Catorce días antes de la desaparición
Catorce días antes de la desaparición
Domingo.
La familia Costa se levantó con el rumor de una lluvia fina que caía sobre el tejado. En la cama, Jan fue a buscar el cuerpo desnudo de Carla con un beso y esta lo recibió con ternura. Pero, cuando empezaban a embalarse, ella se detuvo.
—Es que… —murmuró Carla—. ¿Y si nos oye?
Jan se apartó enseguida. La tarde anterior, Carla le había contado que Valèria estaba harta de oírlos haciendo el amor, que los había oído casi cada noche que lo hacían.
—Esto es una mierda —se quejó Jan, mirando el techo—. ¿Y si lo hacemos más flojito?
—Se oye todo… —le recordó ella, también frustrada—. Además, que yo ya no estoy cómoda…
—¿Todo? ¿Incluso esto? —Se le acercó y empezó a darle besos en el cuello.
Carla se echó a reír, con la piel de gallina.
—¡Para! ¡Que me haces cosquillas!
Jan le dio un último beso en los labios y, sonriendo, le dijo:
—Qué se le va a hacer, ya encontraremos el momento.
Entonces salió de la cama y se fue a la ducha. Debajo del agua, pensó una vez más que era muy extraño que aquellas paredes de piedra permitiesen oír tantas cosas.
Antes de comer, y aprovechando que ya había salido el sol, Carla se fue a comprar a Can Pintor. Parecía mentira que ya se les hubiese acabado la comida.
Por el camino, observó que las calles brillaban a causa de las gotas que había dejado la lluvia. Siguiendo su instinto, Carla buscó en el cielo y allí vio, asomando por detrás de unos riscos, el arcoíris.
Llegó a la plaza Mayor y vio a los cuatro ancianos de siempre en el centro, sentados en la terraza del bar, con unas cervezas encima de la mesa.
—¡Buenos días! —la saludó Antoni, con una sonrisa amable—. ¿Qué tal va por la Era Vella?
—Muy bien —respondió Carla, devolviéndole también la sonrisa.
Los ancianos la miraron con la intención de entablar conversación, pero Carla pasó de largo sin decir nada más.
No le gustaba demasiado hablar por hablar.
Siempre que podía, lo evitaba, y desde hacía años.
No le gustaban las conversaciones vacías.
Antes prefería el silencio, la soledad. De hecho, le encantaba quedarse sumida en sus pensamientos durante horas, todo el tiempo que pudiese.
Encerrarse en su caparazón.
Por ese motivo también había querido irse de Barcelona, para evitar aquel bullicio social que impregnaba cada calle y cada barrio. Arcavell ofrecía el aislamiento ideal para alguien como ella.
Por fuera, Can Pintor era una casa similar a todas las demás del pueblo: con paredes de piedra, un gran balcón de madera presidiendo la fachada y un tejado negro, de pizarra, en lo alto.
En el interior, en cambio, albergaba una sala diáfana, donde siempre hacía frío y reinaba un intenso olor a guisos y a carne a la brasa.
En las paredes, había cuadros al óleo que representaban Arcavell y las montañas de alrededor.
En el fondo de la sala, estaba la barra del bar, con una vitrina a un lado, llena de los quesos, la miel y los embutidos producidos en la zona.
Eran los pocos alimentos que podías comprar allí.
Si necesitabas otros productos, el primer supermercado estaba a veinte minutos en coche, en la Seu d’Urgell.
Cuando Carla entró, vio que las mesas estaban puestas, listas para servir las comidas. Cruzó el comedor en silencio, para dirigirse a la dueña, una mujer fuerte y robusta, que trajinaba detrás de la barra, cuando una voz a su espalda la llamó por su nombre.
—Perdona, ¿tú eres Carla?
Entretanto, en la Era Vella, Jan y Valèria habían salido al patio para disfrutar de aquel sol majestuoso.
Era un patio interior bastante pequeño, porque se hallaba dividido en dos partes: una era la suya y la otra la compartían con la casa de enfrente, la Era Xica.
En su mitad no había gran cosa, se trataba de un solar con un par de sillas de plástico y algunas malas hierbas.
En la otra mitad, en cambio, había un corral muy bien equipado, con una veintena de gallinas que arrullaban y cacareaban a todas horas.
Padre e hija se encontraban delante de la valla desde hacía rato y se entretenían mirando a aquellos animalejos.
—Papá —dijo la niña de improviso, sin dejar de observar el corral—, ¿las gallinas hacen sexo?
