Se le han empañado los bordes de los cristales.

—Le gusta.

—No habléis de mí.

—Te cierras en torno a su mano, gatita.

El apelativo la hace estremecerse. Gabe lo ve y pierde el último rastro de sonrisa; el hambre ocupa su lugar.

Añado un segundo dedo. Sage separa más los pies para darme espacio.

Tiene la espalda pegada a mi pecho y siento cada respiración entrecortada.

Callum baja la boca hasta el pecho que Gabe ha abandonado.

Su lengua dibuja un círculo, uno solo, con un control exasperante.

A ella le cae una mano en el hombro de él y se agarra con fuerza.

—Más —dice.

Curvo los dedos. Se sacude contra mí.

—¿Así?

—Otra vez.

Se lo doy. Los muslos empiezan a temblarle, el placer se tensa bajo mi mano, pero Gabe me toca la muñeca.

—Espera.

Lo miro.

Se arrodilla sobre la hierba aplastada y le baja las bragas por las piernas a Sage, y espera a que saque los pies. El encaje desaparece en su bolsillo.

—Ladrón —dice ella.

—Prueba de una noche.

—Me has robado su mano.

—No te preocupes, omega, vas a tener mucho más.

Antes de que ella pueda responder, Gabe le levanta una pierna por encima del hombro y le pone la boca encima.

Sage grita. El sonido choca contra las paredes de heno y vuelve hasta nosotros.

La lengua de Gabe le trabaja el clítoris, ya sin provocaciones.

Mantengo un brazo firme alrededor de su cintura mientras Callum le sostiene la pierna que aún soporta su peso.

Ella baja la mano y le agarra el pelo a Gabe para atraerlo más hacia sí.

Él gime contra su coño, y la vibración le sacude todo el cuerpo.

—Ay, Dios.

La boca de Gabe sigue el ritmo de sus caderas: aplana la lengua y luego dibuja círculos. Dos dedos la penetran mientras le succiona el clítoris. Las uñas de Sage se hunden en mi antebrazo.

Callum observa cómo trabaja la mano de Gabe entre sus muslos. Su compostura está hecha añicos: respira demasiado deprisa y tiene las pupilas dilatadas tras la máscara.

Sage también lo ve. Alarga la mano hacia su cinturón.

La mano de él se cierra sobre la de ella.

—No tienes por qué…

—Quiero hacerlo.

Ella misma le abre el cinturón. La hebilla tintinea suave en el silencio entre los fuegos artificiales.

Callum solo la ayuda cuando los dedos de Sage se le enganchan en el botón; se baja los pantalones y los calzoncillos lo justo para liberar el pene.

Lo tiene grueso, ya erecto, con el glande oscuro y húmedo. Los ojos de Sage lo recorren de arriba abajo. Se lame el labio inferior.

—Sigue sin ser un examen —dice.

Callum se ríe una sola vez, deshecho e incrédulo.

—Desde luego que no.

Ella lo rodea con la mano. Él agacha la cabeza y le apoya la frente en la de ella. La primera caricia es lenta, mientras Sage aprende su peso y su forma. Le pasa el pulgar por la punta y extiende la humedad que hay allí.

Gabe elige ese momento para succionar con más fuerza.

Sage gime y cierra el puño alrededor del pene de Callum. Él maldice contra su boca.

Estoy tan duro que me duele, atrapado tras la cremallera mientras su cuerpo desnudo se mueve contra el mío. Cada sonido que hace lo empeora. Quiero estar dentro de ella. Y también quiero verla deshacer a cada hombre que creyó tener la disciplina necesaria para esperar.

—Rhys —jadea.

—Estoy aquí.

—Llevas demasiada ropa.

Me libero con una mano, sin dejar de sujetarla con el otro brazo. La suya abandona a Callum el tiempo justo para buscarme a su espalda. Sus dedos se cierran alrededor de mi pene, calientes y resbaladizos de haberlo tocado a él.

Durante un segundo, ninguno de nosotros respira.