CAPÍTULO 48
«La primera vez, ella entró en mi casa sin saber quién era yo. La segunda, descubrí que ser conocido por entero es la única intimidad que existe.»
GRAYSON HOLT
El domingo se convirtió en el segundo país de nuestro calendario.
Si los jueves eran su territorio —el bistró, la barra, el delantal—, los domingos se fueron volviendo neutrales y luego nuestros: paseos sin rumbo por el parque, un mercado callejero donde ella discutía el tomate con el vendedor como quien negocia un tratado, tardes en las que aprendí que no hacer nada al lado de alguien era una forma de hacerlo todo.
Fue el cuarto domingo cuando se detuvo en la acera, al final de la tarde, y me miró con aquella decisión silenciosa que yo había aprendido a reconocer y a reverenciar.
—Llévame a tu casa —dijo.
No le pregunté si estaba segura. Me había prohibido preguntar eso semanas antes —cuando no lo esté, lo sabrás antes que yo— y tenía razón, como casi siempre.
El trayecto fue silencioso de la manera correcta.
Pero, cuando el ascensor privado se abrió directamente en el ático y ella entró, vi tensársele los hombros un poco, y lo entendí: la última vez que había pisado allí era otra mujer, entrando en la casa de otro hombre.
Un hombre que no existía. Cruzó el salón despacio, los ojos recorriéndolo todo —las paredes de cristal, Manhattan encendiéndose fuera, el pasillo que llevaba al dormitorio— como quien coteja un lugar de la memoria contra la memoria.
—Está distinto —dijo, por fin.
—Está igual. —Me quedé donde estaba, cerca de la entrada, dándole el espacio entero—. Quienes estamos distintos somos nosotros.
Se giró hacia mí. Y sonrió —despacio, con los ojos primero, de esa forma que desmontaba cualquier estrategia que yo hubiera tenido en la vida.
—Sí —concedió—. Lo estamos.
Cruzó el salón de vuelta hacia mí, sin prisa, y se detuvo a un palmo de mí.
Levantó las manos y empezó a deshacer el nudo de mi corbata —yo venía de una comida con inversores, todavía uniformado de consejero delegado— y el gesto era de una intimidad tan sencilla y tan enorme que el corazón se me disparó antes de cualquier roce de piel.
—La primera vez —dijo, en voz baja, concentrada en el nudo—, entré aquí enamorada de un hombre al que no conocía. —La corbata cedió, resbaló del cuello—. Hoy he venido por lo que conozco. Todo. Con lo peor incluido. —Sus ojos subieron a los míos—. ¿Entiendes la diferencia?
—La entiendo. Es la diferencia entre ser amado y ser perdonado.
—No. —Negó con la cabeza, y sus dedos abrieron el primer botón de mi camisa—. Es la diferencia entre ser amado a oscuras y ser amado con la luz encendida.
La besé.
O ella me besó —nunca nos pondremos de acuerdo sobre eso, y así está bien.
El beso empezó despacio, profundo, sin el hambre desesperada de la vuelta en el bistró: era otro idioma ahora, uno de quien tiene tiempo y conoce su precio.
Mis manos encontraron su cara, el pelo suelto, y ella me sacó la camisa del pantalón con una determinación que me arrancó un sonido bajo contra su boca.
—Hannah. Necesito que sepas una cosa antes.
—Me aparté lo suficiente para mirarla, sujetándole la cara entre las manos, porque había una última verdad y merecía venir antes que cualquier piel—.
No queda nada más. Ningún cajón cerrado, ningún expediente que no abriera, ningún nombre que no mirara.
El hombre que está en esta sala es todo lo que hay. Si vienes, es con él.
Sus ojos se empañaron, y sonrió en medio de eso, aquella mezcla imposible que era solo suya.
—Lo sé —dijo—. Por eso he venido.
Y entonces no hubo ya ninguna distancia.
La conduje por el pasillo sin romper el beso, despacio, y esta vez no había urgencia guiando: había atención.
En el dormitorio, con la ciudad encendiéndose entera tras el cristal, nos desnudamos el uno al otro con una lentitud que era casi una ceremonia: cada botón de su camisa abierto con los ojos en los ojos, mis manos reaprendiendo sus hombros, la curva de la espalda, la piel caliente que me había pasado meses enteros prohibido de tocar y meses antes tocando sin merecerlo.
