Capítulo 6 — La cena de gala
Daniel Reyes salió del Whitmore Grand por la puerta principal.
No porque fuera el camino más rápido. No lo era. Desde el comedor antiguo podía haber tomado el pasillo de servicio, cruzar junto a las cocinas y aparecer en la calle lateral sin que nadie lo viera. Habría sido más cómodo. Más discreto. Más coherente con la forma en que algunas personas esperaban que un hombre como él abandonara un lugar como aquel.
Pero Daniel no había pasado media vida aprendiendo a entrar por las puertas principales para huir por las de atrás.
Así que cruzó el vestíbulo con la libreta bajo el brazo, la mochila al hombro y el orgullo sosteniéndole la espalda incluso cuando por dentro sentía algo parecido al cansancio.
No miró hacia recepción.
No buscó a Claire.
No volvió la cabeza por si Alexander lo seguía.
Sobre todo no hizo eso.
La ciudad lo recibió con un viento frío que arrastraba olor a lluvia vieja, humo de taxis y café quemado. Daniel bajó los escalones del hotel y caminó sin rumbo claro durante dos manzanas antes de detenerse junto a un escaparate apagado. Solo entonces sacó el móvil.
Tenía tres mensajes de Mateo.
¿Todo bien?
Dani.
Cuando dices “sin dramas” normalmente estás en mitad de un incendio. Llámame.
Daniel pulsó el contacto.
Mateo respondió al segundo tono.
—Voy a matar a un rico —dijo.
Daniel cerró los ojos.
—Ponte a la cola.
—¿Qué ha pasado?
Daniel miró el reflejo borroso de su rostro en el cristal del escaparate. Detrás, entre luces de tráfico y paraguas, parecía otro hombre. Más cansado. Más vulnerable. Más cerca de cometer errores que se había prometido no repetir.
—Charles Whitmore ha filtrado algo a un periodista.
Mateo soltó una palabra en español que su madre habría fingido no entender.
—¿Sobre ti?
—Sobre el proyecto. Sobre tensiones internas. Sobre mi contratación. No sé cuánto sabe ni cuánto piensa insinuar.
—¿Y Alexander?
Daniel tardó un segundo de más.
—Dice que no va a dejar que me salpique.
Mateo rió sin alegría.
—Qué bonito. ¿También va a sostener un paraguas sobre tu carrera mientras su padre dispara desde la azotea?
—Mateo.
—No, escúchame. Esto es exactamente lo que te dije. Para ellos es una crisis de imagen. Para ti puede ser perder clientes, quedar marcado como “el diseñador problemático”, el que se lió o casi se lió o dicen que se lió con el heredero. Da igual si pasó o no. El rumor siempre ensucia más al que tiene menos poder.
Daniel apretó el móvil.
—Lo sé.
—¿Entonces por qué sigues ahí?
La pregunta no era cruel.
Por eso dolió.
Daniel miró hacia atrás.
Desde donde estaba todavía se veía la fachada del Whitmore Grand, iluminada contra la tarde gris. Un edificio hermoso, antiguo, herido. Un edificio al que le estaban arrancando la memoria poco a poco. Un edificio en el que Alexander Whitmore caminaba como si cada pasillo le recordara una vida que no había sabido vivir.
—Porque el proyecto es bueno —dijo Daniel—. Porque puedo hacerlo bien. Porque necesito ese contrato. Y porque no voy a dejar que Charles Whitmore decida que mi dignidad es el precio de salida.
Mateo guardó silencio un momento.
—Ven al café.
—Tengo que trabajar.
—Ven al café, Daniel.
Cuando Mateo usaba su nombre completo no estaba sugiriendo.
Daniel llegó a La Brújula veinte minutos después.
El local de Mateo ocupaba una esquina estrecha de Brooklyn, con ventanas grandes, mesas desparejadas y demasiadas plantas para un espacio tan pequeño. Había libros usados en una estantería junto a la pared, una bandera arcoíris pequeña detrás de la barra y un cartel escrito a mano que decía: Aquí no se pregunta a nadie cuándo va a sentar la cabeza. Aquí se sirve café.
Daniel siempre se sentía menos solo al entrar.
Mateo estaba detrás de la barra, con una camiseta negra, los brazos cruzados y la expresión de quien llevaba veinte minutos preparando un discurso. A su lado, su marido, Noah, llenaba una jarra de agua con rodajas de limón. Noah era más tranquilo que Mateo, lo que en la práctica significaba que solo intervenía cuando alguien estaba a punto de hacer una estupidez de consecuencias irreversibles.
—Siéntate —dijo Mateo.
—Hola a ti también.
—Siéntate.
Daniel obedeció porque discutir habría exigido más energía de la que tenía.
Noah le dejó delante un café y un trozo de tarta de almendra.
—Come algo.
—No tengo hambre.
—No era una pregunta —dijo Noah con suavidad.
Daniel cogió el tenedor.
Mateo se apoyó en la barra frente a él.
—Cuéntamelo todo. Y no hagas esa versión editada en la que finges que no te gusta.
Daniel miró el café.
—No ha pasado nada.
—Eso no es lo mismo que decir que no sientes nada.
Daniel no respondió.
Noah suspiró.
—Eso significa sí.
—No estoy enamorado —dijo Daniel.
Mateo levantó las manos.
—Nadie ha dicho enamorado. Estamos todavía en la fase “me mira como si yo fuera una ventana y él una habitación sin aire”. Que, por cierto, es una fase muy peligrosa para ti.
Daniel se pasó una mano por la cara.
