El juego del silencio Ocho días antes de la desaparición
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Ocho días antes de la desaparición

Ocho días antes de la desaparición

Aquella mañana, Carla salió de la cama con la sensación de no haber dormido nada.

El día anterior, tras descubrir aquella caja llena de paquetes, había ido corriendo a buscar en el móvil cómo eran los paquetes de cocaína.

Le sonaba haberlos visto en las noticias, cuando se llevaban a cabo grandes redadas contra bandas de narcotraficantes.

Las imágenes que había encontrado le habían helado la sangre: eran exactamente iguales que los paquetes que había en el desván.

Intentando calmarse, había comenzado a plantearse qué hacer.

Tenía que hablar con Jan, de eso no cabía duda.

La existencia de aquella droga no tenía ninguna conexión con su secreto.

Había estado a punto de llamarlo, pero en ese momento Jan había llegado a casa acompañado de Valèria.

Carla había fingido una sonrisa, pues sabía que no podía hablar de aquel tema delante de su hija.

Luego Jan había ido a la cocina y se había puesto a preparar la cena, pero nada más empezar habían surgido los problemas.

—Cariño, ¿has visto los huevos? Compré el otro día.

Carla había aparecido en la cocina. De repente, la inquietud que sentía era tan grande que la había superado.

—Jan, ¿es que no lo ves? —había dicho, perdiendo los nervios—. ¡Hace tiempo que nos desaparece la comida y que hacemos como si nada!

Jan había puesto cara de no entenderla.

—En esta casa pasan cosas muy raras. —Se le había acercado para susurrarle—: Y tengo que enseñarte una cosa. —Había mirado atrás para asegurarse de que Valèria no les oía y había añadido—: Arriba, en el desván, hay droga.

Jan se había quedado unos segundos paralizado.

—Pero ¿qué dices?

Carla lo había fulminado con la mirada.

—Te lo juro. No es broma.

Jan había arrugado la frente.

—¿Droga? Pero ¿cómo quieres…?

Carla estaba a punto de insistir, pero en ese momento Valèria había entrado en la cocina.

Se había desplazado hasta el fregadero sin hacer ruido.

Sus padres se quedaron mirándola y comprobaron que seguía igual de seria y distante que desde hacía días.

Entonces se dio la vuelta despacio hacia ellos, para contemplarlos, y con un hilo de voz había preguntado:

—¿Hoy comemos crepes? —Después había esbozado una sonrisa forzada que Carla no le había visto nunca y había añadido—: Hace mucho que no comemos.

Jan había sonreído.

—No —le había contestado con alegría—. ¡Haremos algo mejor!

Será una sorpresa. Hago un viaje rápido a la Seu en coche para comprarlo y ahora vuelvo.

—Dio un beso a Carla y le dijo, con suavidad, cogiéndola de las manos—: Yo creo que nos da la sensación de que no tenemos comida porque vivimos a veinte minutos del súper y cada viaje se nos hace largo. Pero pronto nos acostumbraremos.

Carla había puesto los ojos en blanco.

—Hablaba en serio —le había espetado, haciendo caso omiso a la presencia de Valèria—. ¿Por qué no me crees?

Casi una hora después, Jan volvió a casa con un plato que nunca fallaba: pizza.

Cuando abrió las dos cajas y el olor a carbonara y pepperoni se extendió por la cocina, Valèria esbozó una sonrisa en aquella cara pálida.

Jan la miró ufano, tenía ganas de cuidar de su familia; se arrepentía de haber pensado en Ilona.

Era la hora de irse a la cama para Valèria y, una vez solos, Carla volvió a hablarle de la droga. Pero en aquel momento Jan, destrozado del gimnasio y de los viajes arriba y abajo en coche, ya estaba tumbado y enseguida se quedó profundamente dormido.

Aquella mañana de sábado, mientras Valèria estaba distraída, Carla cogió a Jan del brazo y se lo llevó escaleras arriba, hasta el desván. Una vez allí, Carla se dio cuenta de cómo cambiaba aquel espacio al haber dos personas y al contar con algo de luz.

Guio a su marido hasta donde se encontraba la caja de cartón, serpenteando entre los muebles viejos y cubiertos de polvo. Pero, al llegar al punto en cuestión, Carla se quedó de piedra.

—No puede ser —exclamó, contemplando el espacio vacío—. ¡Estaba aquí! Te lo juro, Jan, te lo juro.

Carla no podía creerse lo que tenía delante. No le entraba en la cabeza. Se negaba a aceptar que estuviese volviéndose loca. Tenía que haber entrado alguien durante la noche que cambiara todo de sitio, no había otra explicación.

Dispuesta a defender lo que había visto, abrió del todo la cortina y la ventanita que el día anterior golpeteaba, y una luz llena de polvo iluminó vagamente la estancia. Después, se puso a buscar por todas partes.

Miró cada objeto y levantó cada plástico, sintiendo que la incredulidad de Jan iba en aumento a su espalda.