—Estás temblando —susurró, sorprendida, las palmas abiertas en mi pecho.
—Lo sé. —No intenté disimularlo. Ese era el quid: no disimular nada más—. Parece que es así como funciono cuando importa.
Se rió bajito contra mi boca, y la risa se volvió suspiro cuando la tumbé en la cama con un cuidado que no sabía que tenía en las manos.
Lo que vino después fue distinto de todo, de las primeras noches, de cualquier noche de mi vida.
No porque el deseo fuera menor; era mayor, represado por meses de barra y temporizador y verdad dolorosa.
Pero venía por debajo de otra cosa, más profunda, que mandaba el ritmo: besé cada lugar de ella como quien pide permiso y da las gracias al mismo tiempo, despacio, el cuello, la curva del hombro, la línea del abdomen donde su respiración se entrecortaba, y sus dedos se enredaron en mi pelo sin prisa por llegar a ninguna parte, porque, por primera vez, ninguno de los dos huía de nada.
—Mírame —pidió, en cierto momento, devolviéndome la orden que un día fue mía.
La miré.
Y fue así, con los ojos abiertos —los suyos en los míos, sin un segundo de oscuridad—, como nos encontramos de nuevo. Despacio. Centímetro a centímetro, como quien entra en un lugar que esperó toda la vida para merecer y no quiere desperdiciar ni un instante de la llegada.
Sentí su cuerpo ceder y recibirme en el mismo gesto —su calor cerrándose en torno a mí, apretado, húmedo, vivo—, y el aire me faltó en mitad del pecho.
Por un instante me quedé quieto, hundido hondo, solo sintiendo: su pulso latiendo contra mí, el temblor que subió por el interior de sus muslos, la forma en que me apresaba por dentro, como si su cuerpo supiera, antes que la cabeza, que ya no iba a dejarme ir.
No existió nada antes de esto.
—Grayson… —dijo, y mi ciudad entera, brillando fuera tras el cristal, no valía aquella única sílaba.
Entonces empecé a moverme.
Lento. Profundo. Retirándome casi por entero solo para volver con calma y sentir cada milímetro de ella apretarme de nuevo en el camino. Cada avance una frase, cada retroceso una promesa de volver, cada suspiro suyo una respuesta que sentía subir por su cuerpo antes de hacerse sonido.
Su cuerpo se arqueó contra el mío, la espalda levantándose de la cama, y sus manos se clavaron en mi espalda con fuerza suficiente para dejar marca. Y quise la marca. Quise cualquier cosa que ella quisiera dejar grabada en mí.
Mi boca bajó por su cuello, por la clavícula, y encontró su pecho: cerré los labios allí, despacio, y el gemido que soltó subió ronco por su garganta y murió en mi nuca.
Sentí el pezón endurecerse contra mi lengua, sentí su cadera subir a mi encuentro por su cuenta, hambrienta, y respondí hundiéndome más hondo, más despacio, hasta arrancarle un sonido que intentó contener y no pudo.
—No —dije, bajo, contra su piel—. No te escondas de mí. Hoy no. Quiero oírlo todo.
Abrió los ojos. Y dejó de esconderse.
Sus piernas subieron en torno a mis caderas y me apresaron, y el ángulo cambió —más hondo ahora, más entero, cada embestida encontrando un punto que hacía estremecer su cuerpo desde la raíz.
Escalofríos me recorrieron la espalda. Llevé la mano a su cadera, firme, guiando el ritmo de los dos, y sentí, bajo la palma, su músculo trabajar para encontrarme cada vez que volvía.
El sudor pegó su piel a la mía. Sentía sus pechos deslizándose contra el mío a cada respiración deshecha, el calor de los dos cuerpos volviéndose uno solo, el sonido húmedo y bajo de los dos encontrándonos llenando el dormitorio junto con su respiración desmoronándose en mi oído.
—Te quiero —declaró, en mitad de todo, con la voz hecha pedazos.
Y era la primera vez que lo decía con todas las letras desde la vuelta.
—Intenté no quererte. Te juro que lo intenté.
—Lo sé. —Apoyé la frente en la suya, sin parar, sin prisa, sintiendo la frase nacer hondo antes de llegar a la boca—. Gracias por haber fracasado.
Se rió —se rió y gimió en el mismo sonido, y aquel sonido se grabó en algún lugar permanente de mí. Me clavó las uñas en la nuca y me atrajo más hondo.
