Once días antes de la desaparición
Once días antes de la desaparición
A las ocho de la mañana llamaron al timbre de la Era Vella. Jan dejó la tostada a medias, se levantó de la silla de la cocina y cruzó el comedor. Al abrir la puerta se encontró a Ilona, que esta vez llegaba puntual.
—Perdona —dijo la maestra, que se había pintado los labios—. Ayer tenía mucha prisa.
—No te preocupes. Valèria nos dijo que se lo pasó muy bien.
El día anterior Valèria había contado a sus padres lo divertido que era ir en el coche de Ilona. Decía que la maestra no paraba de hacer bromas mientras conducía y que ya tenía ganas de volver a montarse.
En ese momento, Ilona vio que la niña había subido a su habitación para coger la mochila y no quiso desaprovechar los minutos de margen que eso le daba.
—Por cierto, haces deporte, ¿verdad? —preguntó, mirándole los brazos—. Se te ve en forma.
La pregunta pilló a Jan con la guardia baja.
—Sí… —respondió—. A veces voy al gimnasio.
—Ah, ¿sí? ¿Al gimnasio? —insistió Ilona, repasándolo de arriba abajo—. ¿Y a cuál vas?
—Pues… al que hay en la Seu. Creo que se llama Sports La Seu —dijo él.
Ilona abrió la boca.
—¡No puede ser! —exclamó, y le cogió el brazo que había elogiado hacía unos instantes—. Qué fuerte, Jan. ¡Yo también soy socia de ese gimnasio! El mundo es un pañuelo, ¿verdad?
Jan se sorprendió.
—Ah, ¿sí?
—Sí —aseguró Ilona—. Oye, ¿y si vamos juntos un día?
Jan se quedó paralizado, abrió la boca para responder, pero no pudo.
—¡Adiós, papá! —dijo Valèria, saliendo de detrás de su padre.
Jan se giró y le dio un abrazo.
—Adiós, cariño —contestó. Después miró a Ilona con una sonrisa y dijo—: ¡Venga, que vaya muy bien!
—Gracias, Jan —respondió ella. Pero no pensaba darse por vencida—. Ya me dirás algo de lo del gimnasio, entonces —insistió mientras echaba a andar de espaldas hacia el coche—. Piénsatelo.
Y le guiñó el ojo.
Con la puesta de sol, Arcavell empezó a adquirir un tono rosado.
Como alrededor del pueblo solo había montañas altas, la luz del día se ocultaba detrás del horizonte en un abrir y cerrar de ojos.
Si no estabas acostumbrado, enseguida te atrapaba la noche.
Por eso los ancianos del valle siempre decían: «Paseo de tarde, paseo de males».
En ese momento en que la oscuridad empezaba a extenderse con rotundidad, Ilona dejó a Valèria delante de casa.
Había sido un largo día para las dos. Después de las clases, la niña había estado haciendo extraescolares, y la maestra, reunión de ciclo, de manera que habían acabado más o menos a la misma hora e Ilona había podido llevarla de vuelta a Arcavell.
Con ojos cansados, Valèria entró sola y se encontró a su padre en la mesa del comedor, leyendo unos presupuestos.
—¡Hola, cariño! —le dijo al verla llegar—. ¿Ha ido bien?
Ella respondió que sí con la cabeza y fue a abrazarlo.
—¿Y mamá? —preguntó, mirando a su alrededor.
—Está arriba, en su estudio.
Valèria dejó la mochila del colegio encima de la mesa y salió al patio.
Aún no había oscurecido del todo y las gallinas de Florenci no se habían recogido.
Se acercó. Llevaba deseando verlas desde que se había levantado esa mañana.
Incluso les había hablado de ellas a sus compañeros de clase.
Le gustaba mirar a aquella especie de palomas gordas, cuando movían la cabeza al caminar, cuando cacareaban, cuando picoteaban en el suelo…
Y, en especial, una le gustaba mucho más que las otras, la que tenía las plumas blancas.
La única que era así de clara. Le parecía fantástica.
Sentía una atracción hacia aquella gallina que iba más allá de la curiosidad.
Tenía algo que conseguía que se identificase con ella.
En aquel momento Valèria echó un vistazo a su alrededor y se aseguró de que estaba sola. Comprobó que no hubiese ningún adulto, miró las luces apagadas de la casa de Florenci, prestó atención a la noche y, entonces, apareció el mal encarnado.
En el comedor, Jan estaba calculando el porcentaje de un impuesto.
Al observar el resultado que obtenía, dejó escapar un suspiro largo y profundo; no le salían los números de ninguna manera.
Se frotó la cara con las palmas de las manos y, mientras pensaba en cómo podía hacer que cuadraran, oyó que su hija le gritaba desde el patio.
—¡Papá! —decía una y otra vez chillando—. ¡Papá! ¡Papá!
Jan se levantó con brusquedad y salió corriendo. La imagen que le esperaba fuera lo dejó horrorizado. La niña estaba en el suelo, retorciéndose sobre el cemento, con las manos en la cabeza y dejando un reguero de sangre.
Los gritos que profería eran tan fuertes que también bajó Carla, que se quedó estupefacta.
