El Juramento del Castillo de Alcaraz Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

Isabel no se contentó con una sola voz. Ordenó que se redactaran tres misivas distintas: una para la dama de cámara con la que Doña Teresa mantenía relación, otra para un capellán del Consejo al que su tía había visto en audiencias, y una tercera para un señor vecino que había mostrado inclinación por la estabilidad del valle.

Cada carta debía contener la misma petición: audiencia discreta, petición de cotejo técnico y el ofrecimiento de pruebas remitidas por escribanos y por la capellanía del prior.

—Que ninguna carta pida favores concretos —añadió—. Que pidan juicio. Que pidan peritaje.

Pidió que las copias de las misivas y la relación de hechos se imprimieran en tres ejemplares cada una: uno para el destinatario, uno para el archivo del señorío y otro para el prior.

La cadena de custodia debía ser visible: sello de la casa, firma de Catalina y de un testigo civil; si el prior refrendaba, una nota ritual que dejara constancia del acto.

Mientras dictaba, fue escribiendo en voz baja la relación de hechos que Catalina tomaría como base.

No era una narración emotiva sino una tabla de fechas y causas: la aparición del comisionado en la plaza; la devolución del brazalete; la citación con plazos; la orden contenida del receptor; la actuación de la guarnición y las medidas adoptadas por la casa.

Cada ítem llevaba su fecha, responsable y prueba posible: libro de raciones, acta de cobro, testigo vivo.

Al lado de ciertas entradas señalaba la necesidad de aportar firma o sello eclesiástico.

—En la relación —ordenó—, poned concretamente las consecuencias prácticas: cierres de mercado, pérdida de raciones previstas y cuidado de molinos. No digáis «pérdida» al azar; dad cifras, nombres, contratos. Que la corte vea que la casa no es asunto personal: es administración pública.

Catalina inclinó la cabeza y comenzó a ordenar la relación con la meticulosidad de quien alinea columnas de números.

Isabel repasó la primera sección y marcó una corrección tras otra: menos adjetivos, más hechos; más enlaces entre documento y efecto.

Le pidió que redactara luego una glosa técnica, un resumen de pruebas que acompañara la relación, hecho para ojos de escribanos y frailes, no para el público.

Hubo un punto que Isabel marcó con mayor insistencia: la mención del juramento antiguo hallado en el archivo —la pieza parcial—. No deseaba convertir el fragmento en grito; lo propuso como aviso, no como arma revelada.

—Incluid la nota sobre el juramento —mandó—.

No la llevéis al público, pero advertid en la relación que la casa dispone de acta parcial que registra un juramento público en la Torre del Juramento; que esa acta, aunque fragmentaria, tiene huella de ausencia de sello y abreviaturas de remitente.

Que se ofrezca su cotejo bajo custodia eclesiástica.

No la presentéis como acusación, sino como petición de peritaje.

Catalina levantó la vista, ligera fatiga asomando en los párpados aún manchados de tinta.

—Lo redactaré como «advertencia documental» —dijo—. Sin detalles que permitan tergiversación.

Isabel asintió. Sabía que dar aire a la pieza parcial era arriesgado; por eso marcó condiciones: entregar copia certificada sólo en presencia del prior o del escribano designado por la corte; mostrarla apenas como indicio que pide verificación técnica.

La casa no la presentaría como expediente definitivo sin el aval eclesiástico.

Dictó, a continuación, la orden logística: dos partidas, rutas separadas, dos testigos civiles por salida, medalla de la casa mostrada sólo ante petición formal y certificado, y registro exacto en el libro de salidas.

Reiteró que ninguna de las salidas debía ir escoltada con emblemas; los emisarios debían parecer mercaderes y no comitivas.

—Y una cosa —añadió—: la relación de hechos deberá llevar una petición explícita para que, si el comisionado o cualquier representado presenta pliegos ajenos, éstos se depositen en la explanada ante testigos y que se solicite cotejo por peritos eclesiásticos antes de cualquier ejecución.

Apenas terminó de decirlo, Hernán pasó junto a la mesa con un cuaderno nuevo.

Anotó los nombres de los emisarios, los caballos y la hora de partida.

Isabel colocó la medalla en un saquito de cuero y la cerró con cera; no sería mostrada en la venta ni en la posada salvo ante dos testigos y un clérigo.

La mostró un instante fuera del saquito para dejar la marca sobre el paquete y luego la volvió a guardar; aunque antes se había abstenido de marcarla, ahora apretó la medalla con decisión para dejar la estrella de la casa clara en la cera.

Doña Teresa, que había regresado y aguardado en silencio hasta entonces, se acercó y dejó sobre la mesa un pliego pequeño con el nombre de una dama que podía hablar en Cámara. No ofreció más; su gesto era un puente sin promesas.

Isabel tomó el pliego, lo miró y lo dejó junto a la carta destinada a Doña Leonor.

—Enviad la copia de la relación con una nota breve, en papel aparte —dijo—. Que la nota diga: «Adjuntamos relación de hechos y pruebas disponibles; solicitamos cotejo ritual y peritaje por manos del prior. Buscamos justicia y prueba.» Ninguna palabra más.

Catalina enrolló las copias, colocó sobre cada una un sello temporal y dejó espacio para la firma de dos testigos: Hernán y un vecino discreto que Isabel pidió se eligiera en la venta.

Ordenó, además, incluir una pequeña transcripción de la abreviatura «R.

» en el margen de la glosa, sin explicación, para que quien conoce la red de notarios entienda el guiño y pueda reaccionar.

—Que nadie pronuncie el nombre del escriba en la venta —advirtió Isabel—. Si aparece, lo registráis con hora y testigos; si alguien hace oferta por el papel, se hace constar y se sella.

La sencillez de la orden lo decía todo: papeles, sellos y testigos cerraban la cadena. Cada instrucción era una cadena que debía cerrarse sin ruido.

Cuando las partidas estuvieron listas, cuando las copias llevaban la caligrafía pulcra de Catalina y los sellos y testigos estaban colocados, Isabel reunió el conjunto en un único paquete.

Añadió la carta para Doña Leonor, la relación certificada y una réplica de la transcripción donde figuraba la rasgadura del juramento.

No imprimió más énfasis que la de una rúbrica segura.

Llamó al mensajero que ya esperaba en la antesala: el rapaz de la ribera, conocido en las ventas por su discreción. Le dio instrucciones precisas: entregar la carta a Doña Leonor, dejar copia en la capilla del prior y regresar con palabra. No debía preguntar ni alardear.

—Si alguien ofrece oro por la copia —dijo Isabel, mirándole a los ojos—, deja constancia y no la aceptes. Vuelve y dímelo.

El muchacho hizo la inclinación seca que significaba aceptación. Sostuvo el paquete con las manos nerviosas y se alejó por la galería hacia la venta, su silueta hundiéndose entre sombras y tejados.

Isabel se quedó de pie ante la mesa, la mano aún rozando la madera donde la tinta había secado.

Catalina recogió los restos de pergamino, Hernán cerró el cuaderno, y Doña Teresa devolvió su pliegue a la gaveta con la calma de quien sabe que ha puesto en marcha un hilo.

Afuera, en la plaza, la brisa jugó con una bandera ajada.

Dentro, la primera maniobra del tablero ya se movía: cartas, copias y testigos salían al encuentro de pasillos, oídos y decisiones.

Guardó la llave de la caja fuerte en la faja, presionó la medalla contra la cera para dejar una segunda marca sobre el paquete y, antes de volver al sello de la mesa, pronunció en voz baja, como quien apunta la jugada final:

—Que las palabras viajen con prueba y que ninguna se compre.