Capítulo 14
-¡ G racias, Maegan, pero no te asustes tanto! —la reprendió Iain mientras su risa llenaba el gran salón.
A Maegan le sorprendió que él, Annora y Lachlan no se movieran. Los tres permanecían sentados junto a la chimenea, dispuestos a seguir hablando y sonriendo sin ninguna preocupación.
—Mi hija sabe cómo mantenerse caliente y seca en una tormenta de hielo. Hemos pasado por muchas. Sabe lo que hay que hacer.
Maegan lo miró con incredulidad.
—¿Lo sabías? —preguntó—. ¿Sabías que Ailsa lleva días viviendo ahí fuera sola?
—Bueno, ¿de qué otra forma iba a saber si le iba a gustar? Y después de estos últimos días infernales, supongo que sí le gusta; de lo contrario, ya habría vuelto.
Annora sonrió.
—Creo que tendremos que prepararnos para una boda cuando esos dos regresen.
—Más os vale que así sea —resopló Lachlan—. Después de escucharos a los dos alabar vuestras artimañas, no os dejaría olvidarlo si os equivocáis.
Annora le dio una palmadita en la mano.
—Oh, tenemos razón. Tú también lo sabes.
Lachlan miró a Maegan.
—Se diría que se conocen desde hace meses, planeando todo esto entre Tavish y Ailsa.
Señaló a Iain.
—Tienes que irte, amigo mío. Tú y mi mujer disfrutáis demasiado de la compañía del otro. Es peligroso. Mejor huye, Maegan, mientras puedas.
Tavish llevaba unas horas fuera, registrando cada uno de los lugares a los que habían ido durante sus salidas, cuando se dio cuenta de adónde había ido Ailsa.
El día que Bonny le había dicho que quería aprender sobre mapas, pero él se lo había enseñado a Ailsa en su lugar, ella había identificado media docena de lugares que le parecían ideales para dibujar con detalle, ya que abarcaban todos los aspectos de aquella zona de Escocia.
Cuando no la encontró en la cuarta zona, empezó a preocuparse.
Los dos últimos eran los más alejados del castillo Kincaid y, si ella no estaba en ninguno de ellos, tendría que detenerse y buscar refugio.
Había venido preparado para hacer frente al frío brutal y al hielo, pero, según lo que había dicho Bonny, Ailsa tenía muy poco o nada que la mantuviera a salvo y protegida.
Esperaba que su hermano hubiera esperado para enviar un grupo de búsqueda.
Era casi imposible ver nada y, si no hubiera conocido cada nudo y cada hoyo de aquella zona, se habría hecho daño a sí mismo o a su caballo en cuanto se hubiera desviado del camino principal.
Tal y como estaban las cosas, el quinto lugar se encontraba en lo alto de un acantilado rocoso que habría sido el más frío y el menos protegido del viento y los elementos.
Tavish temía que su caballo pudiera cojear y se deslizó de la silla para guiar al animal por el camino rocoso hasta un pequeño tramo parecido a un cañón.
No había cuevas en la zona, pero al menos la pared rocosa protegería a su caballo de lo peor de la tormenta.
Rodeó una enorme roca que en su día había sobresalido del acantilado de arriba. Sin previo aviso, un cuchillo le pasó rozando la cara y chocó contra la pared rocosa detrás de él. Saltó hacia atrás para ponerse a cubierto.
—Que sepas que fallé a propósito y que tengo más cuchillos, dos de los cuales están en mis manos. Así que di tu nombre, forastero, y reza para que lo reconozca.
Tavish podía oír la evidente alarma en la voz de Ailsa. Estaba asustada. Sinceramente, profundamente, desde lo más hondo de su ser.
—Entonces más te vale que apuntes muy bien —dijo él, saliendo a la vista una vez más—. Ailsa, he venido a...
Antes de que pudiera terminar la frase y decir que estaba allí para rescatarla, Ailsa se lanzó a sus brazos.
—¡Oh, Tavish! ¡¿Qué haces aquí fuera?! ¡Te debes de estar congelando!
—Te estaba buscando. No sabía —hasta esta noche— que estabas aquí sola. Dios, si te hubiera pasado algo... —murmuró contra su cabello, apretándola con fuerza—. ¿Por qué te fuiste? ¿Por qué no volviste cuando empeoró el tiempo? ¿Por qué me dejaste?
Ailsa se apartó para responder, pero antes de que pudiera decir una palabra, él aplastó su boca contra la de ella con una furia animal. Su lengua irrumpió en su boca, se retiró y volvió a penetrarla, envolviéndola con un deseo desenfrenado, miedo y lujuria.
Ailsa se aferró a él, confusa y deseosa. Tavish la abrazó con fuerza y cubrió su rostro de besos hambrientos, gimiendo con intenso anhelo mientras buscaba frenéticamente nuevos lugares para sus labios.
Durante horas se había repetido a sí mismo que la encontraría.
Y cuando lo hiciera, la regañaría durante horas por los peligros de aventurarse sola sin que nadie supiera dónde estaba.
Luego le haría el amor hasta dejarla exhausta, seguido de otro sermón sobre los peligros de darle un susto de muerte.