—¡Valèria! —exclamó al verla.
Sus padres se arrodillaron a su lado y, despacio, le apartaron las manos de la cabeza. La hemorragia manaba de su nuca. Se había hecho una buena brecha.
—Tenemos que ir al hospital —sentenció Jan de inmediato.
Sin pensarlo, Carla salió corriendo a buscar las llaves del coche. Jan cogió a su hija en brazos y la trasladó hasta el garaje. En menos de dos minutos ya iban camino de la Seu.
—Valèria, cariño —decía Carla al volante—. ¿Cómo te has hecho eso?
Pero Valèria no decía nada. No podía. No era capaz ni de llorar. Estaba muerta de miedo. A su lado, su padre, que le presionaba la nuca con una toalla, lo tuvo claro; nunca la había visto así. Estaba muda, ausente.
Como si no estuviese allí con ellos.
Unas horas después y con cuatro puntos en la nuca, Valèria salía del hospital.
El médico les había dicho que el cerebro no se había visto afectado para nada y que solo era un corte superficial.
También había dicho que un golpe así podía habérselo dado de cualquier manera: con un tronco, con una piedra, cayéndose al suelo, chocando contra la pared…
El corte en sí no proporcionaba más información.
—Al fin y al cabo, es normal que los niños se den golpes —había concluido el médico—. Juegan por todas partes, ya lo sabéis.
Hacia las nueve de la noche, los tres estaban cenando. Jan intentaba animar el ambiente con alguna broma y haciendo un verdadero esfuerzo para que todo el mundo estuviese de buen humor. Pero Carla sentía que algo chirriaba.
—Entonces ¿estabas en el patio cuando te ha pasado? —le preguntó a Valèria, tanteando el tema, mientras cogía otra cucharada de puré.
La niña, sentada enfrente de ella, asintió. Seguía prácticamente inmóvil, incapaz de tocar la comida. Incluso su piel había adquirido un tono más blanco, advirtió Carla.
Después de cenar, Carla cogió el dinero y fue a casa de Florenci para pagarle las gallinas muertas.
Por el camino siguió pensando en la idea que hacía horas que le rondaba la cabeza: ¿y si estaba todo conectado?
¿Y si había sido el hombre que le había parecido ver en la plaza quien había hecho daño a su hija?
Con un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo, salió de casa y rodeó la Era Vella.
Podría haber ido a casa de Florenci cruzando el patio sin más, pero le pareció más correcto abordarlo por la puerta principal.
Fue pisando los adoquines oscuros y, a medida que avanzaba, intentó apartar aquellos pensamientos de su mente.
Acusando el frío que hacía a aquella hora en la calle, se cruzó de brazos y se obligó a pensar que Valèria solo se había dado un golpe sin importancia.
Llegó a la puerta de Florenci y llamó al timbre.
Mientras esperaba, tuvo ocasión de observar la Era Xica.
La piedra de las paredes era la misma, y las ventanas y la madera que las enmarcaba también.
Y entonces reparó en que la Era Xica y la Era Vella debían de haber sido la misma casa y, en realidad, lo único que las separaba era aquel patio minúsculo dividido en dos.
La puerta se abrió con un chirrido metálico y un fuerte olor a humedad asaltó a Carla. La figura que había abierto, sin embargo, no era la que esperaba. En lugar del gigante de Florenci, había una mujer, más bien pequeña, que la miraba con un punto de inquietud.
—Buenas noches, guapa —dijo con voz tenue.
Pulsó un interruptor y una luz exterior restalló varias veces, con pereza, hasta que las iluminó.
Carla vio que se trataba de una señora de unos setenta años, cuyo pelo, largo y plateado, le caía por la espalda. Unas arrugas profundas le surcaban la cara, a ambos lados de unos ojos negros que no dejaban de escudriñarla en todo momento.
—Buenas noches —dijo Carla—. ¿Está Florenci?
—Sí —respondió la mujer. Se giró y gritó hacia el interior de la casa—. Florenci, cariño, ¡preguntan por ti!
La mujer se volvió enseguida para mirar de nuevo a Carla, sin perderla de vista ni un segundo.
—Le llamo «cariño», pero es mi hermano —aclaró—. Seguro que piensa que nos parecemos.
Carla le dedicó una sonrisa al tiempo que la observaba bien y constataba que, efectivamente, aquella mujer tenía algún rasgo que le recordaba a Florenci. Se disponía a hacer algún comentario al respecto, pero en ese momento apareció el vecino a su espalda, con ese caminar lento y voluminoso suyo.
—Venía a pagarte las gallinas —aclaró ella enseguida, tendiéndole unos billetes.
Florenci iba a musitar algo, pero, al reconocer a Carla, se detuvo en seco, ruborizado.
—¡Mira qué te trae! —le dijo su hermana con brío—. Dile gracias a…
—Carla —intervino ella.
—Di «¡gracias, Carla!».
—Gracias, Carla —repitió Florenci sin despegar la mirada del suelo.
Su hermana cogió el dinero y se lo dio a su hermano.
—Yo soy Lourdes, por cierto.
