El jardín de algún día estrenar
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estrenar

El hombre del jardín... dijo que estaba encerrado. Atrapado. Y yo no lo había creído. ¿Se había quedado allí cuando salí del jardín y la puerta desapareció? ¿Estaba atrapado de verdad?

Pinché unos cuantos macarrones.

Los hombres no desaparecían así como así, ni tampoco las puertas, ni los jardines.

Era imposible.

—¿Cuántas veces más me lo voy a repetir? —murmuré allí sentada con esa horrible cena.

Me había dado una larga ducha caliente y me había puesto una mascarilla facial y mi pijama preferido, el más suave, compuesto por una camisa con estampado de patos y unos pantalones cortos a juego, e incluso así seguía de pésimo humor.

La tormenta tampoco había ayudado.

Se fue tan rápido como llegó, en un abrir y cerrar de ojos, causando suficientes daños como para que tuviera que pasarme la mitad del día siguiente retirando los destrozos.

Sin embargo, mi mal humor se debía sobre todo a esa puerta.

Y al jardín. Y al hombre que esperaba que se hubiera marchado de verdad, aunque en el fondo sabía que no lo había hecho.

No dejaba de repasar en mi cabeza el momento en el que desapareció, preguntándome si podría haber sido un juego de luces o una ilusión muy buena: salí por la puerta y, justo en ese momento, sentí que el viento cambiaba de dirección.

En aquel entonces, creí que solo era la tormenta que se acercaba, pero, analizándolo bien, el cambio me pareció raro.

El viento soplaba en la dirección equivocada (desde detrás de mí) y había hecho que la puerta se cerrase de golpe.

Y luego, cuando me di media vuelta, no había ninguna puerta.

Pues claro que no la había. El jardín que había visto la primera vez estaba en el Laberinto, no en el Jardín de las Flores Silvestres.

Aunque no estaban en extremos opuestos de la propiedad, sí estaban lo bastante lejos como para que no tuviera claro cómo era posible que el jardín estuviera en ambos sitios.

De hecho, sabía que era imposible.

Quizá había sido todo una alucinación. La puerta, el jardín, el hombre de los ojos oscuros como la tormenta. Eso habría sido un soplo de aire fresco.

¿Verdad?

Frustrada, dejé caer el tenedor en mi comida precocinada y levanté la Bola 8 Mágica.

—¿Es real? —pregunté antes de agitarla.

El dado se agitó en el líquido negruzco.

Si salía algo positivo, lo creería. Si salía algo negativo, ¿me lo tomaría a pecho?

¿Y si la Bola 8 Mágica tampoco lo sabía?

El dado se hundió en lo profundo del líquido oscuro y salió despacio a la superficie.

Sentí una opresión en el pecho mientras esperaba sus palabras...

De repente, la puerta principal se sacudió con fuerza. Levanté la mirada. ¿El viento de la tormenta?

Sin embargo, luego oí el tintineo de un llavero y una palabrota mascullada entre dientes, y el pomo de la puerta giró.

Un hombre abrió la puerta de par en par.

Me levanté de un salto, haciendo que las patas de la silla chirriaran sobre el suelo de madera y con la Bola 8 Mágica bien agarrada en la mano.

Era alto, llevaba una camiseta blanca de algodón con botones en el cuello que se le ceñía a los anchos hombros y unos vaqueros claros con unas zapatillas blancas desgastadas.

Tenía el pelo rubio oscuro y un rostro anguloso, mojado por la lluvia.

El viento y los truenos irrumpieron en la casa y reverberaron en el interior.

Sus ojos marrones se clavaron en los míos.

Levantó las cejas por la sorpresa. Y se quedó boquiabierto.

Yo chillé. Él jadeó.

Le lancé la bola mágica.

Tuvo buenos reflejos (y yo, mala puntería), de modo que se agachó mientras la bola pasaba volando por encima de su cabeza y caía en un matorral en el jardín empapado.

—¿Pero qué...?

—exclamó al tiempo que se volvía hacia mí con asombro—. ¡Podrías haberme matado!

—¡Y tú podrías estar aquí para matarme! —repliqué.

Pareció ofenderse muchísimo por la insinuación. Frunció el ceño.

—¿Por qué iba a hacer eso?

Lo miré fijamente.

Parpadeó, desconcertado antes de decir:

—Viviré aquí.

—Por encima de mi cadáver —le solté y luego hice una mueca porque esa no había sido la mejor elección de palabras—. ¡Como no te vayas, voy... a llamar al simpático cuerpo de bomberos!

