Capítulo 10
Consejos en las banderas
Isabel de Montemar
Esa mañana el Salón de las Banderas olía a cera vieja y hierro bruñido; el viento que entraba por la ventanilla norte movía las telas colgadas de las vigas, que tiritaron como bocas que esperan palabra.
Había ordenado que al toque de la primera campana del alba salieran las copias.
Isabel cruzó la nave central con paso medido.
A su lado, el libro de cuentas yacía abierto sobre la mesa mayor, páginas abultadas por anotaciones recientes; también había hojas en blanco y una pluma afilada, lista para quien quisiera dejar constancia.
Los hombres se volvieron al verla: capitanes con las capas recogidas, alcaldes con las manos curtidas aún tiznadas de barro, caballeros con la barbilla alzada.
Doña Teresa permaneció en la penumbra del fondo, sin mostrar otra señal que el pliegue de sus labios.
Subió al estrado, dejó las manos sobre la madera y miró los estandartes que pendían de las vigas: la cruz, las franjas de la casa, los paños menores de vasallos que no tenían más defensa que la ley.
Sintió el frío de la piedra en la planta de los pies.
Calló hasta que el murmullo se espesó y se disipó por sí solo.
Entonces habló con voz medida, sin alzarla, como quien traza linderos.
—No vengo a cubrir cobardía con palabra —dijo—. —Vengo a pedir que la casa de Alcaraz no entregue su voz en manos de una victoria que no tenga derecho por escrito.
Su frase encontró eco en rincones distintos: un murmullo de aprobación apenas pronunciado por los alcaldes; un silbido corto, agrio, de varios veteranos.
Rodrigo se adelantó sin esperar invitación; cruzó la sala con el paso de quien mide terreno y colocó la palma sobre la mesa de roble, dejando que el sonido duro fuera marca de autoridad.
—¿Hasta cuándo, Doña Isabel? —preguntó Rodrigo, la voz corta—. —¿Qué espera que hagan los hombres que sudaron por estas tierras si la corte nos manda embajes y alfileres? ¿Que encienda antorchas para que lean los pliegos mientras nos roban los molinos?
Isabel lo observó. No dejó que la mirada se convirtiera en duelo de orgullos; la ancló en la práctica de la cuenta, en la suma de consecuencias.
Recordó las listas de Hernán: raciones, fechas de cobro, los nombres de quienes dependían del trigo que debía llegar en junio. Respondió con medida, no con cólera.
—Si marchamos por voluntad propia —dijo—, si imponemos la espada como argumento, la corte podrá decir que Alcaraz no respetó el proceso y retirará actas, ingresos y la custodia que protege a nuestros arrendatarios. No gano molinos con lanzas; los pierdo con un decreto.
Rodrigo apretó los labios. Alguien en la sala tosió, sin tacto por la tensión. Un alcalde, hombre de manos grandes y voz grave, apoyó a Isabel con un gesto que fue más que palabra: abrió las palmas y dejó sentir el peso del voto de su aldea.
—Lo que explica la señora es lo que pesa en la plaza —dijo—. —Si vienen órdenes de Palacio y decimos que aquí se ha actuado fuera de ley, perderemos no sólo señorío sino medios para sembrar.
Hernán, que había permanecido al lado de la mesa con el cuaderno cerrado junto al pecho, avanzó entonces con la economía que lo caracterizaba. Su intervención no pretendía seducir, sino poner la aritmética sobre la mesa.
—Tenemos inventarios y testigos —enumeró—. —Si presentamos las relaciones de rentas, las copias certificadas y las declaraciones del prior, la casa tiene posibilidad ante la audiencia. Si rompemos ese camino con escaramuzas, arrancamos el soporte que nos daría la razón.
La sala se dividió en dos respiraciones: la de quienes medían el daño y la de quienes querían respuesta física.
Isabel percibió la urgencia en los rostros; conocía las miradas que buscan nombre para su coraje.
No prometió consuelo; apretó la mandíbula y sostuvo la voz con la misma firmeza que había puesto en las cuentas.
—No digo que la inacción sea noble —declaró—.
—Digo que la prudencia es oficio de quienes deben responder por otros.
He pedido peritos, testigos eclesiásticos; he ordenado custodia de pliegos y rutas separadas para los mensajeros.
Eso no es esperar a que la corte nos arrolle: es preparar la prueba que nos hará invulnerables.
Sus palabras dieron en blancos distintos: algunos se inclinaron, otros apretaron las quijadas. Rodrigo repitió, esta vez con la fisura de la impaciencia.
—Mientras aguardamos papeles, las palabras de Olmedo corren por las ventas. Si la gente piensa que no la defendemos, la lealtad se rompe. Usted pide pruebas; yo pido orden que demuestre que aún mandamos.
Isabel no negó la validez del reclamo; lo enmarcó en lo que se jugaba. Con un gesto retiró la pluma que había dejado junto al libro de cuentas y la apoyó en la esquina del folio como si marcara un compromiso.
—Haremos presente —dijo— lo que necesitáis.
