vacilando
Esa tarde, me encontré con Juliette cuando volvía a mi casita.
Llevaba un montón de carpetas entre los brazos y, por primera vez desde que la conocí, parecía agotada.
Apenas se detuvo para despedirse de mí mientras se dirigía hacia el aparcamiento, donde tropezó con la gravilla irregular.
Los papeles salieron volando, y la oí soltar una palabrota.
—Sophie, no hace falta que me ayudes, estoy bien —dijo mientras yo recogía algunos de los papeles. Eran listas de invitados, el programa de la fiesta de la semana próxima y listas de comprobación, páginas y páginas.
—¡Uf! Esto es... mucho.
Se enderezó y recuperó los papeles.
—Más de quinientos invitados, contando a todos los acompañantes de Oliver.
—Uf, ¡vaya!
—Lo sé. —Juliette parecía estar al borde de un ataque de nervios y siendo ella...
eso eran palabras mayores—. Es que quiero que sea perfecto, así que tiene que ser perfecto, pero no tenemos flores suficientes para los arreglos y el servicio de catering acaba de decirme que se les ha incendiado el camión frigorífico, así que tendré que buscar otro y...
Le puse las manos en los hombros.
—Respira.
—Muy bien —dijo con voz aguda.
—¡Hola, señoritas! —gritó Wykfofski desde el otro sendero que conducía al aparcamiento—. ¿Va todo bien?
Se me ocurrió una idea. Le solté los hombros y le grité en respuesta:
—¿Tienes algo que hacer esta noche, Wykfofski?
Ni siquiera se lo pensó.
—Creo que no.
—¿Te apetece jugar una partida de Scrabble?
Juliette empezó a negar con la cabeza.
—¡Ay, no, no puedo! Tengo mucho trabajo pendiente...
Al mismo tiempo, Wykfofski se iluminó como un árbol de Navidad.
—¿En serio? ¿Noche de colegas?
—Noche de colegas —confirmé.
Él soltó un grito de alegría.
—¡Claro que sí! ¡Tengo el juego en la camioneta! ¡Voy a buscarlo ahora mismo! —Y se fue antes de que Juliette pudiera terminar de balbucear una excusa.
Al final, se desinfló y me miró con expresión derrotada.
—No tengo tiempo.
—Sí que tienes —fue mi réplica mientras le ponía de nuevo una mano en un hombro—. Además, a esta hora está todo cerrado. No puedes hacer nada hasta mañana.
—Pero...
—Hazme caso.
No habían pasado ni diez minutos y ya estábamos en la cocina, sentados a la vieja mesa del desayuno.
Juliette se había sentado en el banco del rincón, y Wykfofski en el otro.
Había tres sillas, así que yo me senté en la del medio, y Wykfofski abrió la caja y repartió las fichas del juego, aunque Oliver nos interrumpió justo cuando estábamos a punto de empezar.
Asomó la cabeza por la puerta, con la camiseta manchada de sudor porque había salido a correr.
Se quitó un auricular y miró el montón de fichas con las letras.
—¿Qué estáis haciendo...? ¡Ah, Juliette! —añadió con voz seca—. Hola.
A mi lado, Juliette se puso más derecha que un palo y empezó a darle vueltas a la ficha de una vocal que tenía en la mano. Adoptó una expresión fría.
—¡Ah! Hola, Oliver —dijo, pronunciando con retintín su nombre.
Wykfofski apartó una silla de la mesa.
—¡Siéntate y únete a la diversión!
—¿A qué vamos a jugar? —preguntó Oliver. Juliette lo miraba en silencio. Wykfofski no se dio cuenta de la tensión que había entre ellos o lo disimuló muy bien—. ¡Al Scrabble! Llevo años sin jugar.
—Es un buen ejercicio para la mente —replicó Wykfofski—. Tenemos sitio para uno más si quieres jugar.
—Estoy segura de que tiene cosas que hacer —dijo Juliette con voz cortante.
