El intendente y el renegado (Corazones bajo bandera negra nº 14) CAPÍTULO 1 La ley del agua
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El intendente y el renegado (Corazones bajo bandera negra nº 14)

El intendente y el renegado (Corazones bajo bandera negra nº 14)

Por Montoya Velasco, Adrian

© inepub.com

CAPÍTULO 1 La ley del agua

El sol del mediodía caía sobre el alcázar de El Vengador como plomo derretido.

No corría una brizna de aire capaz de hinchar las gavias, y la madera de las tablazones crujía bajo mis botas con un gemido seco, despidiendo ese hedor acre y punzante a brea recalentada que se metía en la garganta hasta secarla por completo.

Apreté el libro mayor de intendencia contra mis costillas.

Mis dedos, manchados de tinta ferrogálica en la comisura del índice, repasaban mentalmente las cifras antes de que la pluma tocara el papel vitela.

Sesenta y cuatro hombres en nómina de rancho.

Tres barriles de agua dulce con fondo cenagoso tras dos semanas sin toparnos con una lluvia decente al norte del Paso de los Vientos.

Cada gota era vida, y la vida, a bordo de un bergantín pirata de dieciséis cañones, no se medía en plegarias ni en arrestos de valentía, sino en números exactos anotados con pulso firme.

—¡Por la proa! —rugió la voz desgarrada del vigía desde la cofa de trinquete—. ¡Madero a la deriva por el barlovento! ¡Cuerpo amarrado a las jarcias!

El grito sacudió la modorra del combés. Marinos que dormitaban a la sombra de la batayola se pusieron en pie a trompicones, frotándose los ojos enrojecidos por el salitre.

Caminé hacia la regala con paso medido, sin permitir que la urgencia ajena alterara la compostura que mi cargo me exigía.

A cincuenta yardas, mecido por una marejada perezosa y turbia, flotaba el resto astillado de un mástil de gavia.

Tenía las maderas ennegrecidas, mordidas por un fuego violento que no había dejado rastro de velamen.

Y, aferrado a él mediante vueltas desesperadas de cabo de cáñamo, un bulto humano se debatía entre la espuma.

—¡Arriad el chinchorro! —bramó el contramaestre Higgins desde la cubierta baja, escupiendo una hebra de tabaco negro sobre las tablas limpias—. ¡Pronto, zánganos, que los tiburones huelen la carroña antes de que termine de enfriarse!

Permanecí inmóvil junto a la escala de popa, observando la maniobra con el ceño fruncido.

Cuatro remeros se descolgaron por el costado, cortando el agua mansa con paladas frenéticas.

No me conmovía el espectáculo. En estas aguas, recoger a un náufrago rara vez traía fortuna; solía significar otra boca que alimentar, otra garganta exigiendo ración y una sombra más disputándose el aire viciado del sollado.

Tardaron menos de diez minutos en regresar. Las poleas chillaron cuando izaron la barca con el cuerpo izado a bordo como si fuera un fardo de lona mojada. Al depositarlo sobre la tablazón del combés, un rumor sordo recorrió a la marinería congregada en círculo.

Era un hombre corpulento, de hombros anchos y complexión maciza, pero castigado con saña por los elementos.

Tenía el torso desnudo, tostado por el sol hasta adquirir el tono cobrizo y despellejado de quien ha pasado días a merced de la intemperie marina.

Sus muñecas eran una masa sanguinolenta de rozaduras vivas provocadas por las amarras que lo habían sujetado al madero para evitar que el mar lo tragara mientras perdía el sentido.

Los pantalones de marinero, raídos y ennegrecidos por el hollín de pólvora quemada, se pegaban a sus piernas musculosas.

—Traed el caldero —ordenó Higgins, arrodillándose junto a él con un cucharón de latón abollado en la mano—. Este perro aún respira. Tiene el pecho subiendo y bajando como un fuelle roto.

Higgins metió el cazo en el barril comunal que presidía el pie del palo mayor para las guardias de cubierta. El sonido del agua limpia removiéndose en la madera despertó un chasquido de envidia colectiva entre los hombres.

Di dos pasos al frente. El tacón de mis botas de montar resonó con una autoridad gélida que abrió un pasillo entre la chusma armada.

—Quieto ahí, Higgins —dije. Mi voz no fue un grito, sino una orden seca, cortante, afilada como un bisturí.

