El Juramento del Castillo de Alcaraz Capítulo 23
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Capítulo 23

El juramento en la Torre

Isabel de Montemar

Al anochecer, encendió la primera vela con la misma mano con la que, semanas atrás, había apoyado su palma sobre la cera fría de un sello, con la respiración contenida.

La llama olió a cera nueva y a humo de hornillo; la piedra de la Torre del Juramento devolvía ese brillo con reverberación antigua.

Isabel dejó que la luz trazara un óvalo tibio sobre las losas, luego encendió las otras dos en el orden que había decidido: primero la que iría junto a la imagen del linaje, luego la del lugar donde su madre dejaba cartas, y por último la del pedestal del crucero.

Cada gesto clausuraba y abría: voluntad depositada en ritual.

El atillo de pliegos y copias estaba dispuesto sobre la mesa de roble, atado en cordel y cubierto por una tela oscura para que nadie dijera, por descuido, la presencia de palabras antes de tiempo.

Catalina se inclinó hacia la mesa con cuidado de no arrugar el lienzo; sus dedos, manchados de tinta, repasaron la disposición de las hojas como quien cuenta instrumentos antes de una sinfonía.

Isabel la miró sin hablar, y Catalina comprendió que esperaba la señal para descubrir la copia destinada al prior.

—¿La nota ritual está a mano? —preguntó Isabel sin alzar la voz.

Fray Raimundo respondió con un murmullo, la sotana rozando la piedra. Tenía la voz afeitada por la liturgia, y en esa sala cada sílaba suya pesaba como una piedra bien colocada.

—Aquí. La he corregido según lo convenido. La fórmula nombra los cirios laterales y la presencia de dos cofrades. Si lo requieres, la recitaré primero para que la oigas en su plano ritual.

Isabel asintió. No necesitaba que el prior la ahorrara de la palabra; necesitaba que cada término fuera exacto, que la liturgia empalmara con la ley y con la memoria de la casa.

La abreviatura —la “R.” en el margen—, la rasgadura señalada y la fibra azul en el doblez del pliego eran piezas de un rompecabezas que debía cerrarse con ceremonias para que tribunal y iglesia reconocieran su encaje.

Todo dependía también de la estética: pronunciación de la fórmula, colocación del cirio, vista del sello, gesto del prior.

Hernán llegó con las tablas de señalamiento, la lista de asistentes y el pequeño cofre donde guardaba los sellos temporales y los lingotes de cera listos.

Su paso fue el de siempre: puntual y discreto.

Dejó la lista sobre la mesa y la abrió con el cuidado de quien no quiere que una palabra se pase de su sitio.

—Juana figura para certificar como testigo. El alcalde vendrá desde Valdela. Don Álvaro y Don Martín acudieron; Doña Teresa ha confirmado. He pedido que los señores no entren todos juntos: uno por vez en la antesala para que firmen ante el escribano.

Isabel siguió su mirada sobre los nombres.

Le importaba menos el número que la disposición: testigos civiles a la derecha, clérigos a la izquierda; dos cofrades designados en la capilla; el escribano Diego frente al atril, su pluma afilada y el tintero lleno.

Ordenó que, a la entrada, las manos estuvieran vacías: ningún arma sobre la mesa, ningún estandarte dentro.

Había pactado esa condición con Mateo; sabía que la guardia debía ser presencia sin intimidación.

Al pensar en él la galería pareció volverse rígida: el soldado que prometía proteger y que había jurado no suplantarla.

No lo llamó; su mirada, al pasar por la ventana baja, bastó para ubicarse sin palabras.

Fray Raimundo extendió el pliego ritual sobre el atril; la caligrafía de la nota parecía antigua, como si la liturgia escribiera de nuevo sobre el tiempo.

Isabel se acercó y, sin tocar la letra, recitó en su mente la sucesión de términos: juramentación ante la cruz, aunamiento de cirios, rúbrica de los dos cofrades, mención del cirio del crucero.

Cada señal era una cláusula jurídica en sí misma.

Cuando pronunció la fórmula en voz baja lo hizo como quien ensaya una senda.

—Que la Iglesia dé fe —murmuró—. No necesito un sermón que me salve; necesito el gesto que nos blinde ante la letra.

El prior la miró con la reserva de quien guarda la autoridad, y la sala se llenó de esa gravedad que no exige aplausos.

Isabel ensayó el gesto final: la mano derecha descubierta sobre el Libro de Cuentas, la otra sosteniendo el pliego sellado.

Sería un juramento público, pero primero vendría la liturgia que lo convertiría en acto legítimo.

Pensó en la plaza, en las manos que habían depositado cartas, en la cara de Juana, y en la nota que había clavado Hernán en el libro.

Si la plaza volvía a conspirar con ruido y rumores, al menos habría un registro que pesara.

