Capítulo 12 #3
Don Álvaro de Tordera, que hasta entonces había permanecido sentado en el borde de un banco, se incorporó con cortesía que no ocultaba oficio.
—Doña Isabel —dijo—, puedo llevar vuestra causa entre mis manos en la Corte. Firmaré por vos si convengo con la Casa un gesto: el cobro del puente del molino durante cinco años para reparar el paso y garantizar el comercio que os beneficia. No pido señorío; pido concesión temporal para obras.
Isabel dejó que los ojos midieran al hombre: sabía leer el lenguaje de los favores. No negó la necesidad de bienes materiales en la defensa; negó que esos bienes pudieran pagarse con la voz del señorío.
—Si acepta darme una carta —respondió—, que diga qué observó de utilidad pública en Alcaraz: mercados, molinos, puentes.
Que no mencione concesiones que afecten a la administración ni derechos perpetuos.
Si desea una compensación, que su fórmula venga como reconocimiento honorífico, no como cesión de renta.
Traedme la carta con sello y la firma de vuestro escribano; la adjuntaré al expediente.
La réplica de Don Álvaro fue una inclinación contenida.
Intervino el otro señor, Don Martín de Belmonte, con la voz de quien busca mediación en la cancillería.
—Puedo hablar por vos con dos notables que atienden al consejo —propuso—. Pido, a cambio, que Alcaraz reconozca mi derecho de caza en las dehesas comunes un día al año; nada más. No deseo rentas, solo un gesto público.
Isabel oyó el matiz y no lo desdeñó; el derecho de caza era honra, no administración, y podía anotarse sin mermar arrobas ni cobros. Silencios y miradas cruzadas: en esa cifra estaban la ambición y la prudencia.
—Escribidlo —dijo—. Os daré una carta de reconocimiento; nada que implique renta o facultades administrativas.
Todo trato quedará consignado en nuestra copia y en la vuestra, sellado y firmado ante testigo civil.
Si alguien cree comprar lealtades con terrenos, que lo haga donde la casa ponga precio. Aquí, el precio es la letra.
Doña Teresa presionó la yema de los dedos sobre el borde de la mesa; su gesto se tensó.
—Conozco a un intercesor en la Corte —murmuró—.
No es hombre de grandes favores, pero tiene oído con la Reina.
Puedo hablarle, pedir agilidad. No obstante —miró a Isabel con la gravedad de quien mide el coste—, me pide algo que él valora: una nota directa, breve, que exprese exactamente lo que necesitáis.
No acepta promesas verbales; quiere que el matrimonio de la casa no sea pugnado por rumor sino defendido por evidencia.
Isabel inclinó la cabeza. Lo que pedía Teresa ya lo había exigido desde el principio: folio y testigos. No habría favores entregados a escondidas.
—Escribid la nota aquí —ordenó—. Poned mi nombre y sumad la relación de hechos que Catalina consignó: fechas, testigos posibles, copia de la transcripción.
Pedid urgencia y, sobre todo, que nuestra petición vaya en tres ejemplares: uno al intercesor, otro al prior y el tercero quedará en archivo para sellarlo ante notario.
Doña Teresa sacó pergamino y pluma con el mismo acto con que se ofrecen las alianzas; su mano no tembló.
Isabel dictó, palabra a palabra, la forma de la petición: mesura, petición de peritaje eclesiástico y una sola exigencia política —que el intercesor reclamase que los peritos designados fueran imparciales y citase la necesidad de cotejo de sellos con documentos de Alcaraz.
Mientras la frase se trazaba, los dos señores de la sala se acercaron a la mesa, cada uno trayendo una proposición escrita en borrador. Isabel las puso una junto a otra y pidió a Hernán que las viese; el mayordomo incluyó la anotación en su cuaderno sin levantar la vista.
—Si estas cartas vienen con sello y dos testigos —dijo—, las adjuntaremos a la relación cronológica que iremos presentando al receptor. Nada se admite en palabra sin firma.
