Capítulo 23 Tomás
El primer rumor del día llegó a través del parqué.
No fue un sonido limpio, sino la suma desordenada de la cafetera moka empezando a subir, el roce de una cuchara contra el aluminio y el siseo del hornillo de gas que Clara mantenía encendido para mitigar la humedad de la planta baja.
Tomás abrió los ojos con la lentitud de quien teme romper el equilibrio frágil de un objeto recién colocado.
La manta escocesa le pesaba sobre las clavículas con una fijeza desconocida; el sofá de pana le había marcado una línea sorda a la altura del riñón izquierdo y los muelles del bastidor crujieron cuando intentó mover el cuello.
Había dormido. Había dormido de verdad, sin la interrupción habitual de las tres y media, sin el inventario silencioso de los fracasos que solía desfilar por la pared blanca del dormitorio de Coímbra.
La constatación lo dejó quieto durante un instante, casi receloso, como un hombre que recibe una herencia y desconfía de su procedencia.
Por las rendijas de las contraventanas entraba una claridad grisácea, lechosa, que dibujaba líneas oblicuas sobre los lomos de cuero del armario de Henrique de Sousa.
Era la luz del día. Era una mañana cualquiera.
Y por primera vez en cuatro años, ese hecho elemental no le pareció un reproche.
Se incorporó despacio, sintiendo el crujido de sus propias vértebras protestar contra el descanso improvisado.
La biblioteca, que durante las semanas anteriores le había parecido un templo erigido a la censura y al olvido de Henrique de Sousa, amanecía hoy con una luz diferente, una claridad cenicienta que suavizaba la severidad de los estantes de madera oscura.
Se pasó las manos por el rostro, apartando las briznas del cansancio acumulado, y se abrochó los botones superiores de la camisa de pana, que aún conservaba el aroma sutil de la leña y el granito húmedo de la noche anterior.
Al cruzar el pasillo central, esquivó por instinto el paragüero de pata de elefante disecada, aquel trofeo grotesco que parecía vigilar la entrada como un recordatorio de las excentricidades coloniales de la familia.
El siseo de sus pantalones de pana contra las losetas agrietadas del suelo era el único sonido que competía con el goteo rítmico de la niebla condensada en los aleros exteriores.
Siguió el rastro del grano molido, una línea invisible que lo condujo directamente hacia la cocina de la casa de los guardeses.
Clara ya estaba allí. Sostenía una taza de loza blanca entre las manos, con la mirada fija en el vapor que ascendía de la superficie oscura del líquido.
El ordenador portátil permanecía cerrado a su izquierda, rodeado por las habituales carpetas de cartón y las galeradas impresas, pero había algo en la rigidez de sus hombros que delataba que su vigilia no había comenzado con el alba, sino mucho antes.
Tomás se detuvo en el umbral, observándola sin avanzar.
Recordaba haber despertado en mitad de la madrugada, arrastrado por el frío persistente de la sierra.
A través de la rendija de la puerta de la biblioteca, había vislumbrado un reflejo pálido y azulado temblando en la penumbra del pasillo.
Era Clara, recortada contra la ventana del salón, tecleando con una velocidad febril, casi desesperada, que no encajaba con el ritmo monacal y pausado de la catalogación diaria.
No era la caligrafía limpia y despojada que buscaban en los textos antiguos; era otra cosa, un torrente silencioso volcado sobre el teclado antes de que la luz del día pudiera juzgarlo.
—Buenos días —dijo él, dando un paso hacia la mesa de pino.
Clara se sobresaltó levemente, parpadeando como si tratara de sacudirse una imagen persistente. Forzó una sonrisa corta y le indicó con un movimiento de cabeza la cafetera italiana que descansaba sobre la cocina económica.
—Buenos días, Tomás. Hay café recién hecho. Sírvete.
Él tomó una taza limpia, vertió el líquido espeso y se sentó en la silla de enfrente. Sopló la superficie con la paciencia minuciosa que aplicaba a los legajos más dañados por los hongos y, tras el primer sorbo largo, dejó la loza sobre la madera.
—¿Qué escribías esta madrugada? —preguntó Tomás, manteniendo la voz en un tono neutro, desprovisto de cualquier matiz de fiscalización.
Clara no levantó los ojos de inmediato. Sus dedos rodearon la taza con más fuerza, apretando las asas hasta que las falanges se le marcaron blancas, un gesto mecánico que Tomás ya había aprendido a identificar como su armadura particular.
—Correo —contestó ella, intentando dotar a la palabra de una intrascendencia burocrática—.
Unos correos pendientes para la delegación de la editorial en Madrid.
Asuntos pendientes sobre los créditos de la contracubierta de Madalena Vilas-Boas.
Ya sabes cómo se ponen con los plazos cuando se acerca noviembre.
Tomás la observó en silencio, deteniéndose en el sutil temblor de sus pestañas.
Sabía que mentía. Lo sabía por una razón puramente geográfica y factual: la Quinta dos Loureiros carecía de cobertura desde hacía días.
El indicador del teléfono permanecía completamente vacío bajo la niebla de la montaña, y pretender que se habían enviado correos electrónicos a las tres de la mañana desde aquella mesa era una fantasía que las infraestructuras de Sintra no permitían.
Pero también lo sabía por el tono de su voz.
Era la misma mentira administrativa, la misma estructura de yeso que Clara levantaba cada vez que el pasado inmediato amenazaba con desbordar los límites del trabajo.
