Capítulo 16
El ambiente en el castillo de Trematon era sombrío el día después de la boda.
Mientras los recién casados se preparaban para su luna de miel, Eleanore estaba en ascuas, deseando que todo acabara de una vez para poder volver a casa.
Su corazón anhelaba la familiaridad y la seguridad: un lugar donde sentirse a salvo.
Los padres de la joven novia sentían una mezcla de alegría y tristeza ante la perspectiva de que los recién casados viajaran solos durante unas semanas.
Lady Annabelle, la madre de Eleanore, notó de inmediato el cambio en el ánimo de su hija. Preocupada, preguntó:
—Hija mía, ¿qué te atormenta? Te veo muy triste.
Eleanore bajó la mirada y dejó escapar un hondo suspiro.
—No es nada, madre. Solo estoy un poco cansada por las festividades.
Pero la baronesa conocía demasiado bien a su hija.
—Ela, te conozco lo suficiente como para saber cuándo algo va mal. Por favor, dime qué te preocupa.
Eleanore vaciló un instante antes de responder en voz baja:
—Es complicado, madre. Solo quiero volver a casa.
—Por supuesto, hija mía —respondió su madre con dulzura—. Pero no puedo fingir que no pasa nada. Eres mi hija, y si tú sufres, yo sufro contigo.
Ela sintió que las lágrimas se agolpaban en sus ojos y luchó por contener la emoción.
—Es mi carga, madre. Por favor, déjame llevarla sola.
Lady Annabelle posó una mano con suavidad sobre el hombro de su hija.
—No tienes que cargar con esto sola, querida. Somos una familia y siempre nos tendremos la una a la otra.
Eleanore esbozó una débil sonrisa.
—Gracias, madre. De verdad.
Lord George, por su parte, había intentado establecer contacto con Eleanore de la manera más decorosa posible, pero se topaba una y otra vez con puertas cerradas.
Ella evitaba con obstinación cualquier interacción directa con él.
Cada intento de acercamiento era rechazado, e incluso su criado recibió un desaire cuando trató de abordarla.
Un atisbo de desesperación asomó a los ojos de lord George cuando comprendió que sus esfuerzos eran en vano. El rechazo de Eleanore le dolía en lo más hondo, pero respetaba su decisión, aunque no lograra entender qué ocurría en el corazón de la joven.
Eleanore, atormentada por sus conflictos internos, seguía refugiándose en su propio mundo. El rechazo del conde suponía para ella un alivio y una agonía a partes iguales. La incertidumbre sobre sus sentimientos y sobre el futuro la sumían en un torbellino de confusión.
El cálido sol primaveral bañaba de luz dorada el patio del castillo mientras Eleanore se preparaba para despedirse de la familia Sterling. Varios miembros del servicio, entre ellos Nettie, se congregaron a su alrededor, como si intuyeran que aquel era un momento especial.
Nettie, con su expresión afable y sus ojos brillantes, se adelantó y tomó la palabra:
—Mi señora, quiero decirle algo antes de que se marche. Podría ser muy feliz aquí, ¿lo sabe? Todos estaríamos orgullosos de tenerla como la próxima señora de la casa. ¿De verdad quiere irse?
Aunque la joven dama lo ignorase, la noticia de que el joven conde, heredero del duque, se dejaba ver por alguien después de tantos años y, al parecer, se había prendado de la amable y encantadora hija mayor de los Connely, había corrido como la pólvora entre la servidumbre.
William, el ayuda de cámara, incapaz de soportar la desesperación y el dolor de su amo, había informado a todo el personal y ahora se encontraba en la cocina, desesperado, pidiendo consejo sobre qué más podía hacer para retener a lady Eleanore y unir a los dos enamorados.
Eleanore sonrió levemente, conmovida por la sinceridad y franqueza de la criada de cocina.
—Pero Nettie, solo llevo aquí una semana. ¿Cómo puedes estar tan segura?
