Capítulo 13 — Cobardes y valientes #2
—No dinero. Charles sabe que conmigo eso no habría funcionado. Me ofrecieron una oportunidad de contar mi versión antes de que otros la contaran por mí.
Alexander cerró los ojos un instante.
—Thomas…
—No empieces por pedir perdón.
La frase lo detuvo.
Thomas se apoyó en la mesa de catálogos.
—No porque no lo debas. Lo debes. Pero si empiezas por ahí, esta conversación se convierte en tu absolución, y yo no vine para dártela.
Alexander se quedó quieto.
—De acuerdo.
Thomas lo observó con atención.
—Has cambiado.
—No lo suficiente.
—Eso también parece nuevo. Antes habrías encontrado una forma más elegante de no decirlo.
Alexander sintió una vergüenza antigua subirle al rostro.
—Fui injusto contigo.
Thomas soltó una risa breve.
—Alexander, fuiste cobarde. La injusticia fue una consecuencia.
El golpe fue limpio.
Merecido.
—Sí —dijo Alexander.
Thomas lo miró como si aquella respuesta lo molestara un poco.
—Bien. Esto será más difícil si no te defiendes.
—No he venido a defenderme.
—¿A qué has venido?
Alexander respiró hondo.
Había imaginado varias respuestas de camino: advertirle sobre Charles, preguntarle qué sabía, pedirle que no hablara con la prensa. Todas correctas. Todas insuficientes.
—A decirte que mi padre va a intentar usarte —dijo—. Y que siento haberte dejado en una posición donde eso todavía puede hacerte daño.
Por primera vez, algo cambió en el rostro de Thomas.
No suavidad.
No exactamente.
Pero sí una grieta en la distancia.
—¿Crees que puede hacerme daño?
—Puede intentarlo.
—A mí no me escondes ya, Alexander.
La frase lo golpeó con una precisión que no esperaba.
Thomas continuó:
—Esa es la diferencia. Si tu padre saca mi nombre, si alguien publica fotografías viejas, si insinúan que fuimos amantes, no me destruye. Mi marido lo sabe. Mis amigos lo saben. Mi trabajo lo sabe. Mi vida no depende de que Charles Whitmore me encuentre respetable.
Alexander levantó la vista.
—¿Estás casado?
Thomas sonrió por primera vez.
Pequeño.
Real.
—Tres años.
—Me alegro.
—Me costó creerte esa frase.
—Lo entiendo.
—Pero creo que esta vez es verdad.
Alexander miró una de las fotografías.
Un hombre reflejado en una ventana.
Medio rostro dentro.
Medio fuera.
—¿Es feliz?
—Mucho. De una forma bastante poco literaria, por suerte. Discusiones sobre lavavajillas, hipoteca, quién olvidó comprar leche. Ese tipo de milagros aburridos.
Alexander sintió una punzada extraña.
No envidia.
O sí.
Una envidia limpia, sin deseo.
—Suena bien.
—Lo es.
Thomas se acercó un poco.
—¿Y Daniel Reyes?
Alexander se quedó quieto.
Oír su nombre allí, en boca de Thomas, volvió la habitación más pequeña.
—¿Qué pasa con él?
Thomas arqueó una ceja.
—Sigues haciendo eso.
—¿Qué?
—Responder como si la pregunta fuera un ataque.
Alexander bajó la mirada.
—No sé qué somos.
—Eso no he preguntado.
—Me importa.
—Eso tampoco.
Alexander volvió a mirarlo.
Thomas no sonreía.
—Te pregunto si vas a hacerle lo mismo.
Alexander sintió que la frase entraba en el lugar exacto donde más dolía.
—No quiero.
Thomas soltó una respiración seca.
—Nadie quiere ser cobarde, Alexander. Esa es la parte cómoda de la cobardía: casi siempre llega disfrazada de prudencia, de protección, de mal momento.
Alexander se quedó en silencio.