Era el reflejo defensivo de quien había pasado años viendo cómo un hombre llamado Daniel corregía cada una de sus palabras en las mesas de Chueca.
Tomás no insistió. Dio otro sorbo al café amargo, aceptando el muro que ella decidía volver a colocar entre los dos. Comprendía el valor de los secretos necesarios; él mismo guardaba los suyos bajo el luto oficial de Coímbra.
Antes de que la conversación pudiera desviarse hacia los pliegos de papel de barba de la biblioteca, un golpe seco en la puerta trasera de la cocina interrumpió la quietud de la estancia.
No fue un picaporte ordinario, sino el impacto rudo de unos nudillos acostumbrados a tratar con la madera rústica.
La hoja cedió sin esperar permiso, hinchada por la humedad de la sierra, y dio paso a doña Eulália.
A sus noventa y un años, la anciana avanzaba con una lentitud que poseía la fijeza terca de las rocas de la costa.
Vestía un chal negro de lana basta que le cubría los hombros encorvados y un delantal de percal oscuro donde sostenía, recogidos contra el vientre, media docena de membrillos de su propia huerta.
El aroma de las frutas inundó la cocina de inmediato, una fragancia densa, agria y almibarada que ahogó el olor del grano molido y trajo consigo la realidad de la tierra húmeda del exterior.
Eran piezas grandes, irregulares, cubiertas por esa pelusa grisácea y áspera que protege la pulpa dorada antes del invierno.
Doña Eulália se acercó a la mesa de pino y, con un movimiento parsimonioso, soltó los extremos del delantal. Los membrillos rodaron sobre la madera, uno de ellos golpeando suavemente la carcasa cerrada del ordenador de Clara.
La anciana clavó sus ojos en la traductora.
Eran dos puntos negros y afilados en mitad de un rostro surcado por arrugas profundas, limpias de cualquier condescendencia urbana.
Luego, despacio, desvió la mirada hacia Tomás.
Lo examinó con una lentitud anatómica, deteniéndose en sus manos gastadas por el papel, en la línea cansada de su mandíbula y en esa fijeza casi alarmante que delataba a los hombres que habitaban más en los desvanes de la memoria que en el presente.
Tomás se sintió extrañamente expuesto bajo aquel escrutinio ancestral, como si la anciana estuviera leyendo el inventario de sus pérdidas directamente de las arrugas de su camisa.
Doña Eulália volvió a mirar a Clara. Cuando habló, su voz no trajo las sibilancias arrastradas del portugués de Lisboa, ni la cadencia administrativa de los notarios. Habló en un gallego perfecto, cerrado y antiguo, la lengua que pertenecía al otro lado de la frontera de la infancia de Clara:
—El hombre está limpio, niña. Pero tiene el corazón a la mitad.
Las palabras cayeron entre las tazas de loza con la fijeza de una sentencia inapelable.
Clara se quedó muda. El color desapareció de sus mejillas, dejándole la piel del color de la cera de abejas.
Abrió la boca ligeramente, pero no logró articular una sola sílaba; se limitó a clavar la vista en la mesa, inmóvil, como si la anciana hubiera desenterrado algo que llevaba oculto bajo el suelo de la cocina desde el setenta y seis.
Tomás arqueó las cejas, mirando a una y a otra.
Había cazado las primeras palabras —el hombre está limpio—, intuyendo un diagnóstico sobre su propia decencia o la ausencia de malicia en su presencia en la casa.
Pero el resto del enunciado, su sentido cortante, la geometría exacta del veredicto, se le escapaban por completo, difuminados por la distancia filológica y su propia falta de familiaridad con los modismos del norte.
Percibió, sin embargo, el impacto físico que aquella sentencia había causado en Clara.
La atmósfera de la habitación se había vuelto espesa, fría, idéntica a la niebla que lamía los cristales del ventanal exterior.
Doña Eulália no esperó réplica ni agradecimiento por los membrillos.
Se ajustó el chal sobre el pecho con un tirón seco de sus manos nudosas, dio media vuelta y cruzó el umbral hacia el jardín amurallado.
El eco de sus botas pesadas contra el caracol de piedra fue disminuyendo hasta quedar amortiguado por la llovizna fina de la serra.
El silencio regresó a la cocina, pero ya no era el vacío pacífico de las mañanas de trabajo. Olía a membrillo dulce y a verdades familiares sin ordenar.
Tomás tamborileó con los dedos sobre el borde de su taza vacía.
—¿Qué ha dicho? —preguntó, rompiendo la inmovilidad de Clara—. No he llegado a entender el final. ¿Qué significaba exactamente?
Clara alargó la mano derecha y rozó la piel rugosa de una de las frutas amarillas, siguiendo el contorno de las imperfecciones con la yema del índice.
No levantó la cabeza para mirarlo; su rostro seguía cerrado, protegido por esa fijeza de roca de la costa que se negaba a retener el agua del temporal.
—Nada —contestó ella, con una voz remota, desprovista de inflexiones—. Cosas de viejos de la serra. Solo decía que el otoño viene retrasado en la huerta.
Clara no le tradujo. Prefirió dejar la verdad de doña Eulália sumergida en la penumbra de la casa, manteniendo la distancia necesaria para que Tomás no tuviera que enfrentarse al espejo de su propia mitad rota.