1 DONDE NO LLEGABA LA NIEBLA #2
Ryan giró el vaso entre los dedos.
—Puedo insultarla con factura.
—Eso en San Francisco cuenta como startup.
—Solo si consigo financiación por decir “comunidad” y “disrupción” sin vomitar.
Daniel hizo un gesto con el vaso hacia Omar.
—Otro para él también.
Ryan alzó una mano.
—No acepto alcohol de hombres que acaban de diagnosticar mal mi prototipo.
—Lo diagnostiqué bien.
—Ese es precisamente el problema.
Omar miró a Ryan.
—¿Quieres que rechace el whisky por principios?
Ryan observó a Daniel. La chaqueta sin logo, el corte bueno de la camiseta, las manos grandes alrededor del vaso.
No llevaba anillos. No había reloj visible, lo que en San Francisco podía significar humildad, divorcio reciente, riqueza obscena o alergia a contar pasos.
Las uñas cortas. Una pequeña quemadura antigua en la muñeca derecha, apenas visible cuando movió la mano.
Ryan pensó en Noah guardándole comida. En Maya llamándolo mapache. En la mesa donde lo habrían esperado. Pensó también en que Daniel no sabía nada de eso. Daniel no tenía acceso al mapa de sus obligaciones. Era una superficie limpia. Una noche sin historial.
—Por principios jamás —dijo Ryan—. Los principios tienen mala documentación.
Omar sirvió.
Daniel cambió de taburete sin pedir permiso y se sentó a dos puestos de distancia, no al lado.
Ryan notó el detalle y lo odió un poco por notarlo.
Dos puestos era cortesía. Dos puestos era una forma adulta de decir sé lo que estoy haciendo y no necesito abalanzarme .
Dos puestos eran, francamente, más sexys de lo que deberían.
—Ryan —dijo, porque ya estaba ahí y porque su boca a veces presentaba dimisiones sin avisar.
—Daniel.
—Eso ya lo filtró el sistema.
—Omar tiene problemas con la privacidad.
—Omar tiene oído funcional —dijo Omar desde la otra punta.
Ryan tomó el segundo whisky. La quemadura fue más amable esta vez. Eso no era buena señal.
—¿Videojuegos, entonces? —dijo—. ¿Pruebas si las puertas se abren, si los NPC no caminan hacia el vacío, si la gente con espadas no atraviesa mesas?
—Entre otras tragedias.
—Suena terapéutico.
—No para los desarrolladores.
—Me gusta.
—Lo imaginaba.
Ryan giró hacia él.
—¿Eso qué significa?
Daniel apoyó un codo en la barra. Despacio. Sin invadir.
—Que pareces alguien que disfruta encontrando el punto exacto donde algo falla.
Ryan debería haber respondido rápido. Había varias opciones disponibles. Una sobre ingeniería. Otra sobre hombres mayores que creían poder leerlo en bares. Una tercera, más grosera y más prometedora.
Pero la frase había entrado demasiado cerca.
Encontrar el punto exacto donde algo falla era útil en materiales, motores, estructuras, líneas de código.
En personas se consideraba mala educación, incluso si todos lo hacían todo el tiempo.
Ryan lo hacía. Con Noah. Con Maya. Consigo mismo cuando se despertaba a las tres de la mañana convencido de que su vida entera era una simulación mal financiada.
—Eso ha sonado como una acusación —dijo.
—Era una observación.
—Las observaciones son acusaciones con bata de laboratorio.
Daniel bebió. Tenía una garganta irritantemente buena. Ryan miró un segundo de más y luego se obligó a mirar el vaso, como si el hielo escondiera una solución elegante al problema de querer tocar a un desconocido en menos de siete minutos.
—¿Y tú? —preguntó Daniel—. ¿Aeroespacial?
Ryan señaló la bolsa con el pie.
—No, hago decoración de interiores para apartamentos con complejo de hangar.
—Ambicioso.
—Alguien tiene que subir el valor de mi estudio de cuatrocientos pies cuadrados sin ascensor y con moho histórico.
—¿Dogpatch?
Ryan lo miró.
—Eso ha sido específico.
—Tienes grasa de taller, zapatillas de alguien que camina más que conduce y cara de haber peleado con un prototipo cerca del agua.
—También podría ser SoMa.
—No pareces lo bastante triste para SoMa.
Ryan se rio otra vez. Peor. Esta vez le salió de verdad.
—Vale, QA de videojuegos. No completamente inútil.
—Una reseña generosa.
—No te acostumbres. Soy insoportable por diseño.
—Lo imaginaba.
Ryan sintió el calor del whisky, de la barra llena, de la mirada de Daniel.
Afuera la noche se pegaba a los cristales, blanca de niebla y luces de freno.
Dentro, una canción vieja de synth-pop se mezclaba con risas y el golpe de la coctelera.
Dos hombres discutían cerca del baño sobre si era ético volver con un ex si el sexo había mejorado después de terapia.
Una drag queen fuera de turno ocupaba media mesa con un abrigo de pelo falso y un taco envuelto en papel de aluminio.
San Francisco cabía ahí mejor que en cualquier foto: caro, cansado, ridículo, vivo a pesar de sí mismo.
El teléfono de Ryan vibró boca abajo.
No lo miró.
Daniel sí miró el teléfono. Luego a él. No preguntó.
Ese no preguntar fue una pequeña descortesía elegante. Ryan lo agradeció.
—¿Huyes de algo? —dijo Daniel.
Ryan se llevó el vaso a los labios.
—Directo.
—Trabajo en QA. Los pasos innecesarios me cansan.
—Eso es mentira. Los de QA vivís de pasos innecesarios.
