Capítulo 32 Tomás
El sofá de pana de la biblioteca conservaba la rigidez de un mueble auxiliar, un armatoste pensado para las esperas de los procuradores más que para el descanso de un hombre.
Bajo la manta escocesa, Tomás permanecía inmóvil, con los ojos fijos en el techo alto de bovedilla donde la penumbra borraba las molduras de yeso.
La casa no guardaba silencio; el silencio de la Quinta dos Loureiros era una estructura articulada, hecha del siseo de la niebla contra los cristales, el crujido mineral de los sillares de caliza y el latido sordo de las tuberías de plomo que bajaban desde los baños de la planta alta.
A las tres de la mañana, la sed se le volvió física, una contracción agria en la laringe que sabía que no se calmaría permaneciendo quieto bajo la lana.
Se retiró la manta con un movimiento lento, asegurándose de que el crujido de los muelles no rompiera la mudez de la biblioteca.
Apoyó los pies descalzos en el parqué frío, sintiendo la humedad de la serra en las plantas, y caminó hacia la puerta sin encender el flexo de bronce.
El pasillo que conducía a la zona de servicio era una galería de granito oscuro, donde el aire olía a la cera vieja de los rodapiés y a la combustión lenta de la estufa de fundición que los criados habían apagado a las diez.
Tomás avanzó guiándose por el reflejo blando que subía por el caracol de piedra desde la planta baja.
Una claridad ámbar, mortecina, que no pertenecía a la luna sino a la resistencia eléctrica del hornillo de la cocina.
Cuando entró en la estancia, no se sorprendió.
Clara estaba allí, sentada en una de las sillas de pino sin pintar, junto a la mesa de fregar de mármol blanco.
Llevaba el abrigo de lino gris por encima del camisón y sostenía entre las manos una taza de loza vacía, con los dedos entumecidos apretados contra el barro frío.
El pelo le caía sobre los hombros en un desorden liso, desprovisto de la fijeza reglamentaria de las tardes de trabajo.
Frente a ella, una tetera de hierro fundido dejaba escapar un hilo delgado de vapor que se disolvía de inmediato en mitad del aire espeso del cuarto.
Ninguno de los dos dijo nada durante diez segundos enteros.
No había espacio para la extrañez o las disculpas burocráticas; sus órbitas nocturnas se habían sincronizado meses atrás, unidas por la costumbre de los insomnios compartidos y por los desvanes que cada uno arrastraba desde el otro lado de la frontera.
—¿Quieres té? —preguntó Clara. Su voz tenía la neutralidad plana de las sentencias notariales, pero traía también una suavidad remota, limpia de la prisa del día.
—Sí —contestó Tomás, sentándose en la silla de enfrente, al otro lado del mármol—. Gracias.
Clara se levantó sin prisa. Tomó otra taza del anaquel, vertió el agua caliente sobre las hojas de tila y dejó el recipiente al alcance de la mano de Tomás. El olor dulce de la hierba medicinal se mezcló con el rastro rancio del gas del hornillo y la humedad de la cal húmeda de los muros.
Tomás rodeó la taza con las manos, buscando el calor del barro para calmar la rigidez de sus dedos.
Miró el perfil de Clara, recortado contra el ventanal que daba al patio interior, y entendió que el inventario de las distancias se había agotado por completo aquella tarde en la biblioteca.
Ya no bastaba con hablar de Maria do Carmo, de los fletes de la naviera del treinta y siete o de las cartas de Inês Vasconcelos. La casa exigía otra cuota de verdad.
—Nunca me has preguntado cómo fue —dijo Tomás. No nombró a Ana, pero el nombre flotó entre las dos tazas con la fijeza de un objeto pesado que cae en mitad de un aljibe.
Clara volvió la cabeza despacio. Sus ojos grises, fijos y limpios de reproches, sostuvieron la mirada de él.
—Pensé que preferías el orden del archivo —contestó ella, apoyando los codos en el mármol—. Las fechas obligatorias. El luto oficial que se guarda en las carpetas de Coímbra.
Tomás forzó una sonrisa amarga que le marcó las líneas de la boca.
—Esa es mi rutina eficiente, Clara. Mi escudo de metal frío. Es más fácil catalogar los desastres de una naviera muerta en el treinta y siete que revisar el balance de situación de una cama de hospital en Oporto.
Dio un sorbo corto al té, sintiendo que el calor le abría el pecho, quebrando la estructura rígida que había mantenido clausurada durante cuatro años. Y entonces, por primera vez de verdad, empezó a hablar.
No habló de la fecha del entierro ni de los trámites de la excedencia en la facultad, esos datos administrativos que repetía ante los comités de evaluación.
Habló de la luz sucia de las cinco de la tarde en la séptima planta del hospital de Santo António; del ruido monótono del respirador artificial, que sonaba igual que el siseo de los neumáticos del coche de Henrique sobre la grava húmeda; de la fijeza con la que Ana le había soltado la mano cinco minutos antes de que el monitor cardíaco trazara la última línea recta sobre la pantalla.