La pregunta pilló a Jan totalmente por sorpresa. Enseguida se imaginó que estaba relacionada con la conversación que había mantenido con su madre.
—Sí —respondió, intentando no titubear y estar a la altura, tal y como debía de haberlo estado Carla—. Es necesario para tener pollitos.
—¿Y los dos siempre quieren?
Jan no entendió la pregunta.
—¿Cómo?
—Mamá me dijo que para hacer sexo es muy importante que las dos personas siempre estén de acuerdo —reprodujo de memoria.
Jan carraspeó.
En Can Pintor, Carla se giró y vio a una chica de unos veinte años, morena, que llevaba un vestido de flores.
—¡Ilona! —exclamó, y las dos se abrazaron.
Ilona era la maestra de Valèria. Trabajaba en la escuela de la Seu d’Urgell.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Carla.
—¿Qué quieres decir? —replicó la maestra—. Yo soy de Arcavell de toda la vida.
Carla se quedó boquiabierta. No la había visto nunca por allí.
Ilona era una chica excéntrica y sumamente sociable.
Muchas veces, cuando Carla había llevado a su hija al colegio, la maestra la había cogido del brazo y la había bombardeado a preguntas y comentarios sin compasión alguna, impidiendo que se fuera, y con una voz estridente que se le metía en la cabeza a martillazos.
—Vaya, pues no tenía ni idea —admitió Carla.
—Vivo un poco apartada —la maestra se encogió de hombros—, supongo que por eso no nos hemos encontrado nunca.
—Entonces se giró y señaló un punto concreto más allá de aquel comedor—.
Vivo por allí, en Ca la Nuri, una masía algo más arriba.
—Y con una sonrisa añadió—: ¡Si queréis que suban las notas de vuestra hija, ya sabéis adónde tenéis que enviar un jamón!
—Soltó una carcajada aguda y despreocupada—.
¿Qué te parece si nos tomamos una cerveza?
Mientras, en la Era Vella, Jan había empezado a sudar.
—… Las gallinas… Las gallinas y los gallos son iguales.
O deberían ser todos iguales. Dentro del corral no debería haber nadie que estuviese por encima.
—Se aclaró la garganta—. Pero a la hora de la verdad no es así.
Los gallos reciben más trigo que las gallinas a final de mes…
No cuidan de los pollitos… Y eso es muy injusto, ¿no te parece?
—Ah —dijo Valèria, que ahora observaba a los animalitos de otra manera. Hizo una pausa, como si reflexionara sobre un gran axioma, y entonces, bajo la mirada atenta de su padre, anunció—: Mi favorita es aquella de allí.
De pronto, la puerta de la Era Xica se abrió con un largo chirrido. Jan y Valèria vieron a través de la valla cómo, por el otro lado, salía el único hombre que habitaba aquella casa: Florenci.
Era el propietario tanto de la Era Xica como de la Era Vella y, por tanto, quien les alquilaba la casa.
Al verlo, Valèria se escondió rápidamente detrás de las piernas de su padre.
Aquel hombre debía de medir metro noventa y pesaba más de cien kilos.
Jan había oído que en el pueblo algunos vecinos lo llamaban «el Oso».
—Tenéis que cerrar las ventanas cuando os vayáis —soltó Florenci, de mala leche, sin mirarlos—.
El otro día las dejasteis abiertas. —Entró en el corral y todas las gallinas revolotearon de forma caótica contra la valla, en desbandada.
Con lentitud, el hombre llenó un cubo de pienso y empezó a tirarlo con la mano—.
Esto no es como Barcelona; aquí puede ponerse a llover en cualquier momento y se os moja todo. No es tan difícil de entender.
La voz profunda, la envergadura, el mal humor, todo ponía los pelos de punta a Valèria. Siempre había sido así. Desde el primer día que lo había visto.
—¡Y tenéis que pagarme el alquiler a principios de mes!
—No te preocupes —respondió Jan en tono sereno, intentando disiparle el mal humor.
Le habían dicho que no había nada que temer, que de entrada podía imponer mucho, pero que en el fondo tenía pocas luces y no haría daño a una mosca.
Por eso, siempre que lo veía, Jan intentaba sacar pecho—.
Ya lo programamos para que el banco te envíe el pago el primer día laborable de cada mes, así que tiene que llegarte mañana.
Florenci se limitó a seguir esparciendo el pienso. Valèria contemplaba aquellas manazas como quien presencia un milagro.
En ese momento, Jan imitó un poco el acento de su vecino.
—¿Ponen buenos huevos? —preguntó, tratando de ganarse su amistad.
