El Internado Tiempo de vivir o de morir
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Tiempo de vivir o de morir

El caso de Nicolás

Al terminar la merienda, las encargadas de los dormitorios llegaban al patio y se llevaban a los internos de acuerdo con sus edades. A nosotros nos llamó doña Adela, una mujer muy cariñosa que nos cuidaba como si fuéramos sus hijos.

─¿Qué le ocurrió a Benjamín? ─preguntó en cuanto vio el parche en la frente del niño─.

─Estábamos de mirones en el juego del trompo ─contestó Octavio─ y por un accidente, a uno se le escapó el trompo y se clavó en la frente de mi hermano.

─Bueno, deberán de tener cuidado para que no ocurran accidentes, ya lo revisaré mañana. Ahora vamos para que conozcan su dormitorio.

Subimos por la escalera principal, bastante ancha y con unos barandales muy adornados. Antes de llegar al rellano quedamos estáticos al mirar la enorme pintura sobre la pared frontal, pareciera que El Resucitado quisiera salir de la pintura.

─Impresionante ¿verdad? ─expresó Adela al ver los rostros asombrados de los niños.

Al llegar a la planta alta, giramos a la izquierda y accedimos al primer dormitorio, que era el nuestro.

Al entrar al aposento, vimos quince camas alineadas a cada lado del cuarto y, junto a la entrada, la alcoba de doña Adela.

Antes de entrar, la encargada nos mostró en dónde se encontraban los baños y las regaderas, que era la zona frontal de las escaleras.

Procuren orinar antes de acostarse para evitar salidas en la noche; en ocasiones se funden las lámparas y mientras las cambian, el pasillo es oscuro.

Por cierto, desde ayer se fundieron las lámparas del baño, pero con la luz del pasillo les bastará para hacer lo que requieran.

─Ahora, vayan todos a orinar y yo los espero aquí, en la puerta. ¡Pronto!, no se demoren.

Benjamín jaló la mano de Octavio y le dijo que quería mear, lo que indicó a Adela y empezaron a caminar, el pequeño asía con fuerza la mano de su hermano.

La pintura del lado derecho de la puerta vista de frente representaba a un monje hincado en oración y detrás de él, la figura de un demonio de ojos de brillo rojizo y una sonrisa con la boca torcida, un par de cuernos blanquecinos se veían amenazantes.

Los niños la vieron y les pareció que el demonio movía los ojos para seguir su caminar. Octavio aceleró la marcha y se quedó junto a su hermano mientras el niño vaciaba su vejiga.

Al terminar salieron corriendo para reunirse con Adela y sus compañeros.

Junto con los hermanos Sanjuán, se fueron otros dos niños rumbo a los sanitarios, era tal su urgencia que ni se detuvieron a ver la dichosa pintura.

Antes de que terminara de orinar Benjamín, uno de los otros niños regresó veloz al dormitorio, detrás de él lo hicieron los hermanos.

─Solo falta Nicolás ─expresó Adela, que empezó a inquietarse por la tardanza de su pupilo─.

─Voy a buscarlo, no se muevan de aquí ─ordenó─.

Octavio miró como se alejaba doña Adela en tanto pensaba «no lo encontrará, pero no puedo decirlo porque me culparían a mí.»

Al entrar Adela y no ver al niño en los urinarios, empezó a revisar los gabinetes, quedó horrorizada al ver que el niño se encontraba metido de cabeza dentro del inodoro, sus piernas no se movían, lo que indicaba que estaba muerto.

Temblando de miedo se asomó sobre el barandal y empezó a gritar al velador.

─¡Don Gregorio! ¡Don Gregorio! Suba pronto, por favor.

A los gritos de Adela, el velador salió de su cuarto y miró a la mujer que le hacía señas para que subiera. Con alguna dificultad por los años que cargaba a cuestas, el vigilante llegó al lado de Adela.

─¿Qué le ocurre, Adelita?

─Pase y mire en el tercer gabinete… es horrible, hay un niño muerto.

─Presuroso el viejo miró con espanto la terrible escena y regresó al lado de Adela.

─Tengo que avisar a la directora, meta ‘pa dentro a los niños y yo me encargo. Luego le aviso.

Octavio casi lloraba al conocer lo que le ocurriría al niño aquel, que cuando estaban en espera de que los llamaran para anotarlos, comentó lo del chico que encontraron muerto entre los rosales.

–No te preocupes –le respondió Benjamín–, tú no eres culpable, pero no lo comentes con nadie.

─Pasen al dormitorio, niños ─ordenó doña Adela, con el rostro demudado por la impresión y el dolor por la muerte de ese niño inocente─, en cada cama hay un piyama, en el caso de que no sea de su medida, me avisan para buscar una apropiada.

Todos atendieron lo dispuesto por Adelita y solo tres alumnos requirieron cambio, entre ellos estaba Benjamín, un poco menor al promedio de su edad. Poco tiempo después, todos dormían apacibles.

Mientras tanto y con el menor ruido posible, las autoridades civiles y de la escuela, empezaron las investigaciones para buscar al culpable del terrible infanticidio.

Se tomaron las fotografías necesarias y, una vez el cuerpo de Nicolás fuera del inodoro, el médico forense que había sido llamado de Zacatecas hizo las revisiones del momento e indicó a los investigadores los primeros datos:

─Edad: siete a ocho años.

