El juego del silencio Trece días antes de la desaparición
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Trece días antes de la desaparición

Trece días antes de la desaparición

Cuando faltaban apenas unos segundos para las ocho de la mañana, Jan oyó que llamaban al timbre. Carla le había contado que a partir de entonces la maestra pasaría a recoger a Valèria todos los días.

Tenía que reconocer que era muy buena idea, así se ahorrarían un montón de viajes.

Dejó de mirar las noticias en la tablet y fue a abrir.

—Buenos días, Ilona —dijo con cordialidad.

—Buenos días —respondió la maestra con una sonrisa—. ¿Cómo estás, Jan? —Y le clavó la mirada en las pupilas, como si le escudriñara el alma.

Justo en ese momento, detrás de ella, el campanario de Arcavell repicó ocho veces seguidas.

—Bien —respondió él—. Oye, muchas gracias por llevar a Valèria, la verdad es que nos haces un gran favor.

—Anda ya —repuso Ilona—. A mí no me cuesta nada.

Además, ¡Valèria es un sol! Ojalá todos los alumnos que tengo fueran como ella, te lo digo de corazón —añadió, y luego pensó que la frase le había quedado un poco corta, así que decidió alargarla—: Y yo, al fin y al cabo, ya ves, solo tengo que conducir.

Que, a ver, conducir siempre tiene sus riesgos, ¿eh?

Además, yo al volante a veces soy… algo torpona.

Algo despistada. ¡No! Quiero decir que controlo, ¿eh?

De hecho, domino mucho… ¿No viene Valèria?

—¡Valèria! —gritó su padre al ver que la conversación se torcía de mala manera—. ¡Venga! ¡No hagas esperar a Ilona!

La niña apareció al ratito con la mochila a la espalda. Dio un beso a su padre y, agarrada a la maestra, se dirigió al coche.

Jan se quedó despidiéndose con la mano hasta que el destartalado Peugeot 206 desapareció al final de la calle, luego subió a la habitación para cambiarse.

Tenía muchas ganas de ir a ayudar con el escenario de la fiesta mayor.

Carla le había contado que los vecinos pasarían toda la mañana montándolo.

Se puso los pantalones de trabajo y, a la espera de que su mujer terminara la reunión, fue a su estudio y comprobó que esta vez no le hubiese llegado ningún correo de última hora.

Ilona y Valèria salían del pueblo traqueteando al ritmo de los adoquines de la calle. La maestra recorría las calles a golpe de volante, intentando entablar conversación con la niña, cuando de pronto Valèria exclamó:

—¡Mira! ¡Esa es la moto de mi padre!

Ilona vio que la niña levantaba un dedito y señalaba un pequeño porche de madera que había a la entrada del pueblo. Se trataba de un cobertizo construido a mano, que resguardaba una moto roja.

—Ah, ¿sí? —preguntó Ilona, interesada por las aficiones de Jan—. ¿Tu padre va en moto?

—Sí —dijo la niña.

Ilona redujo la marcha para echarle un vistazo. La moto se encontraba en la parte exterior del porche, apoyada en la columna, cerca del barranco, como si la hubiesen dejado allí con prisas.

Cuando Jan y Carla llegaron a la plaza, se la encontraron llena de gente. Habría un centenar de personas y todas trabajaban sin parar: colgaban guirnaldas, colocaban balas de paja, montaban la barra y el puesto de los tíquets, barrían la zona de baile, preparaban la hoguera…

La pareja se quedó unos minutos quieta, contemplando aquella escena.

Comprobaron que las ganas de fiesta mayor flotaban en el ambiente de una forma que casi se podía tocar.

Además, a través de unos altavoces conectados a Can Pintor, sonaba una canción tras otra, y de vez en cuando la gente dejaba lo que estaba haciendo para cantar con gran devoción, meneando las caderas y levantando los brazos.

Reinaba una atmósfera distendida y preciosa que Carla desconocía.

En Barcelona nunca se había implicado en la fiesta mayor del barrio, ni en saber nada de su comunidad.

Había sido siempre una mujer de negocios, una persona un pelín antisocial y centrada sobre todo en el trabajo.

Pero allí, dentro de aquella burbuja, veía que la vida le brindaba una segunda oportunidad.

Jan atisbó al grupo de personas que montaba el escenario y enseguida se les acercó.

Ella, por su parte, se tomó unos segundos más para seguir observándolo todo desde la distancia, hasta que vio a unas vecinas que colocaban unas luces.

Le pareció que alguna de ellas le sonaba, tomó aire y fue a presentarse.

Estaba saliendo de su cascarón.

El resto de la mañana transcurrió plácidamente.

Carla estaba pasándoselo bastante bien poniendo las luces y cotilleando con las vecinas, hasta que advirtió algo extraño en medio de la plaza.

A su alrededor, todo el mundo se hallaba en movimiento constante: los vecinos, los conocidos, los ancianos, los perros, un par de gallinas…

, todos iban a lo suyo, trabajando, charlando, bailando. Todos, excepto uno.

Un hombre permanecía inmóvil en el centro de aquel sistema.

Mirándola. Se trataba de una silueta impertérrita, glacial, que no le quitaba el ojo de encima.

Carla centró toda su atención en él y no pudo evitar un escalofrío.

Se le abrieron las manos y el cable que sostenía cayó al suelo. Era él. La había encontrado.

—¿Estás bien? —le preguntó la vecina que tenía delante.