Carla acabó sentándose a una mesa con Ilona sin saber muy bien por qué. La maestra la había abordado de forma tan repentina que no le había dado tiempo a reaccionar.
Cuando tuvo la cerveza delante, se dio cuenta de que llevaba años sin hacer algo así. Al principio temía no saber cómo comportarse, no saber qué decir, de qué hablar; pero, tras un par de sorbos, la conversación enseguida empezó a fluir.
—Total, que, en medio de la reunión de padres —contaba Ilona con una despreocupación que casi fascinaba a Carla—, una madre se levanta y empieza a manosearse los pantalones.
Y, claro, imagínate la situación: estábamos todos callados, solo hablaba el director, y que, de pronto, aquella mujer empezase a frotarse delante de todo el mundo…
Total, que entonces vemos que se mete las manos dentro de los pantalones, sí, sí, ¡dentro!
, y yo pienso: atención, que se nos despelota.
—No me lo puedo creer —decía Carla sin parar de reír—. ¿Y eran las hormigas?
—Sí, chica. Resulta que no cerré bien el hormiguero del proyecto de Ciencias —reconoció—.
Y las muy putas habían empezado a escaparse por toda la clase.
No te puedes ni imaginar la bronca que me cayó.
Estuvimos días matando a esos malditos bichos.
—Dio otro trago y añadió—: Te juro que pensé: si esta vez no me han echado, no me echarán nunca.
Carla tenía que reconocer que se lo estaba pasando muy bien. Además, le daba la sensación de que, por fin, conectaba con alguien de aquel nuevo entorno.
—Ah, y también me he descargado Tinder —añadió Ilona, enlazando un tema con otro sin ton ni son.
—Ah, ¿sí? —preguntó Carla, todavía entre risas.
—Sí, chica, es que aquí arriba cuesta mucho encontrar pareja. Mira. —Ilona sacó el móvil y le enseñó los hombres que aparecían en la aplicación—. No hay más que agricultores y los que venían conmigo a la ESO.
—Vaya, ¿y si amplías el radar? —propuso Carla, que recordaba vagamente cómo funcionaba la aplicación.
—¡Uy! Aún peor, chica, ¡entonces te salen los andorranos y los gabachos!
Y ya te digo yo que antes me meto a monja que salir con un puto francés.
—Y súbitamente continuó más bajito, como si se dispusiera a confesar un secreto—: Tengo la esperanza puesta en la fiesta mayor, que empieza este jueves; ahí sí que hay opciones de encontrar un buen partido.
—Ah, ¿sí?
—Sí, chica, porque suben los pijos que tienen la segunda residencia aquí arriba, y esos… —se frotó un dedo con otro haciendo el gesto de dinero— manejan mucha pasta.
—¿Y cuándo dices que es la fiesta mayor? —preguntó Carla, que no podía evitar hablar un poco como ella.
—Empieza este jueves. Mira, mañana por la mañana ya comienzan a preparar cosas. ¡Ve, si puedes! ¡Yo no puedo, que trabajo! Pero tú sí, chica, que estás en casa.
—Yo teletrabajo.
—Está muy bien para unir al pueblo, créeme.
—Pues igual sí que voy con Jan —respondió Carla, pensando que sería un buen plan.
—Ay, ¿Jan es tu marido? —preguntó la maestra—. ¡Enséñamelo!
Carla sacó el móvil y empezó a enseñarle fotos. La maestra se pegó al móvil para no perderse ni una. Le sonaba de haberlo visto en el colegio recogiendo a Valèria.
—Chica, ¡qué guapo! —dijo.
Se pasó un buen rato stalkeándolo , hasta que, de repente, se iluminó.
—Oye —levantó la vista de la pantalla para mirar a Carla—, tengo una idea: ¿y si paso a buscar a Valèria por la mañana?
Carla frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir? ¿Cada mañana?
—Sí, chica —insistió la maestra—. Así aprovechamos el trayecto, ¿sabes lo que te quiero decir? Paso a buscarla y la llevo a la escuela, y así vosotros no tenéis que bajar adrede hasta la Seu. ¿Me entiendes?
Carla se tomó unos segundos para reflexionar.
—Hombre, pues estaría muy bien, la verdad —reconoció; muchos días solo iban a la Seu para dejar a Valèria y volvían a subir, lo cual les hacía perder parte de la mañana—.
Lo único es que, dependiendo de la hora a la que vengas, no me encontrarás a mí, porque siempre tengo reunión a primera hora.
¿Puedes intentar venir antes de las ocho?
—No hay problema. Y, si no, ya me atenderá Jan, ¿no?
—Sí, claro.