Capítulo IX #3
Cada vez que un líder sudamericano proclama la necesidad de refundar la patria, de purgarla de traidores y de enemigos históricos, no hace más que repetir, en otra máscara y con otro acento, el monólogo de Bolívar.
Cada golpe de Estado, cada reforma mesiánica, cada desvarío político en nombre del pueblo tiene su raíz, más o menos remota, en aquella aristocracia frustrada que, incapaz de aceptar su propia mediocridad, prefirió incendiar el mundo antes que resignarse a vivir en su justa medida.
El drama de Hispanoamérica es, en última instancia, un drama de soberbia: la soberbia del criollo que quiso ser más que un súbdito leal; la soberbia del patriota que quiso ser emperador; la soberbia del pueblo que quiso ser elegido sin haber cumplido primero con las labores elementales de la civilización.
Bolívar no fue el único, claro está, pero fue el más conspicuo, el más exaltado, el más trágico en su fracaso.
Por eso, cuando recordamos su figura, no deberíamos hacerlo con esa devoción escolar que sólo engendra ignorancia, ni tampoco con ese odio pueril que no comprende la complejidad de su tiempo.
Deberíamos mirarlo como lo que fue: el reflejo más puro de nuestras propias contradicciones.
El espejo donde se multiplican, deformadas, nuestras glorias y nuestras miserias.
Y al entenderlo así, tal vez podamos, por fin, empezar a liberarnos.
No con gritos, no con nuevas mitologías, no con más estatuas que alaben a falsos libertadores, sino con la paciente, dolorosa y madura aceptación de la historia tal como fue.
Y en esa aceptación, tal vez podamos recuperar la verdadera grandeza que Bolívar, en su ceguera gloriosa, nos negó.
Pero para llegar a esa aceptación, para romper el hechizo, hay que tener la valentía que Bolívar jamás tuvo: la valentía de reconocer que no somos ni víctimas perfectas ni redentores malogrados, sino herederos de una historia riquísima, llena de aciertos y errores, de luces y de sombras, como todas las historias humanas.
La aristocracia frustrada de Bolívar, que confundió su herida personal con el destino de todo un continente, nos legó la maldición de interpretar cada dificultad como un ultraje, cada crítica como una traición, cada adversidad como un atentado cósmico.
Y mientras esa pedagogía de la frustración no sea desmantelada, seguiremos condenados a girar en el mismo círculo de revoluciones estériles, héroes fallidos y promesas rotas.
Por eso el venezolano, el colombiano, el peruano —todos herederos de este drama— aún hoy reaccionan con una mezcla tóxica de resentimiento y grandilocuencia: pequeños en la autocrítica, enormes en las proclamas vacías.
No importa que el suelo se desmorone bajo sus pies, que las instituciones sean un cadáver, que la sociedad misma se fragmente en el tribalismo más bárbaro: el mito bolivariano ofrece una coartada eterna, una excusa inagotable para el fracaso.
Y así, mientras otros pueblos se reconstruyen en silencio, asumiendo con humildad sus propios errores, nosotros seguimos encaramados sobre ruinas, declamando al viento nuestra grandeza perdida, esperando que alguna versión reencarnada del Libertador vuelva, una vez más, a redimirnos sin que nosotros tengamos que hacer el esfuerzo de redimirnos a nosotros mismos.
El problema no es, como suelen decir los apologistas de salón, que Bolívar fuese «un hombre de su tiempo». Esa es una excusa cómoda. El problema es que su tiempo ha pasado y nosotros seguimos atrapados en él, como esos fantasmas que no logran entender que ya están muertos.
Si queremos sobrevivir como civilización, si queremos sanar de verdad, necesitamos extirpar de raíz no sólo la ficción fundacional construida en torno a Bolívar, sino todo el entramado mental que hizo posible su ascenso y su canonización.
No basta con desmitificar la figura: hay que entender y desmontar la enfermedad espiritual que le dio vida.
Y esa enfermedad tiene un nombre: soberbia infantil. Una soberbia que no sabe de responsabilidad ni de madurez. Que prefiere el drama a la construcción silenciosa, el delirio épico a la edificación lenta, el relato heroico a la incómoda pero liberadora aceptación de la realidad .
Bolívar, en su rebeldía aristocrática, quiso un trono, y al no conseguirlo, prefirió que todo se incendiase a su alrededor. Nosotros, sus herederos malditos, seguimos eligiendo, una y otra vez, el incendio.
Quizás algún día —cuando la última estatua se oxide, cuando el último grito de patria se apague, cuando el último libertador de opereta fracase— podamos mirar hacia atrás y entender que nuestra verdadera independencia no será un acto heroico ni un grito glorioso, sino un trabajo silencioso de reconstrucción íntima, de reconciliación con lo que fuimos de verdad: hijos de una civilización grande, imperfecta y viva, que merece ser rescatada de las ruinas del mito.
Sólo entonces Bolívar ocupará, al fin, el lugar que le corresponde: no como el ídolo absoluto que exigía obediencia ciega, ni como el demonio que algunos quieren pintar, sino como lo que verdaderamente fue: un hombre que, en su grandeza y en su miseria, reflejó como nadie los laberintos de nuestra alma.
Y sólo entonces nosotros podremos, de una vez por todas, crecer.