Capítulo V
El padre invertido: crónica de un ídolo que devoró a su pueblo
El venezolano es, ante todo, un huérfano.
No uno cualquiera: un huérfano que ha elevado la figura del responsable de su orfandad a la categoría de dios tutelar.
Se trata de un fenómeno singular en la historia: mientras otros pueblos construyen sus mitologías alrededor de gestas fundacionales, nosotros lo hicimos alrededor de una amputación.
Y no satisfechos con la sangre vertida y la ruina sembrada, convertimos al amputador en el símbolo mismo de nuestra supuesta redención.
Ese padre invertido, esa figura terrible que abrimos a nuestro culto infantilizado, fue Simón Bolívar.
No el Bolívar real, sino una criatura de laboratorio, diseñada para compensar la angustiosa orfandad en la que nos sumió la ruptura violenta de nuestra continuidad hispánica.
Desde niños se nos enseñó a venerarlo no como a un hombre, con luces y sombras, sino como a un semidiós infalible, a cuya sola mención debíamos inclinar la cabeza y ocultar cualquier duda bajo un grueso manto de emoción impostada .
En ese altar se sacrificó no sólo la verdad histórica, sino también la posibilidad misma de madurez.
¿Cómo podría un pueblo crecer, forjar una identidad propia y libre, si había de considerarse siempre redimido por un mito prefabricado?
El venezolano, como eterno niño, no podía cuestionar al Libertador; sólo debía amarlo, sólo debía repetir sus gestas —o su caricatura— sin preguntarse jamás por las verdaderas motivaciones, los intereses ocultos, las miserias humanas que latían tras cada proclama, tras cada decreto sangriento disfrazado de grandeza épica.
Y así, generación tras generación, se fue transmitiendo la dolencia: una psicología colectiva basada en la doble negación de nuestra verdadera identidad y de nuestra auténtica historia.
De España heredamos una lengua, una religión, un derecho, una cultura milenaria y una institucionalidad que se construyó durante tres siglos con esfuerzo y dolor.
Pero de España, paradójicamente, también nos enseñaron a renegar.
Se nos dijo que éramos las víctimas de una tiranía brutal, que nuestros abuelos habían vivido bajo cadenas invisibles y que sólo el genio de Bolívar había rasgado aquel yugo secular.
Esta falsificación de la historia no fue un accidente.
Fue un proceso deliberado, orquestado por las nuevas élites que, habiendo tomado el poder, necesitaban legitimarlo a través del mito.
La independencia debía presentarse no como lo que fue —una guerra civil sangrienta entre hermanos, impulsada en buena medida por intereses extranjeros y ambiciones personales— sino como una gesta santa, una cruzada inevitable contra el mal.
Y si el libertador era el héroe indiscutible, entonces el pueblo que lo adoraba quedaba redimido de toda culpa.
No importaba que hubiésemos aniquilado nuestras ciudades, arruinado nuestro comercio, dividido nuestras tierras, exterminado a nuestros mejores hombres.
Todo eso podía ser olvidado si se envolvía en el estandarte de la Libertad, con mayúscula y se canonizaba a su artífice.
Así nació el venezolano moderno: un individuo sin raíces reales, pero henchido de orgullo; sin conocimiento de su verdadero pasado, pero convencido de pertenecer a una estirpe heroica; sin conciencia crítica, pero inflamado de emociones superficiales cada vez que escuchaba el nombre de Bolívar en boca de un político oportunista.
Un ser infantilizado, incapaz de verse a sí mismo con la crudeza de la verdad y condenado a repetir, una y otra vez, el ciclo de la frustración, la violencia y la decadencia.
Porque el verdadero daño no fue sólo político o económico.
Fue un daño psicológico, espiritual: el daño de un pueblo que no puede reconocerse en sus verdaderos orígenes y que, como todo huérfano, inventa para sí un padre idealizado que jamás existió, pero cuyo culto exige, paradójicamente, la mutilación perpetua de su propia dignidad.
Pero cuando aquellos hombres que forjaron la grandeza de América —exploradores de imposibles, forjadores de reinos entre selvas, mares y altiplanos— fueron arrojados al olvido, la ruina estaba escrita.
La palabra «independencia» se había convertido en un dogma incuestionable, en una suerte de religión laica a la que había que rendir culto ciego, como si cada piedra removida en nombre de la República no hubiese sido antes puesta con sangre, sudor y esperanza por siglos de abnegación.
Nada importaba ya de aquel orden civilizatorio que, con todas sus imperfecciones humanas, había elevado al continente a cotas que ni el islam, ni las tribus germánicas, ni los bárbaros de cualquier época habían jamás conocido tras la caída de Roma.
Se nos enseñó, como en una misa ininterrumpida, a venerar los mitos republicanos y a ocultar los cadáveres del verdadero progreso hispánico.
Monumentos fueron erigidos no a los constructores, sino a los destructores.
Calles, plazas y ciudades fueron bautizadas en honor a quienes incendiaron sus cimientos.
Y en este delirio autoinmune aprendimos a llamar «patriotas» a los traidores y «opresores» a los bienhechores.
Era demasiado doloroso reconocer que la verdadera Edad de Oro americana no había nacido con la República, sino que había fenecido con ella.
Así, la conciencia colectiva fue programada para llenar el vacío: si antes de 1810 todo era oscuridad, barbarie y esclavitud, entonces nuestros caudillos y sus secuaces eran, necesariamente, los padres de la civilización y la libertad.
Como una orfandad espiritual intolerable, necesitábamos inventar genealogías de grandeza republicana.
Surgieron así próceres de bronce, padres de la democracia, mártires del pueblo, constructores de Estados modernos.
Se festejó a dictadores sólo porque en su brutalidad lograron amurallar, por un momento, el caos desatado.
Se celebró a políticos grises como pilares de una república que en realidad nunca dejó de ser una caricatura de sí misma.
Nos acostumbramos a una historia tautológica: somos admirables porque somos independientes, somos grandes porque resistimos al coloniaje, somos dignos porque sufrimos.
Pero el precio de semejante autoengaño es la perpetuación de una arrogancia vacía, de un narcisismo nacional sin base real.
No hemos aprendido a medirnos con la vara de la verdad, sino con el metro de nuestras ficciones.
Y cada vez que los pueblos hispanoamericanos han tenido la posibilidad de mirarse al espejo con sinceridad —como en las grandes crisis nacionales, como en las humillaciones diplomáticas, como en las migraciones masivas—, el espejo les ha devuelto la imagen de una ruina orgullosa, altanera, pero irreparable.
Es entonces cuando el mito deviene necesidad vital.
El culto a la independencia no puede aflojarse, no puede ponerse en duda, porque detrás de él no hay nada: sólo el vacío que una vez fue un imperio.
Sólo el recuerdo desdibujado de una grandeza que no supimos —o no quisimos— continuar, porque preferimos inventar una épica falsa que nos preservase del horror de nuestra propia ingratitud.
Y así, generación tras generación, seguimos consagrados a la veneración de la catástrofe fundacional.