El jardín de algún día El Jardín de Algún Día - Ashley Poston #2
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El Jardín de Algún Día - Ashley Poston #2

Parpadeando, se echó hacia atrás y me saludó con una sonrisa.

—¡Ah, hola, solecillo! —replicó. Me acerqué a él y me incliné para darle un beso, a fin de que no tuviera que levantarse—. Tengo la sensación de que acabo de verte.

—Supongo que para ti ha sido así —dije con un deje travieso, aunque se me encogió el corazón por el tierno intercambio—. El jardín ha quedado muy bien, ¿verdad?

Se encogió de hombros con naturalidad, pero se le daba fatal ocultar lo orgulloso que estaba.

—El tiempo vuela cuando estás... consumiéndote en un jardín.

—¿El dicho no era «cuando te estás divirtiendo»?

Ladeó la cabeza, bebiéndose mi cara con esos ojos azul oscuro. Eso era lo que más echaría de menos. El cariño con el que me miraba, como si quisiera grabarme a fuego en su memoria.

—Supongo que también he hecho algo de eso mientras he estado aquí.

—¿Algo? —protesté, fingiendo indignarme, intentando deshacer la opresión que sentía en el pecho.

—Algo —repitió—. La compañía ayudó.

—¿En serio?

—No podría haberlo hecho mucho sin ella —me aseguró antes de levantarse lo justo para apoderarse de mis labios con un rápido y casto beso. Durante un momento, creí haberlo engañado, pero luego dijo—: Pareces preocupada. ¿Qué pasa?

—Nada... Nada en absoluto —mentí. Levantó una ceja y cedí—: Ha sido un día muy ajetreado, y Wykofski está terminando con las luces, así que cuando me vaya de aquí, tengo que ir a verlo mientras las enciende. Todos andan por ahí como pollos sin cabeza, presas del pánico absoluto.

—Con «todos» te refieres a Juliette, ¿no?

—A Yafir en realidad. Y a Oliver... Sobre todo a Oliver —añadí al pensar en las miradas furibundas convertidas en tiernas que Juliette le había dirigido desde la noche que jugamos al Scrabble—. Quiere que la fiesta sea perfecta.

—Sabe que eso no va a pasar, ¿verdad?

—En fin, también intenta distraerse del hecho de que vas a venir —seguí, y suspiré.

Me fijé en su ceño fruncido, en el rictus preocupado de sus labios, y le pregunté—: ¿Puedes contármelo?

¿Lo que pasa mañana? Dijiste que me conociste...

—A lo mejor si era capaz de averiguar el sitio, podría planear la forma de detenerlo.

—Pues sí —dijo despacio—. Se me cayeron las gafas y tú me las devolviste.

Esperé a que continuara, pero como no lo hizo, le pregunté, incrédula:

—¿Y ya está?

—Más o menos.

Solté un resoplido irritado.

—Cyrus, ¿qué más...? ¡Ah! —Grité por la sorpresa cuando tiró de mí para sentarme en su regazo. Me rodeó la cintura con los brazos y me apoyó la barbilla en un hombro.

—Da igual, solecillo —murmuró—. Pasará para ti mañana, y mientras tanto yo parpadearé y tú aparecerás por esa puerta, estoy seguro, y esta vez me iré contigo.

Sentí un nudo en la garganta. Yo también esperaba que sucediera eso, pero me daba miedo pensarlo. Mucho más allí, tan cerca de él, sintiéndome cálida y reconfortada por el mero hecho de notar su aliento junto a la oreja, los latidos de su corazón contra mi espalda.

—El jardín está increíble. Henry tenía razón. Que sepas que tienes mucho talento.

—Un halago enorme viniendo de una horticultora.

—Lo sé, por eso lo he dicho —repliqué.

—En fin, si alguna vez necesito cambiar de profesión, ya sé exactamente a qué dedicarme. —Lo dijo con una carcajada, pero me imaginé que pronto ni se le pasaría la idea por la cabeza.

—¿Alguna vez habrías...? Si no te hubieras quedado aquí atrapado —dije, eligiendo con tiento las palabras—, ¿habrías pensado alguna vez en hacer algo así? ¿En Lilymoor?

—¿El qué? ¿La jardinería?

Me volví en su regazo para sentarme de lado y así poder verle la cara.

—Ser su administrador —dije.

Se quedó callado un buen rato.

—La pregunta debería ser si me lo plantearía ahora —replicó al final.

Al darme cuenta de mi error, aparté la mirada enseguida.

—Sí, a ver, que lo que quería decir... —Antes de que pudiera terminar, me tomó la barbilla entre el pulgar y el índice, e hizo que me volviera para mirarlo.

Había un recelo terrible y desalentador en sus ojos. Lo sabía. Sabía que yo iba a impedirle encontrar ese jardín.

