El hombre que no debía amar Capítulo 15 — Elegirte #3
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Capítulo 15 — Elegirte #3

Cuando el personal empezó a dispersarse, Alexander permaneció junto a la tarima hablando con algunos empleados. Una mujer de limpieza se le acercó. Daniel no oyó lo que le dijo, pero vio que Alexander la escuchaba con toda la atención del mundo. No como jefe. No como heredero. Como hombre.

Mia se inclinó hacia Daniel.

—Vale.

—¿Qué?

—Ahora sí me cae bastante mejor.

Daniel no apartó la mirada de Alexander.

—Sí.

—Sigues teniendo cara de miedo.

—Porque sigo teniendo miedo.

—También tienes cara de otra cosa.

Daniel la miró.

—No.

—No he dicho nada.

—Ibas a decirlo.

—Iba a decir que tienes cara de estar jodidísimo.

Daniel soltó una risa baja.

—Eso sí.

Mia le apretó el brazo.

—Voy a buscar café. Tú… no hagas estupideces sin mí.

Cuando Mia se fue, Daniel se quedó al fondo del comedor.

Alexander terminó de hablar con dos empleados de mantenimiento y lo vio.

No sonrió de inmediato.

Solo lo miró.

Como en el primer día, pero ya no igual.

Entonces caminó hacia él.

Había gente todavía alrededor. Claire, Ruth, empleados recogiendo sillas, personal saliendo por la puerta principal del comedor. Nadie parecía mirar demasiado, pero cualquiera podía hacerlo.

Alexander se detuvo frente a Daniel.

—No sabía que Ruth estaba aquí —dijo.

Daniel miró a la anciana, que fingía no observarlos con enorme descaro.

—Yo creo que Ruth está donde quiere.

—Probablemente.

Silencio.

Daniel respiró.

—Lo que ha dicho ha sido importante.

Alexander bajó la vista.

—No sé si suficiente.

—Hoy sí.

Alexander lo miró.

Daniel no sabía si estaba preparado para decir más.

Lo dijo igualmente.

—Hoy ha estado.

La frase era pequeña.

Pero ambos entendieron.

Alexander tragó saliva.

—Estoy intentando que no sea solo hoy.

—Lo sé.

—¿Lo sabes?

Daniel sostuvo su mirada.

—Empiezo a saberlo.

Alexander no tocó su mano.

No porque no quisiera.

Daniel vio que quería.

Pero esperó.

Eso también era una forma de estar.

Daniel fue quien rozó sus dedos primero.

Un contacto mínimo.

No escondido.

No exhibido.

Visible si alguien miraba.

Alexander entrelazó sus dedos despacio.

No hubo cámaras dentro del comedor.

No hubo titulares.

Solo un hotel antiguo, una tarima vacía y dos hombres de pie junto a las ruinas de todo lo que había intentado separarlos.

Ruth Bellamy pasó junto a ellos camino de la puerta.

—Por fin —murmuró, sin detenerse.

Daniel cerró los ojos.

Alexander soltó una risa baja.

—Creo que acabamos de recibir una bendición.

—O una orden.

—Con Ruth es lo mismo.

Daniel sonrió.

Durante unos segundos, dejaron que el gesto existiera.

Manos unidas.

Nada más.

Nada menos.

Luego Claire apareció en la puerta.

Su expresión había cambiado.

Toda la luz pequeña del momento se apagó.

—Alexander.

Él soltó la mano de Daniel lentamente.

No por vergüenza.

Por alerta.

—¿Qué ocurre?

Claire miró a Daniel.

Luego a Alexander.

—Charles acaba de convocar una rueda de prensa.

Alexander se quedó inmóvil.

—¿Dónde?

—En el Whitmore Harbor. Dentro de una hora.

Daniel sintió que el nombre del otro hotel, el de la tormenta, el de la suite Beacon, regresaba como una mala premonición.

—¿Sobre qué? —preguntó Alexander.

Claire tragó saliva.

—Va a anunciar que se aparta temporalmente de la presidencia del grupo por motivos personales.

Alexander frunció el ceño.

—Eso no tiene sentido.

—Hay más.

Claire le tendió el móvil.

Alexander lo leyó.

Daniel vio cómo el rostro se le cerraba.

No con miedo.

Con una especie de comprensión horrorizada.

—¿Qué pasa? —preguntó Daniel.

Alexander le pasó el teléfono.

El comunicado previo era breve.

Charles Whitmore anunciará esta tarde su retirada temporal y propondrá una transición familiar ordenada para proteger el legado del grupo. Fuentes cercanas indican que podría recomendar a un nuevo rostro institucional para restaurar la confianza pública.

Daniel levantó la vista.

—¿Nuevo rostro institucional?

Claire respondió en voz baja:

—Evelyn.

Alexander cerró los ojos.

—No.

Daniel tardó un segundo en entender.

Charles no podía ya controlar a Alexander como antes.

No podía atacar a Daniel sin parecer cruel.

No podía usar la orientación de su hijo sin que el mundo empezara a mirarlo a él.

Así que iba a hacer algo mucho más elegante.

Iba a fingir sacrificio.

Iba a apartarse.

Iba a presentarse como padre responsable.

Y, de paso, iba a intentar colocar a Evelyn como imagen limpia, aceptable, impecable, dejando a Alexander vivo pero desplazado. No castigado por ser gay, no oficialmente. Solo superado por una alternativa más tranquila.

Más cómoda.

Más vendible.

Alexander respiró hondo.

—Quiere convertir mi salida en su último acto de autoridad.

Daniel lo miró.

—¿Qué va a hacer?

Alexander miró hacia la tarima. Hacia el comedor lleno todavía de ecos. Hacia la puerta por la que acababa de salir el personal.

Luego volvió a Daniel.

—Ir.

Daniel asintió.

—Bien.

—Pero no a detenerlo.

—¿No?

Alexander sostuvo su mirada.

—A dejar que el mundo vea quién necesita todavía un escenario para parecer digno.

Daniel sintió que algo en el pecho se le encendía.

—¿Quiere que vaya?

Alexander no respondió rápido.

Había aprendido.

—Sí —dijo al fin—. Quiero que vengas. Pero no como prueba. No como escudo. No como declaración.

Daniel esperó.

Alexander dio un paso hacia él.

—Como tú.

Daniel miró hacia la puerta principal del comedor.

Después hacia Alexander.

Había una parte de él que seguía teniendo miedo.

Otra que estaba cansada de obedecerlo.

—Entonces vamos —dijo.

Alexander tomó su abrigo.

Y juntos, sin correr, salieron del comedor antiguo.

Esta vez no se soltaron al llegar al vestíbulo.