El contramaestre alzó la mirada, con el cucharón chorreando agua cristalina a media pulgada del suelo.

—¿Qué demonios os pasa ahora, señor intendente? El infeliz se muere de sed.

—El artículo cuarto de nuestra carta partida es meridiano —repliqué, sosteniéndole la mirada turbia sin parpadear—.

Cada cuartillo de agua dulce está asignado a los hombres que firmaron los artículos y que sangraron para defender este casco.

No se gasta un solo sorbo de la reserva comunal en bocas ajenas a la asamblea sin autorización previa.

Si queréis darle de beber, que sea de vuestra propia ración diaria.

—¡Por todos los diablos, Moore! —gruñó un artillero desde la segunda fila—. ¡Es un cristiano ahogándose en seco!

—Es un náufrago desconocido en aguas donde la Marina Real quema barcos sin juicio —atajé, señalando con el lomo de mi libro mayor el horizonte vacío—.

Y si mañana la calma chicha nos deja clavados en este mar de cristal por diez días más, ese cucharón que pretendéis regalarle a un extraño será la diferencia entre llegar a puerto o matarnos entre nosotros por lamer el rocío de la cubierta.

Higgins vaciló, apretando la mandíbula con rabia mal disimulada.

Sabía que la asamblea me respaldaría ante los números; la sed era la única ley que ningún forajido osaba desafiar cuando el pellejo estaba en juego.

Sin embargo, antes de que el contramaestre pudiera devolver el agua al tonel, un movimiento brusco rompió el aire estancado.

Una mano enorme, con los nudillos cubiertos de costras de salitre y sangre seca, emergió del maderamen como una zarpa.

Atrapó el mango del cucharón de latón antes de que Higgins pudiera retirarlo. La fuerza del agarre fue tan repentina y desmesurada para un moribundo que el contramaestre perdió el equilibrio y cayó de rodillas sobre las tablas.

El náufrago abrió los ojos.

No había en ellos la niebla del delirio ni el ruego sumiso del desahuciado.

Eran de un gris tormentoso, implacables, feroces, cargados de una furia salvaje que parecía alimentarse de la misma sal que le agrietaba los labios.

Se incorporó apoyando un solo codo en la tablazón, con los tendones del cuello tensos como maromas de cáñamo.

Me miró a mí. Ignoró a los sesenta hombres con alfanjes que lo rodeaban; sus pupilas se clavaron exclusivamente en las mías con una fijeza insolente que me heló la sangre en las venas.

—La ley del agua... —dijo, con una voz bronca, rota, semejante al arrastre de guijarros en una rompiente—. He visto a reyes tragarse su propio vómito por un trago peor que este.

Sin esperar permiso ni pronunciar una sola palabra de gratitud, se llevó el cucharón a la boca y lo vació en su garganta reseca con avidez animal.

El agua se deslizó por su barba de varios días, goteando por su garganta ancha y bajando en regueros limpios sobre su pecho cubierto de cicatrices y pelo oscuro.

Bebió hasta la última gota, tragando con un esfuerzo visible que hizo palpitar la vena de su cuello a escasa distancia de mis pies.

Me quedé paralizado. La audacia de aquel acto, la absoluta falta de servilismo en un hombre que debería estar implorando clemencia a mis botas, me golpeó como una bofetada física.

Nadie en El Vengador se atrevía a quebrar una orden de intendencia en mi presencia sin esperar una reprimenda inmediata del capitán o un castigo de asamblea.

El náufrago bajó el brazo despacio. Su respiración seguía siendo pesada, pero la fiera que habitaba en su mirada estaba plenamente despierta.

Soltó el cucharón de latón. El metal golpeó la puntera de mi bota izquierda con un tintineo burlón antes de rodar sobre la brea caliente.

—Cárgamelo a mi cuenta, escribano —murmuró, sosteniendo mi mirada sin pestañear—. Si este cascarón llega a algún sitio donde valga la pena morir, te devolveré ese sorbo con intereses.

Un murmullo entre asombrado y divertido recorrió el combés.

Sentí una oleada de calor violento trepándome por el cuello bajo el cuello almidonado de mi camisa; una mezcla envenenada de indignación profesional y una repentina, inexplicable punzada en el estómago.

La cercanía de aquel hombre, el olor a sal, humo y piel viva que desprendía su cuerpo castigado, llenaba el espacio con una densidad sofocante.