—Yo también me decía eso —continuó Thomas—. Que lo entendía. Que tu vida era complicada. Que tu padre era un monstruo. Que tu apellido pesaba. Que necesitabas tiempo. Y todas esas cosas eran ciertas.
Sus ojos se endurecieron.
—Pero yo seguía durmiendo solo después de verte. Seguía saliendo por puertas distintas. Seguía escuchando cómo me llamabas “un amigo” en sitios donde habías besado mi boca dos horas antes.
Alexander cerró los ojos.
No para huir.
Para recibirlo entero.
—Lo siento —dijo.
Thomas no respondió de inmediato.
Cuando habló, su voz fue más baja.
—Te quise mucho.
Alexander sintió que el aire se volvía pesado.
—Lo sé.
—No. No lo sabías entonces. Creo que ahora quizá sí.
Alexander abrió los ojos.
Thomas estaba mirando una de las fotografías, no a él.
—Y durante un tiempo pensé que si te quería bien, con suficiente paciencia, con suficiente inteligencia, tú acabarías siendo valiente. Fue una estupidez mía.
—No.
—Sí. Lo fue. No porque tú no merecieras amor. Lo merecías. Lo mereces. Pero nadie debería amar a otro esperando que el amor haga el trabajo que esa persona no quiere hacer.
Daniel habría podido decir exactamente lo mismo.
Alexander lo sintió como una continuidad dolorosa.
—Estoy intentando hacerlo —dijo.
—Ya me enteré. La declaración, el comité del Grand, el rechazo a tu padre. Todo muy dramático.
Alexander casi sonrió.
—Conoces a Daniel.
—No personalmente. Pero he leído sobre él. Y Charles no habría reaccionado así si no le diera miedo.
—A mi padre no le da miedo Daniel.
Thomas lo miró.
—Claro que sí. No por lo que es para ti. Por lo que te obliga a ser delante de otros.
Alexander guardó silencio.
Thomas caminó hasta una mesa y tomó un sobre.
—Tu padre quería que yo hablara. Me dio a entender que, si no lo hacía, otros podrían reconstruir la historia con menos cuidado. Me mandaron esto.
Le entregó el sobre.
Alexander lo abrió.
Dentro había copias de fotografías. Él y Thomas en la calle. Él entrando al edificio de Thomas. Una reserva. Un correo antiguo.
Nada explícito.
Todo venenoso.
—Iba a destruirlo —dijo Thomas—. Luego pensé que quizá te convenía saber exactamente qué tiene.
Alexander cerró los dedos alrededor del papel.
—Gracias.
—No lo hago por ti —repitió Thomas.
Esta vez Alexander entendió.
—Lo haces por Daniel.
Thomas lo miró.
—Lo hago por mí. Por el hombre que fui cuando esperaba en habitaciones donde tú no llegabas del todo. Y sí, quizá también por Daniel. Porque si está donde yo estuve, merece una advertencia. Y si tú de verdad estás intentando no ser el hombre que fuiste conmigo, mereces saber qué viene.
Alexander sintió un nudo en la garganta.
—No sé si puedo arreglar lo que hice.
—No puedes.
La respuesta fue inmediata.
—Eso ya pasó. No se arregla. Se aprende, si uno tiene decencia.
Alexander asintió.
—Estoy intentando aprender.
Thomas lo observó durante unos segundos.
—Entonces empieza por decirle la verdad completa.
—¿A Daniel?
—Sí.
—Le he dicho que exististe.
Thomas casi sonrió.
—Qué generoso. ¿Le has dicho que yo también salí por puertas laterales? ¿Que también me prometiste tiempo? ¿Que cuando te pedí venir al hotel me dijiste que no era seguro? ¿Que un día te esperé en una cena de una fundación y tú llegaste con una mujer porque tu padre había organizado la foto perfecta?
Alexander sintió que la sangre se le iba del rostro.
Thomas continuó, sin crueldad innecesaria:
—No tiene que saber cada detalle. Pero sí el patrón. Porque si no lo sabe, no puede decidir si confía en un hombre real o en la versión corregida que estás intentando presentar ahora.