—Eres mía —dije, ronco, y no era una orden, era una confesión—. Y yo soy tuyo. Esta vez por entero. Sin ningún cajón cerrado.
—Pues enséñamelo —jadeó, los ojos en los míos, el desafío de siempre encendiéndose en ellos incluso deshecha debajo de mí—. Enséñamelo todo.
Se lo enseñé.
Salí de ella despacio —protestó, bajito, una queja que se volvió suspiro— y la giré hacia el otro lado, mi pecho contra su espalda, la boca en la curva de su nuca mientras volvía a deslizarme dentro, hondo, y mi mano se abría sobre su vientre para atraerla contra mí.
La otra subió, encontró su pecho, y sentí su cuerpo entero responder, prensado entre mis manos y mis caderas, sin una rendija de espacio sobrando entre los dos.
—Grayson —gimió, la frente cayéndole hacia delante, el pelo pegado a la cara—. No pares. Por favor, no pares…
No paré.
El ritmo se aceleró por su cuenta, más hondo, más fuerte, los dos cuerpos chocando en un compás que ninguno de los dos tuvo que pactar.
Bajé la mano de su vientre, despacio, y la toqué allí donde vivía su placer, en círculos lentos al compás de mis embestidas, y sentí el segundo exacto en que empezó a deshacerse.
—Mírame —pedí, girándole la cara hacia mí por la barbilla.
Me miró.
Y, cuando llegó al orgasmo, fue con mi nombre en la boca y los ojos abiertos en los míos —sin un segundo de oscuridad—, su cuerpo contrayéndose en torno a mí en oleadas largas, profundas, apretando tanto que me robó el pensamiento.
Fue eso lo que me arrastró con ella. Me hundí hondo una última vez y me corrí con la frente pegada a su sien, su nombre saliendo de mi boca como quien reza, el cuerpo entero temblando de una forma que no tenía registro de haber temblado en la vida.
Sin ceremonia. Sin aviso. Como ella lo hacía todo.
Entera.
Nos derrumbamos juntos en la cama deshecha, todavía enredados, las respiraciones de los dos peleando por volver a la normalidad. Sus manos encontraron mi pelo, despacio, sin prisa por llegar a ninguna parte.
Treinta y ocho años construyendo paredes de cristal. Y fue una mujer de delantal la que me enseñó a dejar la luz encendida.
Nos quedamos en silencio un largo rato, enroscados en mitad de la cama deshecha, las respiraciones volviendo despacio a la normalidad.
Ella con la cabeza en mi pecho, trazando líneas sin dibujo en mi piel; yo con los dedos perdidos en su pelo, mirando el techo sin verlo, con una paz en el cuerpo que no tenía registro de haber sentido en treinta y ocho años de vida.
—¿En qué piensas? —preguntó, sin levantar la cabeza.
—En que me pasé la vida entera construyendo esto. —Miré el ático alrededor, el cristal, la ciudad—. Y en que solo se convirtió en una casa hoy.
Se quedó callada un instante. Después se apoyó en el codo, me miró desde arriba, con el pelo cayéndole de lado y la cara más seria del mundo.
—Grayson. Mi madre quiere conocerte. Comida el domingo que viene en nuestra casa. Y va a hacer su asado, lo que significa que es serio, y vas a alabar el asado aunque venga pasado de punto, porque siempre viene.
Yo —el hombre que se había enfrentado al consejo, a la prensa, a Wall Street y a su propio padre en un escenario— sentí, lo juro, un cosquilleo en el estómago.
—Margaret Brooks —dije, despacio—. La mujer cuyo marido se llevó una botella con mi apellido quiere recibirme. En su casa, para un asado.
—Sí.
—Voy a ir. Claro que voy a ir.
—Bien. —Se acomodó de nuevo en mi pecho, instalándose como quien cierra la jornada, y sentí su sonrisa contra mi piel—. Tranquilo. Solo va a hacerte unas veinte preguntas. El cuchillo del asado es ceremonial. Casi siempre.
Sonreí, y me di cuenta, riéndome, de que ahora me reía con facilidad, como si la risa fuera una habitación de la casa que alguien por fin había abierto con llave.
Fuera, Manhattan seguía encendida, despiadada y constante, sin saber nada.
Aquí dentro, por primera vez en la vida, no estaba al control de absolutamente nada.