—Mucho gusto —respondió Carla. Entonces se armó de valor y sacó el otro asunto que la carcomía—. También quería preguntaros otra cosa… Esta tarde mi hija se ha dado un golpe muy fuerte en la cabeza cuando jugaba fuera, con las gallinas.
—¡Ay, la Virgen! —exclamó Lourdes—. ¿Y está bien? ¿Necesitáis algo?
—No, ya está, al final solo ha sido un susto —dijo Carla, e hizo una pausa mientras consideraba cómo encarar la pregunta—.
Pero lo que nos inquieta es que no sabemos cómo se lo ha hecho.
Está asustada, no quiere hablar de ello…
—Miró al vecino y añadió—: Florenci, tú que siempre estás pendiente de las gallinas, ¿no has visto nada?
Pero Florenci negó con la cabeza de inmediato, con movimientos rápidos, incapaz de mirarla. Carla abrió la boca con la intención de insistir, pero no pudo.
—Lo siento —intervino Lourdes—. Hemos estado todo el día en Lleida.
Cada quince días vamos al fisioterapeuta para que le hagan rehabilitación.
—Y señaló a Florenci con un gesto de la cabeza—.
Ya ves cómo está, necesitamos movernos un poco, que se pasa todo el santo día aquí encerrado, ¿sabes?
Y nada, acabamos de llegar. Yo ahora ceno algo con él y me voy a mi casa, que vivo en la Seu.
Carla asintió.
—Está bien —dijo finalmente, y acto seguido le pareció que tenía que excusarse—. Era solo por saberlo. Nada más.
—Está bien. Buenas noches, Carla —respondió Lourdes, afable, y se dirigió a su hermano—. ¿Tú no dices nada?
—Buenas noches —musitó Florenci con la vista clavada en sus zapatos.
Carla dio media vuelta y regresó a casa. Si allí no había nadie más, quizá sí que se lo había hecho Valèria sola.
Entró en la Era Vella y se obligó a desechar los malos pensamientos. Le daba la sensación de que empezaba a tener paranoias.
Una vez en la cocina, esperó a que su hija se fuese al comedor para contárselo a Jan.
—No estaban aquí —susurró para que Valèria no la oyese—. Así que supongo… que ha sido un accidente.
Jan suspiró.
—Sí, seguro que se lo ha hecho jugando; ya has oído al médico, es normal que se den golpes.
Entonces se fijó en su mujer y vio que una sombra de preocupación persistía bajo sus ojos. Dejó escapar otro suspiro e, intentando leerle la mente, dijo:
—Ya no es el bebé de hace cuatro días, ¿verdad? Parece imposible que pueda crecer tan rápido. —Y le acarició el brazo con ternura—. Pero también es verdad que no podemos estar todo el tiempo sufriendo… Yo el primero, ¿eh?
Carla, sin embargo, no pensaba eso.
—Pero, si se lo ha hecho jugando… —reflexionó en voz alta—, ¿por qué está tan asustada? ¿Tú la has visto? —Lo miró a los ojos—. ¡No ha comido nada! Eso es lo único que no me cuadra.
—Igual ha sido por toda la sangre que había. Ya has visto cómo me ha dejado la camiseta cuando la he cogido en brazos. Yo también me he asustado.
—Igual sí —reconoció ella—. Voy a llevarla a la cama.
Carla fue al comedor y acompañó a Valèria a su habitación. La ayudó a ponerse el camisón muy despacio, procurando que no le rozase la herida de la nuca. Cuando la niña levantó los brazos, su madre vio que incluso temblaba un poco. Valèria seguía muerta de miedo. No le cabía ninguna duda.
Sin decirle nada, la ayudó a meterse en la cama y le puso otra almohada para que durmiese bien de lado. Después murmuró con dulzura, acariciándole la mejilla con los nudillos:
—Valèria, sabes que a mí puedes contármelo todo, ¿verdad que sí?
Pero su hija no dijo nada; seguía con los ojos abiertos de par en par, la mirada fija, perdida, como si estuviese lejos de allí. A continuación, cogió las sábanas con las dos manos y se tapó hasta cubrirse la nariz.
Carla se dio por vencida. La besó en la mejilla y se levantó de la cama. Se alejó cuatro pasos y, cuando estaba a punto de apagar la luz de la habitación, le dijo:
—Ah, piensa que mañana empieza la fiesta mayor —exclamó con una sonrisa—. Nos lo pasaremos muy bien, ya lo verás. Habrá un concierto y bailes tradicionales. —Y, al ver que su hija no reaccionaba, suspiró resignada—. Descansa, mañana será otro día.
Y apagó la luz.
—Mamá —dijo Valèria.
Su voz sonó como un trueno en medio de la oscuridad. Carla se quedó paralizada. Reparó en que era la primera vez que la oía hablar en toda la tarde. Había permanecido en aquel silencio abismal desde que la habían llevado al hospital.
—¿Sí? —preguntó Carla a la habitación negra.
—No me lo he hecho jugando —murmuró su voz angelical, sin rostro.
—Ah, ¿no? —dijo su madre, hablando con las tinieblas.
—No —susurró—. Me lo ha hecho Peludo.