El jefe y el bebè Capítulo 8
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Capítulo 8

Bella

Aunque había pasado la noche anterior en vela, por culpa del beso y de toda la tensión que Thomas y yo sentimos al tocarnos, seguía sintiéndome inquieta. Abrí los ojos lentamente, solo para echar un vistazo a la lujosa habitación.

Aún era de madrugada, pues pude ver el brillo de la luna resplandeciendo a través de los cristales de las ventanas y las puertas del balcón.

Me incorporé, sintiendo la vejiga llena.

Thomas estaba tumbado en el sofá, todo torcido.

Me mordí los labios, sintiéndome culpable por no haberle invitado a compartir la cama conmigo.

Pero, ¿cómo iba a resistir la tentación si dormía con él a mi lado?

Mi cerebro amenazó con derretirse como gelatina con solo un beso, así que, ¿cómo iba a controlarme si compartíamos la misma cama?

Me levanté del colchón, con cuidado de no hacer ruido, ya que no quería despertarlo. Mi intención era solo contemplarlo.

En el fondo, todavía me costaba creer que Thomas realmente me hubiera invitado a viajar con él para que, juntos, descubriéramos nuestros sentimientos. Pero él no tenía ni idea de que yo ya tenía claros los míos desde hacía años.

Llevaba mucho tiempo amándolo en secreto.

Caminé, paso a paso, hasta el baño, donde vacié mi vejiga llena.

A continuación, salí y recorrí el camino hasta la puerta que separaba nuestra habitación de la de la niñera y, lentamente, la abrí.

Necesitaba comprobar, con mis propios ojos, si mi pequeño dormía plácidamente.

Sonreí, sintiendo cómo mi corazón se llenaba de amor al encontrarlo roncando.

Anthony llevaba poco tiempo en mi vida, pero sentía como si tuviéramos un fuerte vínculo, aunque no hubiera salido de mi vientre.

Al cabo de unos instantes, salí de allí y volví a la cama. Me acomodé de manera que pudiera quedarme mirando a Thomas.

No me di cuenta de cuándo ocurrió, pero acabé quedándome dormida con la imagen del único hombre que tenía mi corazón.

***

Me desperté con el sonido de unas carcajadas; Thomas estaba jugando con Anthony, que estaba a mi lado, en la cama.

— Pa… pa… pa… pa… —balbuceaba el pequeño, refiriéndose a su padre. Todavía recordaba la primera vez que habló; tanto a mí como a Thomas se nos llenaron los ojos de lágrimas.

—Ah, ¿quieres a papá? ¿Quieres a papá? —Thomas le hacía cosquillas en la barriguita al pequeño, lo que hacía que el niño se riera a carcajadas.

Aproveché que aún no se habían dado cuenta de que estaba despierta y seguí en silencio, limitándome a observar aquella preciosa escena.

La evolución en la relación entre ambos, como padre e hijo, era evidente; cuando Anthony apareció en la vida de Thomas, el hombre apenas sabía cogerlo en brazos, ¿y cambiarle un pañal?

¡Ni hablar! Así que ser testigo de sus interacciones me llenaba de orgullo y amor.

Mucho amor.

—¡Mira quién se ha despertado, hijo! —murmuró él al verme despierta. Su mirada fija en mí era encantadora—. ¿Qué tal si le das los buenos días a tu tía, eh?

Cogió al niño en brazos y lo acercó hacia mí.

— ¡Buongiorno! — saludé en mi lengua materna. Sonreí mientras me sentaba en la cama. Me di cuenta de que la señora Amélia estaba en un rincón, simplemente observando y lista para intervenir. — ¡Hola, bebé! ¿Has dormido bien, eh? ¿Has dormido? — Hundí la cara en su barriguita, haciéndole cosquillas.

Después me centré en su padre, que seguía allí, mirándome fijamente con un brillo intenso en los ojos.

—¿Qué hora es? —pregunté, disimulando lo que me hacía sentir.

—Cerca de las nueve —respondió—. Estoy pensando en bajar a tomar el desayuno —comentó—. ¿O prefieres que sea aquí? Si lo prefieres, pediré que nos lo traigan a la habitación.

Negué con la cabeza, aunque estaba completamente deslumbrada con la idea de estar allí, juntos, con Anthony. Era como si fuéramos una familia, una con la que siempre había soñado.

—Quiero bajar para conocer el sitio —declaré, animada—. De hecho, quiero conocerlo todo.

Su enorme sonrisa me llenó el corazón de calidez.

Volví a llenar a Anthony de besos y, a continuación, se lo entregué a su padre.

—Dame solo unos minutitos para cambiarme de ropa —le pedí, sacando los pies de la cama.

A continuación, corrí al baño.

***

Thomas y yo bajamos; la señora Amelia se quedó en la habitación con Anthony.

— ¡Thomas, este lugar es magnífico! —exclamé, asombrada por la belleza de todo aquello.

Como habíamos llegado allí a última hora de la noche, no habíamos podido apreciar toda su belleza.

Era, básicamente, una lujosa mansión en medio del océano.

— ¿Has estado aquí antes? —le pregunté, mientras lo acompañaba al lugar donde se servía el desayuno.

—No —respondió, con aire sincero—. Pero ayer hice una búsqueda rápida y pensé que sería el lugar perfecto.

—¿El lugar perfecto? —repetí, intentando entender a qué se refería.

Llegamos al salón y Thomas eligió una de las mesas; me acercó una silla como un caballero.

—El lugar perfecto para parejas como nosotros, que necesitamos entender lo que sentimos el uno por el otro —murmuró, en respuesta a mi pregunta.

Tenía una mano apoyada sobre la mesa y la otra sobre el respaldo de mi silla.

Me quedé sin aliento en el instante en que se inclinó y me besó en la comisura de los labios.

—Por cierto, estás guapísima —me dijo, sonriendo con mucha intensidad. Después de eso, se alejó y se sentó en su asiento.

— Tienes que dejar de hacer eso, Thomas —susurré, nerviosa, retorciéndome en la silla. Empezaba a sentir calor.

Puso una expresión tan adorable que me entraron ganas de besarlo.

— ¿Hacer qué? No lo entiendo.

— Halagarme así —dije, gesticulando y mordiéndome los labios—. Me da vergüenza.

Ese cabrón me dedicó una de sus sonrisas irresistibles, lo que me provocó un frenesí interior. Cada vez me resultaba más difícil resistirme a él.

—Pues mejor que te vayas acostumbrando, porque soy un hombre romántico, Bella —afirmó, seductor—. De hecho, soy de los que se casan.

Eché la cabeza hacia atrás y me eché a reír, aunque no podía ignorar cómo mi corazón se aceleró un poco ante esa posibilidad.

Sin embargo, las palabras de mi hermana, cuando expresó su preocupación por que acabara saliendo herida al final de toda esta historia, resonaban en mis pensamientos, aunque intentara no pensar en ellas; no quería convertirme en rehén del miedo, pues este era un sentimiento que nos situaba en el lado opuesto de nuestros sueños, logros y oportunidades.

—¿Qué pasa? —Oí la voz de Thomas; su mirada denotaba preocupación—. De repente te has puesto seria.

Esbocé una sonrisa forzada.

—No es nada —mentí—. Son tonterías mías. —Aparté la mirada, fingiendo indiferencia—. ¿Y bien? ¿Vamos a comer?

Noté que no se había creído mucho mi mentira, pero decidió no decir nada, lo cual agradecí, pues no habría sabido qué decir.