El Juramento del Castillo de Alcaraz Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

Hubo un instante en que la explanada los escuchó sin conmoverse: el rumor se contuvo por costumbre.

Isabel apoyó la mano derecha sobre el atril, notó en la palma el relieve de la cera que llevaba aún la marca de la casa y, sin pronunciar palabra, hizo un gesto leve para que Catalina iniciara la lectura técnica.

Catalina desató la cuerda del primer atado y, con una voz templada por la práctica, comenzó a exponer.

—He revisado las copias y el original depositado en la cámara del receptor —dijo—, señalo tres anomalías técnicas que obligan a duda: primera, el soporte del folio no corresponde a la pasta del archivo local; su grano es más fino y presenta hilillos de traza que no aparecen en remesas de nuestra comarca.

Segunda, las tintas usadas en distintas rúbricas muestran dos recetas: unas líneas de tono parduzco y otras de negro acerado; esa alternancia es típica de oficinas palatinas, no de escribanos rurales.

Tercera, el sello: la cera ha sido trabajada tras el lacrado; hay señales de alisado y relleno que borran la rugosidad propia de cuño antiguo.

No hallo la rotura natural ni la lama de aceite que conservan los sellos de antaño; encuentro, en cambio, una superficie excesivamente regular, como si la cera hubiera sido rehecha y tensada con instrumento.

Aclaró que su consulta se había hecho sobre el ejemplar que el comisionado dejó a disposición para el cotejo público, no sobre una pieza mantenida fuera del ámbito de la audiencia.

Mientras Catalina decía las palabras técnicas, Isabel permitió que el murmullo descendiera: la gente fue bajando la voz.

No aplaudieron; miraron a la cera, a la letra, a la fila de folios sobre la mesa.

Isabel recordó la nota que había escrito en la capilla: «Pediré cotejo de tinta, cotejo de sello, presencia del prior.

» Los había citado a todos; ahora los veía traducir el gesto de papel en peso político.

El prior dio un paso adelante. Su sotana apenas rozó la piedra; su voz no tronó, certificó.

—He oído la descripción —dijo—, he leído la nota ritual que acompaña las copias.

Como testigo de la Iglesia pido que se constate que la ceremonia evocada en ese pliego no coincide con la memoria del archivo eclesiástico del priorato.

Nuestro libro de aniversarios y las entradas del sacristán muestran juramentos con fórmulas distintas a las que ese documento dice haber usado.

Además, la nota ritual que hoy acompaña la transcripción no contiene las señales de oficio habitual: falta rúbrica de dos cofrades y la mención del cirio lateral.

No afirmo falsedad con ligereza; solicito peritaje por manos eclesiásticas y la convocatoria de escribanos neutrales.

Mientras tanto, la Iglesia no puede dar fe de la exactitud ritual invocada en el pliego.

La palabra del prior, pronunciada con la lentitud que impone un altar, pesó en la explanada como campana.

Algunos señores volvieron los ojos al receptor; otros miraron el sello grande que había traído el comisionado.

Don Alfonso apretó el puño contra el faldellín de su capa como si quisiera buscar consuelo en el tejido.

No esperó a que las miradas se dispusieran: avanzó con el gesto hostil que su posición le permitía.

—Esto no es más que retórica —dijo Alfonso, y su voz trató de glosar desprecio—. Habéis traído peritajes sin fundamento; ¿qué autoridad tiene una mujer del archivo para dispensar dudas a la cera del receptor? El sello del estuche no engaña a ninguno de los presentes.

Sus palabras buscaban desmontar la técnica con gesto; jugaba la carta del público, del brillo del emblema.

Isabel no respondió con furia: dejó que Catalina continuara, y Catalina, con ojos algo agujereados por la vela, llamó a su lado al escribano que Mateo había logrado traer desde la posada del cruce —aquel cuyo nombre la plaza ya había oído en murmullos, el hombre que se sentó con las manos curtidas y la mirada aún enrojecida por la noche.

El escribano se puso en pie con la ceremonia de quien va a jurar. Sus dedos temblaron apenas cuando tomó la cuerda del estuche y desplegó ante los presentes una cuartilla de trabajo: sus caligrafías, dictadas por años de cuña y abreviatura, trazaban una letra que la plaza reconoció como oficio.

—Soy Jerónimo Suárez —dijo—, fue orden mía, en otra hora, copiar fórmulas y anotar entradas.

No estoy aquí para elogios. Tengo apuntes de abreviaturas y rutas.

Acorde a mis cuadernos, la marca que aparece como "R.

" en los márgenes no es de esta comarca; esa abreviatura remite a una red que remitía copias hacia la capital.

En mis notas aparece la rúbrica doble que hoy se reclama como prueba, y en mi memoria hay nombres de posadas por las que pasaron pliegos sin lacre ni guardas.

He visto la letra que se presenta del lado de Alfonso.

