El Imperio y la musa de carne y hueso CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

La Fundación de las Cenizas

Nadie recuerda el día exacto en que comenzó a perderse.

No ocurre con un gran desastre.

No llega acompañado de explosiones ni de despedidas cinematográficas.

Empieza mucho antes.

Empieza cuando dejamos que nuestro estado emocional dependa de otra persona.

Cuando un mensaje determina nuestro humor.

Cuando una llamada perdida pesa más que una conversación con nosotros mismos.

Cuando una respuesta tarda unos minutos más de lo esperado y nuestra mente comienza a fabricar historias que jamás ocurrieron.

Así comienza la caída de un reino.

Durante mucho tiempo creí que amar significaba estar siempre disponible.

Responder inmediatamente.

Resolver cada conflicto.

Demostrar constantemente mis

intenciones.

Pensaba que insistir era una prueba de compromiso.

La realidad me enseñó algo

completamente distinto.

Insistir rara vez acerca a dos personas.

Generalmente las desgasta.

La ansiedad tiene una capacidad extraordinaria para disfrazarse de amor.

Hace creer que perseguir es cuidar.

Que controlar es proteger.

Que preguntar constantemente demuestra interés.

Pero ninguna de esas cosas nace del amor.

Nacen del miedo.

Y el miedo jamás construye imperios.

Solo construye prisiones.

Comprendí esa verdad cuando observé mi propia conducta como si estuviera viendo la vida de otro hombre.

Vi a alguien intentando convencer. Intentando explicar.

Intentando demostrar su valor una y otra vez.

Mientras más hablaba…

Menos era escuchado.

Mientras más buscaba acercarme…

Más distancia aparecía.

Fue entonces cuando comprendí una de las primeras leyes del Imperio.

El valor nunca necesita ser anunciado.

Se demuestra.

En silencio.

La primera derrota

Existe un momento que cambia para siempre la vida de cualquier hombre. No ocurre cuando una relación termina.

O cuando alguien dice adiós.

O cuando aparece una tercera persona.

Ocurre cuando uno descubre que ha dejado de reconocerse frente al espejo.

Ese instante duele porque obliga a aceptar una verdad incómoda.

No era la otra persona quien controlaba mi paz.

Era yo quien había entregado las llaves.

Y cuando entregas las llaves de tu tranquilidad, también entregas el gobierno de tu reino.

Ese día decidí recuperarlo.

No recuperarla a ella.

Recuperarme a mí.

Porque entendí algo que ningún libro de relaciones me había enseñado.

El objetivo nunca fue conquistar una mujer.

El verdadero objetivo era convertirme en el tipo de hombre que jamás necesitara perseguir a nadie para sentirse

completo.

Ese fue el día en que comenzaron las obras del Imperio.

No sobre un trono.

Sobre las cenizas de mi propio ego.