—No es el tiempo lo que cuenta, mi señora. Es lo que todos vemos y sentimos —respondió Nettie, posando una mano en el brazo de Eleanore y señalando tras ella al personal, que aguardaba en fila, escuchando las palabras de la mujer sin hacer el menor ruido.
—Usted tiene un carisma que no pasa desapercibido. Y hace tan buena pareja con el conde, si se me permite decirlo.
Eleanore bajó la mirada, los ojos llenos de una mezcla de vergüenza y gratitud.
—No sé si podré desempeñar ese papel. A menudo me siento insignificante, y el conde necesita a su lado una mujer capaz de asumir el papel de duquesa con dignidad.
Nettie negó enérgicamente con la cabeza.
—Oh, no, mi señora, no diga eso. Tiene usted una sonrisa preciosa que le ilumina los ojos. Su porte es altivo y seguro. Y esos ojos grises son como gemas que resplandecen a la luz del sol.
Eleanore sintió que el corazón se le llenaba de calidez al escuchar las palabras de Nettie.
—Pero ¿cómo puedo estar segura de que lo haré feliz, Nettie? ¿Y qué hay de todas mis preocupaciones y dudas?
La sirvienta sonrió con dulzura.
—La felicidad está dentro de usted, mi señora, y si usted es feliz, él también lo será.
Solo tiene que permitir que esa felicidad se refleje en sus ojos, porque los ojos son el espejo del alma, no lo olvide.
Como la primera vez que nos conocimos, cuando habló del conde.
¿Lo recuerda? Por favor, muéstrenos de nuevo esa sonrisa deslumbrante.
Las palabras de Nettie le llegaron al corazón, y Eleanore sintió que una oleada de confianza crecía en su interior. Era como si alguien le estuviera dando permiso por fin, animándola a aceptarse a sí misma y a dejarse llevar por la felicidad que albergaba dentro.
Eleanore dejó que las palabras de la humilde criada de cocina calaran poco a poco, mientras se sumía en sus pensamientos.
La sabiduría de cada palabra de Nettie parecía extenderse por su corazón como una brisa cálida, disipando poco a poco la oscuridad que la envolvía.
La idea de que podía ser feliz allí despertó en ella un anhelo que había reprimido durante mucho tiempo.
—Nettie —comenzó Eleanore con voz queda, ahogada por la emoción—, creo que ahora entiendo lo que quieres decir.
Una sonrisa vacilante asomó a sus labios mientras el significado de aquellas cálidas palabras iba calando en su conciencia.
—Era George... Siempre fue George quien me hizo feliz. Su amor me dio alas, me hizo sentir viva como nunca. Y yo... yo también lo amaba. Pero él ocultó sus verdaderos sentimientos para protegerme del miedo a la decepción y el rechazo.
Los ojos de Eleanore se llenaron de lágrimas al comprender la profundidad de sus propios sentimientos y la fragilidad del corazón de George.
—Los dos estábamos tan atrapados en nuestras dudas, tan ciegos a lo que realmente había entre nosotros —susurró con un deje de desesperación en la voz.
—Pero ahora... ahora lo veo con claridad. Nuestro amor es fuerte, más fuerte de lo que jamás creímos posible. Puede atravesar la oscuridad, puede salvarnos.
Una sensación de alivio embargó a Eleanore cuando por fin se enfrentó a la verdad.
Quizá hubiera esperanza para ella y George, a fin de cuentas, aunque el camino que tenían por delante siguiera lleno de obstáculos e incertidumbres.
Pero al fin estaba lista para luchar por su amor, dispuesta a darlo todo por encontrar la felicidad.
La presencia de su familia infundió a Eleanore un valor y una confianza renovados. Sentía las miradas amorosas de sus padres y veía los rostros contenidamente alegres de los padres de George. En sus ojos podía ver la misma esperanza que ella albergaba.