—¿Cómo quieres que se haga la inscripción? —preguntó Catalina, acercando la transcripción en limpio.

—En columnas —respondió Isabel—. A la derecha el texto exacto; a la izquierda la correspondencia con nuestro registro: sello, cirios, rúbricas, testigos. Pon la “R.” entre comillas donde convenga.

Catalina asintió y apartó la tela. Su mano llamó a la tinta con prontitud; en esos trazos Isabel encontró un alivio pequeño: la letra que fija la memoria.

Recordó, sin dramatizarlo, la oscuridad de algunas noches de archivo y la luz de la lámpara; la fragilidad de los pergaminos y la fuerza de la palabra escrita.

La tradición, red de obligaciones, servía de escudo o de amenaza según quién la manejara.

Hernán se detuvo en el dintel, con una bolsa de plumas y cordeles. Tenía la costumbre de hablar en voz baja, como quien no desea que la piedra repita mal una instrucción.

—He dispuesto la entrada por la galería —dijo—. Juana y el alcalde firmarán primero; luego, a la derecha, los señores. Los escribanos reales estarán en la sala de recepción; he dejado dos sellos temporales listos por si hace falta el precinto.

Isabel repitió el plan en su interior y añadió, por economía, la precisión de que nadie, ni siquiera Doña Teresa, se permitiera un gesto que no fuera escrito. Era su manera de proteger al valle: no había seguridad que no pasase por el folio y el sello.

Miró la torre: las paredes respiraban memorias, escuchables en su silencio.

Había oído, la noche antes, los preparativos en la herradura, los cuchicheos de los veteranos, el roce de mantas.

Allí, en esa piedra, se habían sellado juramentos anteriores, y la idea de repetir la escena le parecía un sacramento y un desafío.

Escuchó su propio pulso en el hueco de la sala, y cada vez que la sangre le exigía calma, la contenía con la precisión de un alfabeto.

No se permitía la grandilocuencia, pero sí el gesto limpio.

Cuando el prior se echó el libro sobre el pecho y apoyó las manos en la mesa, Isabel apretó el pliego contra el costado, como para afirmar la voluntad de asumir la vulnerabilidad pública.

Había noches en las que el miedo se colocaba como un animal al lado de su cama; otras, la resolución la ponía de pie.

El juramento no sería solo un instrumento jurídico; sería, también, acto de corazón y de política.

Si pronunciaba la palabra que abría la responsabilidad, lo haría ante la comunidad y sin renunciar a su nombre.

Pidió a Fray Raimundo que leyera de nuevo la nota ritual, y el hombre la pronunció con la lentitud que convierte el ruido en un signo.

Las palabras cayeron, contadas y exactas, y, a cada cláusula, Isabel comprobó las manos: Catalina con la pluma, Hernán con la cinta y el cuaderno, Juana ya avisada por mensajero en la plaza.

Afuera la brisa pegaba una fría nota en las almenas; aquí dentro la luz se concentró, como si la sala acogiera la voluntad y la doblara en acto.

—Que conste —dijo Isabel— que todo lo que se haga en esta torre ha de quedar registrado: firma, sello, hora y testigos. No sólo por la casa, sino por los molinos, por los arados, por quienes dependen de nosotros.

No añadió más. Sus palabras ocuparon el aire como una orden técnica; la sala las aceptó como un parámetro. Sabía que la firmeza podía asustar; prefería eso a la indecisión que deja al pueblo sin referencia.

Antes de que llegaran los primeros asistentes, Isabel se acercó al cofre menor.

Pasó la palma por la tapa donde la marca de cera aún no se había endurecido del todo.

Era un gesto de posesión y de entrega: allí iban a quedar los sellos, las copias certificadas y la glosa técnica.

Guardó en la faja la llave que sólo ella debía portar y, al cerrarla, dejó que su pulgar rozara la cabeza fría del metal.

Era una promesa entre su cuerpo y la casa: no daría nada que no estuviera escrito ni firmado; no aceptaría que la palabra se resolviera sin ley.

Al abrir la puerta para recibir al primer testigo, oyó el roce de botas en la galería.

Respiró una vez, afinó la voz en silencio y puso la mano sobre el pliego sellado que descansaba en el atril; lo demás, la plaza, los murmullos, las esperanzas, quedaría para la mañana; allí, en la torre, la ley comenzaba a tomar forma a través del ritual que iba a presidir.

Oyó las botas en la galería antes de ver la sombra de Mateo atravesar el dintel.

La mano le quedó un instante más sobre el pliego sellado; notó en la yema el frío de la cera y el leve temblor del atril cuando él apoyó la palma en el travesaño, presencia que no reclamaba sitio sino que lo ofrecía.

Isabel dejó el peso del gesto donde estaba y dio un paso hacia la mesa, sin prisa, como quien alinea una pieza en un tablero ya dispuesto.