—Vivimos de demostrar que eran necesarios.
Ryan señaló con el vaso.
—Esa ha sido buena.
—No has contestado.
Claro que no.
Ryan pudo decir que huía de una cena. De una amistad que lo quería demasiado bien.
De una cocina donde seguramente habría arroz, tofu y personas convencidas de que él merecía descanso.
Pudo decir que a veces la pertenencia le daba claustrofobia porque no sabía cuánto tiempo podía quedarse antes de que alguien le pasara la factura emocional.
En lugar de eso, dijo:
—Huyo de una reunión no obligatoria con comida obligatoria.
—Suena familiar.
—Found family. Cuidado. Gente con buenas intenciones. Horrible.
Daniel bajó la vista al vaso. La sonrisa se le movió apenas, pero no llegó a formarse.
—Terrorífico.
—No lo digas así.
—¿Cómo?
—Como si entendieras.
Daniel levantó los ojos.
—Quizá entiendo.
Ryan notó el cambio de presión. No grande. No melodramático. Apenas el equivalente emocional de una puerta que no había cerrado bien. Daniel no parecía triste. Eso habría sido fácil. Parecía controlado, que era mucho peor, porque el control sugería que había algo debajo mereciendo contención.
Ryan no quería debajo. Debajo era donde vivían las consecuencias.
—Bueno —dijo—, deja de hacerlo. Vine a beber, no a participar en un taller de vulnerabilidad con iluminación mala.
Daniel asintió hacia las bombillas colgantes sobre la barra.
—La iluminación es decente.
—Para una autopsia.
—¿La tuya o la mía?
Ryan sonrió. Lento. Estúpido, probablemente. Daniel lo vio y esa casi sonrisa regresó, más peligrosa por lo poco que pedía.
—Todavía no he decidido —dijo Ryan.
Omar dejó un cuenco de pretzels entre ellos.
—Coman algo antes de convertir mi barra en una demanda civil.
—No hemos hecho nada —dijo Ryan.
—Ese es el problema. La anticipación sube el riesgo de daños estructurales.
Daniel tomó un pretzel.
—¿Siempre da servicio con evaluación de seguridad?
—Solo cuando los hombres creen que coquetear es un duelo de LinkedIn —dijo Omar, y se fue a atender a un chico que agitaba un billete de veinte con optimismo suicida.
Ryan miró a Daniel.
—¿Estamos coqueteando?
—Yo sí.
La respuesta fue tan simple que Ryan perdió medio segundo de procesamiento.
—Ah.
—Tú estás haciendo una auditoría de salida de emergencia.
Ryan abrió la boca. La cerró. Maldito fuera.
—Tengo derecho a conocer las rutas de evacuación.
—Por supuesto.
—Soy muy atractivo cuando sobrevivo a incendios.
—No he dicho lo contrario.
El calor en la cara de Ryan no venía del whisky. Esa fue una conclusión desagradable.
Daniel no se acercaba. No lo tocaba. No empujaba.
Se limitaba a estar ahí, sólido, atento, con una calma que no apagaba el deseo sino que lo ordenaba.
Ryan estaba acostumbrado a los hombres que confundían intensidad con volumen.
A los que invadían espacio y luego lo llamaban química.
Daniel no hacía eso. Daniel dejaba un hueco exacto, y el cuerpo de Ryan, traidor, quería cruzarlo.
—¿Cuántos años tienes? —preguntó Ryan.
Daniel no pareció ofendido.
—Cuarenta.
Ryan soltó un silbido bajo.
—Vintage.
—Funcional.
—¿Con garantía?
—Limitada.
—¿Manual?
—No actualizado desde el divorcio.
La palabra cayó entre ellos con un peso pequeño y real.
Ryan no apartó la mirada, aunque su primer impulso fue convertirlo en chiste. Divorcio. Eso explicaba algo. O no explicaba nada. La gente se divorciaba por razones tan variadas como los sistemas fallaban: desgaste, mala instalación, sobrecarga, usuarios imbéciles.
—Lo siento —dijo, y le molestó sonar sincero.
Daniel movió un hombro.
—Pasó.
No dijo estoy bien . Ryan apreció la precisión.
—Yo tengo veintiocho —dijo, porque de pronto la información parecía justa.
—Lo imaginaba.
—Si dices que por mi piel joven, me voy.
—Por tu arrogancia con buena recuperación elástica.
Ryan se quedó mirándolo. Luego se rio, una carcajada breve, sorprendida.
—Eso ha sido casi un cumplido técnico.
—Casi.
—Peligroso.
—Sí.
La palabra no venía con sonrisa. Ryan la sintió en la boca del estómago.
El teléfono vibró otra vez. Esta vez Ryan lo agarró, más para romper la tensión que por responsabilidad.
Noah había enviado una foto: una mesa pequeña, platos, vapor sobre un cuenco, Maya levantando el dedo corazón hacia la cámara con una galleta en la otra mano.
El mensaje decía: Tu ración sobrevive, de momento.
Ryan tragó.
El bar se volvió demasiado ruidoso. La foto no tenía nada de especial. Precisamente por eso era peligrosa. No era una invitación dramática a ser amado. Era comida guardada. Una silla probable. Un hueco exacto con su forma.
Apagó la pantalla.
—Esa cara —dijo Daniel— no era por trabajo.
Ryan dejó el teléfono sobre la barra.
—¿Sigues con la observación como delito menor?
—Hábito.
—Mala profesión.
—Me gusta encontrar bugs.
—No todo es un bug.
Daniel lo miró con una atención distinta. Algo más quieto.
—No.
La palabra fue suave. No sentimental. Solo aceptada.