Capítulo 10 #3
El nombre de Diego Vargas provocó una pequeña tensión: el veterano aún no había llegado para asumir formalmente la custodia. Isabel lo esperaba por la tarde; por ahora asumió que el plan podía sostenerse con hombres de confianza, y anotó una cláusula más que cerraba la cadena.
—Si alguien ofrece dinero por papeles —ordenó—, se registrará la hora, el nombre del oferente y dos testigos. No aceptéis nada sin dejar constancia.
Hubo un murmullo de aprobación de los alcaldes. Rodrigo, en la distancia, frunció el ceño; su impaciencia pintó una sombra en su rostro. Lo llamó con la misma calma con la que había convocado a Hernán; el capitán se adelantó, la mandíbula apretada y la habitual rigidez en los hombros.
—Rodrigo —dijo sin alzar la voz—, su pasión ha sido necesaria.
No la niego. Pero la disciplina es ahora la mayor valentía.
Cualquier intento de empujar a la guarnición a una acción fuera de la orden será anotado y sancionado.
Habrá revisión de mandos y evaluación pública de actuaciones tras la audiencia.
No toleraré que el valor se venda por orgullo.
Rodrigo tragó y contestó con voz tensa:
—Entendido, señora. Pero si la corte nos traiciona mientras esperamos pliegos, ¿qué pide que hagamos?
Isabel apoyó la punta de los dedos en la mesa, como quien calcula el peso de cada palabra en una balanza.
—Mantener la presencia —respondió—. Veteranos en pasos clave, sí; columnas, no.
Patrullas visibles que disuadan sin hostigar al campesino.
Si ocurre violencia fuera de orden, que la detenga y me traiga los nombres; el castigo será público y proporcional.
Mateo coordinará las rotaciones. —Sus ojos buscaron al comandante—.
Y, Rodrigo, anotará cada movimiento en el cuaderno y lo presentará mañana ante mí.
Un murmullo cortó el aire; Rodrigo inclinó la cabeza. La tensión no cedió, pero la consigna quedó fijada. Isabel no buscó la ovación; buscó el registro.
Llamó entonces a Catalina. La escribana se aproximó con la compostura que le era propia, las manos manchadas de tinta y la mirada ya acostumbrada al detalle. Isabel le entregó la medalla.
—La medalla irá con la delegación que presente las copias —ordenó—.
Mostradla solo ante quien pida comisión formal y ante dos testigos.
No la exhibáis en ventas. Catalina, prepararás la proclama que saldrá hoy a la plaza; redáctala en tono solemne, sin escarnio ni estridencia: explicar la postura de la casa, pedir calma y garantizar protección a quienes colaboren con testimonio.
Firmadla con mi sello temporal y haced que Diego Vargas la despliegue en la mañana.
Catalina inclinó la cabeza y salió con las instrucciones ya articuladas en la mente.
Isabel la vio ir y, al doblar la página, añadió precisiones sobre la proclama: apelación a la memoria del juramento, petición de cooperación con la justicia y rechazo a la violencia improvisada.
No quería proclamas que inflamaran; quería palabras que respalden la vía legal.
Volvió entonces su atención a Mateo; la medida pública debía conjugarse con la presencia discreta de la espada. Hizo la solicitud sin ceremonia.
—Reforzad los pasos: la Culebra, la ribera y el puente del molino.
Veteranos discretos, sin insignias, con mantas plegadas en los cabestros.
Mostrad rostro conocido y no la guarnición.
Guardad a dos hombres en la puerta del priorato mientras Raimundo remite la nota ritual.
Que la presencia sea disuasión, no afrenta.
Mateo asintió, la expresión apenas distinta de la de un soldado que recibe una orden por razones mayores que el orgullo. En su silencio hubo promesa de efecto y contención.
Isabel añadió una medida prudente y política: una comisión de supervisión para revisar mandos y conductas. La nombró con voz breve.
—Hernán llevará una relación de entregas y movimientos a la audiencia; yo pediré que se lea en la explanada si hubiera disputa sobre la custodia.
Además: crearé un libro de quejas y certificaciones donde se anoten faltas de disciplina con hora y testigos.
Revisión de mandos a la semana —miró a Rodrigo sin elevar la voz—. Nadie está por encima del cuaderno.
La idea de hacer visible el registro actuaba como freno público; en la sala se la percibió tanto como castigo como alivio. Algunos respiraron; otros apretaron la mandíbula. Isabel sintió el latido del castillo, esa mezcla de lealtad y cálculo que siempre había sido su materia prima.
Antes de que la asamblea se disolviera, tomó la pluma y rubricó la proclama en pocas líneas.
La letra fue firme, como la que había trazado por años en las cuentas del señorío.
Puso su sello temporal, lo calentó con un golpe de vela y depositó la cera en la esquela que Catalina había redactado.
No hubo gestos amplios: la ceremonia fue mínima, suficiente para quienes sabrían leer entre las líneas.
Se levantó y, sin prisa, caminó entre los hombres y las telas.
Murmuró instrucciones a un par de alcaldes, recogió un apunte de Hernán y, por un instante, dejó que la fricción de los dedos con el pergamino le devolviera el ruido del trabajo cotidiano: firmas, sellos, testigos.
Aquello, más que cualquier espada, definía la frontera que estaba dispuesta a mantener.
Cuando la sala comenzó a vaciarse, Isabel quedó sola por un instante en el estrado.
Las banderas colgaban pesadas y las sombras de las vigas dibujaban líneas oscuras sobre la mesa.
Puso la palma sobre la medalla que aún descansaba sobre el folio y, sin pronunciar palabra, dejó que la sala registrara su soledad de mando: la defensa de Alcaraz sería oficio de pergaminos y promesas, de guardias que no humillan y de corazones aún por ganar.