El Juramento del Castillo de Alcaraz Capítulo 2
5%

Capítulo 2

Regreso con cicatrices

Don Mateo de Salazar

Esa noche, primera tras la entrada en la plaza, el campamento respiraba con la mesura que deja la fatiga; el humo de hogueras enfilaba hacia las almenas y la muralla devolvía sombras que parecían prolongaciones de las voces.

Don Mateo de Salazar avanzó por la hilera de tiendas con las botas todavía cosidas del barro del camino, la capa recogida sobre el hombro y la mano acostumbrada a rozar la empuñadura.

No buscó el calor del fuego; su paso medido marcaba inspección y disciplina antes que consuelo.

La luz mortecina descubrió la línea de su rostro: la cicatriz que le cruzaba la mejilla brilló pálida bajo la luna, marca de acero y tiempo.

Los hombres se incorporaron a su paso, algunos con ese gesto antiguo de respeto que no necesitaba palabras, otros con miradas que contenían preguntas.

Mateo las recibió como quien recibe el parte diario: con la cuenta interior de faltas y recursos.

Saludó con la cabeza al veterano que cosía una venda, al joven que remendaba una hebilla, al soldado que estrechaba el collar de cadena.

En cada rostro buscó la continuidad de la guarnición y, detrás de esa búsqueda técnica, el mapa de lo que debía repararse: raciones, turnos, puestos de vigilancia.

Su labor no fue simple oficio; fue trazar con disciplina el contorno de la seguridad.

—¿El relevo en la torre sur? —preguntó al segundo que caminaba junto a él.

—Listo, señor. Se cambian cada cuatro horas, y el vigía viejo pidió guardar la del alba si las piernas le fallan —respondió el hombre con voz escueta.

Mateo asintió. No discutió. Sus órdenes eran pocas y concretas: reforzar el paso angosto hacia la Culebra, patrullas frontales de día, parejas de silencio nocturno que no entorpecieran el sueño de los aldeanos; nunca dejar que la guardia pareciera amenaza para la gente.

Sabía que la apariencia de protección podía volverse instrumento de despotismo; aprender esa línea había costado hombres a su mando y noches de su alma.

En la tienda del centinela, levantó la vela y repasó los pergaminos que Hernán le había entregado: nóminas de hombres, peticiones de raciones, listas de bajas recientes.

Doblar esos papeles era una ceremonia que lo devolvía a los peores días de la frontera: la cuenta de pérdidas, la manera en que un nombre quedaba sin vuelta.

Apoyó la palma sobre la mesa y dejó que la cera caliente le dibujara un punto de luz en la memoria.

Abrió la pequeña libreta de cuero que guardaba bajo la bota; en su interior estaban escritas, con mano firme y sin adornos, las voces que no volverían a marchar detrás de una bandera.

No había mármol para ellos, ni cortejo, solo la tinta minuciosa de un comandante que no quería olvidar.

Los trazos empezaban por la columna de la izquierda: Rodrigo Pérez —herida en el muslo, se recobra—; Martín de los Olmos —alcanzado en la embolia, enterrado en la posada—; Juan de Paredes —los ojos abiertos en la roca, silencio—.

Mateo repasó los nombres con el pulgar y dejó que su memoria hiciera lo que la guerra le pedía: poner cada hombre en su lugar de honor.

Murmuró, sin teatralidad, las cifras de gratitud y las pequeñas promesas que debía cumplir: cartas a sus viudas, una ración prolongada, un par de zapatos nuevos para el hijo que tenía edad de aprender a herrar.

En lugar de palabras de expiación, trazó acciones: anotó metas, distribuyó el pago extra entre dos capitanes y mandó al escribano que sellara la nómina con rapidez.

Lo demostró con cada orden firmada y cumplida.

Mientras el centinela doblaba la vela, Mateo se permitió recordar —en la medida justa, en la medida que no lo consumiera— el tiempo que no estuvo en Alcaraz.

Sintió el mismo peso que la mano que apoyaba sobre la mesa: la ausencia que había dejado espacio a decisiones que dolieron a una casa.

Sacó del cuaderno una nota más antigua, arrugada por los viajes: unas palabras que había escrito la noche antes de partir una temporada larga, promesas hechas por un joven que no comprendía las consecuencias de la marcha.

Las letras, firmes entonces, le parecían impostoras ahora.

Doblegó el papel, lo deslizó bajo la pluma y escribió una línea nueva que no fue juramento solemne, sino compromiso operativo: "Proteger el señorío sin arrebatarle la voz a quien lo gobierna.

" La formulación fue medida; con ella quiso fijar su norte.

No deseaba sustituir el mando de Doña Isabel, aunque la inclinación protectora le ardiera en costumbres y memoria.

Al salir de la tienda, la noche olió a humedad de piedra y a pan recalentado.

Las tiendas se mecían con un rumor de voces bajas; a la distancia algunos hombres canturreaban letanías conocidas para alejar el frío.

