El hombre de la casa toma el control (Atrapada y compartida) Capítulo 1
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El hombre de la casa toma el control (Atrapada y compartida)

El hombre de la casa toma el control (Atrapada y compartida)

Por Bella Beaumont

© inepub.com

Capítulo 1

Holly

Estoy tan emocionada por las vacaciones de primavera que apenas puedo contenerme. No sé qué tiene planeado mi novio Trevor, pero yo tengo mis propias ideas.

Creo que puede que me pida matrimonio. Llevamos juntos más de tres años, desde finales del instituto, y ahora estamos a punto de terminar la universidad.

Quizás me lleve a una escapada elegante fuera de San Diego —donde vivimos los dos— y se arrodille allí. Me volvería loca de felicidad, ¡y solo pensar que podría pasar ya me derrite!

Ahora parece una locura, pero hubo un tiempo en que no confiaba en Trevor. Al principio de nuestra relación, un par de amigos suyos soltaron sin querer que lo habían visto liándose con una chica en un concierto al que fueron todos juntos.

Trevor lo negó rotundamente, y ahí quedó la cosa. Además, cortó con sus amigos y no los hemos vuelto a ver. Así fue como empecé a entender que me quería y pensaba en mí incluso más que en sus amigos, hasta el punto de dejarlos de lado.

Algunas de mis amigas dicen que soy ingenua, pero yo creo que están celosas. Trevor es alto, está buenísimo, va al gimnasio cinco días a la semana y tiene un futuro brillante por delante.

Al ser de la familia Goode, tiene la vida resuelta, servida en bandeja de plata, si la quiere. En la universidad estudia empresariales, así que tiene sentido que algún día se haga cargo de la empresa familiar de su padre, Mason.

La historia de Mason Goode es algo misteriosa y desgarradora.

El Sr. Goode, el hombre que le dio a Trevor todos sus genes atractivos, trabaja muchísimas horas, y por lo visto lleva así desde que su esposa murió hace cinco años.

Nunca lo he visto con ninguna mujer desde entonces, en todas las veces que he ido a casa de Trevor.

Me llamo Holly Wright, y mis amigas siempre bromean sobre lo romántico y bonito que es que nuestros nombres combinen así. «Vosotros dos sois todo lo que es Goode y Wright en el mundo», me decían, haciéndome sonrojar.

Ahora voy camino a casa de Trevor con una maleta hecha, siguiendo sus instrucciones. Llevo un par de bikinis y un par de vestidos elegantes, porque no sé qué me espera ni adónde podría llevarme.

¿Algún sitio más bonito que San Diego? Eso ya es mucho pedir.

Cuando llego a la mansión Goode, tengo el corazón en un puño. Estoy tan emocionada que podría estallar, más por la posibilidad de que me pida matrimonio que por cualquier otra cosa.

Es media tarde del primer día de las vacaciones de primavera. El Uber me deja en la puerta, levanto la vista embelesada hacia la imponente mansión de tres pisos durante un momento, y luego me dirijo a la entrada.

Llamo varias veces, pero nadie responde.

Así que espero.

Vuelvo a intentarlo y obtengo la misma respuesta.

Al final, rebusco en mi bolso de mano y saco mi llave de la casa. Trevor me dio una llave hace un año, lo que supuso otro gran paso en nuestra relación, una muestra de confianza. Él también tiene llave de mi casa.

Entro y camino por el espacioso vestíbulo, y luego por la sala de estar de techos altos, llamando:

—¿Hola? Ehhh, ¿hay alguien en casa? ¿Trev?

Nadie responde salvo el eco de mi propia voz. Frunzo más el ceño y recorro la casa taconeando, asomándome al pasillo, a las puertas abiertas del estudio, un dormitorio, la biblioteca del Sr. Goode, y luego a la elegante cocina.

Vuelvo a la sala principal sintiendo cómo el corazón se me va cayendo de la garganta a los pies. Algo no va bien.

Y entonces la puerta principal se abre, justo cuando vuelvo hacia ella. Me sobresalto y el corazón me da un vuelco, siguiendo con su montaña rusa...

Justo cuando entra Mason Goode, con un traje de tres piezas que le sienta de maravilla a su cuerpo maduro, tan bien que me da vergüenza mirarlo.

He tenido pensamientos sobre el padre de Trevor que jamás diría en voz alta, y a veces pienso en hablar con un terapeuta sobre ellos, pero incluso eso me resulta demasiado humillante.

Me quedo ahí parada, en shock, y él se queda paralizado en la puerta.

Se lleva la mano al pelo, oscuro con canas en las sienes, y se aparta unos mechones sueltos; un gemelo le brilla a la luz del sol que entra por un ventanal de suelo a techo detrás de mí.

—Oh, Holly —dice con su voz ronca.

Lleva desabrochado el botón superior de la camisa bajo la americana, dejando ver algo de vello en el pecho.

Siempre me ha parecido tan jodidamente masculino, con la piel curtida de haber pasado demasiado tiempo al sol de joven, un aspecto rudo en general, pero un brillo en los ojos que me dice que ve cosas. Solo que no habla de ellas.

En ese momento, noto cómo su mirada sube desde mis tacones, recorre mis piernas cremosas, pasa por mi minifalda, se detiene en la curva de mis pechos bajo la blusa, y finalmente llega a mi cara.

—No esperaba encontrarte aquí —dice con una sonrisa fugaz.

