Capítulo VII
La Conquista como principio: redención y maldición de un continente huérfano
Hemos repetido sin cesar que América fue conquistada.
Lo repetimos como una queja, como un trauma, como una ofensa que no deja de sangrar.
Lo decimos como si ese acto original hubiese sido el crimen perfecto, el pecado fundacional que nos condena a la orfandad perpetua.
Pero nunca nos preguntamos de qué nos habría salvado la no-conquista.
Nunca imaginamos qué habríamos sido sin ella.
La mente colonizada por el mito no tolera esa pregunta.
La leyenda negra ha hecho su trabajo tan a fondo que incluso cuestionarla parece una inmoralidad.
Sin embargo, cuando se mira con honestidad, sin los lentes empañados de los relatos escolares y del romanticismo indigenista, se comprende que no hubo tal crimen perpetuo.
La conquista no fue un genocidio. No fue una violación unilateral.
Fue un proceso brutal, sí, pero humano, inevitablemente humano, como lo son todos los grandes movimientos de la historia.
Fue guerra, sí, y también encuentro. Fue exterminio en algunos casos, pero también alianza, mestizaje, sincretismo.
Fue tragedia y fue génesis. Y lo más incómodo de todo: fue civilización.
Sólo quien vive dentro del mito puede ver la llegada de los españoles como el fin de un paraíso.
Porque no hubo tal paraíso. Lo que había era una humanidad arcaica, cruel, fragmentada, en su mayoría sometida por estructuras de dominación despiadadas, con sacrificios humanos en lo alto de pirámides sagradas.
Lo que había eran señoríos en guerra constante, imperios que esclavizaban pueblos enteros, y sistemas de castas más férreos que los que luego vinieron con los europeos.
Eso es lo que había antes. Una humanidad en pugna, como en todas partes del mundo.
Pero nos enseñaron a verlo como un edén arrasado por la barbarie blanca.
Nos enseñaron a odiar al conquistador sin preguntarnos nunca por el conquistado.
Y en esa enseñanza se perdió la verdad. Porque la conquista no fue un choque entre razas, sino un cruce de caminos.
Fueron miles de indígenas luchando junto a los españoles, como los tlaxcaltecas que vieron en Cortés no al invasor sino al liberador.
Fueron mujeres nativas enseñando lenguas, creando pactos, pariendo los primeros mestizos.
Fue el nacimiento de una nueva realidad: mestiza, conflictiva, a veces desgarrada, pero rica como ninguna otra en historia compartida.
La leyenda negra, al ocultar todo esto, no sólo miente: mutila. Nos ha amputado nuestra genealogía.
Este veneno heredado tiene un diseño: desarraigar.
Si se logra que los pueblos hispanoamericanos renieguen de su pasado, si se les convence de que fueron víctimas de una invasión bárbara, entonces estarán condenados a buscar identidad en el futuro, siempre a la espera de una redención que nunca llega.
Y ese hueco será llenado, como ya ha sido, por ideologías ajenas, por patrias de plástico, por mitologías importadas.
Ya no quieren ser lo que fueron. Ni tampoco saben lo que son.
Y así, siguen sin saber hacia dónde van.
¿Quién ha sembrado esta confusión? Europa, sí, pero no la Europa hispánica.
Inglaterra, Holanda, Francia: los constructores del relato negro.
Los mismos que esclavizaron con menos disimulo, que arrasaron sin sincretismos, que colonizaron sin mestizaje.
Ellos difundieron la leyenda porque necesitaban debilitar la imagen de su rival imperial.
Y lo lograron. Primero en Europa. Luego en América. Y ahora en nuestras propias aulas.
El libro de Alberto G. Ibáñez, La leyenda negra.
Historia del odio a España, lo deja claro: no hubo campaña más persistente ni más eficaz que la que se montó para caricaturizar al mundo hispánico.
Desde Las Casas hasta los panfletos protestantes, pasando por la pluma de William of Orange y los manuales escolares decimonónicos, todo el andamiaje estaba orientado a crear una España monstruosa: oscurantista, cruel, inquisitorial.
Y desde allí, a extender esa sombra sobre todos sus hijos de ultramar.
No importa si no se ajusta a los hechos.
Lo importante era construir un villano y mantenerlo vivo.
¿Y nosotros? Lo peor es que asumimos el papel asignado.
Terminamos odiando lo que nos dio forma.
Nos reímos del español peninsular, lo tratamos como ajeno, le atribuimos todos los males, mientras nos abrazamos a un pasado indígena que tampoco comprendemos.
No porque no debamos reivindicar lo indígena, sino porque lo hacemos desde la manipulación, desde la ficción de una pureza imposible.
Reclamamos una inocencia perdida que nunca existió.