Parpadeó de nuevo al oírme y, por fin, se fijó en el estado de la casa. La tetera en la cocina. Los zapatos junto a la puerta. Mis bragas secándose en el tendedero sobre el fregadero. La cena fría delante de la tele. Su sorpresa y enfado se convirtieron en comprensión al instante.

—¡Ah! Ah, claro —murmuró, clavando de nuevo la mirada en mí, como si yo fuera la rara de los dos—. Eres la encargada de los jardines, ¿verdad?

—Y tú estás cometiendo allanamiento de morada —añadí con sequedad.

Levantó las manos y retrocedió un paso. Luego otro. Hasta salir de la casa. En ese momento, soltó su bolsa de viaje en el porche y fue a buscar mi Bola 8 Mágica.

—Lo siento... Es que normalmente me quedo aquí cuando estoy en casa. Esto pesa bastante —añadió, levantando la bola negra.

Lo miré con escepticismo.

Me ofreció mi Bola 8.

—Lo siento de verdad. Lala no me dijo que te había asignado este alojamiento.

—¿Lala...? ¡Ah! —Entonces todo encajó—.

Ah.

—Eula había dicho que a veces se alojaban personas en la casita del jardinero—. Eres uno de sus sobrinos nietos.

—El bueno —explicó mientras yo recuperaba la Bola 8 Mágica—. Normalmente.

—Eso lo dice el que acaba de colarse en mi casa.

—¿Es colarse cuando tengo una llave...?

Lo miré con los ojos entrecerrados, y se dio cuenta de su error.

—Claro, perdón —reconoció al tiempo que se frotaba la nuca—. Mmm... ¿Podemos empezar de nuevo?

—No, no, esto va de maravilla —respondí. Mis palabras destilaban sarcasmo.

Hizo una mueca.

—Me llamo Oliver, y la mayor parte del tiempo no soy tan maleducado ni mucho menos. —Me tendió la mano—. Hola.

Le miré primero la mano y luego la cara.

Tenía los ojos del color del caramelo derretido, la luz de la cocina se reflejaba un poquito en la barba rubia de varios días y su cálida sonrisa arrasó con mi suspicacia casi al instante.

Oliver, el sobrino nieto de Eula que se llamaba Oliver.

Supuse que eso quería decir que seguramente no iba a asesinarme.

Solo que no iba a la propiedad lo suficiente como para saber que yo ya llevaba un mes en ella.

De modo que le estreché la mano. Tenía los dedos suaves y fuertes.

Sabía que los míos eran duros y ásperos por los callos, y me pregunté qué le parecía eso.

Luego me pregunté que por qué me lo preguntaba. No me lo estaba preguntando para nada.

«Tonta», me reprendí.

—Soy Sophia Drear —le dije.

—Encantado —replicó. Me recorrió la cara con la mirada, me observó durante tanto tiempo que empezó a lograr que me sonrojara, y luego me soltó la mano—. He venido en cuanto me he enterado de que Lala se vino a casa por su cuenta.

Ladeé la cabeza.

—¿Y que ha decidido jubilarse? —Lo miré con detenimiento y vi la sorna reflejada en su cara.

—Eres lista, Sophie.

—Solo observadora —repliqué al tiempo que me llevaba la Bola 8 a la barriga. La verdad era que no me apetecía mucho mostrarme amable, sobre todo después de que hubiera entrado en mi casa sin anunciarse. Además… —¿Te está esperando Eula?

—¿Tú qué crees? —Me guiñó un ojo—. Con razón Eula te ha contratado. Bonito pijama, por cierto —añadió mientras agarraba su bolsa de viaje—. Me gustan los patos.

Me miré al recordar lo que llevaba puesto (conjunto de pijama con pantalón corto bastante usado y un estampado de patos) y me puse colorada por la vergüenza. No dejaba nada a la imaginación, aunque tampoco había demasiado. Crucé los brazos por delante del pecho con gesto incómodo.

—Gracias...

—Buenas noches, Sophie Drear —me dijo mientras salía de nuevo a la lluvia y echaba a andar hacia la mansión.

Lo vi alejarse. Qué hombre tan raro. Luego examiné la Bola 8 Mágica para asegurarme de que estaba bien. El dado que había dentro se balanceaba. «LAS SEÑALES INDICAN QUE SÍ».

Miré la bola con el ceño fruncido.

—¡No! ¡Ni mucho menos! —le dije y esperé a que Oliver se convirtiera en una sombra que cruzaba el Puente de la Luna antes de cerrar la puerta con llave, por si las moscas, y acostarme.