Pero Carla tenía el oído y la vista atrapados por la expresión de aquellos ojos impasibles que la observaban desde una decena de metros.

—Carla —insistió la vecina, cogiéndola del brazo—, ¿qué te pasa?

El contacto hizo que Carla volviese momentáneamente a la realidad. Miró a la vecina unos segundos, parpadeó y se giró de nuevo hacia el centro de la plaza. Pero en aquel lugar no había nadie. El hombre había desaparecido.

Carla se puso a mirar de un lado al otro de la plaza, asustada, notando que le faltaba el aire por momentos. Hizo caso omiso de las preguntas del grupito de vecinas, que empezaban a preocuparse, y siguió buscando al hombre.

—Perdonad —les dijo por fin, al darse cuenta de que no lo veía—. No me encuentro bien.

Y, sin añadir nada más, se fue directa a buscar a Jan.

Cuando su marido la vio llegar, con la cara blanca y los ojos como platos, intuyó que algo iba mal.

—Tengo que irme. Estoy mareada —mintió.

—No te preocupes —dijo él—. Ya te acompaño.

Los dos se excusaron y se despidieron de la cuadrilla que montaba el escenario y rápidamente se encaminaron a casa.

Justo antes de abandonar la plaza, Carla se giró una última vez y observó de nuevo a la gente.

Fijó la mirada en cada uno de ellos, en aquella población contenta, en aquellos jóvenes que saltaban, que bailaban sobre los adoquines, en aquellos adolescentes que bromeaban con los vasos llenos de pacharán; contempló a los ancianos sentados delante de la fuente, a las mujeres que comían arándanos, al gato que holgazaneaba entre todos ellos, y no encontró lo que buscaba en ninguna parte.

Entonces, se resguardó en los brazos de Jan, aún petrificada, aún turbada, y, sin decirle nada, volvieron a casa, pensando que quizá, pese a todo, solo habían sido imaginaciones suyas.

Seis años antes

Barcelona

Carla dejó a todo el mundo sorprendido.

Se presentó en la oficina de un día para otro y anunció su dimisión.

Llevaba diez años trabajando para Infinity Assegurances, una aseguradora de ámbito estatal en la cual había aterrizado con tan solo veinte años y, gracias a su esfuerzo y su perseverancia, había conseguido llegar a ser directora de operaciones.

A su jefa casi le dio un infarto al oírlo. Aquella decisión no se sostenía por ninguna parte. Decía adiós a un despacho que todos deseaban, a una ostentosa plaza de aparcamiento justo delante del edificio y a un sueldo mucho más que generoso.

—Es porque te han hecho una oferta esos cabrones de Protect, ¿verdad? —le preguntó su jefa con aquel acento francés por el que arrastraba las erres de mala manera—. ¡Sabes de sobra que podemos igualarla!

—No tiene nada que ver con eso, Louise —replicó Carla—. Es solo que Jan y yo queremos un cambio de aires.

Pero Louise no podía dejar escapar a su trabajadora más brillante de aquella forma.

—¿No estás cómoda con alguien del sector? ¿Es eso? ¿Hay alguna persona a la que quieres que eche? Puedo…

—¡Que no, Louise! —la cortó—. ¡No es nada de eso!

—Y, con ganas de desahogarse de una vez, le soltó todo lo que hacía tiempo que se guardaba—.

¡A veces la vida es algo más que tener un sueldo de cuatro mil euros y un buen coche!

¡A veces también hay que trabajar menos horas y tener más tiempo para la familia!

Además, Barcelona ya no es lo que era, necesitamos un poco de tranquilidad, necesitamos estar en la naturaleza y vivir en un barrio en el que la gente no solo hable inglés o italiano. ¡Estamos hartos, Louise!

Cuando salió de la oficina, sacó el móvil y aceptó la discreta oferta de trabajo que tenía encima de la mesa: llevar las redes sociales de GreenEnergy BCN, una empresa de distribución y promoción de placas solares.

Cuando el chico que dirigía aquella startup escuchó que Carla, la chica del currículum impresionante, aceptaba, estuvo a punto de preguntarle si se trataba de una broma.

Minutos después, Carla llegó a su pisito de Gracia y le dijo a un Jan un poco preocupado que todo iría bien, que lo más importante era cumplir su sueño: mudarse a la montaña.

—Pero ¿es que no ves que no nos van a salir los números? —le respondió Jan cuando se enteró del sueldo que cobraría en GreenEnergy.

—Que sí —replicó ella—. ¡Fuera de Barcelona los alquileres son mucho más bajos, he estado mirando precios!

Jan puso los ojos en blanco, le sacaba de quicio aquella actitud unilateral e irresponsable que a veces tenía su mujer.

—Además —continuó Carla—, ahora podré teletrabajar, estar en casa, pasar más tiempo contigo y con Valèria. Y, cuando tú también consigas teletrabajar, podremos irnos de aquí.

Tras concluir aquella discusión, Carla se dirigió a la ventana y descorrió la cortina con la punta de los dedos para echar un vistazo a la calle.

Se le metió el miedo en el cuerpo. El hombre había vuelto.

Estaba justo en la acera de enfrente, observando su edificio.

Carla apretó los puños asustada. Tenía que marcharse de aquella ciudad como fuese, ir a un lugar lo bastante remoto para que no volviese a encontrarla nunca.

Se le agotaba el tiempo. Había descubierto su secreto.