Quizá la caja aún estaba allí, quizá solo se había equivocado de sitio.

Debía encontrarla como fuese. Se pasó un buen rato examinándolo todo hasta que finalmente, con el alma por los suelos, volvió al lugar del principio.

—Te lo prometo, Jan —dijo con tono implorante—. ¿Por qué iba a inventármelo?

Su marido la miraba con una mezcla de lástima y compasión.

—Te creo —murmuró.

Pero, en ese momento, Carla lanzó una última ojeada al sitio donde recordaba haber visto la caja y exclamó, acercándose al suelo:

—¡Mira! ¿Ves la marca que hay del polvo? ¡Acércate y mira! ¡Estaba aquí! ¿Lo ves? ¡Alguien la ha sacado! ¡Alguien la ha movido!

Jan lo observó con detenimiento. Era cierto que se apreciaba un cuadrado más oscuro en el suelo, sin tanto polvo como en el resto. Incluso se veían unas marcas de haber arrastrado la caja unos cuantos metros, en dirección a la escalera, donde finalmente se perdía el rastro.

—Tienes que creerme, por favor —le suplicó Carla, mirándolo a los ojos—. Hay alguien que se cuela en nuestra casa. Por favor, Jan. Por favor.

Jan asintió.

—Sí, sí, te creo.

Y fue a abrazarla. Los dos guardaron silencio unos segundos, pensando qué hacer a continuación.

Pasaron el resto de la mañana en el comedor.

Jugaron con Valèria, construyendo torres con las piezas de madera.

Parecía un sábado cualquiera, pero Carla estaba tensa, empezaba a sentirse mal de verdad.

Era evidente que alguien hacía lo que quería en su casa, y quizá había llegado el momento de llamar a la policía.

Pero Jan no parecía preocupado ni de lejos.

—¿Y si llamamos a la abuela? —propuso de improviso.

—¿Qué?

Estaba a punto de preguntarle a qué demonios venía aquella propuesta; hablar con su suegra era lo último que necesitaban en aquel momento. Pero entonces intervino Valèria:

—¡Sí, la abuela! —dijo la niña, con mejor cara.

Sus padres la miraron, felices de verla así, y Carla no fue capaz de contrariarla.

—Venga, que se pondrá contenta —concluyó Jan.

Jan cogió el portátil y se sentó en el sofá. Sabía que a Carla le encantaba hablar con la madre de él, siempre habían tenido una gran conexión.

Abrió la pantalla y pensó que lo que les pasaba era normal.

Era el cambio de aires lo que a veces les revolvía el estómago.

Además, aquella casa tan grande para solo tres personas no ayudaba mucho, él mismo a veces había tenido la sensación de que las cosas se movían.

Era normal tener miedos, creía Jan, pero hasta cierto punto.

Había llegado el momento de ayudar a Carla.

Por suerte, su madre siempre estaba dispuesta a arrancar una sonrisa a todo el mundo.

Al poco tiempo, Glòria apareció en la pantalla con los labios pintados de un rojo intenso, con el comedor de su piso de Barcelona de fondo.

—¡Hola, mamá! —saludó Jan.

Glòria se acercó de manera ostensible a la cámara y durante unos segundos su cara de pan ocupó toda la pantalla.

—¿Me veis? ¿Hola? ¿Por qué leches pita esto ahora?

Los Costa esperaron a que Glòria acabase de ajustar el audio y la cámara, hasta que por fin dijo:

—¿Qué? ¿No decís nada? ¿Cómo estáis? —Se recolocó las gafas de pasta verdes para verlos mejor.

—¡Muy bien! —empezó Jan con una sonrisa—. Este fin de semana es la fiesta mayor…

—Estos del banco son todos unos idiotas —lo interrumpió Glòria, que parecía que no oía nada otra vez—.

Me he pasado toda la santa mañana haciendo cola para que me atendiesen, y, para cuando me tocaba, me han dicho que eso tenía que hacerlo yo sola a través de internet, y yo le he dicho: «Pero, coño, si te tengo delante, ¿no puedes hacérmelo tú?

Para algo te pagamos, pedazo de inútil».

Porque yo a ese banquero ya lo conozco, ¿eh? , que es el yerno de Mercè Pla…

Jan no sabía de qué hablaba, pero tenía que cortar aquella retahíla de insultos.

—¿Has visto qué mayor está Valèria, mamá? —preguntó casi gritando.

—Ay, ¡qué guapa está mi nieta! —dijo entonces Glòria, acercándose mucho a la cámara—. Valèria, tesoro, ¿qué tal estás?

—Bien —contestó Valèria con una sonrisa tímida.

—Ay, Carla —continuó Glòria—. Qué suerte tenemos de que se parezca a ti. Llega a salir con la nariz de Jan…

—¡Mamá, por favor! —soltó Jan.

—Es verdad, hijo. No pasa nada, debemos aceptarlo. En casa no tenemos la nariz más agraciada del mundo. Además, tú has sacado las orejas de tu padre, así que lo tienes peor todavía.

