El hombre que no debía amar Capítulo 6 — La cena de gala #3
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Capítulo 6 — La cena de gala #3

A plena luz.

—El señor Reyes no es una apuesta arriesgada —dijo Alexander—. Es la razón por la que este proyecto todavía puede tener alma.

El murmullo que recorrió la sala fue bajo, inmediato.

Daniel no podía moverse.

Mateo le había preguntado por un límite visible desde la calle.

Aquello no era la calle.

Era peor.

Era la sala donde Alexander había sido educado para obedecer.

Charles tomó el micrófono con suavidad, pero Alexander no se lo entregó todavía.

—A partir de mañana —añadió—, presentaremos una propuesta formal. Será rigurosa, viable y respetuosa con la historia del hotel. Cualquier información que sugiera conflictos internos, dudas sobre la contratación del estudio o intentos de desacreditar profesionalmente al señor Reyes no procede del equipo responsable del proyecto.

La frase fue quirúrgica.

Sin acusar a Charles.

Sin dejarlo limpio.

Alexander entregó entonces el micrófono a su padre.

Charles lo aceptó con una serenidad terrible.

—Muy bien dicho —dijo.

La sala aplaudió.

No con entusiasmo desbordado. Con esa incomodidad elegante de quienes han presenciado algo íntimo y no saben si deben fingir que ha sido parte del programa.

Daniel aplaudió también.

Despacio.

No porque el discurso lo hubiera salvado.

No porque Alexander hubiera hecho suficiente.

Sino porque había hecho algo.

Y a veces el primer acto visible de valentía no era una victoria. Era una grieta en la jaula.

La cena continuó, pero ya no fue la misma.

Charles habló con donantes. Margaret se movió entre mesas apagando pequeños incendios con sonrisas financieras. Evelyn se acercó a Alexander y le dijo algo que Daniel no oyó. Él respondió con cortesía, pero no volvió a sentarse a su lado.

Daniel salió al pasillo cuando sintió que necesitaba aire.

El hotel parecía distinto lejos de la música y las copas. Más honesto. Más cercano al edificio que había visto de noche. Caminó hasta el salón Astor, vacío y apenas iluminado, donde todo había empezado con una cinta métrica, un lápiz entre los dientes y un hombre que llegaba tarde.

Se apoyó en la chimenea apagada.

—No debería estar solo aquí.

Daniel cerró los ojos un segundo.

No necesitaba girarse para reconocer la voz.

—¿Eso es una advertencia o una orden?

Alexander entró en el salón.

—Una mala forma de empezar una conversación.

Daniel se volvió.

Alexander seguía con el esmoquin impecable, pero algo en él estaba desordenado. No la ropa. Él. Como si el discurso hubiera movido piezas que no sabía volver a colocar.

—Lo que ha hecho ahí dentro… —empezó Daniel.

—No ha sido suficiente.

Daniel se quedó callado.

Alexander se acercó, pero se detuvo a una distancia prudente.

—Lo sé.

—No iba a decir eso.

—Pero lo piensa.

Daniel apoyó las manos en el borde frío de la chimenea.

—Pienso que ha sido importante.

Alexander pareció no saber qué hacer con esa frase.

—Mi padre encontrará otra forma de presionar.

—Sí.

—El periodista seguirá buscando una historia.

—Probablemente.

—Y usted sigue teniendo razones para irse.

Daniel lo miró.

—Sí.

Alexander asintió, como si cada respuesta le doliera y aun así necesitara oírla.

—Pero no se ha ido.

Daniel bajó la mirada.

—No.

El silencio entre ellos no era vacío. Estaba lleno de la cena, del discurso, de Evelyn, de Mateo, de la palabra esto, de todas las veces en que Daniel había tenido que decidir cuánto de sí mismo podía arriesgar por un hombre.

—No me gusta ser usado para demostrar nada —dijo Daniel.

—No lo he hecho por eso.

—Lo sé.

Alexander dio un paso más cerca.

—¿Lo sabe?

Daniel levantó la vista.

—Sí. Ese es el problema.

Alexander respiró hondo.

—¿Por qué?

—Porque sería mucho más fácil si pudiera creer que es como él.

La frase hirió a Alexander. Daniel lo vio en sus ojos. Pero no retrocedió.

—No soy como él —dijo Alexander.

—Entonces no lo sea.

La respuesta quedó entre ellos, simple y enorme.

Alexander se acercó otro paso.

Daniel debería haberse apartado.

No lo hizo.

—Estoy intentándolo —dijo Alexander.

—No basta con intentarlo cuando nadie mira.

—Hoy miraban todos.

—Sí.

Daniel tragó saliva.

—Y yo también.

Alexander sostuvo su mirada.

El salón Astor parecía haber desaparecido alrededor de ellos. Ya no había gala. No había apellido. No había prensa ni contratos ni padres capaces de convertir una herida en estrategia.

Solo dos hombres demasiado cerca de algo que todavía no podían tocar.

Alexander levantó una mano.

Se detuvo antes de rozarle la cara.

El gesto suspendido fue casi peor que una caricia.

Daniel sintió el deseo como una corriente baja, intensa, recorriéndole la piel. Podía inclinarse apenas. Podía dejar que Alexander cruzara la distancia. Podía olvidar todas sus reglas durante un minuto y pagar el precio después.

No lo hizo.

Pero tampoco se apartó.

—Si me toca —dijo Daniel en voz baja—, no puede ser para volver a esconder la mano después.

Alexander cerró los ojos.

La mano descendió despacio.

No lo tocó.

Daniel sintió al mismo tiempo alivio y pérdida.

—Lo sé —dijo Alexander.

Abajo, en el salón principal, los aplausos anunciaron el inicio de otro discurso o quizá el final de la cena. La realidad volvió a entrar, insistente y fría.

Alexander dio un paso atrás.

—Mañana presentaremos la propuesta.

Daniel asintió.

—Mañana.

—Y después…

—Después veremos quién es usted cuando ya no haya micrófonos.

Alexander aceptó la frase con una seriedad que la volvió íntima.

—De acuerdo.

Daniel salió primero del salón Astor.

Esta vez no huyó.

Simplemente volvió a la luz, al ruido, al lugar donde todos podían verlo.

Alexander lo siguió unos segundos después.

Desde el extremo del pasillo, Charles Whitmore los observó regresar por separado.

Su rostro no mostró ira.

La ira habría sido menos peligrosa.

Mostró decisión.

Y cuando Margaret se acercó para preguntarle si necesitaba algo, Charles no miró a su hijo.

Miró a Daniel Reyes.

—Sí —dijo—. Cancela la reunión del comité de restauración de mañana.

Margaret se tensó.

—Charles…

—Y llama a Evelyn Marsh. Quiero que se anuncie cuanto antes la colaboración entre su fundación y Alexander.

—¿Colaboración?

Charles bebió un sorbo de champán.

—Algo visible. Algo impecable.

Al otro lado del salón, Alexander hablaba con un donante mientras Daniel revisaba unas notas junto a Claire.

Charles sonrió apenas.

—Si mi hijo quiere jugar a ser valiente, vamos a recordarle lo cómodo que puede ser volver a parecer perfecto.