—Me atrae. Y me preocupa. Y trabaja conmigo. Y su padre es un monstruo con gemelos de oro. Y yo tengo suficiente instinto de supervivencia para saber que todo esto es una mala idea.
Mateo y Noah intercambiaron una mirada.
—Pero —dijo Mateo.
Daniel lo odió un poco.
—Pero Alexander no es su padre.
—Eso dicen todos los hombres con padres terribles hasta que tienen que elegir.
—Hoy ha elegido.
—¿Qué ha elegido?
Daniel dudó.
—Ha puesto un límite.
Mateo lo miró como si acabara de oír que alguien había apagado un incendio con una servilleta.
—¿Un límite privado o uno que se pueda ver desde la calle?
Daniel no respondió.
Mateo asintió, confirmando su propio punto.
—Exacto.
Noah intervino entonces:
—Puede estar empezando. A veces la gente no cambia de golpe. Sobre todo si lleva años sobreviviendo de una forma concreta.
Mateo lo miró.
—No defiendas al heredero trágico. Eso es mi trabajo cuando Daniel no está a punto de arruinarse emocionalmente.
Noah sonrió apenas.
—No lo defiendo. Solo digo que una persona puede estar aprendiendo tarde.
—Y yo digo que Daniel no tiene por qué ser su escuela.
Daniel dejó el tenedor sobre el plato.
—No voy a serlo.
Mateo suavizó la expresión.
—Dani, tú ya sabes amar sin esconderte. Te ha costado llegar ahí. No vuelvas a meterte en una historia donde tengas que enseñar a otro hombre que no eres una vergüenza.
Daniel sintió que la frase le atravesaba el pecho.
No porque no la supiera.
Porque a veces una verdad, dicha por alguien que te quiere, deja de ser una idea y se convierte en un lugar donde no puedes seguir mintiéndote.
—Lo sé —dijo.
Mateo le cubrió la mano con la suya.
—Entonces haz el proyecto. Cobra bien. Deja el hotel precioso. Y si Alexander quiere algo de ti, que lo quiera entero. En público, en privado y en todos los pasillos intermedios.
Daniel sonrió con tristeza.
—Eres insoportable.
—Y muy caro emocionalmente.
Noah le rellenó el café.
—¿Vas a volver?
Daniel miró por la ventana.
La tarde empezaba a caer sobre Brooklyn. Dentro del café, una pareja de chicas compartía un portátil en una mesa del fondo. Un chico joven leía junto a la ventana con los auriculares puestos y las uñas pintadas de negro. Dos hombres mayores discutían en voz baja sobre una exposición. Nadie parecía estar justificando su existencia. Nadie parecía pedir permiso.
Aquello era lo que Daniel no estaba dispuesto a perder.
La sencillez de estar.
—Sí —dijo al fin—. Voy a volver.
Mateo abrió la boca.
Daniel levantó un dedo.
—A trabajar. No a salvar a nadie.
—Eso espero.
—Y si todo se tuerce, me iré.
Mateo lo estudió.
—¿Lo prometes?
Daniel pensó en Alexander en el comedor antiguo. En la forma en que había dicho que no iba a besarle como si necesitara levantar una barrera antes de tirarse contra ella. En la rabia que había visto en sus ojos al hablar de su padre. En el café caliente de la mañana.
—Lo prometo —dijo, aunque no estaba seguro de que la promesa no le doliera después.
Cuando Daniel regresó al Whitmore Grand, ya era de noche.
El hotel había cambiado.
No porque hubieran movido muebles ni encendido lámparas distintas, sino porque algo se estaba preparando. Había más flores en el vestíbulo, más personal, más movimiento. Camareros con bandejas cubiertas cruzaban hacia el salón principal. Un equipo de iluminación ajustaba focos cerca de la escalera. Mujeres con vestidos largos y hombres con esmoquin empezaban a entrar por la puerta giratoria, envueltos en perfume, joyas y conversación.
Daniel se detuvo junto a recepción.
—¿Qué ocurre?
Claire apareció a su lado como si llevara toda la tarde esperándolo.
—Cena benéfica de la Fundación Whitmore. Estaba programada desde hace meses.
—Nadie me lo dijo.
—No afectaba al proyecto.
Daniel observó el vestíbulo llenándose de riqueza.
—Parece que ahora sí.
Claire bajó la voz.
—Alexander ha pedido que se quede.
Daniel la miró.
—¿Para trabajar?
—Para presentar, si es necesario, la parte conceptual del proyecto ante algunos miembros de la fundación y posibles inversores privados.
—¿Si es necesario?
Claire dudó.
—Charles también estará.
Daniel soltó una risa seca.
—Claro.
—Daniel.
Claire usó su nombre con una seriedad que lo hizo mirarla mejor.
—Alexander no está manejando esto como lo habría manejado hace una semana.
—¿Y cómo lo habría manejado hace una semana?
—Habría contenido el daño.
—¿Y ahora?
Claire miró hacia la escalera principal.
—Creo que está intentando no convertirse en él.
Daniel siguió su mirada.
Alexander descendía por la escalera vestido con esmoquin.
Durante un segundo, Daniel olvidó respirar.
Era ridículo. De verdad que lo era. Había hombres guapos en Nueva York suficientes para llenar avenidas enteras. Daniel no era un adolescente impresionable ni alguien que confundiera un traje bien cortado con profundidad emocional. Pero Alexander bajando aquella escalera, con la pajarita negra, el rostro serio y una mano rozando la barandilla antigua, tenía una belleza casi ofensiva.
No la belleza fácil de quien sabe que está siendo mirado.
La belleza de quien ha sido educado para no necesitar pedir atención porque siempre la ha tenido.