El italiano que no merece mi perdón (Herencia Ferraro 2) Capítulo 40
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Capítulo 40

El camino de vuelta a la mansión Ferraro fue una nebulosa.

Conducía en piloto automático, con las calles de Milán desfilando por la ventanilla como fantasmas indistintos.

La última imagen de Larissa —el rostro pálido, los ojos llenos de una fría determinación y la puerta cerrándose en mis narices— estaba grabada a fuego en mi mente.

¡Fuera!

Su palabra, pronunciada en un tono que no dejaba lugar a súplicas, resonaba en mi cabeza. No solo me estaba echando de su piso. Me estaba echando de su vida, de cualquier posibilidad de reconciliación.

Cuando aparqué el coche en el patio de la mansión, la grandiosidad de la casa me pareció opresiva, casi un insulto. ¿De qué servía todo aquello, todo ese poder, si era incapaz de cruzar una simple puerta de madera?

Entré por la puerta principal, con la cabeza gacha y sintiéndome un intruso en mi propia casa. Oí las voces que venían del salón: mi madre y Bianca, probablemente tomando té y discutiendo algún detalle trivial.

—Enzo, cariño, ¿eres tú? —sonó la voz de mi madre, cálida como siempre.

No era capaz de mirarla a los ojos. No podía enfrentarme a las preguntas que sabía que vería reflejadas en la mirada de Bianca. No estaba en condiciones de fingir, de ponerme la máscara de Ferraro que siempre llevaba.

Pasé por el pasillo sin mirar hacia el salón, limitándome a soltar un gruñido como respuesta.

—Estoy cansado. Me voy a mi habitación.

—Pero, Enzo… —empezó a decir Bianca, pero yo ya estaba subiendo las escaleras.

No me detuve. Seguí subiendo, sintiendo sus miradas en mi espalda. Crucé el pasillo de la segunda planta y entré en mi habitación, dando un portazo detrás de mí con más fuerza de la que pretendía.

Apoyé la frente contra la madera fría de la puerta y cerré los ojos.

Estaba perturbado, confundido y completamente perdido.

Cada paso que daba hacia Larissa parecía alejarme aún más de ella.

Estaba solo, encerrado en mi habitación, huyendo de mi familia y, una vez más, sin la más mínima idea de qué hacer a continuación.

El silencio de la habitación era un reflejo del vacío que sentía en mi interior.

Cada plan, cada impulso y cada intento de acercarme a Larissa acababa en un desastre aún mayor.

Darle espacio había sido un error. Acercarme a ella había sido un error.

Tocarla había sido un error. Todo lo que hacía parecía no hacer más que agravar la herida que yo mismo me había infligido.

Estaba más perdido que nunca en mi vida, un general sin ejército y sin estrategia, derrotado incluso antes de que comenzara la batalla. Me dejé caer en la cama, con la mirada fija en el techo. La derrota tenía un sabor amargo en la boca.

Fue entonces cuando la voz de Bianca volvió a mi mente, aguda e irritante como siempre:

No huimos de nuestros errores, los arreglamos.

Tenía razón. Rendirme y desaparecer, como me pidió Larissa, sería la prueba definitiva de que era el cobarde que ella siempre había visto en mí. Sería huir… otra vez.

Me levanté, con el cuerpo aún pesado, pero la mente un poco más despejada. No tenía ningún plan. No sabía qué haría al día siguiente. Pero había una cosa que sabía, con una certeza que me dolía y me daba fuerzas al mismo tiempo: no podía rendirme.