El escribano menor, a quien había mandado reparar una duplicata, dejó sobre la mesa las tablas: dos copias, una para cada carta.
Catalina, que había entrado sin que nadie la llamase —trabajada por la costumbre de quien anticipa la urgencia—, alisó la hoja certificada con la punta de los dedos y asintió sin añadir.
—Las copias deben llevar la nota en el margen que indique si el autor pide algo a cambio —advirtió—. Si alguien pide una concesión, que lo ponga con claridad; no acepto eufemismos que oculten cesiones de renta.
—Preparad dos formularios —dijo Isabel—: uno para cartas de apoyo y otro para constancias de ofrecimiento.
Todo lo que sea oferta se consignará, se sellará y se guardará.
Si hay oro, que quede en acta. Si hay promesas de tierra, que venga en escritura.
No me interesa promesa que no pueda leerse en una audiencia.
Doña Teresa dejó la pluma y alzó la vista, cálida por un afecto que no concedía la casa.
—Iré al Palacio esta noche —anunció—. Entregaré vuestra nota al intercesor. Exigiré que la vea anochecida; si no, traeré su negativa por escrito. No negociaré en voz baja sin sello.
—Traedme su sello —repuso Isabel—. Nada que él diga sin folio será prueba. Y poned la hora de la entrega en el libro de Hernán.
Tomó la hoja donde Doña Teresa había escrito y añadió una línea breve: "Se ruega urgencia.
Cotejo de peritos. Prior requerido." La frase fue seca, de oficio.
Pidió la pluma; su letra fue seca, sin ornamentaciones.
Doblegó el pliego y puso sobre la cera fría un sello pequeño; no el cofre grande que guardaba la medalla mayor, sino uno de los sellos temporales que yacían sobre la mesa.
El golpe al calor hizo un surco inexacto pero claro.
—Envuelta así —dijo—. Entrega en persona. Dadle la otra copia al prior para que la rubricase y devuelva la firma. Que nadie crea que una palabra vale más que un sello.
Doña Teresa recogió la carta, la guardó entre sus mangas y rozó la mano de Isabel con un gesto que en casa llamaban bendición.
Saldría al anochecer con la copia que debía llegar como demanda y no como plegaria.
Isabel se permitió, por un segundo, mirar la runa de cera en la mesa; la impronta había quedado imperfecta; eso la consoló: la marca la hacía humana.
Antes de que las visitas se levantasen para partir, dictó la medida pública que debía alumbrar el día siguiente: una proclama mesurada para la plaza, que Catalina redactaría y que Hernán sellaría con dos testigos.
La proclama contaría los hechos en términos de protección común; pediría calma al valle y condenaría cualquier intento de comprar papeles o silenciar testigos.
—Nada de estridencias —ordenó—. Que la plaza sepa que defendemos molinos y escuelas, no privilegios. Que sepa también que quien quiera ayudar, que lo haga en letra y con dos testigos.
Los hombres y las mujeres que la acompañaban fueron saliendo con sus pliegos ya corregidos; algunos dejaron sobre la mesa hojas en blanco para que se las sellaran más tarde, otros ofrecieron la mano con promesas corteses.
Isabel, cuando quedaron sola con Catalina y Hernán, volvió a cerrar el arcón menor; la llave rozó la faja y quedó caliente un momento en su cintura.
—¿Envías a Catalina a revisar los formularios? —preguntó Hernán.
—Mañana al alba —respondió Isabel—. Y que vaya sin escolta ostensible.
Catalina ya conocía la rutina: la ribera, la posada, Juana. Asintió, recogió las copias y dobló la pluma con gesto de quien guarda herramientas.
Se quedaron en la sala mientras el eco de los pasos se esfumaba por la escalera. Isabel apoyó la mano en la cera, otra vez, como quien toca la superficie de un juramento que aún no ha sido pronunciado, y al levantarse dijo en voz baja, pero firme:
—Traedme, dentro de dos días, las tres cartas firmadas; que vuelvan aquí selladas y con testigos. No acepto una palabra sin folio.