El Juramento del Castillo de Alcaraz Capítulo 18 #3
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Capítulo 18 #3

Volvió al papel y escribió una nota breve que entregó a Catalina para que la guardara en el interior del sobre que partiría al alba hacia la capilla.

No era un texto para la plaza, sino una instrucción para quienes habrían de presentar las pruebas ante el prior: ordenar la lectura literal, marcar lagunas de sello, solicitar la presencia de escribanos neutrales, pedir que el sacristán Juan fuera citado para testimonio.

Catalina tomó la nota, la guardó y selló con un punto de cera tibia que Isabel dejó caer sobre el doblez: no una marca de poder, sino un sello de protocolo.

A la hora de decidir cuáles verdades nombrar en voz alta y cuáles reservar, Isabel trazó en el margen una lista corta; cada línea era un umbral: ofrecer nombres de testigos locales (Juan, Juana, el escriba viejo); mencionar la existencia de pliegos con rasgaduras y abreviaturas extrañas; solicitar formalmente el cotejo técnico.

No escribió la hoja sin sello ni las anotaciones que Mateo le había mostrado; esas quedarían para el prior y el notario en cámara cerrada, no expuestas como trofeo para los oponentes.

Había aprendido demasiado bien que la plaza aplaude la claridad pero que la Corte sabe girar la atención en beneficio del que más brillo tiene.

Hizo una pausa y, de pronto, pensó en Doña Teresa. Tenía que agradecer su intermediación sin dar carta blanca a las gestiones palaciegas. Tomó otro pliego y, con una letra contenida que parecía equilibrar gratitud y límite, escribió:

«Doña Teresa: agradezco su disposición. Presente en Palacio la petición sellada y la petición de peritaje. No admita arreglos orales; convenga sólo cartas firmadas que no comprometan rentas ni administración. Su discreción es valiosa; su lealtad, necesaria. I.»

Dobró la nota, la selló con un punto pequeño de cera y la dejó al lado del cofre menor; pediría a Hernán que la hiciera salir por la vía establecida a la primera campanada. Fue un agradecimiento que cerraba una condición: ayuda sí, cesión no.

Volvió a ponerse de pie y practicó el gesto con que haría la señal a Catalina en la explanada: un toque con la pluma en el margen, seguido de un leve movimiento del índice hacia la derecha, como si deslizara una hoja.

Era sencillo, inconfundible, pensó. Lo probó mirando al rostro de Catalina, que le devolvía la calma con su sola presencia.

La señal habría de servir para dos cosas: ordenar la entrega de la copia que obligaría al prior a pedir peritaje y hacer que Hernán alzara la mirada para anotar hora y testigos.

Todo debía ocurrir en cadena, como si cada gesto fuera un eslabón.

Escribió la última línea de su proclama interior, la que sellaría su intención moral: «Si la ley manda, que sea la ley la que pese; no la espada ni la promesa susurrada en posadas.» Lo leyó en voz baja, afinó la entonación y dejó que la frase reposara, breve, sobre la madera.

El cofre menor estaba abierto a su lado: dentro, las copias certificadas, las transcripciones de Catalina y la nota ritual que Raimundo habría de refrendar.

Sacó cada pieza con la diligencia de quien acomoda objetos frágiles: el papel no debía humillarse ni la palabra perder su filo.

Colocó con cuidado la transcripción de la acta parcial, la copia destinada al prior y la réplica técnica en el orden que discutieron antes.

Sobre el paquete principal dejó el pequeño sobre ya dirigido a Doña Teresa y la nota para el escribano Diego con la instrucción de certificar la transcripción al amanecer.

Cuando hubo cerrado la tapa, apoyó la mano sobre el cofre y dejó que el calor de la palma templara la cera.

Tomó la llave de la faja; la conocía por el peso y por el surco: la había llevado allí tantos días que su presencia ya formaba parte del gesto cotidiano de guardar.

Insertó la llave en la cerradura y la giró con la precisión de quien sella un pacto pequeño y necesario.

Al cerrarlo, sintió un ruido sordo que cerraba más que metal: era la convicción de que algunas piezas debían quedarse dentro hasta el momento oportuno.

Guardó la llave otra vez en la faja, dobló la capa con la mano que no había usado para sellar, y dejó que la luz de la vela dibujara, por un instante, el contorno de su rostro en la piedra.

No había alivio que fuera un triunfo; sólo una comprensión templada: el juramento venidero exigía fe y también estrategia.

Había afinado la voz, pactado señas con Catalina y puesto límites a las buenas intenciones.

Tenía un discurso que respetaba la ley y un cofre que guardaba la letra que podía probarla.

Antes de apagar la vela, apoyó la palma una vez más sobre la cera, no ya como quien exige silencio, sino como quien escucha su propia promesa.

El temor se coló en la respiración que ofreció al cuarto.

Junto a él, una esperanza contenida la sostuvo; no la confió a nadie y la dejó arder en la luz mínima de la vela.

Luego, con la misma calma con que había empezado, retiró la mano, cerró los ojos un instante y dejó que la noche guardara, por unas horas, la decisión que habría de presentar en voz alta.