Cuando su madre advirtió la esperanza en los ojos de su hija, sonrió con ternura y le posó una mano tranquilizadora en el hombro.
—Ve a buscarlo, querida —dijo con voz suave pero firme—. Dejad que el amor os guíe.
Las palabras de su madre calaron en el corazón de Eleanore como un rayo de luz en la oscuridad, y supo que había llegado el momento de actuar.
Asintió con determinación y abrazó a su madre con fuerza.
—Gracias —susurró con la voz quebrada por la emoción—. Gracias por todo.
Después se volvió hacia su padre y le dio un beso en la mejilla.
—Os quiero —dijo en voz baja, antes de dirigirse hacia George.
***
Cuando Eleanore encontró a George en el jardín, percibió de inmediato el peso de sus inseguridades cerniéndose sobre él como una sombra oscura.
Tenía los ojos apagados y los hombros hundidos bajo el peso de sus pensamientos.
Al verla, se levantó con torpeza, pero su cuerpo no parecía obedecer a su mente y casi tropezó.
Ella lo alcanzó con pasos rápidos y él pudo apoyarse en ella.
A George se le escapó un gruñido de frustración por su propia torpeza. Pero al sentir a Eleanore cerca, una chispa de esperanza se encendió en sus ojos. Su sola presencia parecía reconfortarlo, incluso en lo más hondo de su desesperación.
Eleanore lo abrazó con una cálida sonrisa y le rodeó la cintura con los brazos.
—Tranquilo, George —susurró en tono reconfortante—. Estoy aquí para apoyarte, como tú hiciste por mí y como sé que siempre harías.
George se apoyó pesadamente en ella, con el ceño fruncido por la preocupación. Pero Eleanore se negó a dejarse desanimar por su desesperación. Buscó las palabras adecuadas para infundirle ánimo, para ser una voz callada de esperanza.
—Este momento me recuerda a nuestra glicinia del jardín —dijo con suavidad, con palabras sencillas pero cargadas de significado—.
Está formada por muchas plantas que se apoyan entre sí y crecen juntas.
Como nosotros, George. Somos como esas plantas: crecemos juntos y estamos el uno para el otro, incluso en los momentos más difíciles.
La analogía caló hondo en George y lo arrancó de sus oscuros pensamientos y preocupaciones. Miró a Eleanore con ojos nuevos, llenos de gratitud por su amor y apoyo. Una sensación de alivio lo invadió al comprender que juntos podían superar cualquier desafío.
—Gracias, amor mío —susurró al fin, con la voz cargada de emoción—. Gracias por querer estar a mi lado. No te imaginas lo que significa para mí. Te quiero más de lo que las palabras pueden expresar, y siempre estaré a tu lado, pase lo que pase.
Como si hubiera comprendido por sí mismo que todo iba a salir bien, su rostro se iluminó con un resplandor que disipó por fin la oscuridad de sus pensamientos. Le devolvió la mirada, llena de amor y gratitud, y un cálido estremecimiento de esperanza le inundó el corazón.
—Oh, Eleanore —suspiró, y antes de poder continuar, inclinó la cabeza y la besó con ternura. El mundo a su alrededor se desvaneció, y por un instante fugaz se sintieron completamente solos en aquel espacio, unidos por su amor y su conexión.
El dulce roce de sus labios fue como un bálsamo para sus almas doloridas, y cuando se separaron, un brillo en sus ojos parecía iluminar el aire a su alrededor.
—Saldremos de esta juntos, George —susurró Eleanore con voz decidida—. Mientras nos tengamos el uno al otro, podremos con cualquier cosa.
George asintió mientras le acariciaba la mejilla.
—Sí, mientras estemos juntos, nada podrá separarnos —dijo con firmeza.
Rebosantes de esperanza y confianza, sus labios volvieron a encontrarse en un beso apasionado que selló su amor y su determinación de afrontar juntos cualquier desafío.