Tiempo de vivir o de morir

Como en todo lugar donde se reúnen muchachos, en el internado es común que haya pandillas; empiezan como grupos para estudiar y en tiempos de holganza se juntan para planear aventuras o solo travesuras.

Así ocurrió en esta historia, los hermanos recién llegados, Octavio y Benjamín, fueron invitados a la pandilla del Pecoso, un chamaco larguirucho, de hirsuto pelo pajizo y esas manchas como lunares en el rostro, que le ganaron el mote.

La banda estaba compuesta por cinco chamacos, entre ellos los hermanos Sanjuán. En un principio el Pecas los dirigía para estudiar, él estaba en cuarto grado y sus secuaces entre primero y segundo.

No lo hacía mal como tutor y su profesor lo alentaba, tal vez pensaba que pudiera llegar a estudiar para maestro. Al final del día, luego de terminado el rancho, su pandilla lo siguió como polilla a la luz, se sentaron en círculo para escuchar lo que les platicara el Pecas.

─Miren, chamacos en el internado se escuchan algunas cosas, de muertos y aparecidos con base en ello escribí este versito que se tienen que aprender ─empezó a recitarlo─, no lo hacía mal.

El viejo internado

El antiguo internado

era un viejo convento

largo tiempo abandonado,

que impartía conocimiento.

Sus pasillos tenebrosos,

son sombríos en el día,

negros, temibles, umbrosos

en la noche triste y fría.

Al ser parte de la pandilla

pasarás de noche el pasaje

¿será que dobles la rodilla

como un humilde paje?

Una helada mano te asirá

de tu flaco y frío cuello

tu cuerpo no resistirá

y te quitará el resuello.

¿Qué vienes a buscar, zoquete?

¿intentas quitarme el reposo?,

ahora verás, insolente

ya verás, pequeño mocoso.

Temprano lo halla el jardinero,

corre a avisarlo al conserje,

otro que muere, compañero,

otro que muere por hereje.

Sus oyentes quedaron en silencio, la narración escuchada y que el Pecoso tenía bien ensayada, les había dejado helados y se refería a lo que se llama El muerto de la rosalera, los rostros de los niños se miraban aterrorizados, ante la sonrisa maliciosa del Pecas.

En tanto el líder hablaba, Benjamín vio a un niño colgado de un árbol de duraznos, no sintió miedo, solo tristeza por la muerte de un compañero. En tanto, Octavio observaba una sombra oscura que deambulaba en los alrededores.

Ese día solo fue de estudio, entre el aprendizaje de la poesía del Pecas y las clases normales, se les pasó el tiempo. Doña Adela llamaba a los niños menores y los hermanos Sanjuán se fueron a reunir con ella.

Ruidos, alaridos y lamentos

Dentro de la disciplina de la escuela, había una de gran importancia: la limpieza del colegio; se repartía por patios, el número Uno era el espacio de menor extensión y lo cuidaban los alumnos Primero, Segundo y Tercer grado.

Estaban divididos en dos grupos: uno hacía la limpieza y el otro salía a caminar y a ejercitarse en las calles del pueblo, marchaban como soldados, con ritmo marcado por una banda de guerra y bajo la disciplina impuesta por un militar comisionado para tal fin.

El otro grupo salía de la escuela y se iban al cerro en busca de ramas que les sirvieran como escobas para barrer el patio.

Los chicos de los tres grados superiores hacían las mismas acciones que los menores; de esa forma, el internado se encontraba siempre limpio y los mismos estudiantes se cuidaban de que no se tirara basura, había contenedores para recibir tales desechos.

Los lunes, a las 7:30 de la mañana, se formaban por grupos en el patio mayor para hacer los honores a la bandera nacional.

Al centro del patio había una astabandera donde flameaba la enseña patria. La banda de guerra hacía los toques reglamentarios.

Los niños menores, entre los que se encontraban los hermanos Sanjuán, disfrutaban con esa ceremonia semanal y se sentían orgullosos de pertenecer al plantel. La Hermana Anunciación no presidía la ceremonia de carácter civil.

En su propia habitación, la religiosa realizaba sus devociones regulares, siempre de forma particular y privada. Su presencia era una anomalía que a nadie se le había ocurrido corregir, la monja era una excelente directora.

Los domingos, los estudiantes podían salir, excepto aquellos que, por faltas cometidas durante la semana, permanecían “arrestados”, sin poder abandonar el plantel.

Por tal situación, si alguno de los hermanos Sanjuán se encontraba castigado, el otro no podía salir, deberían hacerlo siempre en pareja, esa era una disposición recomendada por sus padres.

¡Ah!, pero los niños son aventureros naturales y siempre se las arreglaban para evadirse el día de asueto, aunque estuvieran “arrestados”.

El Pecas, líder de su pandilla, los llevaba a la carbonería, donde, por una ventana, se podían fugar; esa ventanilla miraba hacia el cerro con un pequeño cauce pluvial entre el edificio y el monte.

De esa forma, ayudados por el propio Pecas, que era el mayor, se lanzaban a la aventura y eso era escalar y correr entre mezquites, nopalera y cactos.