Alexander miró el sobre.
—Tienes razón.
—Lo sé. He tenido años para prepararlo.
La frase habría podido ser amarga.
Sonó, más bien, liberada.
Alexander levantó la vista.
—¿Puedo preguntarte algo?
Thomas cruzó los brazos.
—Puedes.
—¿Me odias?
Thomas tardó en responder.
—No.
Alexander no supo si aquello le aliviaba o le dolía más.
—Durante un tiempo quise hacerlo —dijo Thomas—. Habría sido más limpio. Pero al final entendí que tú no me habías roto porque yo fuera poco. Me rompiste porque tú no sabías ser entero. Eso era triste. No imperdonable. Pero yo no quería quedarme cerca para comprobar cuánto tardabas en descubrirlo.
Alexander bajó la mirada.
—Me alegro de que te fueras.
—Yo también.
Silencio.
Thomas se acercó a la puerta y quitó la llave.
—Hay algo más.
Alexander se tensó.
—Tu padre no solo quiere usarme para mancharte. Quiere hacer creer que Daniel es parte de una serie de errores tuyos. Que te dejas influir por hombres que confunden tu juicio. Que no eres estable para dirigir el Grand.
Alexander cerró el sobre.
—Eso no pasará.
—No lo digas como promesa. Haz que no pase.
Alexander sostuvo su mirada.
—Lo haré.
Thomas abrió la puerta.
La conversación había terminado.
Alexander salió al umbral, pero se detuvo.
—Thomas.
Él lo miró.
—Espero que tu marido compre la leche de vez en cuando.
Thomas parpadeó.
Luego soltó una risa breve.
—Casi nunca. Pero compensa de otras formas.
Alexander sonrió apenas.
—Me alegro.
—Yo también, Alexander.
Esta vez sonó a despedida.
No a puerta cerrada con rabia.
A cierre verdadero.
Cuando Alexander salió a la calle, el aire de Chelsea le pareció más frío que antes. Sacó el móvil.
Tenía un mensaje de Daniel.
¿Estás bien?
Alexander lo leyó varias veces.
No respondió enseguida.
Primero caminó dos manzanas. Necesitaba que el cuerpo entendiera lo que la cabeza ya sabía: Thomas no era un enemigo, ni una herida abierta, ni un fantasma dispuesto a cobrar venganza.
Era una persona a la que había querido mal.
Y eso debía importarle.
Escribió:
No del todo. Pero ha ido bien. Tengo que contarte cosas que no me dejan en buen lugar. ¿Puedo verte esta noche? Donde tú elijas.
La respuesta llegó cuando estaba esperando en un semáforo.
La Brújula. 21:00. Sin traje.
Alexander miró el mensaje.
Por primera vez en todo el día, sonrió.
Sin traje.
A las nueve, Daniel estaba en la mesa del fondo de La Brújula.
No había pedido café.
Mateo había querido quedarse cerca con la excusa de ordenar vasos, pero Noah se lo llevó a la barra con una diplomacia firme.
—No espíes —le dijo.
—No espío. Superviso.
—Mateo.
—Vale, espío emocionalmente.
Daniel no intervino.
Estaba demasiado ocupado intentando mantener el estómago en su sitio.
Alexander llegó a las nueve en punto.
Sin traje.
Abrigo oscuro, jersey azul marino, pantalones sencillos. Parecía otro y el mismo a la vez. Menos blindado. Más cansado. Había algo en su rostro que Daniel reconoció antes de saber nombrarlo.
Vergüenza.
Alexander se sentó frente a él.
—Hola.
—Hola.
Durante un segundo, nada más.
Daniel miró sus manos. Alexander llevaba un sobre.
—¿Thomas? —preguntó.
—Sí.
—¿Está bien?
Alexander pareció sorprendido por la pregunta.
—Sí. Está casado. Feliz, creo.
Daniel asintió.
Eso debería aliviarlo.
Lo hizo.
También no.