El jardín de las cartas no enviadas Capítulo 45 Tomás
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Capítulo 45 Tomás

La fotografía de Ana no estaba en el estante de la entrada.

Lia la había llevado de nuevo a su mesilla de noche.

Quedaba un rectángulo descolorido sobre el barniz de la madera de caoba, un espacio limpio de la fina capa de polvo que el viento del Mondego depositaba cada tarde a través de las rendijas de la ventana.

En la encimera de granito, el envase de pechugas de pollo estaba completamente descongelado.

La película de plástico transparente mostraba una pequeña rotura en la esquina izquierda debido a la condensación de agua.

Tomás apagó el quemador de gas. El arroz blanco estaba seco.

Faltaba el olor a laurel; había olvidado comprar las hojas secas en el Pingo Doce de la esquina.

—¿La señora gallega no le pone laurel al arroz? —preguntó Lia sin levantar la vista del hule amarillo.

Tenía una mancha de tinta azul en la barbilla. Su brazo izquierdo, cubierto por el yeso blanco que le llegaba hasta el codo, descansaba inerte sobre la mesa. Con la mano derecha intentaba trazar círculos en un folio cuadriculado utilizando un rotulador gastado.

Tomás sirvió las raciones. Dos platos de loza blanca con el borde desgastado. Tres cucharadas exactas de arroz para él; una pieza pequeña de carne. Para la niña, el doble.

—Tuvimos una discusión —dijo.

La frase sonó rígida. Tenía la misma cadencia que las actas del consejo de departamento que redactaba los miércoles por la tarde.

Lia detuvo el rotulador. La punta azul permaneció fija sobre el papel, abriendo una mancha circular que empapó las fibras de la celulosa.

—Un reñir.

—Sí.

—¿Por qué?

—Por un artículo de una revista. Un texto que escribió una profesora en Estados Unidos. —Tomás tomó el tenedor. El metal estaba frío—. Ella piensa que yo fui a Sintra por el libro de poemas. Solo por la investigación académica.

Lia ladeó la cabeza. Sus ojos conservaban la fijeza directa y despojada de filtros que pertenecía a la familia de su madre. No compartía la tendencia al rodeo burocrático de los Rebelo.

—Pa, si la quieres, di perdón.

El consejo quedó suspendido entre el salero de plástico y la botella de aceite de oliva.

Una propuesta directa. Una ecuación de términos simples.

Los historiadores no trabajaban con ecuaciones de términos simples; preferían las notas aclaratorias, las variantes del manuscrito, las justificaciones contextuales que retrasaban la conclusión definitiva.

Pero la Quinta no era un legajo de archivo.

—No es tan sencillo, hija.

—Sí lo es. —Lia pinchó un trozo de pollo con dificultad, compensando la falta de apoyo del brazo izquierdo con un movimiento brusco del hombro—.

Cuando me caí en el parque de Coímbra, Clara te mandó una foto de un gato dibujado en un papel de fumar.

Tú no sabes dibujar gatos. Solo sabes escribir fechas con bolígrafo negro.

Tomás miró la línea azul que dividía el folio.

La lógica infantil carecía de aparato crítico, pero el documento era irrebatible.

Tiene razón. Toda la razón. La rigidez del cuello, arrastrada desde el viaje de vuelta por la autopista del norte, se acentuó al tragar el primer bocado de arroz. El pollo estaba insípido.

El teléfono móvil, situado junto al fregadero, vibró tres veces. La pantalla mostró un código de área de Nueva Jersey. 609. Universidad de Princeton.

Tomás no se sentó. Cruzó la cocina, tomó el aparato y caminó hacia el ventanal del pasillo, el que miraba hacia la colina de la Universidad Alta. Las luces de la biblioteca general ya estaban encendidas, unos puntos amarillos fijos detrás de las ramas desnudas de los jacarandás.

Aceptó la llamada.

—Tomás. Pensaba que habías decidido ignorar mis mensajes —la voz de Helena Maddox llegó con la nitidez limpia de las conexiones transatlánticas. Su inglés era el de las aulas de Connecticut, rápido, con las vocales cortadas por una urgencia profesional que no contemplaba los husos horarios.

—Estaba con mi hija, Helena.

—El borrador definitivo para la nota de prensa está listo. El departamento aquí quiere enviarlo a la revista antes del cierre del viernes. El comité de evaluación de las becas postdoctorales necesita el título del artículo conjunto. He mantenido tu nombre en el primer lugar, por supuesto.

Abajo, en la Praça do Comércio, un Mercedes verde de los años noventa frenó ante el paso de peatones. Las luces de posición parpadearon dos veces debido a un fallo en el alternador.

—No voy a firmar ese documento —dijo Tomás.

El silencio al otro lado de la línea tuvo la duración de un registro de catálogo. Se escuchó el roce de unas hojas de papel satinado.

—¿Cómo dices?

—El artículo. La atribución del hallazgo de la Quinta dos Loureiros. Has registrado a Clara Mendes como personal técnico de apoyo. Una referencia de contacto local sin cualificación.

—Es una traductora independiente, Tomás. Carece de doctorado, no tiene afiliación institucional y su nombre no aporta ninguna mención relevante para la revisión por pares. El protocolo de Princeton es muy estricto con las coautorías. Ya lo acordamos en Lisboa.

—No —Tomás apoyó la palma de la mano libre contra el marco de madera de la ventana.

La pintura estaba desconchada en la base, revelando la veta gris del pino—.

Lo expusiste tú. Yo no respondí. La propiedad es suya.

El acceso al desván fue decisión suya. Si ese manuscrito se publica en una revista indexada, figurará Clara Mendes como investigadora principal en igualdad de condiciones.

