Capítulo 8 — Después del beso #3
Alexander no respondió enseguida.
Pensó en Daniel saliendo por la puerta principal. En la hoja sobre la mesa. En el beso. En la forma en que había dicho que no iba a pagar por él.
—Por mí —dijo.
Charles pareció decepcionado. O quizá solo furioso de una manera demasiado elegante para mostrarla.
—El señor Reyes pasará.
Alexander sintió que algo dentro de él se volvía muy quieto.
—No sabes nada de él.
—Sé lo suficiente. Es orgulloso. Ambicioso. Inteligente. Te ha leído bien. Hombres como él siempre saben dónde tocar.
Alexander se acercó un paso.
—No vuelvas a hablar de Daniel como si fuera una estrategia.
—¿Ves? Ese es el problema. Ya estás dispuesto a pelear por él.
—No. Estoy dispuesto a dejar de dejarte ganar.
La frase atravesó la suite como una piedra contra cristal.
Charles lo miró en silencio.
Alexander continuó:
—Mañana presentaré la propuesta al comité. Si intentas cancelarlo otra vez, convocaré al consejo. Si vuelves a filtrar información, abriré una investigación interna. Si amenazas directa o indirectamente al estudio Reyes, usaré mis acciones para bloquear cualquier decisión sobre el Grand hasta que se revise tu actuación.
Por primera vez, Charles Whitmore pareció sorprendido de verdad.
Solo un segundo.
Pero Alexander lo vio.
Y aquel segundo valió años.
—No tienes fuerza suficiente para eso —dijo Charles.
—Quizá no.
Alexander cogió el vaso de whisky de la mesa y lo apartó.
—Pero tengo suficiente para hacer ruido. Y ambos sabemos cuánto odias el ruido.
Charles sonrió despacio.
—Tu madre decía algo parecido.
—Lo sé.
La mención la hizo aparecer entre ellos.
Eleanor Whitmore.
Su piano.
Su sonrisa.
Su manera de querer a Alexander sin convertirlo en proyecto.
Charles se endureció.
—No uses a tu madre para justificar una crisis de identidad.
Alexander sintió la herida.
Pero ya no entró en ella.
—Sal de mi suite.
Charles no se movió.
—Alexander.
—Ahora.
Durante unos segundos, el silencio fue una prueba de poder.
Luego Charles cogió su abrigo.
Al pasar junto a su hijo, se detuvo.
—Crees que esto es libertad porque todavía no has pagado el precio.
Alexander sostuvo su mirada.
—No. Creo que esto es el precio.
Charles no respondió.
Se marchó.
Cuando la puerta se cerró, Alexander se quedó solo.
No se sintió victorioso.
Se sintió agotado.
Tembloroso.
Vivo.
Se quitó la corbata, la dejó sobre el sofá y caminó hasta el ventanal. Manhattan brillaba abajo con una belleza indiferente. Durante años había mirado la ciudad desde arriba como quien observa algo que nunca termina de pertenecerle.
Sacó del bolsillo la hoja de Daniel.
La desdobló.
La frase seguía allí.
No voy a desaparecer para que otro hombre parezca intacto.
Alexander buscó un bolígrafo en el escritorio. Debajo de la frase, escribió otra.
Entonces dejaré de fingir que estoy intacto.
No se la envió.
Todavía no.
Algunas palabras necesitaban primero convertirse en actos.
A la mañana siguiente, Daniel llegó al Whitmore Grand a las nueve menos cinco.
No entró por la puerta lateral.
Nunca lo hacía.
El vestíbulo estaba más lleno de lo habitual. Había periodistas al otro lado de la calle, cámaras discretas, huéspedes mirando con curiosidad y empleados hablando en voz más baja. La declaración había funcionado. No para apagar el fuego, sino para dirigir la luz hacia otro sitio.
Daniel cruzó el mármol con la mochila al hombro.
Sintió miradas.
No todas hostiles.
Algunas curiosas.
Algunas respetuosas.
Una recepcionista joven le sonrió apenas al pasar. No una sonrisa profesional. Algo más pequeño. Más humano.
Daniel llegó al comedor antiguo.
Alexander estaba allí.
Solo.
De pie junto a la tarima, con dos cafés sobre la mesa y la propuesta ordenada en tres carpetas. No llevaba chaqueta. La camisa blanca tenía las mangas remangadas. Parecía cansado. Mucho. Pero cuando vio a Daniel, no intentó ocultarlo.
Eso fue lo primero que Daniel notó.
Que no intentó parecer intacto.
—Has venido —dijo Alexander.
Daniel dejó la mochila sobre una silla.
—La propuesta no va a defenderse sola.
Alexander asintió.
—No.
Silencio.
Daniel miró los cafés.
—¿Otra vez?
—He pensado que si me equivoco en todo lo demás, al menos puedo acertar el café.
Daniel quiso no sonreír.
Fracasó un poco.
Alexander lo vio.
No abusó de ello.
—La reunión del comité es a las diez —dijo—. Esta vez no podrá cancelarla.
—¿Por qué?
—Porque la he convocado yo. Con copia al consejo.
Daniel levantó la vista.
—Eso habrá gustado en casa.
—No mucho.
—¿Está bien?
Alexander respiró despacio.
—No del todo.
Daniel sintió que la respuesta le tocaba más de lo que habría querido.
—Eso es más honesto que decir que sí.
—Estoy practicando.
Daniel cogió uno de los cafés.
Durante unos segundos, estuvieron allí, uno frente al otro, sin tocarse. Después del beso, después del artículo, después de la declaración. No había forma de volver atrás. Solo de decidir qué clase de adelante podían permitirse.
—Leí la declaración —dijo Daniel.
Alexander no se movió.
—¿Y?
—Fue buena.
El alivio en los ojos de Alexander fue casi imperceptible.
Casi.
—No suficiente —añadió Daniel.
Alexander asintió.
—Lo sé.
—Pero buena.
—Gracias.
Daniel bebió un sorbo.
—También leí su mensaje.
—No esperaba respuesta.
—Por eso no respondí.
Por primera vez en muchas horas, Alexander sonrió un poco.
Daniel apoyó la taza sobre la mesa.
—No sé qué hacer con esto.
Alexander lo miró.
—Yo tampoco.
—Eso no ayuda.
—No quería mentirte.
Daniel respiró hondo.
Agradeció la respuesta más de lo que le convenía.
—La reunión primero —dijo.
—La reunión primero.
—Después veremos.
Alexander asintió.
—Después veremos.
No se tocaron.
No hablaron del beso.
No hicieron ninguna promesa.
Pero cuando caminaron juntos hacia la sala de juntas, Daniel notó algo distinto. No seguridad. Todavía no. No confianza completa. Eso sería demasiado fácil.
Pero sí una forma nueva de estar al lado de Alexander.
No detrás.