Comparándola con mis cuadernos, hay ligaduras que no se trabajaron aquí: son fórmulas que aprendí en la corte cuando fui llamado años atrás.

No lo digo para imputar sin pruebas; lo digo para que conste que las abreviaturas y las rutas coinciden con las que figuran en una carta sin sello que me mostraron esta mañana y que, por juramento, deposité ante el notario.

Al mencionar la carta sin sello, Isabel sintió el calor de la cera en la faja como si la llave respondiera a su pulso.

No habló; su gesto fue otro: dejó ver la leve curva del papel que llevaba aún en el arcón menor, pero no lo desplegó.

Bastó que Jerónimo enlazara sus anotaciones con la existencia de esa hoja para que la explanada resquebrajase su ecuanimidad.

Las abreviaturas a las que aludía no eran palabras para la plaza, sino señales profesionales, y sin embargo la gente entendió el alcance: rutas, corredores, pagos.

Don Alfonso rugió, buscó un contraataque en la boca del escribano.

—Esta charla de "abreviaturas" no prueba nada —replicó—, ¿quién os dijo que lo que llamáis "red" existe? ¿A quién sirve vuestro testimonio, señor Jerónimo? Hablad con nombres, no con insinuaciones.

El escribano clavó la mirada en Alfonso como quien sopesa la última vergüenza de un hombre y respondió con la misma precisión contenida que había aprendido en la práctica de cuadernos.

—He anotado nombres —dijo—, he puesto horas y posadas en mi cuaderno.

No los pronuncio a la ligera porque este juicio exige constancia escrita y ritual: traeré mi libro, lo transcribiré ante notario y clérigo, y juraré por la cruz.

Si alguien lo impugna, que traiga su escribano a cotejar; que se vea que la letra y las abreviaturas pertenecen a mano palatina y no a las manos humildes de aquí.

Hubo un murmullo como de ramas al quebrarse.

Varios testigos de Olmedo miraron entre sí: un caballero apartó la vista hacia su pliegue, un enviado del receptor respiró con dificultad.

La técnica, leída por Catalina, certificada por el prior y comentada por un escribano que hablaba de rutas y cuadernos, llenó el vacío que Alfonso intentaba explotar con oratoria.

No era un juramento emotivo, sino una cadena de pruebas: soporte, tinta, sello y ruta.

Cada eslabón obligó a la plaza a mirar al siguiente, a medir la coherencia.

Alfonso, viendo la pérdida de aplomo, cambió el tono por la ofensiva personal.

—Señores —dijo con altivez—. ¿Confiaréis en las manos de un escribano que vino atraído por promesas? ¿Confiaréis en la palabra de una archivera que rompe sellos a la luz de antorchas? No permitáis que la casa de Montemar convierta la plaza en un teatro de sospechas.

Isabel, hasta entonces silenciosa, dejó que su mano derecha se cerrase un momento sobre el pliego que sostenía en el atril y habló por fin, con la voz que había trabajado en la capilla.

—Pido que se haga lo que la ley y la costumbre disponen —dijo—, no busco humillar con palabras; exijo cotejo, transcripción y testimonio ante notario y clérigo.

Si el receptor lo impone, depositad el original bajo custodia eclesiástica hasta que peritos imparciales lo examinen.

No pido que crean a Catalina por su cargo ni a Jerónimo por su nombre; pido que crean a la letra cuando se coteje y a la cera cuando parezca trabajada.

La plaza verá así si un sello habla por sí mismo o si necesita de pericia para ser verdad.

Su frase fue cerrada y cierta; no llevaba llamas, sino procedimiento.

Y ese fue el giro: la plaza —que temía la guerra y honraba el rito— aceptó la idea de prueba.

Rostros se volvieron hacia el receptor; algunos inclinaban la cabeza, otros murmuraban nombres de notarios.

La creencia en la corte, que Alfonso había supuesto a su favor, empezó a vacilar ante la posibilidad de que la corte recibiera, no una certeza, sino un conjunto de dudas documentadas.

Al final, cuando el comisionado de Olmedo hizo una seña huraña y obligó a sus testigos a permanecer en vilo, Isabel apoyó la palma sobre la cera fría del pliego y dejó que el silencio, preciso y largo, midiera la primera rendija a su favor: la explanada empezaba a preguntarse por las letras más que por el brillo de las ruedas.

A primera hora, Isabel sostuvo el pliego entre los dedos sobre el atril; la cera bajo su mano guardó el calor hasta que un murmullo la obligó a retirar los dedos.

No se apartó del atril; dejó la carpeta con las copias certificadas al alcance de Catalina y vio cómo el receptor, con el estuche a su lado, intercambió una mirada breve con el prior.

La explanada ya no respiraba por costumbre: olía a barro seco, a cuero y a la humedad de la piedra, y las voces que habían buscado brillo comenzaban a buscar certeza.

Los veteranos, alineados junto a la cuerda, mantenían picas apoyadas contra la piedra como aviso contenido.