Oliver se lo tomó como un desafío.
—Pues la verdad es que no. Me encantaría jugar —añadió, dirigiéndose a Wykfofski, y decidió unirse—. Juliette, ¿cómo va la fiesta del bicentenario?
Ella entrecerró los ojos.
—No habría ningún problema si no le hubieras añadido un acompañante automáticamente a todo el mundo.
—De todos modos, todo el mundo va a traer uno —le solté.
—No, estamos contando con gente que no va a aparecer... y perdiendo el tiempo.
—Está claro que no conoces a tu público —replicó él con sequedad.
Juliette se tensó.
—Para que lo sepas...
—Creo que necesitamos cositas ricas para comer —la interrumpió Wykfofski, que se puso en pie y se acercó a un armarito que yo creía vacío, del que sacó una caja gigante de galletas Goldfish.
Al parecer, era su alijo secreto y, después de verterlas en un cuenco y colocarlo en el centro de la mesa, les hizo un gesto para que comieran.
De alguna manera, eso alivió la tensión. Discutir mientras comías el aperitivo que te devolvía la sonrisa te hacía sentirte un poco ridículo.
Ordené mis letras, aunque no tenía muchas palabras entre las que elegir. Con suerte, alguien más tendría una eme.
—Acabo de acordarme de una cosa. ¿Te ha dado Yafir el presupuesto actualizado?
—Iba a hacerlo —contestó Juliette antes de comerse despacio otra galletita de queso cheddar—, pero ayer tuvo que irse temprano y todavía no ha vuelto. Su mujer tiene un virus estomacal y se lo ha contagiado al bebé.
Meneé la cabeza.
—Pobre Shiva.
Wykfofski me dio la razón.
—Y pobre Yafir, que acaba vomitando por simpatía.
Todos hicimos una mueca.
Y, luego, Oliver se crujió los nudillos.
—Muy bien —dijo al tiempo que echaba un vistazo alrededor—. ¿Quién empieza?
A nadie le gustaba cuando yo ponía un término de jardinería.
—«Mingus» no es una palabra —argumentó Oliver, señalando el tablero. Solo había conseguido escribir dos palabras, «el» y «can», algo que parecía bastante apropiado porque Reggie entró mientras preparábamos el juego, se dejó caer junto a Oliver y le apoyó la cabeza en el regazo.
—Mingus es una palabra —repliqué.
—No la he oído en la vida —protestó él—. ¿Verdad, Juliette? Tú antes trabajabas en el mundo editorial. «Mingus» no es una palabra.
Juliette meneó la cabeza.
—Nunca fui editora. Aunque sí que la he oído.
Oliver se desinfló.
—Estás bromeando.
—Hablo muy en serio —le aseguró ella, que omitió el detalle de que fui yo quien la usó en el bar—. Es una flor, ¿no?
—La dalia Mingus —contesté—. Y diría que para hacer florecer una dalia Mingus (porque son unas imbéciles que necesitan niveles de pH perfectos, sol y mucha ayuda celestial) hay que «minguear» una dalia.
—Eso no tiene sentido —masculló Oliver.
Wykfofski se rascó la barbilla.
—A ver, a mí me parece que es buena. —Era el único de la mesa que todavía no había conseguido puntos. Por lo menos, hasta que terminó mi turno y pasó por encima de mi «Mingus» para colocar un puñado de fichas.
—Dioico. ¡Bum!
Oliver se quedó boquiabierto.
—¡Eso sí que no es una palabra!
—Es una planta que tiene flores masculinas y femeninas diferentes, y necesita ambas para reproducirse y crear nuevas plantas.
Lo aprendí después de que Eula me regañara por arrancar unos cuantos...
Ay, ¿cómo se llaman las que hay en la orilla izquierda de la Balsa?
—Chasqueó los dedos mientras intentaba recordar el nombre.
Seguro que no se refería a...—. ¡El sauce cabruno!