—Basta de sermones —resonó una voz grave desde el alcázar.

El capitán Thorne descendió las escalas con paso pesado, apoyando la mano en el pomo dorado de su sable de abordaje. Se detuvo ante el náufrago, mirándolo de arriba abajo con la condescendencia curtida de quien ha visto mil cadáveres flotar en el Caribe.

—Tiene agallas para ser carroña de naufragio —dijo Thorne, esbozando una sonrisa torcida entre su barba canosa—. ¿Quién sois y qué navío ardió para dejaros en semejante estado, camarada?

El hombre se sentó por completo en la cubierta, encogiendo una pierna con lentitud para acomodar el cuerpo herido, pero sin bajar la cabeza ni ante el capitán.

—Raymond Silva —respondió con sequedad—. Capitán de la balandra La Furia. O lo que quedaba de ella antes de que una fragata de treinta y dos cañones nos cerrara el paso en los bajíos y nos echara el fuego griego encima.

El nombre cayó como una mecha encendida sobre la marinería.

Silva «El Lobo». Había escuchado rumores sobre él en las tabernas de Nassau y Tortuga: un corsario renegado, temido por su audacia en los canales estrechos y odiado a muerte por los gobernadores ingleses por negarse a aceptar los perdones reales.

Un hombre que navegaba sin dios ni rey, gobernando a golpe de instinto y temeridad.

—¿Silva? —repitió Thorne, enarcando una ceja poblada—. Creí que os habíais podrido en las cárceles de Port Royal hace dos veranos.

—La soga inglesa aún no se ha trenzado con la fuerza suficiente para sujetarme el pescuezo —replicó Silva con una media sonrisa áspera, pasando el dorso de su mano despellejada por la boca.

—Pues vuestra suerte no ha terminado, Silva —decretó Thorne, volviéndose hacia mí con un gesto displicente—.

No arrojamos hombres útiles por la borda cuando nos faltan brazos para las baterías bajas.

Señor Moore, vos os encargaréis de este hombre.

Asignadle una coyuntura en el sollado si queda algún hueco que no esté podrido, apuntadlo en el libro de raciones mínimas y buscadle un par de pantalones que no den vergüenza a la vista de Dios.

A partir de hoy, trabaja para ganarse el pan y el agua de este barco.

Apreté el libro mayor con tanta fuerza que las costuras del cuero crujieron bajo mis dedos.

—Capitán, el sollado de proa está abarrotado y las reservas de agua...

—Es una orden de mando, intendente —me cortó Thorne sin mirarme, dándose la vuelta hacia la escala de popa—. Registradlo, ponedle faena y hacedlo jurar los artículos antes de que caiga la noche. No quiero fantasmas sueltos en mi cubierta.

Thorne se alejó hacia su cámara, y la marinería, viendo terminado el espectáculo, comenzó a dispersarse en pequeños grupos que comentaban entre risas la llegada del renegado.

Me quedé solo frente a él en medio del combés abrasador.

Silva me miraba desde el suelo. Pese a las magulladuras, el salitre pegado a sus sienes y la debilidad evidente que hacía temblar levemente sus hombros anchos, no había un solo ápice de derrota en su porte.

Había algo primitivo, desafiante y peligroso en la forma en que sus ojos grises me medían: como si no viera a un oficial del barco, sino a un obstáculo que pensaba derribar en cuanto recuperara las fuerzas.

—Parece que tendrás que abrir una página nueva en tu libro, escribano —dijo con un tono bajo, casi confidencial, que hizo que un escalofrío involuntario me recorriera la espina dorsal.

Tragué saliva, obligando a mi pulso a recuperar la cadencia lenta y metódica de siempre. Ajusté mi casaca, me coloqué el libro bajo el brazo con exquisita precisión reglamentaria y bajé la vista hacia él con toda la frialdad de la que fui capaz.

—En este barco no hay páginas de gracia para nadie, señor Silva —contesté, manteniendo la voz firme como el acero templado—.

Y tened por seguro que fiscalizaré cada gota de agua que os llevéis a los labios hasta que hayáis pagado vuestra deuda con el último chelín de vuestro sudor.

Arriba. Vamos a ver si vuestra destreza con las maromas iguala a vuestra insolencia.

Silva soltó una carcajada ronca, dolorida, pero cargada de una oscura satisfacción, y apoyó su mano sana en la regala para ponerse trabajosamente en pie.