Veteranos en pasos visibles; relevos sin insignias que no provoquen a los labriegos; escoltas para mensajeros con dos testigos civiles; patrullas de contención, no columnas de marcha.
Mateo coordinará la presencia. Pero ninguna de esas medidas sustituirá la prueba escrita que pide la audiencia.
Un caballero joven, hasta entonces en silencio con la capa colgando, murmuró algo sobre honor. Isabel apretó la mandíbula y mantuvo la compostura.
—El honor sin derecho es riesgo que cae sobre terceros —contestó—. —Quien vaya a la guerra por un emblema puede ganar un instante y perder generaciones. ¿Queréis que Alcaraz quede intacta para vuestros hijos, o preferís la fama de una acción que deje viudas?
La pregunta colgó en la piedra del salón con un peso que nadie quiso repartir. Rodrigo apretó la manija del cinturón con la misma presión con que restregaba la impaciencia en su voz. Alguien, cerca de la puerta, se llevó la mano a la boca y exhaló.
La mención de sanción trajo murmullo crispado; algunos miraron a Rodrigo con reproche, otros con miedo.
Hernán tomó la palabra, breve, para anotar la orden: horas de salida, nombres de escoltas, lugares de pernocta.
Habló de papeles como quien nombra piezas de maquinaria: exacto, frío, eficiente.
Las manos de los alcaldes se movieron para certificar, y algunos asentimientos se hicieron manifiestos.
Sin embargo, no todos aceptaron la tregua. Un grupo de veteranos en la penumbra lanzó un murmullo que fue casi promesa de desobediencia. Isabel lo escuchó sin buscar enfrentarlo con palabras; memorizó rostros y nombres como quien almacena cartas para el juicio venidero.
Al retirarse la asamblea, la sala quedó con el eco de botas en la piedra y las telas suspendidas aún en movimiento tenue.
Isabel bajó del estrado y pasó la mano por el lomo del libro de cuentas como quien apoya la palma en la frente de un enfermo.
Doña Teresa la rozó con la punta de los dedos en la manga; no dijo más que lo que aquel gesto prometía: ayuda si hay pruebas.
Isabel salió al corredor y volvió la cabeza una vez más hacia el salón.
El aire frío le golpeó la cara; vio a Rodrigo en la esquina, hablando en voz baja con dos capitanes, la gesticulación rígida, la aprensión como filo.
Sostuvo por un instante la barra de hierro de la barandilla y dejó que la madera templara los dedos.
Había plantado una estrategia y nombrado sanciones; había pedido peritos, testigos y notarios.
Lo sabía con la precisión de quien guarda cuentas: aquello era necesario pero insuficiente; su voz podía convocar la ley, no asegurar las manos que la obedecieran.
Se demoró un instante más con la mano apoyada sobre la barra de hierro; la madera templó los dedos y el frío pareció ordenar la lista de nombres que tenía en la cabeza.
Bajó al salón otra vez sin prisa y sin alharacas; la sala olía a cera vieja y a cuero sudado, las banderas se mecían apenas como si escucharan palabras que aún no se habían dicho.
Los hombres se hicieron pequeños grupos y, como en una artesa llena de harina, la conversación fue amasándose en susurros que buscaban forma.
El primero en acercarse fue don Álvaro de Tordera, un señor de laderas próximas que siempre midió su lealtad por beneficios concretos. Traía la voz de cortesía y una flor de venalidad apenas disimulada.
—Doña Isabel —dijo acercando la mano hasta el borde de su capa, como si ofreciera cosa menor y esperara gratitud—.
Si demostráis ante tribunal que tenéis papeles verídicos y testigos, yo pondré mi firma y la de mi escribano.
No salgo a la plaza por lazos de cariño; salgo por prudencia.
Pido a cambio el cobro del puente del molino por cinco años. Es poco pedir por el riesgo en Palacio.
Isabel lo miró, sin indignarse ni entusiasmarse; registró la oferta en la memoria como quien anota términos en una balanza. Reconocía aquello: la ayuda venal que se disfraza de honor. Su respuesta fue la que ya usaba para todo lo que pudiera convertirse en arma política.
—Ponedlo por escrito —dijo—. Si entregáis una carta sellada y firmada por vos y por vuestro escribano, la presentaré ante el prior y la incluiré entre los documentos que consignen apoyo. No tomo favores verbales.
Don Álvaro inclinó la cabeza; la condición era aceptable porque convertía su generosidad en traza, y la trazabilidad era su garantía de cobro. Se marchó con palabras encordadas en papel en la mente.
A su lado, en otra voz que buscaba evitar el rumor, habló don Martín de Belmonte, cuya tierra lindaba por el noreste y que conservaba más redes en la corte de las que admitía.
—Puedo tejer una mediación con un viejo conocido en la cancillería —murmuró—. No prometo triunfos, pero puedo hablar en favor vuestro si cedéis una porción menor de monte que tengo en mira desde hace años. No la doy gratis, señora; la cámara pide intercambios.