Capítulo 14
Fantasmas en la mente
El inspector Alejandro Martínez cerró la puerta de su piso con un suspiro profundo, como si el peso de toda la ciudad se desplomara sobre sus hombros en ese preciso instante.
El eco metálico del cerrojo resonó en el pasillo y le dio una sensación efímera de seguridad, una ilusión que sabía frágil.
Apoyó la espalda contra la puerta y dejó que el silencio lo envolviera, un silencio espeso, cargado de los ecos de los últimos días.
Se quitó el abrigo lentamente, dejándolo caer sobre el perchero. Avanzó hacia el salón, encendió una lámpara cálida y se sentó en el sofá, respirando hondo. Por primera vez en días, podía escuchar su propia respiración, sentir el temblor sutil que recorría sus manos.
Pero el descanso no llegó. Cerró los ojos y, de inmediato, los fantasmas del pasado comenzaron a desfilar en su mente.
Recordó su época en la unidad antiterrorista.
Aquellos días eran un torbellino de adrenalina y disciplina, un mundo donde el peligro se respiraba en cada esquina y el tiempo parecía latir de otra manera.
Recordó los entrenamientos interminables, los días fríos en hangares vacíos, las misiones secretas que apenas quedaban registradas en papeles que luego desaparecían bajo el sello de “clasificado”.
Entre todos esos recuerdos, siempre aparecía la misma figura: Héctor Salcedo .
Su compañero, su hermano. Juntos habían compartido horas de vigilancia en azoteas heladas, noches en que el café sabía a tierra y la fatiga se convertía en un enemigo invisible.
Héctor era el ancla y el espejo, el hombre que podía leerle la mente con una mirada, que conocía sus miedos y sus manías, que reía en los momentos más tensos para recordarle que aún estaban vivos.
Una escena se deslizó en su memoria con nitidez: aquel día en un país extranjero, el olor a pólvora y humo, la radio crepitando con órdenes confusas y el caos al estallar todo.
Martínez lo veía como si estuviera allí otra vez: corriendo entre sombras, gritando el nombre de Héctor, sintiendo el corazón explotar de miedo.
Y luego, el vacío. El eco de las detonaciones. La certeza de haberlo perdido.
Abrió los ojos de golpe, con el pecho encogido, y miró el techo de su salón como si pudiera encontrar consuelo allí.
No lo encontró. Se levantó y caminó hasta la cocina, sirviéndose un vaso de agua que apenas logró sostener sin derramar.
Bebió un sorbo y se apoyó en el fregadero, con la mirada perdida en la ventana que daba a la calle desierta.
El recuerdo de aquel día lo siguió como una sombra.
La decisión de dejar la unidad antiterrorista había sido inevitable.
La culpa, el dolor, la sensación de haber fallado…
todo se mezcló hasta empujarlo de vuelta a Madrid, al departamento de homicidios.
Pensó que perseguir asesinos le permitiría tener el control, que la rutina de la ciudad le ofrecería cierto refugio, cierto orden.
Pero la verdad era otra: ninguna calle estaba libre de fantasmas.
Ninguna investigación traía paz cuando el pasado seguía respirando en su nuca.
Regresó al sofá y encendió la televisión. La ciudad seguía allí, viva e indiferente, pero en el fondo de su mente las imágenes de su vida pasada seguían al acecho, como un juego que nunca dejaba de moverse.
Martínez cerró los ojos por segunda vez, intentando dejar que el cansancio lo venciera.
Esta vez, el recuerdo de Héctor apareció más sereno, como si el tiempo suavizara su silueta.
Antes de dormirse, pensó en todas las decisiones tomadas, en cada paso que lo había traído hasta ese momento, y en la certeza de que, aunque quisiera descansar, el tablero nunca dejaba de girar.
Un último suspiro rompió el silencio.
El inspector se dejó caer en el sueño, abrazado por la penumbra de su hogar y por los ecos de un pasado que jamás lo dejaría ir.