Capítulo 36
El estruendo del bar se había desvanecido en un rumor sordo de fondo.
Las conversaciones, el tintineo de los vasos, el murmullo lejano del televisor sobre la barra...
todo se fundía en un paisaje sonoro monótono que hacía que Alex se sintiera extrañamente somnoliento.
Se frotó los ojos y dio un sorbo a su cerveza sin alcohol, que hacía tiempo que se había quedado sin gas.
Sacó el móvil del bolsillo de la chaqueta y miró la pantalla. Hanna le había mandado un mensaje.
Se imaginaba bastante bien qué diría. Quizá un «Llámame» o un «¿Estás bien? ¿Vas a venir todavía?».
Quería verla. Más que a nada. Pero no podía. El caso era la prioridad. Ella lo sabía tan bien como él, solo que se le daba mucho mejor que a él desconectar después del trabajo.
Se quedó mirando la ventana emergente con su nombre un momento y luego volvió a meterse el teléfono en el bolsillo del pantalón. Ella no aprobaría que estuvieran allí sentados de forma extraoficial, repasándolo todo una vez más, pero ninguno de ellos podía evitarlo.
—Y las entrevistas con los vecinos en casa de Silke Schwanitz fueron escasas —estaba diciendo Paul Klose.
—Excepto la del que creía haber visto a un electricista que podría encajar con la descripción —añadió Sabrina Möller.
—Exacto —dijo Klose—. Y una vecina en el edificio de Vanessa Fecke dijo que el hombre de la cicatriz se presentó en el sótano como un conserje de un servicio móvil que hace comprobaciones de vez en cuando.
Las pesquisas con el propietario revelaron que no ha contratado a ningún conserje ni ningún servicio por el estilo.
—El administrador de la finca del bloque de Silke Schwanitz tampoco dio ninguna orden a electricistas o empresas similares durante el periodo en cuestión —dijo Sabrina Möller—. Por supuesto, cabe la posibilidad de que la víctima contratara a alguien de forma independiente.
—Pero no hemos encontrado ninguna factura ni en casa de Vanessa Fecke ni en la de Silke Schwanitz que pruebe tales servicios —señaló Emma.
—Quizá simplemente no las guardaron —terció Alex.
—No lo creo. —Pilgrim estaba sentado frente a ellos, con el brazo escayolado estirado sobre la mesa.
En la otra mano sostenía una pajita de plástico, que usaba de vez en cuando para rascarse bajo la escayola—.
Las dos eran demasiado organizadas para eso.
Seguramente habrían presentado todo lo posible para sus declaraciones de la renta.
—Así que tiene varias identidades, o al menos sabe camuflarse bien —pensó Alex en voz alta.
—Ese tío sabe exactamente cómo hacerse invisible —confirmó Pilgrim—. Conserje, cartero, y quién sabe qué más... nadie lo cuestiona. Casi nadie mira con atención.
—Vale, al menos podemos establecer esto —dijo Emma—. Estaba discretamente cerca de las víctimas antes de asesinarlas. ¿Qué más? Se maneja con las cerraduras, porque no creo que consiga hacerse con llaves maestras de las fincas sin que nadie se dé cuenta.
—Entonces tendría que tener las llaves de los pisos también —añadió Alex.
—Así que sabe forzar cerraduras —dijo Paul Klose.
—Y se le da muy bien —dijo Pilgrim—. No encontramos rastros que sugirieran que se hubiera introducido otra cosa que no fuera una llave. Así que quizá una ganzúa o algo por el estilo. En cualquier caso, debe de haber tenido acceso a las casas y los pisos para hacer los preparativos.
—Entonces buscamos a un Maestro de las Llaves —dijo Alex.
—¿Y quién es el Guardián de la Puerta? —Sabrina Möller intentó aligerar el ambiente con la referencia a Cazafantasmas , cosa que Alex agradeció, aunque fuera solo por una fracción de segundo.
—Podría ser alguien que trabaje o haya trabajado para un cerrajero —añadió Pilgrim—. O para un servicio de mantenimiento o una empresa de seguridad.
—Sin olvidar la posibilidad de que sea un exsoldado; eso no reduce precisamente el campo —dijo Emma.
—Si encontramos a alguien que encaje en ambas descripciones... eso podría ser una buena pista —dijo Sabrina.
—Cierto —confirmó Pilgrim—. Supongamos que estuvo en la Bundeswehr o en las Fuerzas Armadas británicas, se alistó y sirvió en Kosovo o Afganistán.