Habló del sentimiento de quiebra, de esa culpa burocrática del que sobrevive y regresa a una casa vacía en Coímbra solo para descubrir que los libros de su padre conservan el mismo olor a alcanfor pero ya no significan nada.
—Lo peor no es la ausencia —susurró Tomás, con la voz rota por un espasmo seco que le subió desde el estómago—.
Lo peor es la regularidad con la que el mundo sigue funcionando.
Que la secretaría de la facultad te envíe un pliego de condiciones para el curso siguiente, que la portera te pida el recibo de la comunidad y que tú tengas que seguir pareciendo un hombre civilizado, un archivero eficiente que sabe dónde colocar cada legajo, cuando por dentro solo eres un montón de cal muerta que el viento de la serra está deshaciendo.
Las lágrimas le llegaron de golpe, sin el preámbulo de los sollozos.
Eran lágrimas gruesas, calientes, que le bajaron por las mejillas y le mancharon los puños de la camisa gris.
Tomás no intentó ocultarlas con las manos ni buscó la neutralidad de un pañuelo.
Se quedó allí, con la cabeza inclinada sobre el mármol de la cocina, entregado a la humillación del dolor con la misma crudeza con la que Clara había llorado horas antes frente al papel azulado de Maria do Carmo.
Clara lo escuchó sin moverse. No realizó ninguno de los gestos ornamentales que la cortesía urbana consideraba obligatorios en esos casos; no se levantó de la silla para rodearle la espalda con un abrazo invasivo ni pronunció ninguna de las palabras planas con las que los vivos intentan amortiguar el luto de los demás.
Permaneció en su sitio, manteniendo la distancia justa que respetaba la dignidad de su quiebra.
Sin embargo, cuando el llanto de Tomás se volvió un silbido asmático, una respiración corta que denotaba el agotamiento absoluto de sus fuerzas, Clara alargó el brazo derecho a través del mármol.
Fue un movimiento deliberado, limpio, armado con la misma fijeza de aguja de coser que definía sus notas de traducción.
Posó la palma de la mano en la nuca de Tomás.
Solo la nuca. Un contacto plano, firme, donde la piel de sus dedos rozó el nacimiento del pelo áspero de él.
Tomás sintió el frío inicial de la mano de Clara y, de inmediato, el calor de su peso entero, un ancla mineral que pareció detener la vibración de sus sienes.
Uno. Dos. Tres. Cuatro segundos.
Clara mantuvo la mano allí el tiempo justo para que la estructura del suelo volviera a sostener su propio peso, sin añadir un sologramo de compasión innecesaria.
Luego, retiró los dedos con la misma neutralidad técnica con la que cerraba un volumen de las cartas de Virginia Woolf y regresó a su taza de loza.
Tomás respiró hondo, sintiendo que el hierro de la laringe se había disuelto por completo.
Se limpió los ojos con el dorso de la mano, avergonzado pero aliviado por la firmeza de esos cuatro segundos.
El silencio que regresó a la cocina de la quinta ya no era un silencio de fletes ni de correos ocultos de Princeton; era la mudez limpia de las cosas que han sido nombradas en mitad de la noche.
—Deberías volver al sofá —dijo Clara, con suavidad, mirando hacia el ventanal—. Mañana hay que cerrar el índice del mes de noviembre y la letra de Henrique es difícil de descifrar si no tienes los ojos descansados.
—Sí —contestó Tomás, levantándose de la silla—. Tienes razón. Buenas noches, Clara.
—Buenas noches, Tomás.
Tomás caminó de vuelta hacia la biblioteca, arrastrando los pies por la galería de granito.
Al tumbarse de nuevo bajo la manta escocesa, la rigidez de la pana ya no le pareció una condena administrativa; era simplemente el contorno de un mueble viejo en una casa que empezaba a conocer la anchura de sus propios cimientos.
Cerró los ojos y, por primera vez en cuatro años, el luto no fue una línea recta de reproches, sino una penumbra mansa que le permitió quedarse dormido antes de que la niebla diera su última vuelta de llave.
En la cocina, Clara permaneció inmóvil junto a la mesa de fregar.
No apagó la resistencia del hornillo ni regresó a su alcoba de la planta alta.
Se quedó de pie, con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo de lino, mirando a través de los cristales empañados hacia el rincón noroeste del patio amurallado.
La lluvia de noviembre había cesado por completo, dejando las losetas de piedra cubiertas de una capa de agua brillante que reflejaba la claridad cenicienta del cielo de la serra.
Allí abajo, junto al muro de la cocina vieja, las raíces del naranjo permanecían ocultas bajo la tierra agria, custodiando el manuscrito de O Pomar.
Pero un poco más allá, en el centro del arriate de piedra, el arbusto de la camelia mostraba una alteración en su inventario.
El capullo que la semana anterior colgaba seco de la guía principal se había desprendido con las últimas tormentas, pero en otra rama, una rama lateral, baja y resguardada del viento del Atlántico, un botón de pétalos blancos acababa de abrirse por completo, limpio y firme en mitad de la noche de Sintra.