Pero con sus labios sobre los de ella, lo único en lo que podía pensar era que estaba a salvo.
Estaba viva y él no quería dejarla marchar jamás.
Poco a poco, la soltó. Le acarició el rostro y volvió a preguntarle:
—¿Por qué, Ailsa? ¿Por qué?
Ella rodeó con su mano cálida la helada de él y dijo:
—Ven. Vuelve donde hace calor y está seco, y entonces podrás decirme por qué estás aquí.
Tavish la siguió. Justo al pasar la roca caída, ella había montado un campamento improvisado.
Había tumbado el carro de lado y, entre la pared del acantilado, la roca y el carro, estaba completamente protegida del viento.
Debía de saber que el tiempo estaba empeorando, pues había recogido ramas y las había apilado para hacer un techo grueso y provisional.
Una hoguera crepitaba junto a las mantas que había extendido.
En una esquina había una gran pila de leña, que incluía algunos troncos de buen tamaño, para mantener el fuego, y en el suelo había un plato con lo que parecía ser un conejo a medio comer.
—¿Ahora vives aquí? —preguntó él, atónito.
Ailsa se rió y se sentó sobre la manta, dándole una palmadita al sitio junto a ella.
—Eso parece, pero solo llevo aquí un par de días. Habría vuelto al castillo hoy, pero temía que el tiempo empeorara, y así fue. Sabía que al menos aquí estaría a salvo y seca.
—Y a salvo del frío. ¿Cómo conseguiste leña seca?
—Parte de ella no lo está, así que tengo que tener cuidado de no añadir demasiados troncos mojados a la vez, pero esos viejos troncos rotos ya estaban aquí. Creo que alguien más también debió de utilizar esta zona como refugio.
Tavish señaló el techo.
—¿Desde cuándo sabes hacer eso?
Ailsa sonrió.
—Desde que era niña. Teníamos que construir lugares protegidos para dormir cuando viajábamos.
Era tarea mía y de Marsaili construir el refugio, que la mayoría de las veces incluía un techo.
No nos hicieron falta muchas noches de lluvia para descubrir no solo cómo construirlos rápidamente, sino también cómo colocar las ramas para que el viento no se los llevara y mantuvieran todo cálido y seco por debajo, sin importar lo duro que fuera el tiempo.
Aunque debo decir que me alegro de estar rodeada de estas grandes rocas con este viento.
—Realmente no exagerabas cuando dijiste que podías valerte por ti misma.
Ailsa negó con la cabeza.
—Todo lo que dije aquella noche era cierto, excepto una cosa.
Tavish se inclinó y acercó las manos al fuego para calentarse.
—¿Y qué era eso?
—Te prometí que sería feliz viviendo aquí, día tras día, dibujando con solo el silencio de mis pensamientos. Eso fue injusto, pues no tenía derecho a hacer tal promesa cuando no sabía si era cierto.
La tensión recorrió cada uno de los músculos de Tavish. El destino era cruel. Justo cuando él se había dado cuenta de que no podía vivir sin ella, ella se había dado cuenta de que no podía vivir con él.
—Pero ahora puedo —dijo ella, mirándolo a los ojos.
El miedo persistía allí y ella ansiaba disiparlo. Alargó la mano y le acarició la mejilla agrietada.
—Llevo aquí varios días. ¿Sabías que nunca había hecho nada parecido? ¿Salir a dibujar, viajar sola, con solo mis pensamientos para hacerme compañía?
Tavish negó con la cabeza.
—Quiero decir, a veces me sentía sola y deseaba que estuvieras aquí para que pudiéramos hablar, pero la mayor parte del tiempo disfruté de la paz.
Hacía más frío de lo que pensaba, era más incómodo de lo que había previsto y una noche me costó encontrar comida, pero a pesar de todo eso, descubrí algo.
—¿Y qué es eso? —preguntó él, observando cada emoción que se reflejaba en su rostro.
—Que me encanta. Me encanta la sensación de libertad.
Me encanta vivir según mis propias reglas y horarios y, aun así, servir a un propósito mayor a través de mis dibujos.
Ahora sé quién soy, Tavish. Soy hija de mi madre, nacida para vagar y no estar nunca atada.
Eso es lo que me hace feliz. Y aunque nunca puedas entenderlo y sigas creyendo que esta vida me haría infeliz, ya no importa, porque ahora sé lo que quiero.
—Sí que importa, Ailsa.
Bajando la cabeza, la empujó contra el suelo acolchado con tartán y la cubrió con su enorme cuerpo, colocándose entre sus piernas.
Era un zoquete enloquecido por el amor y no le importaba.
Su boca se posó sobre la de ella en un beso ardiente.
Un sonido hambriento se le escapó mientras exigía entrar.
Ella se rindió de buena gana, abriéndose para él.
Caliente y húmeda, su lengua encontró la de ella.
La sujetó por la nuca mientras sus labios devoraban los de ella con una necesidad desesperada de reclamar su cuerpo y su alma.
Con la necesidad de besarla y saborearla por todas partes, sus labios descendieron por su cuello y succionaron el cálido pulso, sin importarle dejarle una marca. Sus manos recorrían sus caderas y sus costados, abarcándola por completo.