Calculamos que el perpetrador tiene entre cuarenta y tantos largos y cincuenta.
Eso podría encajar. Si tomó la vía de la ingeniería, podría haberse especializado en desactivación de explosivos.
Alguien así puede enmascarar su presencia, infiltrarse, y también sabe manejarse con artefactos explosivos.
—Y sería capaz de reconstruirlos —dijo Paul Klose.
—Exacto —confirmó Pilgrim.
—Y si realmente estuvo en una misión en el extranjero, podría haber sufrido un trauma que lo condujera a los asesinatos.
—¿Tenéis alguna idea de qué tipo? —preguntó Emma.
—Tratándose de guerras, hay demasiadas posibilidades para eso —dijo Pilgrim—. Pero creo que, dado que se centra en mujeres de éxito, su móvil se remonta a antes de su paso por el ejército. Un trauma de guerra podría haber sido el detonante final.
—Vale —dijo Alex—. Empresas de seguridad, cerrajeros... son todas compañías localizables las veinticuatro horas. Podríamos ocuparnos de eso ahora.
—Yo me encargaré de conseguir la información de la Bundeswehr primero —dijo Sabrina Möller—. Estoy segura de que, si pido permiso a Aufderheide y Krüger para involucrar a la Policía Criminal del Estado, es más probable que digan que sí de lo que lo harían con vosotros, almas cansadas.
—Entonces esperemos que no sea un reservista —dijo Pilgrim—.
Esos caen bajo el secreto militar. Así que podría ser que el Servicio de Contrainteligencia Militar se involucre y luego deniegue cualquier información.
Después de todo, esto no son más que especulaciones.
Todavía no tenemos un sospechoso concreto.
—¿Pueden seguir invocando su secreto en un caso de asesinato múltiple? —preguntó Emma.
—Si la seguridad nacional se ve afectada, por supuesto —dijo Pilgrim.
—¿Y si es británico? —preguntó Emma.
Paul Klose puso los ojos en blanco—. No están sujetos al derecho penal alemán y tienen su propia policía en los cuarteles. No tenemos ninguna oportunidad allí a menos que traigan voluntariamente a alguien de fuera, como a Pilgrim en su día.
No era un gran avance; eso estaba claro para todos. Nadie saltó para investigar el asunto de inmediato. Pero tras una fugaz mirada por la ventana hacia la calle, Alex vio una razón muy buena para saltar y salir corriendo.
—Qué... —oyó que Emma empezaba a decir. Ella solo pronunció su nombre cuando él ya había salido disparado por la puerta.
No le importaron las miradas de los otros clientes, que seguramente estaban fijas en él con desconcierto.
Había visto al hombre del retrato robot.
Estaba seguro de ello. Sin embargo, ahora, mientras estaba fuera de la puerta mirando calle arriba y calle abajo, se había desvanecido como si se lo hubiera tragado la tierra.
El nivel de ruido del bar le llegaba desde el interior. —¿Todo bien? —oyó preguntar a Emma.
—Lo he visto —dijo Alex, sin creerse del todo sus propias palabras—. O al menos, me lo he imaginado.
Emma se puso a su lado y empezó a mirar también en todas direcciones. —¿Dónde?
—Al otro lado de la calle.
—¿Estáis bien? —preguntó Sabrina, que ahora se unía a ellos también.
—Sí, todo bien —dijo Alex con cansancio—. Deberíamos ponernos a trabajar.
De vuelta en la mesa, todos se sentían un poco incómodos.
—Estaba tan seguro de haberlo visto —insistió Alex—. Pero podría habérmelo imaginado. Estoy agotado.
—También podemos repartirnos de otra forma —sugirió Paul Klose con cautela.
—No, está bien —dijo Alex—. Gracias. En casa, me quedaría mirando al techo de todos modos.
—Vale —dijo Paul Klose mientras se levantaba—. Esto corre de mi cuenta. —Fue a la barra a pagar mientras los otros se preparaban para abandonar el establecimiento.
—Os llamaré en cuanto tenga algo —dijo Sabrina Möller.
—De acuerdo —dijo Emma—. Nosotros volveremos al edificio nuevo a ver si al final encontramos alguna pista. —A Pilgrim le dijo—: Paul y tú, ampliad las entrevistas en el lugar del crimen de Melanie Krause. La CID ya se está encargando del vecindario de Vanessa Fecke.