El jefe y el bebè Capítulo 12
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Capítulo 12

Bella

—¿Me estás diciendo que te has acostado con tu jefe? —preguntó Bianca, escandalizada—. ¿Es eso, Bella? Entonces te has vuelto loca de una vez por todas —resopló.

Puse los ojos en blanco ante todo su drama. La cobertura del móvil allí en la isla no era muy buena, pero se podía hablar en determinados puntos.

— ¿Quieres dejar de comportarte como si fuera el fin del mundo? —murmuré.

— ¿Y no lo ha sido?

—¡Claro que no! —exclamé sin pensarlo dos veces—.

Ha sido la mejor noche de mi vida. —Sonreí mientras dirigía la mirada hacia Thomas, sentado en la arena de la playa, con Anthony entre sus piernas.

La escena era de lo más bonito que se podía ver.

La niñera estaba sentada en la tumbona, pero siempre atenta. —Ha estado increíble, Bianca.

—Pero, ¿quién te garantiza que no te está utilizando, hermana? —replicó, nerviosa—. Lo siento, pero tengo que ser yo quien te abra los ojos. ¿Estás segura de lo que estás haciendo? ¿Estás segura de que no saldrás herida de todo esto?

Me mordí los labios y cerré los ojos.

Sus palabras me dolieron, pero sabía que mi hermana solo estaba preocupada y quería lo mejor para mí.

—Lo único que tengo claro ahora mismo es que quiero vivir esto —respondí con firmeza—. Y si más adelante descubro que solo ha sido un cuento de hadas, ya habrá merecido la pena. —Sonreí de nuevo, aunque sabía que ella no podía verme—. Soy feliz, Bianca.

Se quedó en silencio unos instantes.

— ¡Ay, vale ya! —exclamó. — Si tú eres feliz, entonces yo también lo soy —añadió, haciendo que mi corazón se llenara de amor—. Pero déjale claro que no estás sola —añadió, con tono amenazante—. Si se atreve a hacerte daño, toda nuestra familia se va a Nueva York.

Me eché a reír a carcajadas, sabiendo perfectamente que mi familia estaba loca, pero también que era la más cariñosa y unida que alguien pudiera tener.

***

Tras unos largos minutos de conversación con mi hermana, colgué y me acerqué a Thomas; estaba riéndose con Anthony, que chapoteaba con sus dos manitas en un charco de agua, mojándose todo.

—¡Mira quién ha llegado, hijo! —exclamó Thomas, mirándome con ojos cálidos.

Me resultó imposible evitar que nuestros momentos lujuriosos, de hacía unas horas, inundaran mi mente; tuve que respirar hondo y sacudir la cabeza para controlarme y ahuyentar los pensamientos pecaminosos.

—¿Pero qué lío es este? —pregunté, sentándome con ellos. Los ojos del pequeño se clavaron en los míos y empezó a soltar esos grititos, chapoteando frenéticamente con las manos en el agua.

Sonreí, embelesada.

—Está muy contento —comenté, encantada.

—Sí, lo está —confirmó él, tan enamorado como yo.

Me acomodé a su lado, en la arena. Sentí cómo me besaba el hombro, obligándome a mirar a sus ojos acogedores.

—No puedo dejar de pensar en nosotros dos —confesó, haciendo que mi corazón se acelerara. Por mucho que lo intentara, no podía evitar sentirme esperanzada con el romance que estábamos viviendo allí.

Me mordí los labios, nerviosa.

—Yo tampoco —admití, y una preciosa sonrisa se dibujó en sus labios.

Su mano se deslizó hacia arriba y sus dedos acariciaron mi mejilla sonrojada.

No dijimos nada más, solo nos quedamos allí, disfrutando de la compañía del otro, mientras cuidábamos del pequeño travieso.

***

Seis días.

Llevábamos seis días en aquel paraíso, pero me dio la impresión de que los días habían pasado volando.

Respirando hondo, me concentré en las embestidas de Thomas, que parecía querer fundir nuestros cuerpos en uno solo. Me estaba apretando las piernas contra el pecho, de modo que me dejaba con las caderas levantadas y totalmente a su merced.

Sus ojos no se apartaban de los míos ni un instante. Sentía como si quisiera demostrarme que estaba allí conmigo, y solo conmigo.

Deslicé las manos por su nuca, agarrándole el pelo cuando sentí cómo se acumulaba una presión en mi bajo vientre.

Desde que nos acostamos por primera vez, siempre repetíamos la dosis cuando teníamos oportunidad, aunque mi lugar favorito era el bungaló. Acostarme con Thomas nunca era solo sexo, al menos no para mí.

Cada uno de nuestros momentos se convertía en algo especial, porque era con él, el amor de mi vida.

Cuando me corrí, gemí su nombre, sintiendo cómo se me erizaba todo el vello.

Tras unas cuantas embestidas más, él también se corrió.

Me quedé en silencio cuando se apartó, quitándose el condón, mientras yo me acurrucaba entre las mantas.

Dejé escapar un suspiro ahogado.

—¿Qué pasa, Bella? —preguntó, volviendo a tumbarse, pero atrayéndome hacia él. Me acurruqué contra su pecho, encantada de escuchar el sonido de sus latidos acelerados. —Te he notado muy callada hoy, y ahora también. Te he notado distante. ¿Ha pasado algo?

Lo apreté contra mí.

—No es nada —mentí.

Sin aceptar eso como respuesta, me levantó la barbilla, exigiendo que lo mirara a los ojos.

— Estás mintiendo —declaró, serio—. ¿Qué pasa? Puedes abrirte conmigo.

Se me empañaron los ojos.

—Es que… nos vamos a volver mañana —le recordé con voz quebrada. —Y no quiero volver —expresé mi miedo en voz alta—. Nunca he sido tan feliz en toda mi vida. Tú y Anthony sois la felicidad con la que siempre he soñado, así que pensar que todo esto va a acabar, yo…

—¿Quién ha dicho que vaya a acabar? —me interrumpió, parpadeando.

Me quedé sin palabras.

—Esto... —gesticuló entre nosotros dos— es real para mí. No es solo un romance de siete días.

No logré contener las lágrimas.

—Cada día me enamoras más, hombre. ¿Cómo es posible? —pregunté, sujetándole la cara con ambas manos.

Él se rió, con aire arrogante.

—Es un secreto, y no puedo contártelo, porque es mi arma para mantenerte siempre unida a mí —bromeó.

Volvimos a besarnos, un beso tranquilo.

En ese momento, comprendí que mi cuento de hadas era real.