Mateo caminó hasta donde la muralla ofrecía un hueco en su mirada.

Desde allí vio las ventanas iluminadas de Alcaraz: rectángulos de luz que marcaban la presencia de vida y de administración, la otra sala donde las decisiones se tramaban con tinta y no con lanzas.

La vista le devolvió una pregunta silenciosa que había llegado con él desde la plaza: podía su espada proteger sin arrebatar la autonomía que Isabel reclamaba.

No halló respuesta rotunda. Halló, en cambio, la resolución de sostener ese equilibrio con manos medidas.

Un soldado se acercó con pasos cuidadosos; traía las vendas que el cirujano había pedido y un informe de bajas en el Paso. Mateo lo tomó sin dramatismo y lo leyó con rapidez; luego señaló con la punta de la pluma el nombre que le preocupaba: “¿Hay reporte del mensajero herido?”

—Sí, señor —contestó el joven—. Llegó con vendajes y se creyó perseguido. Dice que vio sombras en la Culebra, al borde del sendero.

Mateo miró la línea del polvo que subía por la loma hacia el camino, apenas visible bajo la luna. No habló de conspiraciones; habló de previsiones.

—Envía dos exploradores antes del alba. Mantén silencio en el pueblo: no queremos alarmar, solo confirmar.

El joven se fue con paso más ligero. Mateo volvió la mirada al cuaderno y añadió, a mano temblorosa por cansancio, el nombre de otro veterano —Pedro Cortés— y la nota: "vigilar: propenso a soluciones rápidas".

Escribió la observación sin juzgar; en la tinta quiso colocar un control.

La prudencia militar, aprendida en campamentos donde la impulsividad cobraba cuerpos, exigía anticipar la reacción de los suyos tanto como la del enemigo.

Cerca de la muralla, Rodrigo de Mena supervisaba la redistribución de picas.

Mateo lo vio de reojo: el capitán tenía la mandíbula apretada, la capa aún con restos de barro, y en la mirada esa tensión viva que a veces se inclinaba a favor de la acción antes que de la espera.

No pensó en reprenderlo delante de la tropa; había que administrar honores y descensos con manos que no fueran ni blandas ni ásperas.

Su autoridad se medía en cálculo, no en gritos. Se acercó y, sin levantar la voz, dijo:

—Organiza patrullas visibles en el paso, Rodrigo. Pero no marches la noche ni hagas señales que puedan interpretarse como provocación.

Rodrigo respiró, apretó la mandíbula y no replicó.

Se marchó con la compostura de quien guarda la rabia como combustible.

Mateo lo observó alejarse y resistió la tentación de añadir reproches personales.

Había aprendido que la disciplina se afianzaba con límites claros y premios mesurados; la ira solo alimentaba fracturas.

La libreta, el informe y la muralla trazaron el mapa de la noche para Mateo: tareas visibles y coyundas internas.

Repasó mentalmente la cadena de custodia que Isabel pedía: documentos protegidos, testigos seguros, mensajeros con instrucciones.

Su responsabilidad era proteger la conducción de esa ruta sin convertirla en censura militar.

Esa contención le costaba; cada vez que escuchaba la campana de algún herido, la memoria de las ausencias lo golpeaba más honda.

No buscó absolución; se atuvo a actos pequeños y constantes.

Antes del amanecer volvió a la tienda donde la guardaba. Extendió la mano y cerró los pliegos con un gesto que era más rito que prisa. No prometió venida heroica ni desafío abierto. Se acomodó la capa, miró la cicatriz al reflejo de una última llama y murmuró, con la voz apenas para sí:

—Lo arreglaré con trabajo, no con espadas.

Se inclinó sobre la muralla y aguardó el día.

Reposó la palma sobre la piedra hasta que la claridad templó la superficie; la noche había dejado en el aire el olor de ceniza y pies cansados, y en su pecho una resolución forjada en disciplina.

Cuando descendió a la herradura, las voces ya formaban un ruido monótono: maderas que chocaban, el raspado de armaduras, el metal de las lanzas que se ordenaba en filas como un rumor mecánico.

Lo encontró a Rodrigo; había dejado la muralla para situarse en el centro de la herradura.

Los hombres lo recibieron con esa mezcla de expectación y cansancio que traen los que han vivido a medias en campañas; en sus caras leyó curiosidad, temor y, en los más jóvenes, el hambre de una batalla que justificara heridas.

Rodrigo de Mena ocupaba el centro de la medianera como una idea concentrada; su capa aún mostraba barro; sus manos olían a cuero, y su voz, cuando habló, cortó el murmullo con la simpleza de un mandato.

—No podemos esperar la sentencia de la corte con las manos quietas —dijo. Si mandan a un comisionado con tropa, lo tomo por la fuerza y lo echo del patio. Si la ley quiere la violencia, habrá que demostrársela en su idioma.