—¡Mamá! —protestó.

Carla no pudo evitar reírse.

—Con lo que debes tener cuidado es con la dieta, hijo, ¿ya comes bien?

Solo faltaría que engordases, entonces ya sí que no lo salvaríamos de ninguna manera.

¿Cocináis con aceite de oliva? Es lo más importante: aceite de oliva y salir a pasear todos los días.

—Se recolocó las gafas de pasta y añadió—: Yo no paseaba lo suficiente y me salieron varices.

Tengo unas varices que parecen anguilas. Largas y gruesas como anguilas.

—Pero si estás hecha un figurín —respondió Carla, más animada—. Por cierto, ¿adónde vas tan morena?

Su suegra se hinchó de arriba abajo; Carla acababa de hacerle justo el comentario que estaba deseando oír.

—Ay, Jan —dijo, un poco sofocada—. No dejes escapar a esta chica por nada del mundo. Carla, guapa, lo has visto, ¿verdad?, que estoy morena. ¿Te has dado cuenta?

Jan se rio.

—Es que salgo todos los días a tomar el sol al balcón —exclamó, radiante, atusándose el pelo—. No había estado tan morena desde aquellas vacaciones en Mallorca. ¿Os acordáis?

—Claro que nos acordamos —respondió Carla, y por dentro se dijo: «Me acuerdo mucho más de lo que te imaginas, pienso en ello casi cada día».

Diez años antes

Mallorca

Glòria había sido una matriarca iracunda e imponente toda la vida.

Con el suicidio de su marido, sin embargo, le había cambiado el carácter y, de repente, se la veía más tranquila, más amable e incluso un poco bromista. Era evidente que aquella pérdida la había liberado de muchas cosas y que ahora se tomaba la vida de una forma mucho más relajada.

Por ejemplo, había empezado a gastarse el dinero que había ahorrado durante años sin preocuparse.

Era como si hubiese descubierto que la vida era demasiado corta para no disfrutarla al máximo.

De un día para otro, te podía aparecer con la raya de los ojos tatuada o con un coche nuevo, o con una llamada desde el aeropuerto diciendo que se iba de vacaciones a Nueva Delhi.

Aquel verano, la excentricidad de Glòria había consistido en alquilar un apartamento en Mallorca todo el mes de julio.

Lo que había ido a hacer, básicamente, era pasarse el día en la piscina de la comunidad, tirada en la tumbona, bronceándose y ligando con los viudos de la tercera edad que pululaban por allí.

Aquel cementerio de elefantes, como la misma Glòria lo llamaba, estaba lleno de abuelos y abuelas que se dedicaban a vivir la cuarta o quinta juventud entre partidas de bingo, bufés libres e insolaciones.

En aquel momento, Jan y Carla eran una pareja joven cada vez más consolidada. Los dos habían terminado la universidad y empezaban a plantearse vivir juntos. Como estaban de vacaciones y no tenían ningún plan, aprovecharon para ir a ver a Glòria cinco días.

Cuando llegaron, la matriarca aceptó hacer un cambio drástico en su rutina diaria: se levantó de la tumbona de la piscina, recorrió doscientos metros con la toalla al hombro y volvió a recostarse en otra tumbona, esta, en cambio, sobre la arena de la playa.

Al verlo, Jan y Carla no protestaron. Extendieron las toallas al lado de Glòria y, al igual que ella, se pusieron a tomar el sol. No había duda de que aquel sería el plan de todos los días.

Al caer la tarde, fueron al restaurante que había en la parte alta del paseo y contemplaron cómo Glòria engullía el marisco del día casi sin masticarlo.

Por la noche, la pareja se acostó en el sofá cama del apartamento mientras la oían roncar en la habitación de al lado. Y, al día siguiente, vuelta a empezar.

Cada día fue una copia exacta del anterior, excepto el penúltimo.

Aquella tarde se produjo un hecho excepcional.

Jan estaba nadando en el mar, y Carla y Glòria se hallaban tumbadas en las toallas con los ojos cerrados.

Un sol de justicia las bronceaba mientras de fondo se oían las olas, las gaviotas y los niños que jugaban en la arena cuando, sin previo aviso, Glòria se incorporó y miró a Carla.

Esta, que había intuido que algo voluminoso le eclipsaba el sol, abrió los ojos y vio a su suegra muy cerca de ella.

—¿Qué pasa? —le preguntó Carla, sobresaltada.

Glòria echó un vistazo al agua para asegurarse de que Jan no podía oírla.

—Es muy importante que sepas lo que te voy a contar. —Y acto seguido empezó a hablar.

Las palabras que salieron de su boca aquella tarde habían trastocado a Carla de una forma tan profunda que, meses después, la habían lanzado a cometer la peor acción que había llevado a cabo; un error imperdonable que la perseguiría durante el resto de su vida.

Diez años más tarde, estaba a punto de pagar las consecuencias.