Y todo este artificio tiene consecuencias.
Porque un pueblo que reniega de su origen no construye, sólo destruye.
No puede amar su lengua, su fe, sus símbolos, porque los cree impuestos.
Y en esa lógica queda inerme. Se hace pasto de tiranos, como los que hoy gobiernan Venezuela y otras naciones.
Tiranos que se visten de libertadores, de continuadores de Bolívar, y que siguen alimentando el odio a España como si fuera un acto revolucionario.
Cuando en realidad es una repetición servil de un libreto escrito por nuestros enemigos hace siglos.
Por eso es urgente demoler este edificio.
Porque la leyenda negra no es un simple error académico.
Es un crimen ontológico. Es una mentira que deforma al ser.
Y su única cura es la verdad. Una verdad dura, incómoda, pero necesaria: que somos herederos de una gran empresa civilizatoria, que fue imperfecta —como toda historia humana— pero fecunda.
Que somos España tanto como somos América.
Que no fuimos colonias, sino reinos ultramarinos.
Que no fuimos esclavos, sino hijos. Y que nuestra identidad, si ha de tener futuro, sólo lo hallará en la verdad, no en la caricatura.
¿Quiénes eran, realmente, los dueños de la pluma que injuriaba a España?
¿Por qué tantos ríos de tinta fueron vertidos, no con el propósito de entender, sino de deformar, de convertir la historia en una especie de carnaval fúnebre donde el verdugo es pintado como mártir y el mártir como demonio?
La leyenda negra no fue nunca un error de percepción ni un exceso literario: fue una estrategia.
No surgió de la conciencia moral de un mundo que se escandalizaba con los métodos imperiales —no, esos mismos mundos practicaban o practicarían con gusto atrocidades peores—, sino de una necesidad estructural: destruir el relato de la España imperial era necesario para construir el de sus enemigos.
Inglaterra y los Países Bajos, puntualmente, comprendieron que no se podía competir con España sólo en el plano bélico.
Derrotarla en el mar era empresa riesgosa; en la tierra, suicida.
Pero había una vía más eficaz y duradera: envenenar su imagen, no ya para derrotarla, sino para suplantarla.
Y para ello bastaba con invertir los signos, manipular símbolos, fabricar crímenes, exagerar errores, silenciar méritos.
El proceso era lento pero irreversible, como todo virus ideológico.
La imprenta fue su artillería pesada, y la memoria popular su campo de cultivo.
Bastaba repetir, repetir, repetir, hasta que incluso los propios españoles comenzaran a creerlo.
La historia, entonces, se convirtió en una especie de teatro de sombras.
Mientras España construía universidades en América cuando en muchas regiones de Europa todavía imperaba el analfabetismo, los impresores neerlandeses producían panfletos donde los frailes aparecían como torturadores de indígenas inocentes.
Mientras las leyes de Indias discutían si los indios tenían alma (¡para poder protegerlos con mayor severidad de los abusos!), los clérigos protestantes hablaban de inquisidores que quemaban niños por hablar sus lenguas originarias.
Y así, la imagen de España dejó de ser la de la potencia civilizadora que fusionaba el derecho romano con la tradición católica y se convirtió en la de un Leviatán cruel, sanguinario, medieval.
Las imprentas inglesas y holandesas se encargaron del resto.
¿Por qué tanta saña? Porque lo que estaba en juego era el monopolio del relato.
España no sólo era poderosa en términos territoriales, sino también espirituales.
Había conseguido unificar bajo su bandera un proyecto político, cultural, religioso y lingüístico que ponía nervioso al naciente protestantismo europeo, que necesitaba, como todo lo que nace, devorar a lo viejo.
España encarnaba un orden, un modo de mirar el mundo, una concepción del poder que se oponía radicalmente al incipiente liberalismo burgués.
No podía ser tolerada. Pero no bastaba con derrotarla militarmente: había que borrarla moralmente del imaginario colectivo de Occidente.
Y allí nació el mecanismo más perverso: la proyección.
¿Hubo errores, excesos, injusticias? Desde luego.
¿Dónde no los hubo? ¿Quién conquista con las manos limpias?
Pero España fue el único imperio que legisló a favor del indio, que envió jueces y no empresas, que fundó ciudades y no simples puertos de saqueo, que tradujo catecismos y no los sueldos de las compañías de comercio.
Fue también el único imperio que se mezcló —literalmente— con el «colonizado».
Pero todo esto debía quedar oculto. La leyenda negra no era simplemente una narración crítica: era una inversión moral.
España debía ser el mal absoluto, para que los otros imperios pudieran presentarse, retrospectivamente, como los portadores de la libertad, la razón y la humanidad .