El italiano que no merece mi perdón (Herencia Ferraro 2) Capítulo 20
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Capítulo 20

Cada una de sus lágrimas agravaba la culpa con la que tendría que cargar durante el resto de mi vida y calaba más hondo que cualquier golpe físico.

Creía conocer el dolor de Larissa, pero, al verla así, hecha pedazos ante mí, comprendí que el daño que le había causado era mucho mayor de lo que había imaginado.

Sentía el pecho oprimido, y me costaba respirar.

¿Fue un error venir aquí? , pensé, sintiendo cómo la duda me quemaba por dentro. Quizá hubiera sido mejor permanecer en las sombras, seguir a distancia, dejándola vivir sin mi presencia. Sin embargo, ya era demasiado tarde. Ya había cruzado la línea.

Di un paso y la alcancé. La envolví con mis brazos, atrayéndola hacia mí, ignorando los pequeños puñetazos que ella me asestaba en el pecho.

—¡Suéltame, Enzo! —gritaba, forcejeando con todas las fuerzas que le quedaban—. ¡Sal de mi vida! —Las palabras resonaban por el piso como metralla.

La sujeté con firmeza, soportando cada golpe, cada intento de liberarse. Ella se retorcía, daba patadas, gritaba con una voz ahogada por el dolor, y yo solo la mantenía junto a mí, con la cara hundida en su pelo, como si ese contacto fuera lo único que aún me mantenía en mi sano juicio.

—Ódiame todo lo que quieras… —murmuré, con voz baja y ronca, casi un susurro perdido entre sus sollozos—. Pero no voy a soltarte.

Su cuerpo fue perdiendo fuerzas poco a poco. Los puñetazos se convirtieron en empujones débiles, hasta que sus manos se cerraron en puños contra mi pecho y permanecieron allí. Los gritos se transformaron en sollozos cortos y ahogados, hasta que solo quedó el sonido de la respiración entrecortada.

La abracé con más fuerza, sintiendo cómo su corazón latía acelerado contra el mío. Y allí, en medio de la furia y el dolor, me di cuenta de que no importaba cuánto tiempo hubiera pasado: Larissa Moretti seguía siendo la única mujer capaz de destrozarme.

Y nunca supe si quería que fuera de otra manera.

Sus sollozos amainaron, pero sus ojos seguían llenos de lágrimas, brillando como brasas. Levantó la cara, mirándome con rabia, y su voz salió entrecortada, pero cargada de veneno.

—Si crees que puedes aparecer aquí sin más, después de todo lo que ha pasado… —escupió las palabras como si fueran ácido—. ¡Entonces sí que eres un maldito cretino! —Larissa me empujó con fuerza en el pecho.

Me quedé inmóvil, dejando que el golpe me alcanzara, absorbiendo cada sílaba que me atravesaba. No había defensa posible, porque cada una de sus palabras era cierta.

Ella dio medio paso atrás, con la respiración acelerada y los hombros temblando.

—¿Te crees que puedes volver después de años, irrumpir en mi casa y comportarte como si tuvieras derecho a hacerlo? —El grito resonó por todo el piso, tan fuerte que parecía hacer vibrar las paredes.

Su ira era un incendio y, aun así, una parte de mí quería arder con ella.

Me quedé inmóvil, con el pecho palpitando justo en el punto donde su mano me había empujado. El silencio que siguió fue más cruel que cualquier grito.

Pensé en todos esos años. Me había convencido a mí mismo de que no importaba lo que Larissa estuviera pasando. Me repetí una y otra vez que su sufrimiento no era problema mío, que el tiempo se encargaría de borrarlo. Era la única forma que había encontrado de seguir respirando.

Sin embargo, allí, frente a ella, cada segundo desmontaba la mentira que me había contado a mí mismo.

La mirada herida, la voz entrecortada, los hombros temblorosos… todo me mostraba lo equivocado que estaba. Lo gran imbécil que había sido.

Di un paso tambaleante hacia atrás, alejándome de ella. Aunque no fuera el mejor momento, dejé entrever mi propia conmoción ante todo aquello.

Me pasé la mano por el pelo, echándomelo hacia atrás con fuerza, mientras respiraba con dificultad.

—Dios… —murmuré, en voz baja, casi sin darme cuenta—. No tenía ni idea. —Me apoyé en el borde del sofá, sintiendo todo el cuerpo pesado, como si mis propias decisiones me aplastaran.

Miré a Larissa una vez más y vi no solo a la mujer que estaba allí, sino todas las veces que la había dejado sola: en el hospital, durante los años de silencio y en cada lágrima que ella había derramado sin que yo tuviera el valor de estar presente.

Por primera vez en mucho tiempo, admití ante mí mismo: quizá el peor enemigo de su vida había sido yo.

Sin pensarlo, me acerqué. Su cuerpo retrocedió por instinto, pero no dejé que la distancia se instalara de nuevo. Le sostuve el rostro entre las manos, con los dedos firmes a los lados, como si necesitara anclarla allí conmigo.

Tenía los ojos enrojecidos, llenos de lágrimas que seguían resbalando sin control. Le pasé suavemente los pulgares por la piel, secándole cada gota como si pudiera borrar el dolor junto con ellas.

—Larissa… —susurré, mirándola de cerca. Su nombre salió como una plegaria, cargado de todo lo que no me había atrevido a decir en todos esos años.

Por un instante, intentó apartar la cara, pero la mantuve entre mis manos, obligándola a mirarme. Había tantas cosas en sus ojos: furia, dolor y añoranza, que sentí cómo el suelo desaparecía bajo mis pies.

Me acerqué despacio, con cuidado, como si temiera romperla aún más. Rocé sus labios con los míos en un beso suave, casi vacilante, un gesto que no tenía nada de pasión desenfrenada y lo tenía todo de arrepentimiento.

Fue un beso cariñoso, breve, solo un roce. Pero en él se escondían años de silencio, de ausencia y de culpa.