9 CARGA DE PRUEBA #2
—¿Quieres que hable normal? Vale. Me dolió verte salir hacia Trevor.
¿Contento? Me dolió, y no porque crea que quieras volver con él.
Me dolió porque por un segundo entendí que cualquier cosa que pase conmigo puede convertirse en otra escena donde tú intentas demostrarle algo a un hombre que ni siquiera está en la habitación.
Daniel no respondió.
Los ojos se le oscurecieron, no de deseo. De miedo. Ryan lo vio. Lo odió. Lo quiso cuidar. Odió eso más.
—No haría eso —dijo Daniel.
—Ya lo hiciste.
—No contigo.
—¿Cómo lo sabes?
Daniel abrió la boca.
No tuvo respuesta.
Esa fue la respuesta.
Ryan sintió que el orgullo le subía como una barrera automática. Gracias a Dios. El orgullo era una tecnología antigua, pero fiable.
—No voy a ser parte de una demostración privada —dijo—. No soy una actualización de firmware para tu autoestima.
Daniel retrocedió apenas como si la frase hubiera tenido cuerpo.
—Nunca pensé eso de ti.
—Pero pensaste que podías acostarte conmigo, callarte lo de Noah, luego pedirme tiempo, luego ir a abrirle una vitrina a Trevor y volver esperando que yo entendiera el contexto adulto.
—No esperaba eso.
—Daniel.
El nombre salió sin humor. Sin protección.
Daniel se calló.
Ryan tragó. Tenía la boca seca.
—No soy ingenuo porque tenga veintiocho años. Y tú no eres más decente porque sepas servir arroz y decir “de acuerdo” con voz grave.
Daniel bajó la vista.
Por un segundo, Ryan pensó que iba a disculparse. De verdad. Sin seducción, sin defensa, sin convertir culpa en proximidad.
Daniel dijo:
—Estás simplificando algo que no es simple.
Ryan se quedó mirándolo.
Ah.
Ahí estaba la elección.
No enorme. No dramática. Solo Daniel agarrándose a la complejidad como a una barandilla porque admitir la línea limpia habría significado quedarse sin excusa.
Ryan asintió despacio.
—Sí. Puede ser.
Daniel pareció confundido por la retirada súbita del ataque.
Ryan metió las manos en los bolsillos de la bomber para que no se le notara que temblaban. Frío, seguramente. Adrenalina. Rabia. Deseo, todavía, lo cual era una falta de respeto biológica.
—Puede que esté simplificando —dijo—. Pero al menos sé reconocer cuándo alguien usa complejidad para no tocar la parte fea.
Daniel palideció un poco.
No mucho.
Lo suficiente.
Un perro ladró a lo lejos. Una sirena sonó hacia Third Street. El viento levantó una bolsa de papel y la arrastró por el sendero, patética y persistente.
Daniel dijo:
—Anoche no me sentí bien después.
Ryan lo miró.
—No me des la resaca moral como si fuera reparación.
—No era—
—Sí era.
La frase cortó limpia.
Daniel cerró la boca.
Ryan se dio cuenta entonces de que, si seguía allí, iba a decir algo irreversible. No algo cruel. Algo verdadero. Lo verdadero era más peligroso.
Pensó en Noah. Noah mandando mensajes sobre Brandon.
Noah dejando mantas en casa de Daniel. Noah creyendo que Ryan podía estar en la misma habitación que Daniel sin que debajo hubiera un mecanismo entero de secretos.
Pensó en Maya diciendo que no iba a ser su dispositivo de detonación ética.
Pensó en la pieza del taller, intacta bajo carga, negándose a fallar solo porque Ryan necesitara oír un crujido.
—Tengo que irme —dijo.
Daniel dio un paso.
—Ryan.
—No me sigas.
Daniel se detuvo.
Bien.
Mal.
Ryan empezó a caminar hacia la calle, rápido pero no tanto como para parecer fuga. Eso era importante por alguna razón miserable. A mitad de camino, el teléfono vibró.
Noah.
Pregunta adulta: si Brandon me trae sopa porque dije que estaba cansado, eso es bonito o señal de que parezco moribundo?
Ryan se detuvo bajo una farola.
La pantalla se emborronó un segundo. Niebla. Viento. No otra cosa.
Escribió:
Bonito. Y también probablemente pareces moribundo.
Noah respondió:
Sabía que podía contar con tu ternura clínica.
Ryan guardó el móvil.
No miró atrás.
El Muni tardaba catorce minutos. Por supuesto.
La ciudad siempre encontraba la manera de obligarlo a quedarse con su propia cabeza.
Ryan cruzó hasta la parada y se sentó en el borde metálico, demasiado estrecho, demasiado frío.
La bahía quedaba detrás, oscura. Dogpatch olía a lluvia, aceite y comida de algún sitio que todavía tenía la cocina abierta.
Sacó el teléfono otra vez.
Maya.
He sido adulto y no he gritado en público.
La respuesta llegó casi de inmediato.
Eso suena a grito privado con más pasos.
Ryan miró el mensaje.
Escribió:
Dijo que no entiendo matrimonios adultos.
Maya:
¿Quieres respuesta útil o ubicación para esconder el cuerpo?
Ryan casi sonrió. Casi.
Útil.
Maya tardó un poco más.
Que tenga una herida real no le da derecho a convertir tu edad en mordaza.
Ryan cerró los ojos.
La frase hizo lo que Maya siempre hacía cuando era peor: organizó el daño sin robarle peso.
El bus apareció al fondo, luces amarillas en la niebla.
Ryan escribió:
Lo sé.
No estaba seguro de saberlo del todo. Pero podía empezar por ahí.
Subió a la 22 hacia casa. El bus estaba medio vacío: una mujer con uniforme de hospital dormitando contra la ventana, dos chicos con bolsas de comida, un hombre mirando videos sin sonido.
Ryan se sentó atrás. La vibración del motor le subió por las rodillas.
El cuerpo, idiota, recordó otra rodilla bajo otra mesa.
Recordó dedos húmedos rozándole al lavar platos. Recordó un cuenco menos picante.
Quiso borrar esas cosas.
No pudo.
Tampoco quiso del todo.
Ese era el fallo real.
No que Daniel hubiera sido cruel. La gente podía ser cruel y seguir siendo simple.
El problema era que Ryan había visto también al otro Daniel. El de la manta, el arroz, la paciencia práctica. El de la quemadura en la muñeca. El que no lo siguió cuando él pidió distancia. El que podía herirlo porque ya había empezado a importarle.
Ryan apoyó la cabeza contra el cristal frío.
El mensaje de Daniel llegó cuando el bus pasaba Mission Bay.
Lo siento. No debí decir eso.
Ryan lo leyó.
La disculpa era correcta. Demasiado pequeña para el daño. Demasiado tarde para responder sin ceder terreno. Demasiado Daniel: precisa, contenida, sin pedir nada explícito y aun así ocupando espacio.
Ryan bloqueó la pantalla.
No contestó.
El bus siguió hacia Dogpatch, y Ryan miró su reflejo borroso en la ventana: veintiocho años, ojeras, ceja marcada por una cicatriz vieja, cara de alguien que todavía podía irse.
Eso no era un bug.
Era la única función que le quedaba si quería seguir siendo suyo.