Hay algo raro en él también, y eso me frustra.

—Estoy aquí por Trevor, Sr. Goode. Se supone que me voy de viaje con él a... ni siquiera sé adónde. Seguro que Trev se lo comentó, ¿no?

Mason suspira. Se rasca la barba incipiente mientras entra en la casa y cierra la puerta tras él. Luego da unos pasos hacia mí, lentos y pesados. Con cada centímetro que se acerca, el deseo y la necesidad me consumen, pero mezclados con una sensación de temor.

Me deja completamente desconcertada.

—Así que ni siquiera pudo mandarte un mensaje, ¿eh? —murmura, más para sí mismo que para mí.

Ladeo la cabeza.

—¿Qué quiere decir?

Inclino ligeramente el cuello para mirar al hombre alto y mayor, y ahora percibo ese aroma penetrante y potente a pino y madera fresca que siempre parece envolverlo como una nube.

Mason rebusca en su bolsillo y saca un trozo de papel arrugado, que me tiende.

—Tiene que dejarme a mí el trabajo sucio, el muy cabrón. Toma.

Cojo el papel con dedos temblorosos y empiezo a desdoblarlo mientras él pasa a mi lado.

Los pasos de Mason se detienen antes de que pueda empezar a leer. —Lo siento de antemano, Holly. No mereces esto.

Se me empañan los ojos de lágrimas mientras leo la breve carta. Hay líneas tachadas y otras añadidas, señal de que era un borrador.

Pero sin duda es la letra de Trevor.

¿El resumen? Se ha ido. Se largó a Cabo San Lucas con sus amigos a pasárselo en grande.

Sin mí. Un viaje de «chicos» que obviamente estará lleno de tantas chicas como sea posible.

No me da ninguna razón de por qué rompe conmigo después de tres años, aunque en la carta empieza a mencionar a una chica, pero lo tachó.

—Me contó que conoció a alguien por internet —dice Mason—. Se moría por verla en persona.

Aprieto la mandíbula. Siento el peso del mundo sobre mis hombros. La sensación de traición, la rabia pura y el abandono que me provoca la carta... es devastador.

—Espero que le engañen con un perfil falso —gruño entre dientes.

—¿Qué dices? —pregunta Mason.

Niego con la cabeza y me vuelvo hacia él con la carta en alto. —¿Puedo preguntar por qué tiene usted esto, señor?

Se encoge de hombros. —Tenía tanta prisa por largarse que quiso que te la diera cuando volviera del trabajo. Pensaba ir a tu casa, pero parece que te me adelantaste. Sin avisar.

Se me caen los hombros y empiezo a temblar.

Unas manos fuertes me envuelven antes de que me derrumbe del todo, y levanto la barbilla cuando Mason me la alza con un dedo para que lo mire. Siento todo el cuerpo cálido, aunque solo me toca los hombros.

—Oye —dice—, Trevor no merece tantas lágrimas.

—¡Confié en él, Mason! —exclamo.

Mason me aprieta la cara contra su pecho, donde aspiro más de ese aroma a pino que, por alguna razón, me calma los nervios. Sigo temblando, intentando contener las lágrimas por el padre de Trevor, que siempre ha sido bueno conmigo.

«Siempre ha sido Goode conmigo...», pienso como una tonta.

—¿Esos amigos que te advertían sobre Trev? —dice—. Hay una razón por la que ya no tienes noticias de ellos. Trevor los apartó por su propio bien... no por el tuyo.

Mi voz suena amortiguada contra su pecho. —¿Cómo pude ser tan ciega? —Le doy un golpecito en el pecho, pero apenas se nota en su corpulencia.

—El amor nos vuelve idiotas, cariño. Yo sé de eso.

Que me llame «cariño» hace que se me caliente el vientre.

Poco a poco levanto la vista hacia su rostro firme y me doy cuenta de que me ha estado observando todo el tiempo, sin soltarme de este abrazo protector.

Como si temiera que fuera a romperme en pedazos y escapar entre sus dedos como arena si no me sujeta con fuerza.

Sorbeteo.

Frunce sus pobladas cejas mientras me mira.

—¿Q-Qué? —pregunto con voz lastimera.

—Se me acaba de ocurrir una idea. ¿Te ofenderías mucho si yo ocupara el lugar que dejó mi hijo de mierda? No mereces sufrir así después de haber estado con Trevor tanto tiempo, cariño.

Parpadeo sin parar, totalmente confundida. —¿Ocupar... el lugar?

Asiente con convicción, como si ya lo tuviera decidido. —¿Iba a llevarte a algún sitio bonito? Te llevo yo. ¿Tenía pensado invitarte a una cena elegante? Me quedo con la reserva. Para nosotros. —Suelta una risita y carraspea—. O sea, es una idea tonta, pero si te ayuda a olvidarte de él, quizá...

—No, no es tonto. Es... encantador. —Le sonrío con los ojos empañados, y él me seca las lágrimas de las mejillas con el pulgar—. Es muy considerado de su parte, Sr. Goode.

Sonríe, y su sonrisa ilumina tanto su atractivo rostro maduro que no puedo creer que no me hubiera fijado antes. Probablemente porque nunca ha tenido muchos motivos para sonreír.

Me suelta, y siento una punzada de vacío cuando su abrazo deja de envolverme. —Déjame pegarme una ducha rápida, asearme un poco, y luego pensamos en algo bonito que hacer, ¿vale, cariño?