De lo contrario, retiraré mi informe técnico del registro nacional.

Helena Maddox emitió una risa breve. Un chasquido seco.

—No seas ridículo, Tomás. El informe preliminar ya está archivado en nuestro departamento.

Si te retiras ahora, el artículo saldrá igualmente.

Solo parecerá una disputa personal por motivos de celos profesionales.

Perderás la contrata de verano en la fundación y tu proyecto sobre la censura en el Estado Novo se quedará sin la financiación complementaria.

Piensa en tu posición en Coímbra. No estás en condiciones de jugar a la caballerosidad académica.

La amenaza carecía de adjetivos. Era un balance de pérdidas y ganancias expuesto con la precisión de un tasador de fincas.

Su antiguo tutor en King's College solía advertirle que las disputas bibliográficas se resolvían siempre en los despachos pequeños, nunca en las conferencias públicas.

Es una trinchera abierta. Había olvidado la consistencia del barro de los despachos.

—Faça o que quiser —dijo Tomás.

Cortó la comunicación antes de escuchar la réplica. La pantalla regresó al fondo negro, reflejando el contorno de sus propias gafas y la línea divisoria de su frente.

El sonido de la llave inglesa girando en la cerradura de la puerta principal interrumpió el silencio del pasillo.

Su madre entró llevando una cesta de mimbre con ropa doblada.

Traía el olor de la calle Ferreira Borges, una mezcla de humedad de río y el aroma a lavanda de las pastillas de jabón que colocaba entre las sábanas del armario empotrado.

Observó los platos de la cocina, el rotulador azul de Lia y las botas de Tomás, que aún conservaban la costra de arcilla seca acumulada en los caminos de Sintra. No las había limpiado desde el lunes.

—Te vas —dijo la anciana.

No utilizó el tono de las quejas familiares. Fue una constatación de datos.

—Tengo que volver a la Quinta.

—La niña duerme abajo conmigo. Su pijama limpio está en la mochila de la escuela. —Dejó la cesta sobre la silla de la entrada. Se acercó a la mesa y tomó a Lia por el brazo sano—. Vamos, hija. Hay que lavar esa cara antes de que la tinta se quede fija.

Tomás recogió las llaves del cuenco de cerámica de la entrada. Su abrigo de lana gris, comprado en Londres durante el segundo año de su tesis, pesaba más de lo habitual. El forro interior del bolsillo derecho estaba descosido; los dedos tropezaron con la lona áspera de la estructura interna.

Bajó las escaleras del edificio de tres en tres.

El Peugeot estaba aparcado junto a la fachada del banco, bajo la luz mortecina de una farola municipal que parpadeaba con una frecuencia de cinco segundos.

El motor de gasóleo tardó dos vueltas de llave en arrancar.

El indicador del combustible marcaba un cuarto de depósito; tendría que parar en la estación de servicio de la salida hacia la IC2.

El cuentakilómetros indicaba 244.816.

Tomás enfiló la marcha hacia el sur. El tráfico a las diez de la noche era escaso, limitado a los camiones de reparto de pescado que subían desde Peniche y a los autobuses de línea regular.

La autopista carecía de iluminación en el tramo de Pombal; los faros de el Peugeot dibujaban dos líneas amarillas sobre el asfalto gastado por las lluvias del otoño.

No encendió la radio. El zumbido de los neumáticos contra las juntas de dilatación de los puentes sustituyó a los pensamientos.

No había espacio para las metáforas sobre la distancia o el peso del silencio.

Había una velocidad constante de ciento diez kilómetros por hora.

Una distancia exacta de ciento setenta kilómetros hasta el desvío de Sintra.

Tres peajes automáticos. Una parada para repostar gasóleo de automoción y comprar un paquete de pastillas de menta que no llegó a abrir.

A la altura de Carregado, la lluvia comenzó a golpear el parabrisas de forma intermitente. Las escobillas, viejas, dejaban un rastro de grasa gris que dificultaba la visión de las señales de tráfico.

Tomás redujo la marcha. Su mano derecha permanecía fija en la palanca de cambios, rígida.

Recordó la última frase del cuaderno de borradores que había examinado en el archivo de Lisboa antes de que Helena Maddox publicara el texto.

Una anotación al margen de Maria do Carmo, fechada en diciembre de 1937: La fijeza es el único deber que queda cuando los hombres de leyes empiezan a inventarse sus verdades.

Tomás tomó la salida hacia la N9. La subida hacia la serra de Sintra se realizó en tercera marcha.

La niebla del Atlántico bajaba ya por las pendientes de la Estrada da Pena, una masa blanca y espesa que reducía la visibilidad a menos de quince metros.

El olor a resina de pino y a tierra saturada de agua entró por la rejilla de ventilación de el Peugeot.

A las doce y cuarenta, el vehículo se detuvo frente a la verja de hierro forjado de la Quinta dos Loureiros.

Las luces del piso superior estaban apagadas.

El edificio conservaba el perfil cuadrado y oscuro de las construcciones del siglo dieciocho que han permanecido cerradas durante demasiado tiempo.

Tomás apagó el motor. El silencio de la montaña ocupó el habitáculo de el Peugeot de forma inmediata, interrumpido solo por el goteo regular del agua de la lluvia cayendo desde las hojas de la camelia del portal sobre el capó de metal caliente.

Bajó del coche. Los zapatos se hundieron dos centímetros en el barro del arcén.

No llevaba paraguas. Caminó hacia la verja, apoyó las manos en los barrotes fríos y miró hacia la ventana de la biblioteca.

El candado de la cadena pequeña estaba abierto. Clara no lo había cerrado por dentro.