El Internado 1915 – Benjamín Sanjuán
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1915 – Benjamín Sanjuán

En tiempos de bonanza, la familia Sanjuán se desarrollaba de forma satisfactoria.

Como era común en aquellos años, ante la imposibilidad de llevar a los hijos a la escuela —que solo existían en los municipios cercanos a las capitales estatales—, los padres con algo de estudios comenzaban a enseñar las letras en casa.

Bajo el patrocinio de Don Chema y Natividad, se construyó la Escuela Primaria Francisco I.

Madero en Chalchihuites. Por conocer las carencias económicas de las familias, Chema le propuso a su socio Natividad que se diera algún alimento a los niños que llegaban, si bien les iba, con un jarro de hojas de naranjo.

Esta medida le pareció absurda al cura local.

Argumentaba que se alejaban de Dios por un bolillo.

De un día para otro, la plantilla escolar de la escuela parroquial disminuyó de quince a tres niños.

El resto, con el regocijo de sus padres, fue inscrito en la nueva escuela, donde ya los esperaba el profesor Jorge Santana.

Como la casa de Natividad estaba retirada del pueblo y era la única familia en esa zona, sus hijos no podrían educarse en la nueva escuela.

Aún faltaban tres años para que Josefa tuviera la edad suficiente… para entonces verían qué hacer con ella.

En ese tiempo, Josefina quedó embarazada. Sería nuestro tercer hijo —o hija, pensó Natividad—, pero eso lo conoceríamos en su momento.

Por la noche, durante la cena, cuando ya Josefa y Octavio dormían en sus camitas, entonces vi que mi mujer se ponía rígida. En ese tiempo ya estaba acostumbrado a que esa era la forma de comunicación que el Precursor había establecido con nosotros.

«La Paz del Padre esté con ustedes» —saludó el Precursor—.

Natividad, dentro de unos meses nacerá tu tercer hijo. Será quien cierre el vientre de su madre y le nombrarás Benjamín —el más pequeño, BenYamin, que significa “mi mano derecha” o “hijo de la dicha.

Este hijo tuyo verá cosas que otros ojos ignoran. Escuchen y háganle caso. Será importante en la vida de su hermano y de muchos otros, incluso ustedes, sus padres y hermana.

No olviden que todos están bajo mi cuidado. Ahora me retiro. Que la Paz y el Amor del Padre quede en esta casa.»

Josefina abrió los ojos y, mirándome, solo expresó:

—Anda, viejo, vámonos a la cama, que me caigo de sueño.

La tomé de la mano y juntos nos retiramos a nuestra habitación para dar gracias a Dios por un día más de nuestras vidas.

Fueron buenos tiempos en la mina. Recién se había descubierto una nueva veta que ofrecía un futuro prometedor. José María estaba satisfecho. Cada día salían carretas cargadas de piedras rumbo a la Hacienda de Beneficio.

Según contrato establecido con una empresa de resguardo, las barras de plata recibidas se enviaban para su custodia.

A medida que era conveniente, se mandaban a la Ciudad de México, al Banco Nacional, donde se convertían en moneda circulante de manera ordenada.

Una noche, cuando todos dormían, yo analizaba la situación de la mina. De pronto, se me presentó Octavio. Me sobresalté al verlo despierto a esa hora.

—¿Qué te ocurre, hijo? ¿Te sientes mal?

—Estoy bien, papá. Solo vengo a decirte que tengas cuidado. No entren temprano a la mina. Diles que les darás una plática acerca de lo que ahora piensas.

Habrá un derrumbe en la nueva sección, pero nadie saldrá lastimado. Ese caído será afortunado: te mostrará una importante veta. Indícales que hagan un buen ademe para seguridad de todos.

Ahora regreso a mi cama, papi. Pasa una buena noche.

Yo estaba mudo por la sorpresa. Mi hijo me prevenía de un desastre que ocurriría en unas cuantas horas. Tenía que llegar temprano, antes de que los mineros empezaran a bajar.

