Capítulo 17 — La casa que no era un hotel #3
—No tiene que cambiarlo todo mañana.
—Lo sé.
—Ni convertirlo en una casa caótica de golpe para demostrar que es humano.
—Tenía pensado comprar una planta y fracasar con ella.
—Buen comienzo.
Alexander lo miró con una ternura que ya no intentó esconder.
Daniel la vio y, por una vez, no apartó la mirada.
—Puede empezar por invitar a gente —dijo.
—¿Gente?
—Sí, Alexander. Esos seres que respiran y manchan vasos.
—Suena arriesgado.
—Lo es.
—¿Vendrías?
La pregunta salió más baja.
Daniel sostuvo su mirada.
—Sí.
Alexander sintió que esa respuesta cambiaba el apartamento más que cualquier reforma.
—¿Con Mateo? —preguntó.
Daniel sonrió.
—Si sobrevive al impacto de ver esto.
—No lo hará.
—Probablemente dirá que tienes una casa decorada por un terapeuta caro y un robot triste.
Alexander rió.
—Eso ha sido muy específico.
—Lo estoy citando antes de que lo diga.
Daniel se apartó del ventanal y caminó hacia la mesa de comedor.
Pasó los dedos por la superficie impecable.
—Aquí podría cenar gente.
—Sí.
—Comida de verdad. No platos diminutos.
—Bien.
—Carmen podría traer pollo.
Alexander imaginó a Carmen Reyes en aquella mesa perfecta, sirviendo comida sin pedir permiso, juzgando sus armarios, diciéndole que una casa sin aceite decente era una vergüenza.
La imagen le produjo algo parecido a felicidad.
—Me gustaría —dijo.
Daniel levantó la vista.
Se quedó mirándolo.
Alexander comprendió entonces que no había dicho “sería agradable” ni “podría estar bien”.
Había dicho me gustaría.
Una frase pequeña.
Un deseo doméstico.
Una puerta.
Daniel caminó hacia él.
—Está haciendo una cara muy seria para alguien que acaba de imaginar a mi madre criticando su cocina.
—Creo que me gustaría que la criticara.
—Eso es grave.
—Mucho.
Daniel se detuvo frente a él.
—Alexander.
—Sí.
—No sé qué somos.
Alexander respiró despacio.
—Yo tampoco.
—Pero sé que esto ya no es solo tensión, ni crisis, ni deseo, ni una batalla contra su padre.
—No.
Daniel le tocó el pecho con dos dedos, sobre el jersey.
—Me está importando de una forma que no controlo.
Alexander sintió que la frase le atravesaba.
—Daniel…
—No diga nada perfecto.
Alexander cerró la boca.
Daniel sonrió apenas.
—Bien.
El silencio se abrió entre ellos.
No vacío.
Lleno de ciudad, de miedo, de promesas que ninguno debía hacer demasiado pronto.
—A mí también me importas —dijo Alexander—. De una forma que me da miedo porque ya no se parece a algo que pueda ordenar.
Daniel bajó la mirada.
—Eso ha estado cerca de ser perfecto.
—Perdón.
—Se lo perdono por esta vez.
Alexander levantó la mano y le rozó la mejilla.
Daniel cerró los ojos.
El gesto ya no era nuevo.
Pero no se había gastado.
—Quiero intentarlo —dijo Daniel.
Alexander dejó de respirar.
—¿Intentar qué?
Daniel abrió los ojos.
—Esto. Usted. Nosotros, aunque todavía no sepamos qué significa.
Alexander sintió que el apartamento, con todo su mármol, su silencio y su perfección fría, se volvía por primera vez habitable.
—Yo también.
—Con condiciones.
—Todas.
—No diga todas tan rápido. Puedo poner muchas.
Alexander sonrió.
—De acuerdo. Muchas.
Daniel empezó a enumerar con los dedos, serio y absurdo a la vez:
—No mentiras cómodas. No puertas laterales. No usarme como demostración de nada. No desaparecer cuando tenga miedo. No decidir por mí. No convertirme en terapia. No comprar mi perdón con gestos caros.
—Anotado.
—Y aprende a cocinar algo.
Alexander parpadeó.
—¿Eso es condición romántica?
—Fundamental.
—Puedo contratar a un chef.
Daniel lo miró.
Alexander levantó las manos.
—Aprenderé a cocinar algo.
—Bien.
Alexander se acercó.
—Mis condiciones son más simples.
—A ver.
—Dime cuando tenga un reflejo antiguo. No para hacerte responsable de cambiarlo. Para no fingir que no existe.
Daniel lo miró con más suavidad.
—Vale.
—Y no te vayas sin decirme que estás en la puerta.
Daniel sintió el golpe.
No era una petición de control.
Era una petición de verdad.
—Vale.
—Aunque luego te vayas.
Daniel asintió.
—Aunque luego me vaya.
Alexander bajó la frente hasta apoyarla en la suya.
—Espero que no.
—Yo también.
Se besaron junto a la mesa de comedor donde todavía nadie había cenado.
No fue un beso de tormenta.
Ni de pasillo.
Ni de declaración.
Fue un beso de casa posible.
Lento, profundo, con menos desesperación y más pregunta. Daniel rodeó el cuello de Alexander con los brazos. Alexander lo sostuvo por la cintura, no como si temiera perderlo en ese instante, sino como si estuviera aprendiendo a estar sin apretar demasiado.
Cuando se separaron, Daniel sonrió contra su boca.
—Su casa sigue siendo horrible emocionalmente.
Alexander rió.
—Lo sé.
—Pero tiene arreglo.
—¿Como el Grand?
—No se emocione. El Grand tiene mejor estructura original.
Alexander lo besó otra vez.
La ciudad siguió brillando detrás de ellos.
Y por primera vez, el apartamento de Alexander Whitmore dejó de parecer una habitación de paso.
No era todavía una casa.
Pero había una taza usada sobre la mesa, dos abrigos colgados de cualquier manera junto a la entrada y Daniel Reyes riéndose en mitad del salón.
Era un comienzo.