El Juramento del Castillo de Alcaraz Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

No pidió perdón en floritura. Su voz fue breve, como quien presenta un parte: había una cuenta que saldar con acciones, no con palabras grandilocuentes. Sintió la gravedad de cada sílaba; apretó la mandíbula al evocar la boda forzada y su ausencia.

—Cuando vi la comisión —continuó—, pensé que debía volver con hombres. Creí que la espada impediría lo que temías. Me fui con esa idea. Luego comprendí que la presencia del hierro no enmienda las faltas que las cartas o las manos producen.

Mientras hablaba, su mano rozó la vaina sin tomarla; no era un gesto de amenaza sino de costumbre: la espada era herramienta, no respuesta automática.

Guardó la libreta donde llevaba los nombres de los suyos y la cerró con un gesto seco, casi ritual.

No buscó en ella excusas; la tinta no borraba las ausencias.

Ella calló. Mateo observó la curva de su línea de hombros, la tensión en la nuca, la franca inclinación del mentón; leyó en esos signos más que en cualquier palabra que no pronunciaría. El silencio ocupó el espacio con la misma precisión que antes ocupaban las órdenes.

—No estuve aquí cuando te obligaron —dijo él, sin alzar la voz—. Lo sé. Y ese hueco pesa en todo lo que ahora hago. No pido indulgencia. Digo lo que haré: protegeré Alcaraz. Pondré mi espada entre la corte y este muro si fuere menester.

La frase cayó como un inventario de deberes; no ofrecía rescates románticos ni soluciones personales.

Mateo enumeró, con la cadencia de quien da órdenes, los servicios que proponía: custodia discreta de mensajeros y pliegos, escoltas para los emisarios que salieran y entraran, relevo en los puestos del Paso, patrullas visibles que disuadieran sin provocar.

Propuso además medidas de control: registro militar de requisiciones, un veterano responsable de la cadena de custodia, listados firmados por dos testigos civiles para cualquier entrega de alimento o documento.

No esperaba consuelo; esperaba límites.

Ella habló entonces, su voz contenida, sin dramatismos, clavando el término con la claridad que daban las horas en vela y el conocimiento de cuentas.

—No quiero ser salvada por una espada. No acepto que tu protección sustituya la ley ni los juramentos que sostienen este señorío.

Mateo sintió el golpe como quien recibe una orden que le obliga a revisar mapa y rumbo.

No hubo reproche en ella; sólo una frontera.

Miró la plaza extendida a sus pies: Catalina descendiendo con una linterna, Hernán encorvado sobre un pergamino, Rodrigo pasando con la rigidez propia de quien carga con el oficio.

Esos gestos le devolvieron el sentido práctico del asunto: no bastaba la voluntad, hacían falta reglas.

—No lo será. Si aceptas que actúe, será como aliado, no como señor. La protección que ofrezco estará sujeta a tu voz. Cualquier intervención militar saldremos a ella con tu mandato o con la urgencia que la ley permita. No tomaré una decisión que suprima tu autoridad.

Isabel no replicó con afecto ni con negación pública.

Hizo un gesto —un leve asentimiento— que Mateo leyó como aceptación provisional de esos términos y no como concesión del todo.

Se dio la vuelta con la soltura metódica de quien vuelve a papeles aún por sellar y caminó hacia la mesa donde Hernán había dejado anotaciones.

Mateo la vio tomar un sello; la imagen fue suficiente para que comprendiera que su palabra debía inscribirse en actos, no en promesas al viento.

Mientras ella repasaba las hojas, Mateo fijó en su mente los nombres que había dicho en voz alta y añadió retos propios: mantener la disciplina entre los suyos, evitar que cualquiera interpretase la presencia de la guarnición como permiso para decidir por su cuenta.

La esquina de la plaza ofrecía señales: jóvenes que rozaban la vaina, veteranos con la boca apretada; la tensión social no desaparecería por un juramento entre dos.

Había que ordenar la naturaleza de la protección hasta convertirla en argumento público.

Pronunció, sin teatralidad, una última condición, más para sí que para el oído de ella: que su ayuda se midiera en actos escriturados y no en gestos de poder.

Sabía que esa contención era más difícil que empuñar la espada; le costaba porque su instinto, forjado en campañas y en noches donde la decisión debía ser inmediata, tendía a resolver por el filo.

Aquella inclinación lo hacía vulnerable a sí mismo.

Isabel asintió una vez más y volvió a los pergaminos.

Mateo permaneció junto a la balaustrada un tiempo más, observando la plaza que ya se preparaba para la tarde.

En su cabeza contabilizó las tareas: nombrar al veterano para la custodia, fijar horarios de relevos, ordenar un libro nuevo para registrar cada requisición, remitir por escrito su compromiso a Hernán y a Catalina.

Acciones concretas; en su mente empezaban a recomponer la cuenta de sus ausencias.

Antes de bajar la escalinata se inclinó levemente hacia la baranda, dejando que la vista recorriera las losas donde había devuelto el brazalete. No pronunció juramentos de lavado de alma; sólo repitió en voz baja, como quien traza un mapa para sí: —Te protegeré; no seré quien te reemplace.