El justiciero de mujeres (Bajetzky y Kuper 5) Capítulo 3
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Capítulo 3

En la sala de descanso de la primera planta de C’est La Vie , estaban interrogando a la tercera de los compañeros de Silke Schwanitz.

—En realidad no sé nada sobre ella —estaba explicando Magdalena Rilke en ese momento. Con su pelo corto de color rojo brillante y sus brazos tatuados, parecía menor de veintitrés años. Seguro que todavía le pedían el DNI al comprar alcohol.

—¿Notó tal vez alguna vez que tuviera alguna discusión con alguien? —preguntó Emma—. Aunque fuera solo por teléfono.

—Sí, desde luego. Su despacho está frente al mío, verá.

Bueno, no es exactamente el mío. Es un despacho compartido para los conductores de asistencia externa.

Se me da bien redactar, así que no solo paso a ordenador mis propios informes, sino también los de algunos compañeros que no hablan muy bien el alemán.

—Es muy amable por su parte —dijo Emma.

—Sí. Supongo.

—¿Qué clase de discusión oyó?

—Bueno, no sé si eran discusiones propiamente dichas. Quiero decir, los familiares a menudo tienen ideas totalmente absurdas sobre la atención externa y creen que tienen derecho a darnos órdenes como si fuéramos camareros. Pero Silke es muy directa y pone a la gente en su sitio.

—¿Incluidos sus compañeros? —preguntó Alex.

—Si hace falta, claro.

—¿La señora Schwanitz la ha regañado a usted también alguna vez? —quiso saber Emma.

—No realmente... aunque espere, una vez. Pero eso no tuvo nada que ver con el trabajo.

—¿Se veían en privado? —preguntó Alex.

—No, fue en su despacho. Quería preguntarle algo.

Hace ya unas semanas de eso —no tengo ni idea de qué se trataba— y me estaba enseñando algo en el ordenador.

Yo estaba de pie detrás de ella mirando su pantalla cuando recibió un mensaje y, por instinto, me quedé mirando su móvil.

No fue intencionado, solo un reflejo, pero debió de verlo en el reflejo del monitor y me espetó que qué me creía que estaba haciendo y demás. Fue muy incómodo.

—Bueno —dijo Emma—, ese tipo de cosas no están muy bien vistas, ¿verdad?

—No me refiero a eso, me doy cuenta, y además no fue a propósito. Lo que quiero decir es que lo que era incómodo era lo que leí allí. Era muy... sugerente.

—¿Pudo ver con quién se estaba mensajeando? —preguntó Alex, con el bolígrafo listo para anotar el nombre.

—Babe Hashtag 3. Eso era todo lo que ponía.

***

—Babe Hashtag 3 —repitió Alex mientras subían al coche de Emma en el aparcamiento de grava tras el edificio, que estaba junto a los vehículos de asistencia externa con el nombre del centro de cuidados rotulado en ellos.

—Así que tenía líos —dijo Emma, poniéndose al volante.

—Al menos uno, evidentemente.

—Pero eso no nos acerca más a una orden judicial. —Emma arrancó el coche—. Ni su jefa ni los otros compañeros han dicho nada lo bastante sospechoso. Nadie ha podido decir ni una palabra mala de ella.

—Esperemos aprender algo más de Gräfe mañana.

El teléfono del trabajo de Alex sonó. —Kuper.

—Soy Tillmann —dijo la voz de su compañero de informática forense—. ¿Querías echarnos un ojo cuando empezáramos con el piso?

—Sí, gracias. Estaremos allí en diez minutos.

—¿Supongo que tenemos que esperaros?

—Si tenéis tiempo, sería estupendo —dijo Alex.

—Por supuesto que no lo tenemos, pero lo sacaremos.

—Gracias, te debo una.