Me fui a intentar dormir unas horas para salir al amanecer y seguir las instrucciones recibidas.

En cuanto llegué, llamé a los capataces y les ordené que, antes de bajar a la mina, reunieran a toda la gente frente a la oficina. Les daría algunas instrucciones y recomendaciones para los cortes siguientes.

Tal como lo ordené, al salir el sol ya estaba la gente reunida, a la espera de mis palabras.

—Buen día, compañeros —saludé a los presentes—, estamos por atacar un nuevo frente que nos promete una buena meta…

Me quedé callado. Todos volteamos hacia la boca de la mina, desde donde se escuchó un fuerte estruendo. Comenzó a salir polvo.

El aviso de mi hijo había salvado la vida de decenas de hombres que, a esa hora, ya hubieran estado dentro de la mina.

—¡Todos permanezcan afuera! —ordené—, solo entraremos la brigada de limpieza y salvamento, junto con dos capataces. Veremos el daño y las posibilidades de limpieza.

Yo iba confiado, pero con precaución. Tal vez hubiera derrumbes menores y zonas con cierta fragilidad; el caído fue grande: tapó el túnel por completo, tal vez con quince o veinte metros de largo.

—Como pueden darse cuenta —indiqué—, el trabajo será intenso. Preparen buena madera para reponer los ademes dañados, por este día no podrán hacer nada, habrá que esperar a que salga el polvo, mañana lo inician. ¡Vamos todos para arriba!

Ese día solo quedaron los guardias exteriores, para evitar que alguien pretendiera bajar a curiosear.

Yo me fui a Chalchihuites a informar a don Chema, solo pasé por mi casa para enterar a Josefina de la situación y avisarle que me iría al pueblo, regresaría por la noche. Ensillé a la Mañosa y me puse en camino.

Era una mañana de primavera. El aire estaba fresco, no tan frío como en invierno, pero obligaba a llevar, al menos, un suéter grueso. El viento que se filtraba entre los árboles era intenso, levantaba hojas y polvo.

Así se acercó a mí una persona cuando yo llegaba a la mina. Iba distraído, pensaba en lo que me había dicho Josefa al despedirme. Para entonces ya hablaba bien. Me susurró al oído:

La miré con seriedad, pero no objeté nada. Me dijo “mis hermanos”, y hacía solo un mes que Benjamín, mi tercer hijo, había llegado a nuestras vidas.

Miré a Josefina, que en ese momento lo alimentaba y le acariciaba la carita con un dedo. Me acerqué a ella, le di un beso en la frente, tomé mi mochila y salí satisfecho al ver la familia que habíamos formado.

Todo eso recordé justo en el momento en que fui interceptado por una religiosa, al aproximarme a la mina.

—¿Señor Sanjuán? Disculpe que lo interrumpa.

—A sus órdenes, hermana. ¿En qué puedo servirle?

—Vengo del pueblo de Guadalupe y quisiera platicar un momento con usted, si fuera posible.

—Desde luego. Si me acompaña, hablamos en mi oficina, el tiempo está de los diablos… perdone la expresión, hermana.

—No se preocupe —respondió sonriente—, son expresiones comunes.

Abrí la oficina y la vi desordenada. No esperaba visitas.

—Disculpe el desorden, es un sitio de trabajo, entran y salen mineros polvosos. Por favor, siéntese, hermana —dije mientras limpiaba una silla con un trapo a toda prisa─.

—Me apena venir a causarle molestias, pero en verdad nos es necesario.

La escuchaba mientras ponía agua a calentar sobre una parrilla eléctrica para preparar café.

—Ahora sí, en tanto se calienta el agua, la escucho. ¿De qué se trata?

—Permítame contarle una historia —expresó, alisando su falda y el tocado que el viento le había movido un poco─.

─Hace cientos de años ─inició el relato la religiosa─, un rico minero de origen español fundó la parroquia del pueblo.

–Adjunto al templo, se levantó un hospicio para niños expósitos, por lo general eran huérfanos de mineros indígenas fallecidos en las minas y que las viudas, que quedaban en la miseria al faltar el hombre de la casa.