Juliette, que justo estaba bebiendo, escupió el té por todo el tablero.
La cosa siguió así durante unas cuantas rondas más.
Yo puse «mantillo» a partir de la eme de Mingus.
Juliette puso «quijoterías», que todos tuvimos que buscar en el diccionario.
Wykfofski eligió «crwth», que me pareció que era hacer trampas, pero después de que Juliette lo buscara en Google, descubrimos que era un instrumento de cuerda galés de la época medieval. Oliver puso «conejo» y luego «ignoro».
—¿Y dices que «ignoro» sirve? —pregunté con sorna.
—Es una forma verbal de signorar —respondió.
Como me habían dejado poner «Mingus», lo dejé pasar. Wykfofski, Juliette y yo íbamos muy igualados, pero Oliver se pasó casi todo el tiempo protestando por que no podía poner la palabra «arcaico» porque la última letra se saldría del tablero.
En la última ronda, puso «dentículo».
Entrecerré los ojos.
—¿No debería ser «tentáculo»?
Esbozó una sonrisilla ufana.
—No estamos hablando de lo mismo.
—¡Ah! ¿Es una de tus palabrejas de arquitecto? ¿Has podido usarlas todo este tiempo y no lo has hecho? —le pregunté.
Se encogió de hombros mientras cambiaba de posición algunas letras en su bandeja.
—No parecía muy divertido —dijo, y Juliette lo miró con expresión pensativa, como si se hubiera quitado una máscara de la que ella no se hubiera dado cuenta que llevaba puesta—. Hablando de diversión, «Mingus» es un nombre propio. No es una palabra válida para jugar al Scrabble.
—Podrías haberlo dicho —dije.
—Pero luego me dejaste poner «ignoro». Ha salido bien la cosa —añadió con un guiño, mirando el tablero—. Aunque creo que eso quiere decir que Wykfofski ha ganado. Por goleada.
Wykfofski se levantó de la mesa.
—Todos tenemos nuestros puntos fuertes. Las palabras son fáciles, si sabes cómo colocarlas. Por lo menos, eso es lo que decía mi profesor de lengua en Yale.
—Sería el tuyo —masculló Oliver—, porque al mío le encantaba... Un momento, ¿fuiste a Yale?
El manitas se echó a reír y llevó todas las tazas al fregadero.
—Qué va. No era lo mío. Lo dejé después de un semestre.
Oliver lo miró fijamente, incrédulo.
—Pero te admitieron. ¿Y estás trabajando aquí?
Le sostení la mirada.
—Oye, eso es un poquito maleducado, ¿no?
—Me refiero a que... Ya sabes a lo que me refiero —replicó Oliver, pero al ver que ninguno salía en su defensa, acabó encogiéndose un poquito—. De acuerdo. Ya veo dónde me he equivocado.
En respuesta, Juliette chasqueó la lengua.
—No juzgues un libro por su portada. Ni siquiera los que tienen brillantina y los cantos pintados. —Luego se inclinó hacia él y fingió susurrar—: Yo los colecciono de todas formas.
—Lo siento, amigo —se disculpó él, volviéndose hacia Wykfofski—. He sido maleducado.
—Tranquilo, me pasa mucho. Mi madre siempre me decía que persiguiera lo que me hiciera feliz. Creo que más gente debería hacerlo. Jules, ¿quieres que te acompañe al coche? —añadió al tiempo que señalaba con el pulgar hacia el aparcamiento.
—Yo puedo acompañarla —se ofreció Oliver, que luego se volvió hacia Juliette—. Si te parece bien.
La coordinadora de eventos y relaciones públicas parpadeó, sorprendida. Me miró a mí y luego volvió a mirar a Oliver.
—Yo... Claro. Supongo que sí.
—Como disculpa —añadió él, poniéndose en pie y tendiéndole la mano— por haber sido un imbécil.
Así que ella aceptó la mano, y no se habló más.