—Lo siento —susurré, porque había fracasado. Porque sentía que lo único que podía hacer era fracasar, o esa era la sensación que tenía. Un fracaso tras otro, y tras otro. Hasta el punto de que empecé a preguntarme si me gustaba el dolor sin más—. Siento mucho que...

—Recuerdo perfectamente que hice un trato contigo —me interrumpió con delicadeza, y tardé un minuto en recordar el trato, el que hicimos a cambio de salvarlo de Maldición.

No creí que él estuviera hablando en serio.

Yo desde luego no lo hice—. A cambio de salvarme la vida, podías pedirme cualquier cosa. Cualquier cosa dentro de lo razonable.

Y ambos sabíamos que esa sería la última oportunidad que tendría de hacerlo.

«¿Puedes salir de este jardín conmigo? —quería preguntarle—. ¿Puedes salvarte a ti mismo? ¿Puedes salvarme?». Pero todo eso eran cosas imposibles. Así que me limité a preguntarle:

—¿Puedes besarme de nuevo?

Me temblaba la voz, no podía evitarlo.

Se le suavizó la mirada.

—Eso es más que razonable —susurró antes de besarme de nuevo.

Durante el resto de la hora dorada, que fue muy breve, nos quedamos sentados y nos mecimos en el columpio.

Al cabo de un rato, dijo:

—¿Sabes lo que más echo de menos mientras estoy encerrado aquí? El trino de los pájaros por la mañana.

No me había dado cuenta antes, pero no se oía ningún ruido fuera del jardín. Solo había... silencio.

Parecía muy solitario.

—Hay una palabra para eso, para despertarse por la mañana y escuchar a los pájaros —dije, devanándome los sesos—, pero ahora no la recuerdo.

—¿Una de esas palabras intraducibles de tu amiga? —supuso.

—Sí. Tendré que buscarla en su diario y luego te diré cuál es... —Las palabras «la próxima vez» se me quedaron atascadas en la garganta. Tragué saliva con dificultad y, cuando volvimos a ese silencio, ninguno de los dos quiso hablar del tema.

—Cuando era pequeño y pasaba los veranos aquí —dijo en cambio—, me despertaba siempre antes del amanecer. El mundo está muy silencioso por las mañanas, ¿sabes? Y luego, de repente, pájaros cantando. Muchos.

—Creo que eras un niño rarito —repliqué con franqueza, y se echó a reír—. Yo recorría los contenedores en busca de macetas que la gente hubiera tirado, creyendo que podía salvarlas.

—¿Y el rarito soy yo?

Sonreí al oírlo.

—Supongo que Dios los cría y ellos... pues eso.

—Me alegro de que sea así. De no ser por este jardín, jamás te habría dado el tiempo que te merecías. Y lo siento. Gracias por despertarme —dijo en voz baja como un secreto entre nosotros y los muros demasiado altos, y luego me dio un beso largo y apasionado, y quise quedarme así para siempre.

Sin embargo, el tiempo pasaba, incluso en un espacio que parecía infinito como ese jardín, y la magia empezó a hacerse notar, arrastrándome hacia la puerta. Cerré los ojos e intenté cimentarme a su lado, evitar que el mundo empezara a girar.

«No, todavía no», supliqué.

—¿Es la hora? —me preguntó con ternura, y me temblaron los labios. Solo atiné a asentir con la cabeza.

Me acompañó hasta la puerta con nuestras manos entrelazadas, aunque de un tiempo a esa parte se limitaba a enganchar el meñique con el mío.

Era un gesto sencillo, pero cargado de significado.

El jardín empezaba a convertirse de nuevo en un caleidoscopio, con los colores separándose los unos de los otros, expandiéndose.

Lilymoor me decía que me fuera, cada vez con más urgencia.

—Si mañana no sale como está previsto —dijo por fin, reconociendo por primera vez la verdad de la situación— y me quedo atrapado aquí, ¡me...! —Tragó saliva con dificultad—. ¿Me prometes una cosa?

—Si la puerta aparece de nuevo, vendré a visitarte. Incluso cuando termine mi contrato, alquilaré un apartamento y vendré aquí todos los días y...

—No —me interrumpió con brusquedad—. Quiero que me prometas que no lo harás. Que tú tampoco te quedarás atrapada aquí.

Levanté un brazo y le tomé la cara con una mano, sintiendo el levísimo roce de la barba que empezaba a crecerle. El tiempo sí pasaba allí, solo que demasiado despacio.

—No voy a prometerte eso, Cyrus.

Me cubrió la mano con la suya y volvió la cara hacia ella para besarme la muñeca con ternura.

—Hasta mañana —dijo, aunque se parecía un poco a una despedida.

A lo mejor porque lo era.