–En esas condiciones se veían obligadas a llevarlos al asilo, donde recibirían alimentos, alguna ropa donada por personas generosas y de ser posible, una educación donde aprendieran, cuando menos, lo básico.

─Por instrucciones del arzobispado de la Nueva España, la atención del refugio quedaría bajo el cuidado de la Orden de las hermanas Clarisas, de la que soy parte.

–Así fue desde su fundación, hasta el triunfo de la Revolución, cuando se ordenó que esos albergues debieran de ser administrados por representantes del Estado.

Ante el desorden causado por la guerra, se retiraron mis hermanas y a mí me dejaron como directora en tanto enviaban a quien me relevaría.

─Desde entonces, han pasado los años y parece que a las autoridades del Centro se les ha olvidado y yo soy la única que atiende a veinticuatro niños.

–Ya no llegan por las circunstancias de origen, pero es una región pobre y los niños que nos llegan perdieron a su padre y en ocasiones, también a su madre; en las batallas, recordará usted que las mujeres iban como soldaderas y cargaban hasta con los críos.

Llegan al colegio en situaciones dolorosas, no solo con girones de ropa y estómagos vacíos, sino hasta con el alma rota por sus desgracias.

Yo escuchaba con profundo dolor. Pensaba en mis propios hijos y lo que me dolería verlos en tal situación, entonces vino a mi memoria lo dicho por Josefa hacía apenas unos minutos:

Sentí un miedo terrible. «¿Se quedarían mis hijos en la orfandad?» Fue solo un instante. La religiosa continuó su relato.

—La razón de mi visita, señor Sanjuán, es para suplicarle su ayuda. Me he enterado de que usted ha fundado escuelas donde, además, les dan una comida a los pupilos. Pensé que pudiera incluir a nuestro asilo entre las escuelas beneficiadas.

—¡Desde luego que sí, hermana! —respondí con firmeza, sentía que algo más grande que yo, me guiaba en ese momento–.

Me quedé en suspenso, hasta entonces la religiosa no me había dicho su nombre.

—Perdone, hermana ¿cuál es su nombre?

─Anunciación del Ángel, para servirle, perdóneme que no le dije mi nombre, pero estaba nerviosa.

─«Curioso nombre» –pensé─, no se preocupe, hermana, solo tenemos que hacer una revisión del lugar y conocer sus necesidades para ayudarle de una manera efectiva.

–Si le parece bien, la semana próxima iré a visitarla. Mientras tanto, le daré algún dinero para los gastos más apremiantes. Dígame otra cosa, ¿cómo llegó hasta aquí?

─No fue fácil. Me trajeron unos arrieros montada en una mula en un viaje de dos días, llegué a Chalchihuites y luego de preguntar, seguí a pie para llegar a la mina.

–Salí de madrugada con la bendición de Dios y su Madre Santísima. En el camino me alcanzó un arriero y así llegué hasta usted.

─En verdad, es preocupante que no haya medios de transporte, pero el gobierno también está en proceso de arreglarlo y tener que caminar de pueblo en pueblo no es fácil.

–Fuera del Camino Real, construido por los españoles, solo tenemos veredas, casi caminos de herradura en el monte. Tal vez los particulares debamos hacer algo, que pueda beneficiar a todos los habitantes y negocios.

Ese día conseguí que un arriero llevara a la religiosa a Chalchihuites montada en Mañosa. Le entregué a sor Anunciación una cantidad de dinero, como lo había ofrecido.

–Esa noche regresó el arriero, me platicó que la monja iba contenta, durante el viaje rezó varios Rosarios y daba gracias a Dios.

Yo me quedé con la inquietud del transporte y pensaba en lo dicho por Josefa «papi, un internado te necesita y mis hermanos asistirán a él.»

Si eso iba a ser real en unos años, nosotros deberíamos ver que hubiera alguna forma de transporte y el comercio se vería beneficiado.